Mostrando entradas con la etiqueta IDEAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta IDEAS. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de marzo de 2009

Manifiesto Ecosocialista de Joel Kovel y Michael Lowy

Manifiesto ecosocialista.
El siglo XXI se inicia de manera catastrófica, con un grado sin precedentes de deterioro ecológico y un orden mundial caótico, amenazado por el terror y por conglomerados de guerra desintegradora, de baja intensidad, que se extienden como gangrena a través de amplios segmentos del planeta -África Central, Medio Oriente, Asia Central y del Sur y noroeste de Sudamérica- y reverberan a través de las naciones.
En nuestra visión, la crisis ecológica y la crisis de deterioro social están profundamente interrelacionadas y deben ser vistas como distintas manifestaciones de las mismas fuerzas estructurales. La primera se origina ampliamente en la industrialización rampante que desborda la capacidad de la Tierra para amortiguar y contener la desestabilización ecológica. La segunda se deriva de la forma de imperialismo conocida como globalización, con efectos desintegradores en las sociedades que encuentra a su paso. Más aun, estas fuerzas subyacentes son esencialmente aspectos diferentes de una misma corriente, que debe ser identificada como la dinámica central que mueve a la totalidad: la expansión del sistema capitalista mundial.
Rechazamos todos los eufemismos o la suavización propagandística de la brutalidad de este régimen: todo intento de lavado verde de sus costos ecológicos, toda mistificación de sus costos humanos en nombre de la democracia y los derechos humanos. Insistimos, por el contrario, en mirar al capital desde la perspectiva de lo que realmente ha hecho.
Actuando sobre la naturaleza y su equilibrio ecológico, el régimen, con su imperativo de expansión constante de la rentabilidad, expone los ecosistemas a contaminantes desestabilizadores; fragmenta hábitats que han evolucionado durante eones para permitir el florecimiento de los organismos, despilfarra los recursos y reduce la sensual vitalidad de la naturaleza al frío intercambio requerido por la acumulación de capital.
En lo concerniente a la humanidad y sus demandas de autodeterminación, comunidad y una existencia plena de sentido, el capital reduce a la mayoría de la población mundial a mero reservorio de fuerza de trabajo, mientras descarta a muchos de los restantes como lastre inútil. Ha invadido y erosionado la integridad de las comunidades a través de su cultura global de masas de consumismo y despolitización. Ha incrementado las desigualdades en riqueza y poder hasta niveles sin precedentes en la historia humana. Ha trabajado en estrecha alianza con una red de estados clientes serviles y corruptos, cuyas élites locales ejecutan la tarea de represión ahorrándole al centro el oprobio de la misma. Y ha puesto en marcha una red de organizaciones supraestatales bajo la supervisión general de los poderes occidentales y del superpoder Estados Unidos, para minar la autonomía de la periferia y atarla al endeudamiento, mientras mantiene un enorme aparato militar para asegurar la obediencia al centro capitalista.
Creemos que el actual sistema capitalista no puede regular, y mucho menos superar, las crisis que ha desatado. No puede resolver la crisis ecológica, porque hacerlo requiere poner límites a la acumulación -una opción inaceptable para un sistema cuya prédica se apoya en la divisa: ¡ crecer o morir ! Y no puede resolver la crisis planteada por el terror y otras formas de rebelión violenta porque hacerlo significaría abandonar la lógica imperial, lo que impondría límites inaceptables al crecimiento y a todo el "modo de vida" sostenido por el ejercicio del poder imperial. Su única opción restante es recurrir a la fuerza bruta, incrementando así la alienación y sembrando las semillas del terrorismo... y del antiterrorismo que lo sigue, evolucionando hacia una variante nueva y maligna de fascismo.
En suma, el sistema capitalista mundial está en una bancarrota histórica. Se ha convertido en un imperio incapaz de adaptarse, cuyo propio gigantismo deja al descubierto su debilidad subyacente. Es, en términos ecológicos, profundamente insustentable y debe ser cambiado de manera fundamental, y mejor aun, reemplazado, si ha de existir un futuro digno de vivirse.
De este modo, regresa la categórica disyuntiva planteada una vez por Rosa Luxemburgo: ¡socialismo o barbarie!, en momentos en que el rostro de esta última refleja ahora el sello del siglo que empieza y asume el semblante de la ecocatástrofe, el terror-contraterror, y su degeneración fascista.
Pero, ¿por qué socialismo, por qué revivir esta palabra en apariencia destinada al basurero de la historia por los fracasos de sus interpretaciones del siglo XX?. Por esta única razón: por muy golpeada e irrealizada que esté, la noción de socialismo aún sigue en pié para la superación del capital. Si el capital ha de ser vencido, tarea que ahora tiene carácter urgente para la supervivencia de la civilización misma, el resultado será por fuerza "socialista", porque ése es el término que significa el paso hacia una sociedad poscapitalista. Si decimos que el capital es radicalmente insustentable y se fragmenta en la barbarie esbozada arriba, estamos diciendo también que necesitamos construir un "socialismo" capaz de superar las crisis que el capital ha venido desatando. Y si los "socialismos" del pasado fracasaron en hacerlo, entonces es nuestra obligación, al elegir no someternos a un destino bárbaro, luchar por uno que triunfe. Y tal como la barbarie ha cambiado de un modo que refleja el siglo transcurrido desde que Luxemburgo expresara su alternativa fatídica, así también el nombre y la realidad de "socialismo" deben hacerse adecuados para este tiempo.
Por estas razones escogimos llamar ecosocialismo a nuestra interpretación del "socialismo", y dedicarnos a su realización.
¿Por qué el ecosocialismo?
Vemos al ecosocialismo no como la negación sino como la realización de los socialismos "de primera época" del siglo XX, en el contexto de la crisis ecológica. Como aquéllos, éste se construye entendiendo el capital como trabajo objetivado, y se funda en el libre desarrollo de todos los productores o, en otras palabras, en el desmantelamiento de la separación de los productores respecto de los medios de producción. Entendemos que este objetivo no pudo ser realizado por los socialismos de primera época, por razones demasiado complejas de abordar aquí, excepto resumirlas en los diversos efectos del subdesarrollo en un contexto dominado por la hostilidad de los poderes capitalistas existentes. Esta coyuntura tuvo numerosos efectos nocivos en los socialismos existentes, principalmente la negación de la democracia interna junto a la emulación del productivismo capitalista, lo que terminó por conducir al colapso de esas sociedades y a la ruina de sus ambientes naturales.
El ecosocialismo mantiene los objetivos emancipatorios del socialismo de primera época y rechaza tanto las metas reformistas, atenuadas, de la socialdemocracia, como las estructuras productivistas de las variantes burocráticas de socialismo. En cambio, insiste en redefinir tanto la vía como el objetivo de la producción socialista en un marco ecológico. Lo hace específicamente con respecto a los "límites del crecimiento" esenciales para la sustentabilidad de la sociedad. Estos se adoptan, sin embargo, no en el sentido de imponer escasez, privación y represión. El objetivo, por el contrario, consiste en una transformación de las necesidades y un cambio profundo hacia la dimensión cualitativa, alejándose de la cuantitativa. Desde el punto de vista de la producción de mercancías, esto se traduce en una valorización de los valores de uso por sobre los valores de cambio -un proyecto de vasto significado, que se funda en la actividad económica directa.
La generalización de la producción ecológica bajo condiciones socialistas puede proporcionar la base para superar las crisis actuales. Una sociedad de productores libremente asociados no se detiene en su propia democratización. Debe, por el contrario, insistir en la liberación de todos los seres como fundamento y propósito. Supera así el impulso imperialista, subjetiva y objetivamente. Al realizar tal objetivo, lucha por superar todas las formas de dominación, incluyendo en especial las de género y raza. Y supera las condiciones que dan origen a las distorsiones fundamentalistas y sus manifestaciones terroristas. En suma, supone una sociedad mundial en un grado de harmonía ecológica con la naturaleza impensable en las condiciones actuales. Una consecuencia práctica de estas tendencias se expresaría, por ejemplo, en la extinción de la dependencia en los combustibles fósiles consustancial al capitalismo industrial. Y esto a su vez puede proporcionar la base material para la liberación de los países oprimidos por el imperialismo del petróleo, mientras que permite la contención del calentamiento global, junto a otros problemas de la crisis ecológica.
Nadie puede leer estas propuestas sin pensar, primero, en cuántos problemas prácticos y teóricos generan, y segundo y más abrumadoramente, en lo lejanas que están con respecto a la configuración actual del mundo, en su anclaje institucional y en la forma en que se imprime en la conciencia. No necesitamos desarrollar estos puntos, que deberían ser instantáneamente reconocibles para todos. Pero quisiéramos insistir en que sean tomadas desde una perspectiva apropiada. Nuestro proyecto no consiste ni en delinear cada paso de esta vía ni en ceder ante el adversario debido a la preponderancia del poder que ostenta. Se trata, en cambio, de desarrollar la lógica de una transformación suficiente y necesaria del orden actual, y en empezar a desarrollar las etapas intermedias en dirección a este objetivo. Lo hacemos para pensar con mayor profundidad en estas posibilidades y, al mismo tiempo, empezar el trabajo de diseñar junto a todos los que piensan parecido. Si algún mérito hay en estos argumentos, entonces debe ocurrir que pensamientos similares, y prácticas que realicen esos pensamientos, germinen coordinadamente en innumerables puntos alrededor del mundo. El ecosocialismo será internacional, y universal, o no será. Las crisis de nuestro tiempo pueden –y deben- ser vistas como oportunidades revolucionarias, lo que es nuestra obligación afirmar y dar nacimiento.
Joel Kovel y Michael LöwyParís, septiembre de 2001
TERCER MILENIO
Ecosocialismo
Joel Kovel
Un socialismo digno del nombre tendrá que ser ecológicamente orientado, es decir, tendrá que estar consagrado a restaurar la integridad de nuestra relación con la naturaleza. La producción dentro del ecosocialismo debe orientarse hacia la reparación del daño de los ecosistemas y promoviendo sistemas naturales florecientes.
El homo sapiens ha estado luchando con sus efectos sobre la naturaleza desde los días del Paleolítico y las primeras grandes extinciones realizadas por las bandas de cazadores, pero no fue sino hasta los años setenta que estos efectos comenzaron a experimentarse como una gran crisis ecológica que amenaza el futuro de todas las especies. El movimiento ecologista moderno nació en ese momento, con sus Días de la Tierra, partidos verdes y ONG innumerables señalando una nueva, ecológicamente consciente, época que se había levantado para luchar contra la amenaza planetaria.
El optimismo de esos tempranos años ahora se ha marchitado totalmente. A pesar de ciertas intervenciones útiles, como el mayor reciclado de basura, el desarrollo de zonas verdes o de la aparentemente creciente masa de regulaciones gubernamentales, en las ONG medioambientales y los programas académicos se ha verificado el paso global de la decadencia ecológica. De hecho, desde que el primer Día de la Tierra fue proclamado se ha empeorado en áreas cruciales como las emisiones del carbono, la pérdida de arrecifes y la deforestación de la Amazonia; actualmente, todo esto se ha acelerado y ha comenzado a asumir un carácter exponencial. ¿Cómo explicar este molesto hecho? ¿Por qué la conciencia que debería inspirar los esfuerzos más vigorosos para ir más allá de los límites de ambientalismo actual no se amplió? Quiza Margaret Thatcher debe considerarse aquí. En los años tardíos de los setenta, el mismo decenio que iba a introducirnos en la era medioambiental, la “dama de hierro”, primera ministra del Reino Unido, anunció el surgimiento del TINA, las siglas en inglés para su eslogan “no hay ninguna alternativa” (There Is No Alternative) a la sociedad dada y, ciertamente, ninguna alternativa de la clase prevista por la primera oleada de activistas ecologistas.
Lo que había pasado era que ese ambientalismo había extraviado el punto y estaba tratando con síntomas externos en lugar de atacar a la enfermedad básica. Thatcher no lo deletreó en detalle, pero no hubo ninguna equivocación de lo que ella tenía en mente y sostenía: “No había ninguna alternativa al capitalismo” –o, más exactamente, para el renacido, duro y afilado, tipo de capitalismo que se había instalado durante los años setenta en lugar del capitalismo del Estado benefactor que había prevalecido por más de un siglo. Esta era una respuesta deliberada a una seria crisis de acumulación que había convencido a los líderes de la economía global para instaurar lo que conocemos hoy como neoliberalismo. Thatcher fue emblemática, junto con Ronald Reagan en Estados Unidos, de su cara política. El neoliberalismo es un retorno a la pura lógica del capital; no es ninguna tormenta de paso, sino la verdadera condición del mundo capitalista que habitamos. Ha barrido las medidas que habían inhibido la agresividad del capital y los ha reemplazado con una desnuda explotación de la humanidad y la naturaleza. Al derribar las fronteras y límites de su acumulación se le conoce como “globalización” y es celebrada por ideólogos como Milton Friedman como una nueva época de progreso universal sostenido por las alas del mercado libre y la mercantilización de todo. Esta guerra relámpago o bombardeo neoliberal acabó con las débiles reformas liberales que los movimientos medioambientales de los años setenta habían ayudado a poner en orden para verificar la decadencia ecológica y como estos movimientos no han desarrollado ninguna crítica al capital, o una muy pequeña, flotan sin esperanza en un tiempo de crisis acelerada.
De modo que es el momento de reconocer la insuficiencia absoluta de las premisas básicas de ambientalismo de la primera ola y sus formas de organización. Hay una cierta urgencia de este reconocimiento para advertir los cambios profundos y, de hecho, sin precedentes en la existencia humana por la crisis ecológica. Este camino que se ha abierto ahora ante nosotros puede atribuirse al capital mismo, que nos pone sobre la huella del caos ecológico; mientras hay muchas y complejas evidencias correspondientes a la responsabilidad del capital en la crisis ecológica, lo cierto es que únicamente se mantiene una tendencia arrasadora: el capitalismo requiere el crecimiento incesante de la producción económica y como este crecimiento sirve a la causa del capital, pero no a las necesidades humanas reales, el resultado es la desestabilización continua de su integral relación con la naturaleza. La razón esencial de esto depende de la diferencia distintiva del capitalismo con todos los otros modos de producción, esto es, que éste está organizado alrededor de la producción del propio capital –de una entidad completamente abstracta, cuantitativa y numérica sin límite interior. Por lo tanto, arrastra al material mundo natural, que tiene límites muy definidos, junto con él en su enloquecida búsqueda de valorizar el valor, de valor y plusvalor, y no puede hacer nada más.
No tenemos ninguna opción frente al hecho de que la crisis ecológica pronostica un cambio radical, pero podemos escoger el tipo de cambio, el cual puede ser para la vida o para la muerte. Como Ian Angus lo pone en su página electrónica Clima y capitalismo, la opción es bastante simple: “Ecosocialismo o barbarie: no hay ninguna tercera vía”.
En realidad, esa es una paráfrasis de lo que la gran Rosa Luxemburgo dijo al principio del siglo XX, que la real disyuntiva de la humanidad estaba entre “socialismo o barbarie”. Esto es una gran verdad. El fracaso de las revoluciones socialistas (de manera inmediata, como en el caso de Luxemburgo y el levantamiento espartaquista en Alemania, y después con el fracaso de los otros socialismos del siglo XX, sobre todo aquellos organizados alrededor de la URSS y China), ha sido una condición para el presente triunfo del capitalismo bárbaro, con sus guerras interminables, la pesadilla del consumismo, el ensanchamiento entre ricos y pobres –y muy significativamente, con la crisis ecológica. De modo que la elección humana nos remite a lo mismo, excepto que la barbarie capitalista significa ahora ecocatástrofe. Esto es así porque la capacidad de la Tierra para limpiar los efectos de la producción humana se ha sobrepasado por el caos de su sistema productivo. Cualquier movimiento para la transformación social en nuestro tiempo tendrá que poner en primer plano este problema, porque la misma noción de un futuro depende en adelante de si podremos resolverlo o no.
Por esta razón, un socialismo digno del nombre tendrá que ser ecológicamente –o para ser más exactos, “ecocéntricamente”– orientado, es decir, tendrá que ser un “ecosocialismo” consagrado a restaurar la integridad de nuestra relación con la naturaleza. La distinción entre ecosocialismo y los socialismos de la “primer época” del último siglo no es meramente terminológica, como si para el ecosocialismo simplemente se necesitara el control obrero sobre el aparato industrial y alguna buena regulación medioambiental. Se requiere el control obrero en el ecosocialismo como en el socialismo de la “primera época,” porque los productores son libres sólo si trascienden al capitalismo, pero el aspecto ecológico también propone un nuevo y más radical problema que pone en cuestión el mismo carácter de la propia producción.
La producción capitalista, en su búsqueda interminable de ganancias, busca convertir todo en mercancía; sólo de este modo la acumulación puede continuar expandiéndose. Al liberarnos de la tiranía de la propiedad privada sobre los medios de producción, con el socialismo, sea de la primera época o como ecosocialismo, se haría posible interrumpir la tendencia mortal de ese canceroso crecimiento, el cual es determinado siempre por la competencia entre los capitales para ganar la porción más grande del mercado, pero eso deja abierta la pregunta de lo que se producirá y cómo, dentro de una sociedad ecosocialista.
Es claro que la producción tendrá que cambiar: de ser dominada por el intercambio –el camino de las mercancías– a otra que sea dominada por el uso, esto es, por la directa satisfacción de necesidades humanas; a su vez, esto requiere una definición, y en el contexto de la crisis ecológica, “uso” sólo puede significar aquello que se considera como necesidades esenciales para superar la crisis ecológica, que es la más grande necesidad de la civilización en su conjunto, y por consiguiente para cada mujer y hombre dentro de ella. De ahí se sigue que los seres humanos sólo pueden florecer en circunstancias en las que el daño a la naturaleza que el capital le ha inflingido sea superado, por ejemplo, dejando de emitir carbono a la atmósfera. En la medida en que la “naturaleza” es el juego interrelacionado de todos los ecosistemas, la producción dentro del ecosocialismo debe orientarse hacia la reparación del daño de los ecosistemas y, de hecho, promoviendo ecosistemas florecientes. Esto podría traer consigo granjas racionales, por ejemplo, o –ya que somos criaturas naturales que viven ecosistemáticamente, en comunidades– relaciones humanas ecológicamente dirigidas, incluyendo la crianza de los niños, las relaciones entre los géneros y de hecho, la totalidad espiritual y estética de la vida.
Este artículo está lejos, por ser demasiado breve, de permitir el desarrollo de estos temas, pero por lo que se ha dicho hasta ahora debe estar claro que hablando de ecosocialismo estamos diciendo mucho sobre lo que nuestra economía o tecnología deben cambiar. Ecosocialismo no es ninguna materia completamente económica, tal y como no era una mera cuestión económica el socialismo o el comunismo en la perspectiva de Marx. Es necesario precisar la transformación radical de la sociedad –y de la existencia humana– que Marx previó como la próxima fase en la evolución humana. De hecho, así debe ser si acaso vamos a sobrevivir a la crisis ecológica. Ecosocialismo es el indicador de, entonces, un modo completamente diferente de producción, uno en el que los trabajadores libremente asociados producen ecosistemas florecientes en lugar de mercancías. Definitivamente, esto plantea mucho más preguntas que respuestas, lo cual es la medida de cuán profunda es la crisis ecológica. ¿Qué, después de todo, parecería la vida si dejáramos de emitir enormes cantidades de carbono en la atmósfera y permitiéramos que el ecosistema del clima pueda re-equilibrarse, es decir, ser sanado? ¿Cómo sería, realmente, vivir completamente como humanos en armonía con la naturaleza dados los tremendos horrores hechos por nuestro sistema de sociedad? No hay ninguna certeza del resultado, pero hay una certeza que nosotros tenemos que construir: debe haber una alternativa.
POR UNA ÉTICA ECOSOCILISTA
Michael Lowy
El capital es una formidable máquina de reificación. Después de la Gran transformación de la que habla Karl Polanyi, es decir, después de que la economía capitalista de mercado se ha autonomizado, de que se ha –por decirlo así– “desatorado”, ésta funciona únicamente según sus propias leyes, las leyes impersonales de la ganancia y de la acumulación. Ésta supone, subraya Polanyi, “la transformación de la sustancia natural y humana de la sociedad en mercancías”, gracias a un dispositivo, el mercado autorregulador, que tiende inevitablemente a “romper las relaciones humanas y... aniquilar el hábitat natural del hombre”.
Se trata de un sistema impiadoso, que avienta a los individuos de los estratos desfavorecidos “bajo las ruedas mortíferas del progreso, ese carro de Jagannâth”.
Max Weber ya había detectado en forma notable la lógica “cosificada” del capital en su gran obra Economía y Sociedad: “La reificación (Versachlichung) de la economía fundada sobre la base de la socialización del mercado sigue absolutamente su propia legalidad objetiva (sachlichen)... El universo reificado (versachlichte Kosmos) del capitalismo no deja ningún lugar a la orientación caritativa...” Weber deduce de esto que la economía capitalista es estructuralmente incompatible con los criterios éticos: “en contraste con las otras formas de dominación, la dominación económica del capital, por el hecho de su carácter impersonal, no podría ser regulada éticamente... La competencia, el mercado, el mercado de trabajo, el mercado monetario, es decir consideraciones objetivas, ni éticas, ni antiéticas, simplemente no-éticas... comandan el comportamiento en el punto decisivo e introducen instancias impersonales entre los seres humanos involucrados” . En su estilo neutral y no comprometido, Weber indica lo esencial: el capital es, por su esencia, “no-ético”.
A la raíz de esta incompatibilidad se encuentra el fenómeno de la cuantificación. Inspirado por la Rechenhaftigkeit –el espíritu del cálculo racional al que se refiere Weber– el capital es una formidable máquina de cuantificación. Reconoce solamente el cálculo de las pérdidas y las ganancias, las cifras de la producción, la medida de los precios, de los costos y los beneficios. Somete a la economía, a la sociedad y a la vida humana a la dominación del valor de cambio de la mercancía y, de su expresión más abstracta, del dinero. Estos valores cuantitativos, que se miden en 10, 100, 1.000 ó 1.000.000, no conocen ni lo justo ni lo injusto, ni el bien, ni el mal: disuelven y destruyen los valores cualitativos y, en particular, los valores éticos. Entre los dos hay “antipatía”, en el sentido antiguo, alquímico, del término: falta de afinidad entre dos sustancias.
Hoy, este reino total –de hecho, totalitario– del valor mercantil, del valor cuantitativo, del dinero, de la finanza capitalista, llegó a un grado sin precedentes en la historia humana. Sin embargo, la lógica del sistema había ya sido víctima de una crítica lúcida del capitalismo desde 1847: “Llegó finalmente un tiempo en donde todo lo que los hombres habían guardado como inalienable se volvió objeto de intercambio, de tráfico y podía ser alienado. Es el tiempo en el que las cosas mismas que hasta este momento eran comunicadas pero nunca intercambiadas, nunca vendidas, adquiridas pero no compradas –virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etcétera–, el tiempo en el cual todo pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal en el cual, para hablar en términos de la economía política, cada cosa, moral o física, transformándose en valor venal, es llevada al mercado para ser apreciada en su más justo valor”.
Las primeras reacciones, no solamente obreras, sino también campesinas y populares contra la mercantilización capitalista han ocurrido en el nombre de ciertos valores sociales, ciertas necesidades sociales consideradas como más legítimas que la economía política del capital. Estudiando estos movimientos de las multitudes, rebeliones del hambre en el siglo XVIII inglés, el historiador E.P. Thompson habla de la confrontación entre la “economía moral” de la plebe y la economía capitalista de mercado (que encuentra en Adam Smith su primer gran teórico). Las revueltas del hambre (en las que las mujeres jugaban un papel principal) eran una forma de resistencia al mercado –en el nombre de la antigua “economía moral” de las normas comunitarias tradicionales– que tenían su propia racionalidad y que, a largo plazo, habían salvado a los estratos populares de las hambrunas .
El socialismo moderno es el heredero de esta protesta social, de esta “economía moral”. Quiere fundar la producción ya no sobre los criterios del mercado y del capital –la “demanda solventable”, la rentabilidad, la ganancia, la acumulación– sino en función de la satisfacción de necesidades sociales, el “bien común”, la justicia social. Se trata de valores cualitativos, irreductibles a la cuantificación mercantil y monetaria. Rechazando el productivismo, Marx insistía en la prioridad del ser de los individuos –la plena realización de sus potencialidades humanas– por sobre el haber, la posesión de bienes. Para él, la primera necesidad social, la más imperativa, y la que habría las puertas del “Reino de la Libertad” era el tiempo libre, la reducción de la jornada de trabajo, la realización de los individuos en el juego, el estudio, la actividad ciudadana, la creación artística, el amor.
Entre estas necesidades hay una que toma una importancia siempre más decisiva hoy día –y que Marx no había tomado suficientemente en cuenta (salvo en algunos pasajes aislados) en su obra–: la necesidad de salvaguardar el entorno natural, la necesidad de un aire respirable, de agua potable, de alimentación libre de venenos químicos o de radiaciones nucleares. Una necesidad que se identifica, tendencialmente, con el imperativo mismo de la supervivencia de la especie humana en este planeta, en el cual el equilibrio ecológico está seriamente amenazado por las consecuencias catastróficas –efecto invernadero, destrucción de la capa de ozono, peligro nuclear– de la expansión infinita del productivismo capitalista.
El socialismo y la ecología comparten entonces valores sociales cualitativos, irreductibles al mercado. Comparten también una rebelión contra “la Gran transformación”, contra la autonomización reificada de la economía en relación con las sociedades y un deseo de “reubicar” a la economía en un entorno social y natural . Sin embargo, esta convergencia no es posible sino a condición de que los marxistas sometan a un análisis crítico su concepción tradicional de las “fuerzas productivas” –regresaremos a este punto– y que los ecologistas rompan con la ilusión de una “economía de mercado” limpia. Esta doble operación es la obra de una corriente, el ecosocialismo, que logró la síntesis entre las dos aproximaciones.
¿Qué es entonces el ecosocialismo? Se trata de una corriente de pensamiento y de acción ecológica que integra los aportes fundamentales del marxismo, liberándose de las escorias productivistas; una corriente que entendió que la lógica del mercado capitalista y de la ganancia –así como la del autoritarismo tecnoburocrático de las difuntas “democracias populares”– son incompatibles con la defensa del medio ambiente. En fin, una corriente que, criticando la ideología de las corrientes dominantes del movimiento obrero, sabe que los trabajadores y sus organizaciones son una fuerza esencial para toda transformación radical del sistema.
El ecosocialismo se desarrolló –a partir de las investigaciones de algunos pioneros rusos de final del siglo XIX e inicio del XX (Serge Podolinsky, Vladimir Vernadsky)– sobretodo en el curso de los últimos 25 años, gracias a los trabajos de pensadores de la talla de Manuel Sacristán, Raymond Williams, André Gorz (en sus primeros escritos), así como las importantes contribuciones de James O'Connor, Barry Commoner, Juan Martinez Allier, Francisco Fernández Buey, Jean-Paul Déléage, Elmar Altvater, Frieder Otto Wolf, Joel Kovel y muchos otros.
Esta corriente está lejos de ser políticamente homogénea. Sin embargo, la mayor parte de sus representantes comparte ciertos temas comunes. En ruptura con la ideología productivista del progreso –en su forma capitalista y/o burocrática (léase “socialista real”)– y opuesta a la expansión al infinito de un modo de producción y de consumo destructor del medio ambiente, representa en el movimiento ecológico la tendencia más avanzada, más sensible a los intereses de los trabajadores y los pueblos del sur, la que entendió la imposibilidad de un “desarrollo sostenible” en el marco de la economía capitalista de mercado. ¿Cuáles podrían ser los principales elementos de una ética ecosocialista, que se oponga radicalmente a la lógica destructora y “no-ética” (Weber) de la rentabilidad capitalista y del mercado total, este sistema de “venalidad universal” (Marx)? Avanzaré aquí algunas hipótesis, algunos puntos de partida para la discusión. En primer lugar, se trata a mi parecer de una ética social: no es una ética de comportamientos individuales, no apunta a culpabilizar las personas, promover el ascetismo o la autolimitación. Es importante que los individuos sean educados en el respeto del medio ambiente y el rechazo del desperdicio; sin embargo, el verdadero nudo está en otra parte: el cambio de las estructuras económicas y sociales capitalistas-mercantiles, el establecimiento de un nuevo paradigma de la producción y la distribución, fundado, como lo hemos visto más arriba, en la consideración de las necesidades sociales, –en particular, la necesidad esencial de vivir en un medio natural no degradado. Un cambio que exige a actores sociales, movimientos sociales, organizaciones ecológicas, partidos políticos y no solamente individuos de buena voluntad.
Esta ética es una ética humanista. Vivir en armonía con la naturaleza, proteger a las especies amenazadas son valores humanos –así como la destrucción, por la medicina, de las formas vivas que agreden la vida humana (microbios, virus, parásitos). El mosco anophel, portador de la fiebre amarilla, no tiene el mismo “derecho a la vida” que los niños del Tercer Mundo amenazados por esta enfermedad: para salvar a estos últimos, es éticamente legítimo erradicar, en ciertas regiones, la primera...
La crisis ecológica, amenazando el equilibrio natural del medio ambiente, pone en peligro no solamente la fauna y la flora, sino también y sobretodo la salud, las condiciones de vida, la supervivencia misma de nuestra especie. Ninguna necesidad entonces de hacer la guerra al humanismo o al “antropocentrismo” para ver en la defensa de la biodiversidad o de las especies animales en vía de desaparición, una exigencia ética y política El combate para salvar el medio ambiente, que es necesariamente el combate para un cambio de civilización, es un imperativo humanista, relativo no solamente a tal o cual clase social, sino al conjunto de los individuos.
Este imperativo está relacionado con las futuras generaciones, amenazadas con recibir en herencia un planeta inhabitable a causa de la acumulación siempre más incontrolable de los daños al medio ambiente. Pero, el discurso que centraba la ética ecológica fundamentalmente en este peligro, está hoy ampliamente superado. Se trata de una cuestión mucho más urgente relacionada directamente con las generaciones presentes: los individuos que viven al principio del siglo XXI conocen ya las consecuencias dramáticas de la destrucción y el envenenamiento capitalista de la biosfera, y arriesgan encontrarse –en todo caso los jóvenes– dentro de veinte o treinta años con verdaderas catástrofes.
Se trata también de una ética igualitaria: el modo de producción y de consumo actual de los países capitalistas avanzados, fundado en una lógica de acumulación ilimitada (de capital, de ganancias, de mercancías), de desperdicio de recursos, de consumo ostentoso y de destrucción acelerada del medio ambiente, no puede de ninguna manera ser extendido al conjunto del planeta, bajo el riesgo de una crisis ecológica mayor. Este sistema está entonces necesariamente fundado en el mantenimiento y la agravación de la desigualdad estridente entre norte y sur. El proyecto ecosocialista apunta a una redistribución planetaria de la riqueza y a un desarrollo en común de los recursos, gracias a un nuevo paradigma productivo.
La exigencia ético-social de la satisfacción de las necesidades sociales no tiene sentido sino al interior de un espíritu de justicia social, de igualdad –lo cual no quiere decir homogenización– y de solidaridad. Implica, en última instancia, la apropiación colectiva de los medios de producción y la distribución de bienes y servicios “a cada uno según sus necesidades”. No tiene nada que ver con la pretendida “equidad” liberal que quiere justificar las desigualdades sociales en la medida en que estarían “ligadas a funciones abiertas a todos en condiciones de igualdad equitativa de oportunidades” (Rawls) ; argumento clásico de los defensores de la “libre competencia” económica y social.
El ecosocialismo implica, de igual manera, una ética democrática: mientras que las decisiones económicas y las elecciones productivas queden en manos de una oligarquía de capitalistas, banqueros y tecnócratas, o en el desaparecido sistema de las economías estatalizadas, de una burocracia que escape a todo control democrático, no saldremos del ciclo infernal del productivismo, de la explotación de los trabajadores y de la destrucción del medio ambiente. La democratización económica –que implica la socialización de las fuerzas productivas– significa que las grandes decisiones sobre la producción y la distribución no serán tomadas por “los mercados” o por un politburó, sino por la sociedad misma después de un debate democrático y pluralista en el cual se opongan las propuestas y las opciones distintas. Es la condición necesaria para la introducción de otra lógica socioeconómica y de otra relación con la naturaleza.
Por último, el ecosocialismo es una ética radical, en el sentido etimológico de la palabra: una ética que se propone ir a la raíz del mal. Las medias medidas, las semirreformas, las conferencias de Río, los mercados de derecho de contaminación son incapaces de aportar una solución. Se requiere de un cambio radical de paradigma, un nuevo modelo de civilización, una transformación revolucionaria.
Esta revolución toca a las relaciones sociales de producción –la propiedad privada, la división del trabajo– pero también a las fuerzas productivas. Contra cierto marxismo vulgar –que puede apoyarse sobre algunos textos del fundador– que concibe el cambio únicamente como supresión –en el sentido del Aufhebung hegeliano– de las relaciones sociales capitalistas, “obstáculos al libre desarrollo de las fuerzas productivas”, hay que poner en cuestión la estructura misma del proceso de producción.
Para parafrasear la célebre fórmula de Marx sobre el Estado después de la Comuna de Paris: los trabajadores, el pueblo, no pueden apropiarse del aparato productivo y hacerlo simplemente funcionar en su provecho: tienen que “romperlo” y sustituirlo con otro. Lo que quiere decir una transformación profunda de la estructura técnica de la producción y de las fuentes de energía –esencialmente fósiles o nucleares– que le dan forma. Una tecnología que respecte el medio ambiente, y las energías renovables –en particular la solar– está en el corazón del proyecto ecosocialista .
La utopía del socialismo ecológico, de un “comunismo solar” no significa que no haya que combatir desde hoy para objetivos inmediatos que prefiguran el porvenir y están inspirados en estos mismos valores: - Privilegiar a los transportes públicos contra la proliferación monstruosa de los automóviles individuales y el transporte por carretera.
- Salir de la trampa nuclear y desarrollar fuentes energéticas renovables. - Exigir el respeto de los acuerdos de Kyoto sobre el efecto invernadero, rechazando la mitificación del “mercado de los derechos de contaminación”.
- Luchar por una agricultura biológica, combatiendo las multinacionales de las semillas y sus OGM. Son solamente algunos ejemplos, se podría fácilmente extender el listado. Encontramos estas demandas, y otras similares, entre las reivindicaciones del movimiento internacional contra la globalización capitalista y el neoliberalismo, que ha surgido de la conferencia “intergaláctica” contra el neoliberalismo y por la humanidad, organizada por los zapatistas en las montañas de Chiapas, y que reveló su fuerza de protesta en las manifestaciones en las calles de Seattle (1999), Praga, Québec, Niza (2000) y Génova (2001). Un movimiento que no es solamente crítico de las monstruosas injusticias sociales producidas por el sistema, sino que es también capaz de proponer alternativas concretas, como por ejemplo en el Foro Social Mundial de Porto Alegre (enero de 2001).
Ese movimiento, que rechaza la mercantilización del mundo, encuentra la inspiración moral de su rebelión y de sus propuestas en una ética de la solidaridad inspirada en valores sociales y ecológicos cercanos a los enunciados aquí.

Izquierda Darwiniana: Peter Singer


LETRAS LIBRES

MAYO DE 2008
Una izquierda darwinista
PETER SINGER

La izquierda necesita un nuevo paradigma. Los partidos socialistas democráticos han abandonado el tradicional objetivo socialista de la propiedad pública, y esto, junto con la caída del comunismo, ha dejado a la izquierda sin las metas que anheló durante los dos siglos en que alcanzó una posición de gran poder político e influencia intelectual. Me ocupo aquí no tanto de la izquierda como una fuerza política organizada, sino de la izquierda como un amplio cuerpo de pensamiento, un espectro de ideas en torno a la consecución de una sociedad mejor. En tanto tal, la izquierda necesita urgentemente de ideas nuevas. Quiero proponer como fuente de tales ideas una aproximación al comportamiento humano basada firmemente en la comprensión moderna de la naturaleza del hombre. Ya es tiempo de que la izquierda tome en serio el hecho de que hemos evolucionado desde otros animales; llevamos las pruebas de esta herencia no sólo en nuestra anatomía y en nuestro ADN, sino en nuestros anhelos y en la manera en que muy probablemente tratemos de satisfacerlos. En otras palabras, ya es tiempo de desarrollar una izquierda darwinista.
¿Podría la izquierda adoptar a Darwin y, aún así, seguir siendo izquierda? Depende de lo que se considere esencial. Permítaseme responder de manera personal a esta cuestión. El año pasado hice un documental para la televisión y también un libro sobre Henry Spira. Para la mayoría de la gente este nombre no significará nada, pero Spira es la persona más extraordinaria con la que jamás haya trabajado. Cuando tenía doce años, su familia vivía en Panamá. Su padre tenía una pequeña tienda que no marchaba del todo bien; para ahorrar dinero, la familia aceptó la oferta de un acaudalado amigo que les propuso vivir en su casa. La casa era una mansión que ocupaba una manzana entera de la ciudad. Un día, dos hombres que trabajaban para el dueño de la propiedad le preguntaron a Henry si quería acompañarlos a cobrar las rentas. Henry lo hizo y vio cómo se financiaba la lujosa existencia del benefactor de su padre: se dirigieron a las barriadas, donde la gente pobre fue amenazada por los cobradores armados. En aquella época Henry no tenía ningún concepto de “la izquierda”, pero de ese día en adelante formó parte de ella. Más tarde, Spira se mudó a Estados Unidos, se volvió trotskista, trabajó como marinero, formó parte de las listas negras durante la era de McCarthy, fue al sur para apoyar a la gente negra, dejó a los trotskistas porque habían perdido contacto con la realidad y dio clases a niños de los guetos de Nueva York. Y como si esto no fuera suficiente, en 1973 leyó mi ensayo Liberación animal y decidió que había aún otro grupo de seres explotados que necesitaba ayuda. Con el tiempo, Spira llegó a ser el activista más empeñoso del movimiento por los derechos de los animales en Estados Unidos.
Spira posee la habilidad de plantear las cosas de manera simple y llana. Cuando le pregunté por qué había pasado su vida defendiendo todas esas causas, me dijo sencillamente que estaba del lado de los débiles, y no de los poderosos; de los oprimidos, y no del opresor; de la montura, y no del jinete. Spira me habló de la inmensa cantidad de dolor y sufrimiento que existe en nuestro universo, y de su deseo de hacer algo para disminuirlo. Y esto, según creo, es de lo que se trata la izquierda. Si nos encogemos de hombros frente al sufrimiento evitable de los débiles y los pobres, de los que son explotados y despojados, entonces no somos de izquierda. La izquierda quiere cambiar esta situación. Existen muchas ideas diversas sobre la igualdad que son compatibles con esta imagen amplia de la izquierda. Y en un mundo en el que las cuatrocientas personas más ricas poseen conjuntamente una riqueza neta mayor a la del 45 por ciento de la población mundial situada en la base de la pirámide, no resulta difícil encontrar puntos comunes en el camino hacia una distribución más equitativa de los recursos.
Hasta aquí sobre la izquierda. Pero, ¿qué hay de la política del darwinismo? Una forma de responder a la pregunta consiste en invocar la distinción entre hechos positivos y valores normativos. Puesto que “ser de izquierda” quiere decir tener ciertos valores, y puesto que la teoría de Darwin es una teoría científica, la imposibilidad de deducir valores a partir de hechos significa que la evolución no tiene nada que ver con la izquierda ni con la derecha. Por lo tanto, tan fácilmente puede existir una izquierda darwinista como una derecha darwinista.
Sin duda, ha sido la derecha la que más ha retomado el pensamiento darwiniano. Andrew Carnegie, por ejemplo, recurrió a la evolución para sostener que la competencia económica nos conduciría a la “supervivencia del más apto”, y haría mejorar así la vida de la mayor parte de la gente. También se invoca el pensamiento darwiniano en la afirmación según la cual las políticas sociales podrían contribuir a la supervivencia de los “menos aptos” y tener consecuencias genéticas nocivas. Esta afirmación es sumamente especulativa. Su base fáctica es más sólida en lo que respecta a la prestación de tratamientos médicos a personas con enfermedades genéticas; sin tratamiento, estas personas morirían incluso antes de poder reproducirse. No cabe duda de que hoy existen muchas más personas que nacen con diabetes prematura debido al descubrimiento de la insulina. Pero nadie propondría seriamente retirar la insulina a los niños con diabetes a fin de evitar las eventuales consecuencias genéticas que comporta el surtir dicha sustancia.
Hay un aspecto más general del pensamiento darwiniano que sí se debe tomar en serio. Es la afirmación según la cual comprender la naturaleza humana, a la luz de la teoría evolutiva, puede ayudarnos a estimar el precio que habremos de pagar por lograr nuestras metas sociales y políticas. Esto no quiere decir que cualquier política social sea incorrecta por ser contraria a las ideas darwinianas; antes bien, deja en nuestras manos la evaluación ética y se limita a proporcionar datos relevantes para poder tomar una decisión.
El núcleo de la concepción izquierdista del mundo es un conjunto de valores; pero también existe una nebulosa de creencias fácticas que se suelen asociar con la izquierda. Debemos preguntarnos si estas creencias fácticas se oponen al pensamiento darwiniano, y si lo hacen, cómo sería la izquierda sin ellas.
En términos generales, la izquierda intelectual, y sobre todo los marxistas, se han mostrado entusiastas ante el recuento que Darwin da sobre el origen de las especies, siempre y cuando las implicaciones que tenga para los seres humanos se limiten a la anatomía y la fisiología. La teoría materialista de la historia, según Marx, implica que no existe una naturaleza humana definida. La naturaleza humana cambia con cada nuevo modo de producción. Ya ha cambiado en el pasado –del comunismo primitivo al feudalismo, y del feudalismo al capitalismo– y podría cambiar de nuevo en el futuro.
La creencia de que la naturaleza humana es maleable ha sido importante para la izquierda, porque le ha proporcionado fundamentos para tener la esperanza de que un tipo distinto de sociedad es posible. La verdadera razón por la cual la izquierda rechazó el darwinismo es porque éste destrozaba el gran sueño de la izquierda: la perfectibilidad del hombre. La idea de construir una sociedad perfecta había estado presente en la conciencia occidental incluso antes de la República de Platón. Desde que la izquierda existe, ha buscado una sociedad en la que todos los seres humanos vivan en armonía y cooperen los unos con los otros, en paz y libertad. Para Darwin, en cambio, la lucha por la existencia, o al menos por la existencia de la propia prole, es interminable.
En el siglo XX, el sueño de la perfectibilidad del género humano se convirtió en las pesadillas de la Rusia estalinista, de la China de la Revolución Cultural y de Camboya bajo el régimen de Pol Pot. La izquierda despertó ofuscada de estas pesadillas. Se han registrado intentos por crear una sociedad nueva y mejor con resultados menos terribles –la Cuba de Castro, los kibbutzim israelíes– pero ninguno ha sido un éxito rotundo. Tenemos que dejar atrás el sueño de la perfectibilidad y eliminar así una barrera más para una izquierda darwinista.
Pero, ¿qué hay de la maleabilidad de la naturaleza humana? ¿Qué queremos decir por maleabilidad y qué tan esencial resulta para la izquierda? Dividamos el comportamiento humano en tres categorías: aquel que varía en gran medida de cultura a cultura; aquel que muestra algo de variación de cultura a cultura, y aquel que presenta poca o ninguna variación.
En la primera categoría, mostrando una inmensa variación, incluiría las distintas formas en que producimos nuestro alimento –recolectando y cazando, criando animales domésticos o sembrando. A estas diferencias corresponden diferencias en los estilos de vida –nómada o sedentario– así como en el tipo de comida que ingerimos. En esta primera categoría también incluiría algunas estructuras económicas, prácticas religiosas y formas de gobierno, pero no –y esto resulta significativo– la existencia de alguna forma de gobierno, que parece ser casi universal.
En la segunda categoría, como comportamiento que muestra ligeras variaciones, incluiría la sexualidad. Los antropólogos victorianos quedaron muy impresionados por las diferencias en la actitud que su propia sociedad y las sociedades que eran objeto de su estudio mostraban hacia la sexualidad; por ello, tendemos a exagerar el grado en que la moral sexual es relativa a cada cultura. Por supuesto, existen diferencias importantes entre las sociedades que permiten a un hombre tener una esposa y las que autorizan a los hombres a tener más de una esposa; pero casi toda sociedad cuenta con un sistema de matrimonio que implica restricciones a las relaciones sexuales fuera de la institución. Además, mientras que a los hombres se les permite una esposa o más, según la cultura, los sistemas de matrimonio en que se permite a las mujeres tener más de un marido son escasos. Sean cuales fueren las reglas del matrimonio, y sin importar qué tan severas sean las sanciones por infringirlas, la infidelidad y los celos sexualmente motivados parecen ser elementos universales del comportamiento humano.
En esta segunda categoría también incluiría la identificación étnica y sus contrarios, la xenofobia y el racismo. Vivo en una sociedad multicultural con un nivel relativamente bajo de racismo, pero sé que existen sentimientos racistas entre los australianos y que los demagogos pueden azuzar estos sentimientos. La tragedia de Bosnia ha demostrado cómo el odio étnico puede resurgir entre pueblos que han convivido pacíficamente durante décadas. El racismo se puede aprender y se puede olvidar, pero el hecho es que los demagogos racistas elevan sus antorchas sobre un material sumamente inflamable.
En la tercera categoría, como un comportamiento que muestra poca variación de una cultura a otra, contaría el hecho de que somos seres sociales preocupados por los intereses de nuestra estirpe. Nuestra presteza para establecer relaciones de cooperación y para reconocer obligaciones recíprocas es igualmente universal. Aunque de manera más controvertida, agregaría que la existencia de una jerarquía o un sistema de rangos es una tendencia casi generalizada. Existen muy pocas sociedades humanas sin distinciones de estatus social; y cuando se hacen intentos por abolir dichas distinciones, estas tienden a reaparecer muy pronto. Finalmente, los roles de género también presentan variaciones muy ligeras. Las mujeres casi siempre desempeñan el papel principal en el cuidado de los niños, mientras que los hombres, más que las mujeres, suelen involucrarse en el enfrentamiento físico, tanto en el interior del grupo social como en la guerra entre distintos grupos. Además, los hombres tienden a desempeñar un papel desproporcionado en el liderazgo político del grupo.
Por supuesto, la cultura influye para agudizar o atenuar las tendencias más profundamente enraizadas en la naturaleza humana. Y puede haber variaciones de individuo a individuo. Nada de lo que he dicho se contradice con la existencia de personas que no se preocupan por su estirpe, o de parejas en las que el hombre cuida de los niños mientras que la mujer trabaja en el ejército. También debo subrayar que mi clasificación general del comportamiento humano no conlleva matices valorativos. No estoy diciendo que si el predominio masculino es característico de casi todas las sociedades, esto signifique que es bueno, o aceptable, o que no deberíamos tratar de cambiarlo. No intento deducir el deber ser a partir del ser, sino evaluar el precio que tendríamos que pagar por la consecución de nuestras metas.
Por ejemplo, si vivimos en una sociedad cuya jerarquía se basa en una aristocracia heredada y abolimos dicha aristocracia, como lo hicieron los revolucionarios franceses y estadou-nidenses, probablemente nos topemos con que una nueva jerarquía emerja, basada quizás en el poder militar o en la riqueza. Cuando la revolución bolchevique en Rusia abolió tanto la aristocracia hereditaria como la riqueza privada, se desarrolló sin demora una jerarquía fundada en el rango y la influencia dentro del Partido Comunista; esto se convirtió en la base de toda suerte de privilegios. La tendencia a constituir jerarquías puede verse en toda clase de conductas mezquinas dentro de las corporaciones y las burocracias, en las que la gente otorga una enorme importancia a qué tan grande es su oficina y cuántas ventanas tiene. Nada de lo anterior significa que la jerarquía sea buena, o deseable, o incluso inevitable; pero sí que deshacerse de ella no será tan fácil como los revolucionarios de antes pensaban.

La izquierda debe aceptar y comprender nuestra naturaleza de seres producto de la evolución. Pero hay distintas maneras de lidiar con las tendencias inherentes a la naturaleza humana. La economía de mercado se funda en la idea de que los seres humanos pueden trabajar duro y mostrar iniciativa sólo si, al hacerlo, les es dado alimentar sus propios intereses económicos. Para satisfacer nuestros intereses lucharemos por producir bienes mejores que los de nuestros competidores, o por producir bienes similares a un menor costo. Así, como dijera Adam Smith, los deseos egoístas de una multitud de individuos se conjuntan, como por obra de una mano invisible, para trabajar en beneficio de todos. Garrett Hardin resumió este punto de vista en The Limits of Altruism, cuando escribió que las políticas públicas debían basarse en “una adhesión inquebrantable a la regla cardinal: nunca le pidas a una persona que actúe contra sus propios intereses”. En teoría –esto es, en una teoría abstracta, libre de cualquier suposición sobre la naturaleza humana–, un monopolio estatal debería ser capaz de proporcionar los servicios públicos más baratos y eficientes, y también el transporte y, para el caso, el suministro de pan; a decir verdad, dicho monopolio tendría enormes ventajas en materia de escala y no estaría obligado a generar ganancias para sus propietarios.

Sin embargo, cuando tomamos en cuenta la suposición popular de que el interés –más específicamente, el deseo de enriquecerse– impulsa a los seres humanos a trabajar bien, el panorama cambia. Si la comunidad es dueña de una empresa, los gerentes no se benefician de su éxito. Sus intereses económicos personales y los de la empresa apuntarían en direcciones distintas. El resultado es, en el mejor de los casos, la ineficacia; en el peor de los casos, la corrupción generalizada y el robo. Privatizar la empresa asegurará que los propietarios tomen las medidas necesarias para recompensar a sus gerentes de acuerdo con su desempeño; a su vez, los gerentes tomarán las medidas necesarias para asegurar que la empresa opere tan eficazmente como sea posible.
Esta es una manera de ajustar nuestras instituciones a la naturaleza humana, o al menos a una cierta concepción de la naturaleza humana. Pero no es la única. Incluso en términos de la regla cardinal de Hardin, aún debemos preguntarnos qué queremos decir con “interés propio”. La adquisición de riquezas materiales, más allá de un nivel relativamente modesto, tiene poco que ver con el interés en el sentido biológico de maximizar el número de descendientes que uno deja atrás como futuras generaciones. No existe razón alguna para suponer que el crecimiento de la riqueza personal deba ser, ya sea consciente o inconscientemente, la meta que la gente se fije. A menudo se dice que el dinero no puede comprar la felicidad. Esto puede sonar trillado, pero implica que estamos más interesados en ser felices que en ser ricos. Entendido de manera adecuada, el interés va más allá del interés económico. La mayoría de la gente quiere que sus vidas sean felices, satisfactorias o significativas, y reconocen que el dinero es, cuando mucho, un medio para lograr algunos de estos fines. Las políticas públicas no deben fundarse, pues, en el interés, entendido éste en un estrecho sentido económico.

El pensamiento darwiniano moderno abarca tanto la competencia como el altruismo recíproco (un término técnico para la cooperación). Al enfocarse en el factor de la competitividad, la economía moderna de mercado tiene sus premisas en la idea de que nos mueven deseos de adquisición y competencia. Las economías de mercado libre están diseñadas para canalizar nuestros deseos adquisitivos y competitivos de manera tal que operen en beneficio de todos. Sin duda, esto es mejor que una situación en la que dichos deseos operaran sólo para el beneficio de algunos. Pero incluso cuando las sociedades de consumo competitivas trabajan de la mejor manera posible, no constituyen la única vía para armonizar nuestra naturaleza con el bien común. En lugar de ello, deberíamos buscar el fomento de un sentido más amplio del interés individual, una concepción de interés por la que tratemos de construir sobre la faceta social y cooperativa de nuestra naturaleza, antes que sobre la faceta individualista y competitiva.
El trabajo de Robert Axelrod sobre el dilema del prisionero nos brinda una base para la construcción de una sociedad más cooperativa. El dilema del prisionero describe una situación en la que dos personas pueden escoger entre cooperar o no cooperar la una con la otra. El inconveniente es que a cada una le va mejor en el nivel individual si no coopera; pero si ambas toman esta misma decisión, a ambas les irá peor que si las dos hubieran optado por cooperar. El resultado de las decisiones a la vez racionales e interesadas, por parte de dos o más personas, puede hacer que a todos les vaya mejor que si hubieran actuado sólo por interés personal. Actuar motivados sólo por intereses individuales puede ser contraproducente en el ámbito colectivo.
La gente que a diario acude al trabajo en automóvil se enfrenta cada día a esta situación. A todos les iría mejor si, en lugar de estar sentados en medio del intenso tráfico, abandonaran sus automóviles y usaran los autobuses, que entonces viajarían sin demora por las calles despejadas. Pero a ningún individuo le interesa cambiar su auto por el autobús, ya que mientras la gente continúe usando un automóvil propio, los autobuses siempre serán más lentos que los automóviles.
A Axelrod le interesaba saber qué tipo de estrategia –si la cooperativa o la no cooperativa– genera los mejores resultados para las partes que se enfrentan una y otra vez a situaciones de este tipo. ¿Deben cooperar siempre? ¿Deben dar siempre la espalda, como la estrategia de no cooperación lo sugiere? ¿O deben adoptar alguna estrategia mixta, que de alguna manera pase de cooperar a dar la espalda? Axelrod invitó a la gente a proponer estrategias que dieran los mejores resultados a la persona que las adoptara, si es que esta se hallaba repetidamente en situaciones similares al dilema del prisionero.
Cuando recibió las respuestas, Axelrod comparó, con ayuda de una computadora, cada una de ellas con todas las demás unas doscientas veces a través de un torneo. La ganadora fue una estrategia simple llamada tit for tat.1 Cada vez que daba inicio un certamen contra un nuevo jugador, el ejecutante de esta estrategia comenzaba por cooperar. Después de esto, simplemente hacía lo que el otro jugador había hecho en su turno anterior. Así que, si el otro cooperaba, entonces él cooperaba, y seguía haciéndolo a menos que el otro le diera la espalda: entonces, también daba la espalda y seguía haciéndolo hasta que el otro jugador cooperaba de nuevo. Tit for tat también ganó un segundo torneo organizado por Axelrod, incluso aunque esta vez la gente que proponía estrategias sabía que tit for tat había ganado el torneo anterior.
Los resultados de Axelrod, respaldados por trabajos posteriores en este mismo campo de estudio, pueden servir como base para una planeación social que debería ser atractiva para la izquierda. Cualquier persona de izquierda debería darle la bienvenida al hecho de que la estrategia con mejores resultados comience por una acción cooperativa, y de que nunca sea la primera en abandonar la idea de cooperar o de intentar explotar la “bondad” de la otra parte. Aunque los miembros de la izquierda más idealista podrían lamentar que tit for tat no siga cooperando pase lo que pase, una izquierda que comprenda a Darwin debe darse cuenta de que esto resulta esencial para el éxito. Al ser reactiva, tit for tat genera una espiral virtuosa en la que la vida se vuelve más difícil para los abusivos, y en la que, por ende, hay menos de ellos. En palabras de Richard Dawkins, si hay “bobos”, entonces hay “abusivos” que pueden prosperar aprovechándose de los primeros. Al rehusarse a ser tomado por un bobo, el estratega de tit for tat puede lograr que las partes que cooperan obtengan mejores resultados que los abusivos. Una izquierda no darwinista culparía a la pobreza o a la falta de educación o al legado de formas retrógradas de pensamiento por la existencia de los abusivos. Una izquierda darwinista se daría cuenta de que, aun cuando todos estos factores inciden en el nivel a que llegan los abusos, la única solución permanente consiste en modificar los resultados finales de manera tal que los abusivos no prosperen.
La cuestión que debemos abordar es: ¿bajo qué circunstancias la estrategia tit for tat sería una estrategia exitosa para todos? El primer problema es de escala. Tit for tat no puede funcionar en una sociedad de extraños que nunca se encuentren los unos con los otros. Esta es la razón por la cual la gente de las grandes ciudades no siempre muestra la consideración hacia los demás que resulta común en asentamientos rurales, donde la gente se conoce de toda la vida. Necesitamos encontrar estructuras capaces de sobreponerse al anonimato de las sociedades en que vivimos, sociedades enormes, sumamente móviles, y que al parecer no harán más que seguir creciendo.
El siguiente problema es aún más difícil. Si nada de lo que tú haces cambia de verdad algo para mí, tit for tat no funcionará. Así que, aun cuando la estrategia no necesita la igualdad, una disparidad muy grande en materia de poder o de riqueza eliminará el incentivo de la cooperación mutua. Si dejáramos a un grupo de personas tan fuera de la riqueza social mancomunada que no tuvieran nada con qué contribuir, las estaríamos enajenando de las prácticas sociales y de las instituciones de las que forman parte, y casi sin duda estas personas se convertirían en adversarios que representarían una amenaza para dichas instituciones. La lección política del pensamiento darwiniano del siglo XX es totalmente diferente de la del darwinismo social del siglo XIX. Los darwinistas sociales consideraban que, si los menos aptos eran abandonados en el camino, esto no era más que la forma en que la naturaleza descartaba a los débiles: un resultado inevitable de la lucha por la existencia. Tratar de superar esto les parecía inútil, si no es que claramente dañino. Una izquierda darwinista que comprende las condiciones para la cooperación mutua, así como sus beneficios, luchará por evitar las condiciones económicas que generan marginación.
Permítaseme entretejer algunas líneas de pensamiento. ¿Qué distingue a una izquierda darwinista de las versiones anteriores de la izquierda? En primer lugar, la izquierda darwinista no negaría la existencia de una naturaleza humana, ni insistiría en que la naturaleza humana es intrínsecamente buena, ni infinitamente maleable. En segundo lugar, esta izquierda no pretendería poner fin a todo conflicto y toda lucha entre los seres humanos. En tercer lugar, no supondría que todas las desigualdades se deben a la discriminación, al prejuicio, a la opresión o al condicionamiento social. Algunas se deberán a estos factores, pero no todas. Por ejemplo, el hecho de que entre los directores ejecutivos haya menos mujeres que hombres puede deberse a que los hombres están más dispuestos a subordinar sus vidas e intereses personales a sus metas profesionales; las diferencias biológicas entre hombres y mujeres pueden ser un factor en la medida en que puede haber entre los primeros una mayor disposición a sacrificar todo con tal de llegar a la cima.
¿Y qué hay de aquello que una izquierda darwinista sostendría? En primer lugar, esta izquierda reconocería que hay algo llamado naturaleza humana, e intentaría saber más sobre ella, de manera tal que lograra fundarse en la mejor evidencia disponible sobre lo que los seres humanos son. En segundo lugar, anticiparía que, aun bajo sistemas sociales y económicos muy distintos, mucha gente actuará de manera competitiva para afianzar su estatus, ganar poder y alimentar los intereses de su estirpe y los propios. En tercer lugar, la izquierda darwinista esperaría que, sin importar el sistema social y económico en que viva, la mayoría de la gente responderá positivamente a una invitación a involucrarse en formas de cooperación que resulten en el beneficio mutuo, siempre y cuando la invitación sea genuina. En cuarto lugar, esta izquierda promovería estructuras que fomentaran la cooperación antes que la competencia, e intentaría canalizar la competencia hacia fines socialmente deseables. En quinto lugar, reconocería que la manera en que explotamos a los animales es el legado de un pasado predarwiniano que exageró el abismo entre los humanos y otros animales y, por ende, trabajaría en pos de un estatus moral más alto para los animales. Y en sexto lugar, la izquierda darwinista sustentaría los valores tradicionales de la izquierda poniéndose del lado de los débiles, de los pobres y de los oprimidos, pero pensando muy cuidadosamente qué opciones sí funcionarían para beneficiarlos de verdad.
En algunos sentidos, esta es una visión mucho más modesta de la izquierda, en la que se sustituye sus ideas utópicas por una visión realista y desapasionada de lo que puede lograrse. Sin embargo, en el plazo largo, no sabemos si nuestra capacidad de razonar nos pueda llevar más allá de las restricciones darwinistas convencionales sobre el grado de altruismo que una sociedad puede fomentar. Somos seres racionales. Una vez que comenzamos a razonar, podemos sentirnos impulsados a seguir una cadena de argumentos hasta una conclusión que no habíamos anticipado. La razón nos permite reconocer que cada uno de nosotros es sencillamente un ser entre otros, otros que tienen deseos y necesidades que los preocupan, de la misma manera en que nos preocupan nuestros deseos y necesidades. ¿Podrá esta concepción sobreponerse algún día a la fuerza de otros elementos en nuestra naturaleza evolucionada que actúan contra la idea de velar imparcialmente por todos los demás seres humanos o, lo que sería aún mejor, por todos los demás seres que sienten?
Un defensor del darwinismo como Richard Dawkins, ni más ni menos, sostiene la posibilidad de “cultivar y alimentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado, algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que nunca ha existido antes en la historia entera del mundo”. Aunque “estamos construidos como máquinas de genes”, nos dice Dawkins, “tenemos el poder de oponernos a nuestros creadores”. He aquí una verdad importante. Somos la primera generación que comprende no sólo que hemos evolucionado, sino también los mecanismos por los cuales hemos evolucionado. En su épica filosófica, la Fenomenología del espíritu, Hegel esbozaba el fin de la historia como un estado de sabiduría absoluta, en el que la mente se conoce a sí misma tal como es, y de esta manera obtiene su propia libertad. No tenemos que aceptar la metafísica de Hegel para darnos cuenta de que algo parecido ha sucedido durante los últimos cincuenta años. Por primera vez desde que la vida surgiera del caldo primigenio, hay seres que entienden cómo han llegado a ser lo que son. En un futuro más distante, que apenas alcanzamos a vislumbrar, esto podría ser un requisito para una nueva forma de libertad: la libertad de moldear nuestros genes para que, en lugar de vivir en sociedades limitadas por su origen evolutivo, podamos construir esa sociedad que consideremos la mejor de todas.