Norberto Bobbio, uno de los más grandes filósofos contemporáneos de la política, senador vitalicio desde hace veinte años, murió ayer en Turín, de vejez, a los 94 años. Toda Italia, sin distinción de banderías, elogió a este "maestro de la libertad", como lo llamó su amigo Carlo Azeglio Ciampi, presidente de la República. Bobbio, un socialista liberal, era considerado la conciencia crítica de la izquierda italiana.Encabezados por el presidente Ciampi, políticos e intelectuales rendirán hoy homenaje al "pensador ilustre", como lo llamaron las tres centrales obreras, en la capilla ardiente levantada en la Universidad de Turín, donde enseñó durante medio siglo.Ningún otro intelectual influyó tanto en el pensamiento político de los últimos cincuenta años de la Italia republicana como este gentil académico que en los últimos años eligió el retiro y escribió un libro (De Senectute) sobre la vejez "como sensación irreversible, en la que todos los peldaños son hacia abajo y no sabes cuántos te quedan por bajar", como dijo en una entrevista.Entre libros, ensayos, lecciones, artículos, conferencias, reseñas y entrevistas, Bobbio escribió más de 1.300 títulos. Derecha e izquierda, de 1994, vendió más de 300 mil ejemplares, pero el meollo de su concepción lo estampó en La edad de los derechos, que resume sus ideas sobre el socialismo y la libertad, en defensa de los derechos de los más débiles.Bobbio creía que el intelectual debía ser un clérigo de la duda y se sentía más cómodo como filósofo que como político. Hijo de un famoso cirujano, crecido en ambiente de la burguesía culta turinesa, Bobbio fue amigo del comunista Antonio Gramsci y del liberal Pietro Gobetti (ambos víctimas del fascismo), a quienes consideró su faro intelectual.Cinco universidades le concedieron el doctorado honoris causa por sus méritos, entre ellas las de París y Buenos Aires.Bobbio fue uno de los fundadores del grupo antifascista Justicia y Libertad, y su amigo, el socialista Sandro Pertini, elegido presidente de Italia, lo nombró senador vitalicio en 1984, con la aprobación de amigos y adversarios.En 1955 Bobbio escribió Política y Cultura. Afirmó en sus páginas que el intelectual debe ser un estimulador de ideas y de confrontaciones, más allá de dogmatismos e ideologismos.A comienzos de los años 80, cuando el socialismo real fue puesto en el centro del debate, el papel de Norberto Bobbio se hizo esencial. Escribió sobre la hegemonía de la cultura marxista en los años 50 y en defensa de la libertad de la cultura. Compartía con Pertini la fórmula: "No hay libertad sin justicia social ni justicia social sin libertad".Escribió también Ni con Marx ni contra Marx y declaró que se consideraba "un sobreviviente de un período histórico que está llegando a su fin". Fue adversario de la nueva derecha del actual jefe del gobierno, Silvio Berlusconi, quien ayer le rindió homenaje a través de un vocero, celebrando sus ideas liberales y de socialismo no marxista. En el Senado integró la bancada del Olivo, la oposición de centroizquierda.De sus obras hay que recordar también Estudios sobre la teoría general del derecho, Teoría del ordenamiento jurídico, Ciencia del derecho y análisis del lenguaje, De Hobbes a Marx, Perfil ideológico del Novecientos, Estudios para una teoría general del derecho, La cultura y el fascismo, Teoría general de la política y, en 1999, su Autobiografía.
sábado, 12 de febrero de 2011
Murio Norbrto Bobbio, un pensador esencial del siglo XX - Clarin - 2004
FUE UN INTELECTUAL CRITICO ERA SOCIALISTA LIBERAL: CREIA QUE NO HAY JUSTICIA SOCIAL SIN LIBERTAD NI LIBERTAD SIN JUSTICIA SOCIALMurió Norberto Bobbio, un pensador esencial del siglo XXTenía 94 años y era considerado "la conciencia crítica de la izquierda italiana". Creía que los intelectuales debían ser "clérigos de la duda". En 1984 entró al Congreso como senador vitalicio.
Muere el filosofo Norberto Bobbio - El País - 2004
Muere el filósofo Norberto Bobbio
10/01/2004
Norberto Bobbio, el gran filósofo italiano, murió ayer en Turín a los 94 años. Durante su larga vida fue uno de los pensadores más sensibles a los cambios históricos que padeció el siglo XX, y su obra refleja la lucidez y la valentía con que analizó los movimientos políticos de una época convulsa. Fueron, sin embargo, sus trabajos jurídicos los que le dieron fama por el rigor y la profundidad de sus aportaciones. Catedrático de Filosofía del Derecho, su obra académica sigue siendo un referente indiscutible. Apasionado defensor de la democracia, su postura antifascista le causó problemas: fue encarcelado en 1943. Su Autobiografía, llena de ironía, resume la trayectoria de un hombre que defendió por igual la justicia y la libertad.
Norberto Bobbio, uno de los pensadores italianos más influyentes del siglo XX, falleció ayer en Turín, donde se hallaba ingresado en un centro hospitalario desde el pasado 27 de diciembre, tras haber sufrido un proceso agudo de insuficiencia respiratoria. Bobbio había nacido en Turín el 18 de octubre de 1909, era senador vitalicio y profesor emérito de la Universidad de Turín, donde fue catedrático de Filosofía del Derecho y de Filosofía Política entre 1948 y 1979, año en el que se jubiló.
La obra de Bobbio se ha situado siempre a medio camino entre el pensamiento estrictamente filosófico y el jurídico-político. Empezó estudiando el ámbito legal y sus fundamentos filosóficos. Y fruto de estas primeras investigaciones son obras como La filosofía del decadentismo (1994), Ciencia del Derecho y análisis del lenguaje (1950) y Teoría de la ciencia jurídica (1950).
Entre los autores que influyeron de forma notable en su obra están Hans Kelsen, Benedetto Croce, Max Weber, Carl Schmitt y Thomas Hobbes, al que dedicó una de sus obras más conocidas: De Marx a Hobbes (1965).
La obra de Bobbio llegó pronto a los lectores españoles. En 1949 se publicó la traducción de El existencialismo. Un ensayo de interpretación (Fondo de Cultura Económica), un texto que, pese a su brevedad, aborda tantas cuestiones que va más allá de lo que el título sugiere. Bobbio mantuvo una prolongada relación epistolar con Carl Schmitt, un potente pensador católico alemán, postergado y apartado de la docencia tras la derrota del nazismo.
Norberto Bobbio hilvanó su actividad docente y de ensayista con una actitud claramente antifascista que le llevó a la cárcel en 1943, cuando era profesor en Padua. Antes había estado en las universidades de Camerino y Siena. Cuando este diario le encargó un artículo conmemorativo del nacimiento de Thomas Hobbes, su respuesta fue muy clara: "Enviaré un artículo sobre el estado de naturaleza, que es ahora el Líbano", dijo. Y así lo hizo, mostrando cómo el gran valor de los autores clásicos es arrojar luz y capacidad de comprensión sobre el presente.
Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta anteayer mismo, Bobbio mantuvo una presencia pública constante, participando en las polémicas políticas italianas e internacionales. Su pensamiento ha sido definido como "liberal-socialista", porque defiende la preeminencia del individuo frente a los aparatos del Estado. Sus simpatías estuvieron, en general, con el Partido Socialista Italiano, al que perteneció en diversos momentos de su vida. No obstante, en 1992 fueron los ex comunistas del Partido Democrático de la Izquierda quienes propusieron su nombre como presidente de la República, cargo que finalmente recayó en Oscar Luigi Scalfaro. Se definía a sí mismo como heredero del pensamiento ilustrado y defensor de los derechos humanos. Y entre los valores propagados por la Ilustración consideraba que hay dos que no pueden darse de forma separada: la justicia y la libertad. Al mismo tiempo defendía que la democracia no se agota en el mero parlamentarismo. En 1985 fue investido doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid y en 1990 recibió el Premio Pablo Iglesias que otorgan varias organizaciones socialistas madrileñas.
Su obra ha ido ganando prestigio con el tiempo y en los últimos años sus libros han sido traducido al castellano de forma casi simultánea a su aparición en Italia. Así, han visto la luz Elogio de la templanza (Temas de Hoy, 1997), La duda y la elección: intelectuales y poder en la sociedad contemporánea (Paidós,
1997), De senectute (Taurus, 1997), Estado, gobierno, sociedad (Plaza & Janés, 1987), El positivismo jurídico (Debate, 1993), El futuro de la democracia (Planeta De Agostini, 1985), Thomas Hobbes (Plaza & Janés, 1991) y Derecha e Izquierda (Taurus, 1995). En el año 2002 aparecieron las traducciones de Diálogo en torno a la República (Tusquets) y Teoría general de la política (Trotta).
En 1998 apareció casi simultáneamente en Italia y España su Autobiografía (Taurus), escrita en colaboración con el periodista de La Stampa Alberto Papuzzi. Son los años en los que Bobbio manifiesta ya preocupaciones relacionadas directamente con los conflictos supranacionales, al tiempo que reflexiona sobre el papel del desarrollo tecnológico en la convivencia. Un asunto lanzado a la palestra por el pensamiento existencialista al que dedicó sus primeros trabajos.
10/01/2004
Norberto Bobbio, el gran filósofo italiano, murió ayer en Turín a los 94 años. Durante su larga vida fue uno de los pensadores más sensibles a los cambios históricos que padeció el siglo XX, y su obra refleja la lucidez y la valentía con que analizó los movimientos políticos de una época convulsa. Fueron, sin embargo, sus trabajos jurídicos los que le dieron fama por el rigor y la profundidad de sus aportaciones. Catedrático de Filosofía del Derecho, su obra académica sigue siendo un referente indiscutible. Apasionado defensor de la democracia, su postura antifascista le causó problemas: fue encarcelado en 1943. Su Autobiografía, llena de ironía, resume la trayectoria de un hombre que defendió por igual la justicia y la libertad.
Norberto Bobbio, uno de los pensadores italianos más influyentes del siglo XX, falleció ayer en Turín, donde se hallaba ingresado en un centro hospitalario desde el pasado 27 de diciembre, tras haber sufrido un proceso agudo de insuficiencia respiratoria. Bobbio había nacido en Turín el 18 de octubre de 1909, era senador vitalicio y profesor emérito de la Universidad de Turín, donde fue catedrático de Filosofía del Derecho y de Filosofía Política entre 1948 y 1979, año en el que se jubiló.
La obra de Bobbio se ha situado siempre a medio camino entre el pensamiento estrictamente filosófico y el jurídico-político. Empezó estudiando el ámbito legal y sus fundamentos filosóficos. Y fruto de estas primeras investigaciones son obras como La filosofía del decadentismo (1994), Ciencia del Derecho y análisis del lenguaje (1950) y Teoría de la ciencia jurídica (1950).
Entre los autores que influyeron de forma notable en su obra están Hans Kelsen, Benedetto Croce, Max Weber, Carl Schmitt y Thomas Hobbes, al que dedicó una de sus obras más conocidas: De Marx a Hobbes (1965).
La obra de Bobbio llegó pronto a los lectores españoles. En 1949 se publicó la traducción de El existencialismo. Un ensayo de interpretación (Fondo de Cultura Económica), un texto que, pese a su brevedad, aborda tantas cuestiones que va más allá de lo que el título sugiere. Bobbio mantuvo una prolongada relación epistolar con Carl Schmitt, un potente pensador católico alemán, postergado y apartado de la docencia tras la derrota del nazismo.
Norberto Bobbio hilvanó su actividad docente y de ensayista con una actitud claramente antifascista que le llevó a la cárcel en 1943, cuando era profesor en Padua. Antes había estado en las universidades de Camerino y Siena. Cuando este diario le encargó un artículo conmemorativo del nacimiento de Thomas Hobbes, su respuesta fue muy clara: "Enviaré un artículo sobre el estado de naturaleza, que es ahora el Líbano", dijo. Y así lo hizo, mostrando cómo el gran valor de los autores clásicos es arrojar luz y capacidad de comprensión sobre el presente.
Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta anteayer mismo, Bobbio mantuvo una presencia pública constante, participando en las polémicas políticas italianas e internacionales. Su pensamiento ha sido definido como "liberal-socialista", porque defiende la preeminencia del individuo frente a los aparatos del Estado. Sus simpatías estuvieron, en general, con el Partido Socialista Italiano, al que perteneció en diversos momentos de su vida. No obstante, en 1992 fueron los ex comunistas del Partido Democrático de la Izquierda quienes propusieron su nombre como presidente de la República, cargo que finalmente recayó en Oscar Luigi Scalfaro. Se definía a sí mismo como heredero del pensamiento ilustrado y defensor de los derechos humanos. Y entre los valores propagados por la Ilustración consideraba que hay dos que no pueden darse de forma separada: la justicia y la libertad. Al mismo tiempo defendía que la democracia no se agota en el mero parlamentarismo. En 1985 fue investido doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid y en 1990 recibió el Premio Pablo Iglesias que otorgan varias organizaciones socialistas madrileñas.
Su obra ha ido ganando prestigio con el tiempo y en los últimos años sus libros han sido traducido al castellano de forma casi simultánea a su aparición en Italia. Así, han visto la luz Elogio de la templanza (Temas de Hoy, 1997), La duda y la elección: intelectuales y poder en la sociedad contemporánea (Paidós,
1997), De senectute (Taurus, 1997), Estado, gobierno, sociedad (Plaza & Janés, 1987), El positivismo jurídico (Debate, 1993), El futuro de la democracia (Planeta De Agostini, 1985), Thomas Hobbes (Plaza & Janés, 1991) y Derecha e Izquierda (Taurus, 1995). En el año 2002 aparecieron las traducciones de Diálogo en torno a la República (Tusquets) y Teoría general de la política (Trotta).
En 1998 apareció casi simultáneamente en Italia y España su Autobiografía (Taurus), escrita en colaboración con el periodista de La Stampa Alberto Papuzzi. Son los años en los que Bobbio manifiesta ya preocupaciones relacionadas directamente con los conflictos supranacionales, al tiempo que reflexiona sobre el papel del desarrollo tecnológico en la convivencia. Un asunto lanzado a la palestra por el pensamiento existencialista al que dedicó sus primeros trabajos.
Maurice Allais, el economista "liberal y socialista" - El Mundo - 2010
Maurice Allais, el único premio Nobel de Economía francés, ha fallecido este sábado a los 99 años. El parisino, al que muchos lectores consideraban "un campeón del proteccionismo", consiguió el Nobel en 1988.
Autor de un centenar de obras, Allais -hijo de comerciantes- se consideraba a sí mismo como un "liberal socialista". Apasionado de la Historia y brillante estudiante, los profesores de Allais le convencieron para elegir otro camino.
Formado en la escuela de economía neoclásica, Allais es autor de la formulación de la denominada "Teoría del riesgo", que trata de las decisiones que se toman en situaciones de incertidumbre económica.
A partir de dicha teoría formuló la llamada "Paradoja Allais" que es visible en los problemas que impliquen decidir entre el riesgo y la prudencia, desde apostar en la ruleta de un casino a invertir en una empresa. Según la teoría del economista francés, la decisión final varía según es planteado el problema.
En una ruleta ficticia hay dos opciones: A, en la que todos los números (hay 37) están premiados con 1.000 euros menos uno, con el que se pierde todo, o B, en la que siempre se gana, incluido ese número, pero sólo se obtienen 800 euros. Casi todo el mundo elige la opción B, la más prudente, pese a que se puede ganar algo más con la otra.
Sin embargo, si se plantea el problema así, la decisión cambia: C, los números del 1 al 5 están premiados con 1.000 euros y del 6 al 37 no se gana nada; o D, los números del 1 al 6 están premiados con 800 euros, pero en el resto no se gana nada. Lo normal es decidirse por la opción C por poder ganar algo más pese a que implica más riesgo de perder .
Gracias a sus estudios sobre la crisis del 29, Allais, que se definía como "liberal socialista", fue uno de los pocos economistas que predijo el "crack" de las bolsas en 1987.
De ingeniero de minas a economista
Su orientación hacia la economía se produjo tras un viaje a Estados Unidos en 1932, en plena depresión tras el "crack" de 1929, a raíz de la visión de la miseria que contempló, lo que le motivó para conocer su causa e intentar buscar una solución.
Su formación superior empezó en la Escuela Politécnica de la capital francesa, de 1931 a 1933, donde obtuvo el título de Ingeniero de Minas, con la calificación de matrícula de honor de su promoción. Más tarde ingresó en la Escuela Superior de Minas, donde finalizó sus estudios en 1936, antes de doctorarse por la Universidad de París.
Entre otros cargos, a lo largo de su carrera fue jefe de la sección económica de la Escuela Nacional Superior de Minas de París y profesor de Economía Teórica en el Instituto de Estadística de la Universidad de París, además de director de investigaciones del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), y director del Centro de Análisis Económico de Francia.
Los restos de Allais recibirán sepultura en el cementerio de los Inválidos de París el próximo día 16. Este lunes, el Gobierno francés rendirá homenaje a su figura. según informa el rotativo 'Le Figaro'.
viernes, 11 de febrero de 2011
Un testamento socialdemocrata - Perfíl - 2010
tony judt
Un testamento socialdemócrata
Por Tomas Abraham 30.10.2010 00:18
Un testamento socialdemócrata
Por Tomas Abraham 30.10.2010 00:18
Tony Judt escribió Ill fares the land durante los últimos meses de su vida. Ha sido traducido en España con el título de Algo va mal. Extraña reposición en la lengua castellana de una evocación del poeta irlandés del siglo XVIII Oliver Goldsmith. Mientras padecía la esclerosis lateral amiotrófica (la misma que padeció Fontanarrosa) termina este libro y nos deja otro, The memory chalet –la compilación de recuerdos publicados desde enero último por la New York Review of Books– que saldrá a la venta en pocas semanas.
En una entrevista, dice Judt de sí mismo: “Hoy en día me consideran fuera de la Universidad de Nueva York como un izquierdoso lunático comunista judío que se odia a sí mismo; dentro de la universidad, me ven como un típico macho liberal elitista pasado de moda. Me gusta. Debo sostenerme entre estos dos personajes, me siento cómodo así”. Mejor tomar con humor el odio de los otros. Judt quiere en este libro rescatar el legado de la socialdemocracia. Considera que es en esta tradición que se ha forjado el último vocabulario moral universalista. Aun sin que haya empleado esta palabra, piensa que se trata del último ideal humanista conocido. La idea de socialismo evoca un fantasma burocrático, ineficiente, policial y represivo. Frente a él, la ideología del mercado corporativo dominó el panorama político de los últimos cuarenta años y ha dejado una tierra devastada. La crisis actual derrumba el optimismo de un modelo que sólo sirvió para crear una enorme brecha entre ricos y pobres. Las cifras que Judt da y que son conocidas muestra la diferencia entre los extremos de la escala social si comparamos el capitalismo fordista hasta 1970, y la evolución que llevó al actual sistema. Afirma que en nuestro presente, el nudo del conflicto se expresa en los niveles de desigualdad.
Hoy quien nace pobre muere pobre. En los fundamentos del llamado modo de vida norteamericano estaba la posibilidad de la movilidad social así como la de disidencia. Entre ambos materializaban en la realidad las ideas de libertad y progreso. La socialdemocracia es para Judt un concepto que apunta al factor distributivo. Lo enmarca en la tradición republicana. Parlamentarismo, democracia de partidos y distribución de la riqueza, vía una política fiscal progresiva, conformaban al movimiento socialdemócrata. Esta tradición se ha desdibujado. Ha desaparecido no sólo por el avance de la ola de privatizaciones sino porque ha sido incorporado a la lengua oficial de la política. Los ideales de equidad y libertad, la combinación de la tradición liberal y las metas socialistas que se desarrollaron en el siglo XIX constituyen la prosa del mundo de la política occidental. “Hoy somos todos demócratas”, nos dice Judt. Pero hay algo falso en esta cuestión. No hay visión colectiva ni existe el sentido de comunidad. Para que lo haya, los hombres deben tener “confianza” en sus instituciones. Esta palabra ha sido usada y abusada. Es un emblema de los ideólogos del mercado. Se agregaron los teóricos alarmados por la anomia de la sociedad norteamericana, fragmentada por las reinvindicaciones de las minorías y sin capital cultural colectivo.
Judt se hace eco de esta preocupación por la confianza en las sociedades modernas. La interpreta de dos modos. Por un lado, la confianza tiene que ver con el sentido del deber fiscal. Nadie quiere pagar impuestos por mero decoro y cumplimento de la ley. Aunque se lo acepta si se sabe que el Estado lo devuelve en servicios y presenta una contabilidad que no deja lugar a dudas sobre la honestidad de su cobro y empleo. El funcionamiento del Estado y la confianza en sus instituciones están ligados al control republicano de quienes están a cargo de la renta colectiva. De no ser así, el Estado es una nave pirateada por corsarios asociados que se hacen de un botín en pocos años, acompañados por bucaneros de ocasión. Una vez que se van, dejan a la deriva un buque fantasma abandonado. Judt, por otro lado, dice que la confianza tiene que ver con un ideal colectivo, y adjudica al Estado la potestad de crear los espacios públicos en que pueda ser ejercido.
La salud, la educación, la seguridad, los transportes, las garantías para expresarse y reunirse necesitan de una entidad unificadora legitimada por las leyes. Judt dice que durante el siglo XX, la acción de los sindicatos y una cultura de aspiraciones colectivas nivelaron las disimetrías producidas por la dinámica capitalista. La visión de J.M. Keynes, Jean Monnet, el New Deal, The Great Society, la acción del laborismo británico en la posguerra, el plan Beveridge son el testimonio de un acuerdo global acerca de la necesidad de un Estado fuerte que fue conocido como Benefactor. Fue la alternativa a la otra figura del Estado concentrador y concentracionario de los fascismos y stalinismos del siglo XX. La corriente privatizadora posterior no sólo demuele estructuras colectivas sino que debilita el sentido de la ley. Para Judt, no hay respeto por la ley si no hay un sentido de lo social como un todo. La privatización es correlativa a la aceptación de la fuerza como motor del poder. Y quien dice fuerza dice violencia.
Para Judt, la contracultura a partir de la década del sesenta que conformó la Nueva Izquierda fue una aliada objetiva del resurgimiento de la Nueva Derecha que dominó la escena política y económica años después. La cultura del narcisismo y del individualismo y la lucha por el derecho de las minorías fragmentó a la sociedad sin reunificarla en un ideal comunitario. La cultura de las diferencias coexistió con una cultura de la indiferencia. De ahí que Judt reúna en un mismo dispositivo político a la cultura popular de los sesenta con la reacción conservadora.
En el capítulo llamado “La venganza de los austríacos”, nos habla del protagonismo de los economistas y filósofos formados en el Imperio Austrohúngaro, que marginados media centuria vuelven a ser actores teóricos de la demonización del Estado. Se refiere a Joseph Schumpeter, Friedrich Hayek, Peter Drucker, Ludwig von Mises, Karl Popper. Que estos hombres vayan de la mano de Janis Joplin, Allen Guinsberg, Malcom X, Ronald Laing y Cohn Bendit, entre otros cientos, es llamativo. Este tipo de análisis recurrentes de las coincidencias objetivas que Judt bautiza como “una ironía de la historia” parece provenir del laboratorio del doctor Insólito. Judt no cree en las bondades del resurgimiento del capitalismo moderno en el llamado BRIC. Nos dice que en la India de una fuerza laboral de cuatrocientos millones de individuos, en la economía moderna participan sólo un millón trescientos mil trabajadores. Señala que el capitalismo chino, lejos de liberar a las masas, no hace más que acentuar la represión. Por su lado, Rusia sustituyó con su cleptocapitalismo al viejo socialismo de Estado. Nada dice sobre Brasil.
Con la frase “no podemos seguir viviendo así”, comienza su libro. Es necesario repensar el Estado para tener un sentimiento de comunidad, es la tarea que cree urgente para el futuro. Considera imprescindible hacerlo para reconstruir una lengua moral ausente en nuestros días, en que expresamos en tablas numéricas los debates sobre aborto, eutanasia, guerras, torturas, salud y educación. *Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).
En una entrevista, dice Judt de sí mismo: “Hoy en día me consideran fuera de la Universidad de Nueva York como un izquierdoso lunático comunista judío que se odia a sí mismo; dentro de la universidad, me ven como un típico macho liberal elitista pasado de moda. Me gusta. Debo sostenerme entre estos dos personajes, me siento cómodo así”. Mejor tomar con humor el odio de los otros. Judt quiere en este libro rescatar el legado de la socialdemocracia. Considera que es en esta tradición que se ha forjado el último vocabulario moral universalista. Aun sin que haya empleado esta palabra, piensa que se trata del último ideal humanista conocido. La idea de socialismo evoca un fantasma burocrático, ineficiente, policial y represivo. Frente a él, la ideología del mercado corporativo dominó el panorama político de los últimos cuarenta años y ha dejado una tierra devastada. La crisis actual derrumba el optimismo de un modelo que sólo sirvió para crear una enorme brecha entre ricos y pobres. Las cifras que Judt da y que son conocidas muestra la diferencia entre los extremos de la escala social si comparamos el capitalismo fordista hasta 1970, y la evolución que llevó al actual sistema. Afirma que en nuestro presente, el nudo del conflicto se expresa en los niveles de desigualdad.
Hoy quien nace pobre muere pobre. En los fundamentos del llamado modo de vida norteamericano estaba la posibilidad de la movilidad social así como la de disidencia. Entre ambos materializaban en la realidad las ideas de libertad y progreso. La socialdemocracia es para Judt un concepto que apunta al factor distributivo. Lo enmarca en la tradición republicana. Parlamentarismo, democracia de partidos y distribución de la riqueza, vía una política fiscal progresiva, conformaban al movimiento socialdemócrata. Esta tradición se ha desdibujado. Ha desaparecido no sólo por el avance de la ola de privatizaciones sino porque ha sido incorporado a la lengua oficial de la política. Los ideales de equidad y libertad, la combinación de la tradición liberal y las metas socialistas que se desarrollaron en el siglo XIX constituyen la prosa del mundo de la política occidental. “Hoy somos todos demócratas”, nos dice Judt. Pero hay algo falso en esta cuestión. No hay visión colectiva ni existe el sentido de comunidad. Para que lo haya, los hombres deben tener “confianza” en sus instituciones. Esta palabra ha sido usada y abusada. Es un emblema de los ideólogos del mercado. Se agregaron los teóricos alarmados por la anomia de la sociedad norteamericana, fragmentada por las reinvindicaciones de las minorías y sin capital cultural colectivo.
Judt se hace eco de esta preocupación por la confianza en las sociedades modernas. La interpreta de dos modos. Por un lado, la confianza tiene que ver con el sentido del deber fiscal. Nadie quiere pagar impuestos por mero decoro y cumplimento de la ley. Aunque se lo acepta si se sabe que el Estado lo devuelve en servicios y presenta una contabilidad que no deja lugar a dudas sobre la honestidad de su cobro y empleo. El funcionamiento del Estado y la confianza en sus instituciones están ligados al control republicano de quienes están a cargo de la renta colectiva. De no ser así, el Estado es una nave pirateada por corsarios asociados que se hacen de un botín en pocos años, acompañados por bucaneros de ocasión. Una vez que se van, dejan a la deriva un buque fantasma abandonado. Judt, por otro lado, dice que la confianza tiene que ver con un ideal colectivo, y adjudica al Estado la potestad de crear los espacios públicos en que pueda ser ejercido.
La salud, la educación, la seguridad, los transportes, las garantías para expresarse y reunirse necesitan de una entidad unificadora legitimada por las leyes. Judt dice que durante el siglo XX, la acción de los sindicatos y una cultura de aspiraciones colectivas nivelaron las disimetrías producidas por la dinámica capitalista. La visión de J.M. Keynes, Jean Monnet, el New Deal, The Great Society, la acción del laborismo británico en la posguerra, el plan Beveridge son el testimonio de un acuerdo global acerca de la necesidad de un Estado fuerte que fue conocido como Benefactor. Fue la alternativa a la otra figura del Estado concentrador y concentracionario de los fascismos y stalinismos del siglo XX. La corriente privatizadora posterior no sólo demuele estructuras colectivas sino que debilita el sentido de la ley. Para Judt, no hay respeto por la ley si no hay un sentido de lo social como un todo. La privatización es correlativa a la aceptación de la fuerza como motor del poder. Y quien dice fuerza dice violencia.
Para Judt, la contracultura a partir de la década del sesenta que conformó la Nueva Izquierda fue una aliada objetiva del resurgimiento de la Nueva Derecha que dominó la escena política y económica años después. La cultura del narcisismo y del individualismo y la lucha por el derecho de las minorías fragmentó a la sociedad sin reunificarla en un ideal comunitario. La cultura de las diferencias coexistió con una cultura de la indiferencia. De ahí que Judt reúna en un mismo dispositivo político a la cultura popular de los sesenta con la reacción conservadora.
En el capítulo llamado “La venganza de los austríacos”, nos habla del protagonismo de los economistas y filósofos formados en el Imperio Austrohúngaro, que marginados media centuria vuelven a ser actores teóricos de la demonización del Estado. Se refiere a Joseph Schumpeter, Friedrich Hayek, Peter Drucker, Ludwig von Mises, Karl Popper. Que estos hombres vayan de la mano de Janis Joplin, Allen Guinsberg, Malcom X, Ronald Laing y Cohn Bendit, entre otros cientos, es llamativo. Este tipo de análisis recurrentes de las coincidencias objetivas que Judt bautiza como “una ironía de la historia” parece provenir del laboratorio del doctor Insólito. Judt no cree en las bondades del resurgimiento del capitalismo moderno en el llamado BRIC. Nos dice que en la India de una fuerza laboral de cuatrocientos millones de individuos, en la economía moderna participan sólo un millón trescientos mil trabajadores. Señala que el capitalismo chino, lejos de liberar a las masas, no hace más que acentuar la represión. Por su lado, Rusia sustituyó con su cleptocapitalismo al viejo socialismo de Estado. Nada dice sobre Brasil.
Con la frase “no podemos seguir viviendo así”, comienza su libro. Es necesario repensar el Estado para tener un sentimiento de comunidad, es la tarea que cree urgente para el futuro. Considera imprescindible hacerlo para reconstruir una lengua moral ausente en nuestros días, en que expresamos en tablas numéricas los debates sobre aborto, eutanasia, guerras, torturas, salud y educación. *Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).
El testameno político de Tony Judt - Josep Ramoneda - El País - 2010
CRÍTICA: PENSAMIENTO
El testamento político de Tony Judt
JOSEP RAMONEDA 23/10/2010
El escritor apuesta en el que se puede considerar su testamento político por la socialdemocracia
La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano". Estas palabras son de Tony Judt, en Algo va mal, escrito en la fase final de la esclerosis lateral amitriófica que le llevaría a la muerte el pasado agosto. Dos años de postración que Judt, con la ayuda de familiares y amigos, convirtió en un tiempo de creatividad. Este libro es, de algún modo, su testamento político. Lo demás queda para las memorias que dejó escritas.
El gran problema para Tony Judt es el vacío moral. No podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales
En Algo va mal, Judt formula su apuesta por la socialdemocracia después de un interesante trabajo de síntesis de los malestares contemporáneos y sus raíces. En el punto de partida, la perplejidad ante una sociedad que ha hecho del dinero su único criterio moral: "Ha convertido en virtud la búsqueda del interés material". Hasta el extremo de que es lo único que queda como sentido de voluntad colectiva. Y así asistimos a crecimientos salvajes de la desigualdad interior en nuestros países, a la humillación sistemática de los más débiles, a los abusos de poderes no democráticos -empezando por el poder económico- frente a los cuales el Estado es impotente, sin que ello cause el menor revuelo o indignación. La reducción de la experiencia humana a la vida económica se ha convertido en algo natural. Una naturalidad que surge del mundo construido en los años ochenta sin alternativa, fundado "en la admiración acrítica por los mercados sin restricciones, el desprecio del sector público y la ilusión falsa del crecimiento infinito".
Tony Judt cita a Adam Smith para reafirmar el carácter destructivo de la cultura de admiración acrítica de la riqueza: "La causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales". Y describe la ceguera del mundo en que vivimos: en que un aumento global de la riqueza disimula las disparidades distributivas que colapsan la movilidad social y destruyen la confianza mutua indispensable para dar sentido a la vida en sociedad. La tríada inseguridad, miedo, desconfianza como base de un sistema de dominación que encuentra en la indiferencia la clave de su éxito. La pregunta que recorre el libro de Judt es: ¿por qué es tan difícil encontrar una alternativa? Y nos conduce a los efectos combinados de la hegemonía ideológica conservadora y la globalización: la economía se ha globalizado, la política sigue siendo local y nacional. En este punto la política debería encontrar empatía en una ciudadanía que en su inmensa mayoría vive su experiencia en el ámbito local y nacional. En vez de reforzar este vínculo, la política se ha ido desdibujando en la resignada aceptación de los límites de lo posible fijada por los mercados.
El gran problema para Tony Judt es el vacío moral. No podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales. Solo sobre ellos se puede reconstruir la confianza. Y la confianza es necesaria para el buen funcionamiento de todo, incluso de los mercados. El autor se apoya en otra figura señera de la gran tradición liberal, John Stuart Mill, para marcar una posición inequívoca: "La idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva".
De la crítica de la construcción de la hegemonía, que data de los años ochenta, no surge un discurso melancólico del pasado. Es evidente que en los treinta años posteriores a la II Guerra Mundial los ciudadanos de Estados Unidos y de la Europa democrática vivieron en las mejores condiciones sociales que se han conocido. Pero era un privilegio de un restringido grupo de países que habían encontrado el equilibrio "entre innovación social y conservadurismo cultural".
Las revueltas que a finales de los sesenta rompieron los parámetros morales y culturales de aquellos años abrieron, inconscientemente, el camino a la radicalización del individualismo que daría paso a la revolución conservadora de los ochenta. Después viene la fatua reacción occidental sobre la caída de los regímenes de tipo soviético. La historia ha terminado, decían, como si la promesa de Marx de sustituir la política por la administración de las cosas hubiera llegado de la propia derrota del comunismo.
La izquierda se fue quedando muda, mientras la derecha se esforzaba en el desprestigio del Estado. Y así seguimos, sin alternativa. ¿La democracia puede sobrevivir mucho tiempo a la cultura de la indiferencia? "La participación en el Gobierno no solo aumenta el sentido colectivo de la responsabilidad por todo lo que hace el Gobierno, también preserva la honestidad de los que mandan y mantiene a raya los excesos autoritarios". Por el camino hemos perdido la idea de igualdad. Sin ella el discurso socialdemócrata se desdibuja. ¿Qué hay que hacer? Repensar el Estado, reestructurar el debate público, rechazar la tramposa idea de que todos queremos lo mismo, y replantearnos la vieja cuestión de William Beveridge: "Bajo qué condiciones es posible y valioso vivir, para los hombres en general".
Mientras los políticos de izquierda defienden la socialdemocracia con la boca pequeña, para Tony Judt es la única apuesta adecuada porque la desigualdad es hoy el problema capital. Para ello la socialdemocracia necesita trabajar por el prestigio del Estado, reconstruir un lenguaje propio y encontrar un relato moral. Injusticia, desigualdad, deslealtad, inmoralidad, la socialdemocracia tenía un lenguaje para hablar de ellas y ha renunciado a él. Venimos de dos décadas perdidas, dice Judt, entre el amoralismo egoísta de Thatcher y Reagan y la autosuficiencia atlántica de Clinton y Blair. Y nada garantiza que no sigamos así. Judt se apoya en Tolstói para advertirnos de que "no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan".
Algo va mal. Tony Judt. Traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2010. 256 páginas. 19 euros. El món no se'n surt. Un tractat sobre els malestars del present. Traducción de Miquel Izquierdo. La Magrana. Barcelona, 2010. 192 páginas. 20 euros.
El testamento político de Tony Judt
JOSEP RAMONEDA 23/10/2010
El escritor apuesta en el que se puede considerar su testamento político por la socialdemocracia
La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano". Estas palabras son de Tony Judt, en Algo va mal, escrito en la fase final de la esclerosis lateral amitriófica que le llevaría a la muerte el pasado agosto. Dos años de postración que Judt, con la ayuda de familiares y amigos, convirtió en un tiempo de creatividad. Este libro es, de algún modo, su testamento político. Lo demás queda para las memorias que dejó escritas.
El gran problema para Tony Judt es el vacío moral. No podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales
En Algo va mal, Judt formula su apuesta por la socialdemocracia después de un interesante trabajo de síntesis de los malestares contemporáneos y sus raíces. En el punto de partida, la perplejidad ante una sociedad que ha hecho del dinero su único criterio moral: "Ha convertido en virtud la búsqueda del interés material". Hasta el extremo de que es lo único que queda como sentido de voluntad colectiva. Y así asistimos a crecimientos salvajes de la desigualdad interior en nuestros países, a la humillación sistemática de los más débiles, a los abusos de poderes no democráticos -empezando por el poder económico- frente a los cuales el Estado es impotente, sin que ello cause el menor revuelo o indignación. La reducción de la experiencia humana a la vida económica se ha convertido en algo natural. Una naturalidad que surge del mundo construido en los años ochenta sin alternativa, fundado "en la admiración acrítica por los mercados sin restricciones, el desprecio del sector público y la ilusión falsa del crecimiento infinito".
Tony Judt cita a Adam Smith para reafirmar el carácter destructivo de la cultura de admiración acrítica de la riqueza: "La causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales". Y describe la ceguera del mundo en que vivimos: en que un aumento global de la riqueza disimula las disparidades distributivas que colapsan la movilidad social y destruyen la confianza mutua indispensable para dar sentido a la vida en sociedad. La tríada inseguridad, miedo, desconfianza como base de un sistema de dominación que encuentra en la indiferencia la clave de su éxito. La pregunta que recorre el libro de Judt es: ¿por qué es tan difícil encontrar una alternativa? Y nos conduce a los efectos combinados de la hegemonía ideológica conservadora y la globalización: la economía se ha globalizado, la política sigue siendo local y nacional. En este punto la política debería encontrar empatía en una ciudadanía que en su inmensa mayoría vive su experiencia en el ámbito local y nacional. En vez de reforzar este vínculo, la política se ha ido desdibujando en la resignada aceptación de los límites de lo posible fijada por los mercados.
El gran problema para Tony Judt es el vacío moral. No podemos seguir evaluando nuestro mundo y decidiendo las opciones necesarias sin referentes y juicios morales. Solo sobre ellos se puede reconstruir la confianza. Y la confianza es necesaria para el buen funcionamiento de todo, incluso de los mercados. El autor se apoya en otra figura señera de la gran tradición liberal, John Stuart Mill, para marcar una posición inequívoca: "La idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva".
De la crítica de la construcción de la hegemonía, que data de los años ochenta, no surge un discurso melancólico del pasado. Es evidente que en los treinta años posteriores a la II Guerra Mundial los ciudadanos de Estados Unidos y de la Europa democrática vivieron en las mejores condiciones sociales que se han conocido. Pero era un privilegio de un restringido grupo de países que habían encontrado el equilibrio "entre innovación social y conservadurismo cultural".
Las revueltas que a finales de los sesenta rompieron los parámetros morales y culturales de aquellos años abrieron, inconscientemente, el camino a la radicalización del individualismo que daría paso a la revolución conservadora de los ochenta. Después viene la fatua reacción occidental sobre la caída de los regímenes de tipo soviético. La historia ha terminado, decían, como si la promesa de Marx de sustituir la política por la administración de las cosas hubiera llegado de la propia derrota del comunismo.
La izquierda se fue quedando muda, mientras la derecha se esforzaba en el desprestigio del Estado. Y así seguimos, sin alternativa. ¿La democracia puede sobrevivir mucho tiempo a la cultura de la indiferencia? "La participación en el Gobierno no solo aumenta el sentido colectivo de la responsabilidad por todo lo que hace el Gobierno, también preserva la honestidad de los que mandan y mantiene a raya los excesos autoritarios". Por el camino hemos perdido la idea de igualdad. Sin ella el discurso socialdemócrata se desdibuja. ¿Qué hay que hacer? Repensar el Estado, reestructurar el debate público, rechazar la tramposa idea de que todos queremos lo mismo, y replantearnos la vieja cuestión de William Beveridge: "Bajo qué condiciones es posible y valioso vivir, para los hombres en general".
Mientras los políticos de izquierda defienden la socialdemocracia con la boca pequeña, para Tony Judt es la única apuesta adecuada porque la desigualdad es hoy el problema capital. Para ello la socialdemocracia necesita trabajar por el prestigio del Estado, reconstruir un lenguaje propio y encontrar un relato moral. Injusticia, desigualdad, deslealtad, inmoralidad, la socialdemocracia tenía un lenguaje para hablar de ellas y ha renunciado a él. Venimos de dos décadas perdidas, dice Judt, entre el amoralismo egoísta de Thatcher y Reagan y la autosuficiencia atlántica de Clinton y Blair. Y nada garantiza que no sigamos así. Judt se apoya en Tolstói para advertirnos de que "no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan".
Algo va mal. Tony Judt. Traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2010. 256 páginas. 19 euros. El món no se'n surt. Un tractat sobre els malestars del present. Traducción de Miquel Izquierdo. La Magrana. Barcelona, 2010. 192 páginas. 20 euros.
Fallece Tony Judt, historiador y experto en cuestiones europeas - El País - 2010
OBITUARIO
Tony Judt, historiador y experto en cuestiones europeas
Su crónica 'Posguerra' es un análisis monumental del continente desde 1945
DAVID ALANDETE 08/08/2010
Tony Judt, historiador y experto en cuestiones europeas
Su crónica 'Posguerra' es un análisis monumental del continente desde 1945
DAVID ALANDETE 08/08/2010
Tony Judt, uno de los historiadores e investigadores de la Europa de finales del siglo XX más respetados en su profesión, falleció este viernes en su residencia de Nueva York, según confirmó la Universidad de Nueva York, para la que trabajaba como profesor. Tenía 62 años y había padecido, durante casi dos años, los devastadores efectos de la enfermedad de Lou Gehrig, o esclerosis lateral amiotrófica.
Judt nació en el seno de una familia judía de Reino Unido en 1948. En su juventud vivió en un kibutz en Israel. La experiencia en la granja colectiva constituyó una etapa importante de su formación y le marcó como sionista de izquierdas durante algunos años. Llegó a servir como conductor voluntario en la Guerra de los Seis Días que enfrentó a Israel con la coalición de países árabes en 1967.
Aquel fervor sionista de juventud, sin embargo, no le duró mucho. Pronto cambió su izquierdismo con toques radicales por unas posturas más socialdemócratas. Y en sus textos criticó no solo el poder y la prominencia internacional de Estados Unidos, sino el peso de las instituciones judías dentro de la arquitectura política norteamericana.
Su obra más famosa, publicada en 2005, es Posguerra: Una historia de Europa desde 1945, una crónica monumental del continente en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En su análisis, Judt afirma que la cooperación de los países europeos en los 30 años posteriores a la caída de Adolf Hitler da muestra de que el pacifismo y el multilateralismo pueden engendrar una estabilidad y una prosperidad duraderas. Con Posguerra quedó finalista al Premio Pulitzer en 2006.
"América tendría el mayor Ejército y China crearía más productos, y más baratos", escribe en la conclusión del libro. "Pero ni América ni China disponían de un modelo útil que sirviera para la emulación universal. A pesar de los horrores de su reciente pasado, y en gran medida gracias a ellos, eran los europeos los que ahora estaban genuinamente posicionados para ofrecerle al mundo algún modesto consejo sobre cómo evitar repetir los errores del pasado. Pocos lo habrían dicho hace 60 años, pero puede que el siglo XXI pertenezca aún a los europeos".
Era profesor de la Universidad de Nueva York desde 1987. En esa institución ayudó a fundar el Instituto Remarque, donde investigaba y enseñaba historia reciente de Europa. Judt cuenta nueve libros, sobre todo análisis respetados en ese campo. Aparte, colaboraba con la revista New York Review of Books, en la que consagró su cambio de ideas sobre el conflicto árabe-israelí . En un polémico análisis de 2003, proclamó que Israel era un "anacronismo" y pidió la creación de un estado binacional repartido entre árabes y judíos. Uno de sus últimos artículos defendía que las críticas a los actos de fuerza del Ejecutivo de Israel no están motivadas por el antisemitismo y que, además, el abuso de este calificativo es peligroso para la memoria del Holocausto.
En otoño de 2008 se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que provoca una progresiva parálisis de los músculos. Se trata de la misma enfermedad degenerativa que padece el científico Stephen Hawking. Judt estaba paralizado de cuello para abajo. Le costaba tragar, hablar, incluso sujetar la mandíbula. Necesitaba ayuda para prácticamente todo.
A lo largo de sus últimos meses, escribió acerca de su enfermedad y sobre sus impresiones de la vida, lo que supuso un giro a su carrera y la inauguración de una nueva etapa de reflexiones muchos más personales. En cuestión de meses, Tony Judt se convirtió en cuadripléjico, necesitado de un tubo de oxígeno para respirar. Su mente, sin embargo, estaba intacta, y siguió produciendo sus lúcidos análisis sin mella alguna, casi hasta su último día de vida.
Judt nació en el seno de una familia judía de Reino Unido en 1948. En su juventud vivió en un kibutz en Israel. La experiencia en la granja colectiva constituyó una etapa importante de su formación y le marcó como sionista de izquierdas durante algunos años. Llegó a servir como conductor voluntario en la Guerra de los Seis Días que enfrentó a Israel con la coalición de países árabes en 1967.
Aquel fervor sionista de juventud, sin embargo, no le duró mucho. Pronto cambió su izquierdismo con toques radicales por unas posturas más socialdemócratas. Y en sus textos criticó no solo el poder y la prominencia internacional de Estados Unidos, sino el peso de las instituciones judías dentro de la arquitectura política norteamericana.
Su obra más famosa, publicada en 2005, es Posguerra: Una historia de Europa desde 1945, una crónica monumental del continente en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En su análisis, Judt afirma que la cooperación de los países europeos en los 30 años posteriores a la caída de Adolf Hitler da muestra de que el pacifismo y el multilateralismo pueden engendrar una estabilidad y una prosperidad duraderas. Con Posguerra quedó finalista al Premio Pulitzer en 2006.
"América tendría el mayor Ejército y China crearía más productos, y más baratos", escribe en la conclusión del libro. "Pero ni América ni China disponían de un modelo útil que sirviera para la emulación universal. A pesar de los horrores de su reciente pasado, y en gran medida gracias a ellos, eran los europeos los que ahora estaban genuinamente posicionados para ofrecerle al mundo algún modesto consejo sobre cómo evitar repetir los errores del pasado. Pocos lo habrían dicho hace 60 años, pero puede que el siglo XXI pertenezca aún a los europeos".
Era profesor de la Universidad de Nueva York desde 1987. En esa institución ayudó a fundar el Instituto Remarque, donde investigaba y enseñaba historia reciente de Europa. Judt cuenta nueve libros, sobre todo análisis respetados en ese campo. Aparte, colaboraba con la revista New York Review of Books, en la que consagró su cambio de ideas sobre el conflicto árabe-israelí . En un polémico análisis de 2003, proclamó que Israel era un "anacronismo" y pidió la creación de un estado binacional repartido entre árabes y judíos. Uno de sus últimos artículos defendía que las críticas a los actos de fuerza del Ejecutivo de Israel no están motivadas por el antisemitismo y que, además, el abuso de este calificativo es peligroso para la memoria del Holocausto.
En otoño de 2008 se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que provoca una progresiva parálisis de los músculos. Se trata de la misma enfermedad degenerativa que padece el científico Stephen Hawking. Judt estaba paralizado de cuello para abajo. Le costaba tragar, hablar, incluso sujetar la mandíbula. Necesitaba ayuda para prácticamente todo.
A lo largo de sus últimos meses, escribió acerca de su enfermedad y sobre sus impresiones de la vida, lo que supuso un giro a su carrera y la inauguración de una nueva etapa de reflexiones muchos más personales. En cuestión de meses, Tony Judt se convirtió en cuadripléjico, necesitado de un tubo de oxígeno para respirar. Su mente, sin embargo, estaba intacta, y siguió produciendo sus lúcidos análisis sin mella alguna, casi hasta su último día de vida.
Obama bendice la Alianza de Civilizaciones - El País - 2009
Obama bendice la Alianza de las Civilizaciones
El presidente norteamericano asistirá a la segunda reunión del foro internacional el próximo mes en Turquía
MIGUEL GONZÁLEZ Madrid 09/03/2009
El presidente norteamericano asistirá a la segunda reunión del foro internacional el próximo mes en Turquía
MIGUEL GONZÁLEZ Madrid 09/03/2009
El presidente norteamericano, Barack Obama, asistirá a la segunda reunión del Foro de la Alianza de las Civilizaciones, que se celebrará el próximo 6 y 7 de abril en la ciudad turca de Estambul. El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, recibe así un fuerte espaldarazo a su principal iniciativa en materia de política exterior.
La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, ya había avanzado que Obama visitaría Turquía antes de un mes como última etapa de su primera gira europea. Ayer, Washington confirmó a Madrid que el viaje coincidiría con la cita. Zapatero ha asegurado esta mañana en una rueda de prensa en La Moncloa que la reunión tendrá "una gran relevancia", sin aludir en ningún momento a la presencia de Obama.
Fundada bajo los auspicios de Naciones Unidas, gracias a la iniciativa de España y Turquía, la Alianza cuenta hoy con más de 80 miembros, entre países y organizaciones internacionales. El objetivo es reafirmar el repesto mutuo entre pueblos de tradiciones culturales y religiosas distintas, e instar a una actuación coordinada para lograrlo. Con la Alianza se pretende un rechazo conjunto al extremismo y la defensa de la diversidad cultural y religiosa. En enero de 2008, Madrid fue sede del I Foro de la Alianza de Civilizaciones.
En este II Foro que se desarrollará en Turquía, participarán el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, el jefe del Gobierno español, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y el Alto Representante de la ONU para la Alianza de Civilizaciones , el presidente Jorge Sampaio.
La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, ya había avanzado que Obama visitaría Turquía antes de un mes como última etapa de su primera gira europea. Ayer, Washington confirmó a Madrid que el viaje coincidiría con la cita. Zapatero ha asegurado esta mañana en una rueda de prensa en La Moncloa que la reunión tendrá "una gran relevancia", sin aludir en ningún momento a la presencia de Obama.
Fundada bajo los auspicios de Naciones Unidas, gracias a la iniciativa de España y Turquía, la Alianza cuenta hoy con más de 80 miembros, entre países y organizaciones internacionales. El objetivo es reafirmar el repesto mutuo entre pueblos de tradiciones culturales y religiosas distintas, e instar a una actuación coordinada para lograrlo. Con la Alianza se pretende un rechazo conjunto al extremismo y la defensa de la diversidad cultural y religiosa. En enero de 2008, Madrid fue sede del I Foro de la Alianza de Civilizaciones.
En este II Foro que se desarrollará en Turquía, participarán el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, el jefe del Gobierno español, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y el Alto Representante de la ONU para la Alianza de Civilizaciones , el presidente Jorge Sampaio.
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