martes, 17 de noviembre de 2009

Refundar la socialdemocracia - Jordi Sevilla - 2009

EL MUNDO
La mejor reforma estructural que puede aprobar el G-20 para salir de la crisis económica es refundar la socialdemocracia. Si el mundo vive un profundo bache que le puede llevar a decrecer por primera vez en la historia, es por la actuación egoísta de unos empresarios desaprensivos aupados por una ideología desrreguladora, antiestatal y a favor del mercado libre.
Hemos tenido que sufrir los efectos salvajes de un sistema capitalista que mantiene una fatal atracción sistémica por las crisis recurrentes para decir no a esa marea conservadora que, con su propuesta de dotar al capitalismo de un rostro humano, intenta disimular que sus errores conceptuales están en el origen de la actual depresión.
Cuando ha fallado la lógica del máximo beneficio privado a corto plazo, sin responsabilidad social, sin perspectivas de sostenibilidad, sin nada que pusiera freno al pelotazo individual, la solución hay que buscarla en actualizar el clásico principio socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario.
Así lo está haciendo Obama. Los primeros Presupuestos presentados por el presidente norteamericano y su equipo tienen todo lo que le falta a sus planes de emergencia. Expresan una voluntad clara de que el Estado asuma un liderazgo en la conducción de la economía ante el fracaso que ha supuesto tres décadas en las que ha sido el mercado quien ha estado al mando con el resultado demostrado de ineficiencia, crisis, e inmoralidad. Así, se postula una clara expansión y refuerzo de los servicios públicos esenciales como educación y sanidad, junto a un potente plan de inversiones públicas, todo ello financiado con deuda, reducción en gastos militares y hasta una ligera subida de impuestos para los más ricos.
También sus propuestas sobre el Nuevo Orden Financiero Internacional se asientan en la constatación del fracaso de la autorregulación privada y la necesaria intervención pública en actividades sensibles con graves repercusiones sobre el conjunto del sistema. Si algo es demasiado grande para caer, la responsabilidad social exige no dejar sus decisiones en manos exclusivas de sus gestores y accionistas, que juegan la ventaja de que ante dificultades serias reciben la ayuda pública.
Todo esto significa pasar del keynesianismo con el que hasta la fecha se ha pretendido hacer frente a la crisis a una socialdemocracia moderna que convierte la redistribución de oportunidades vitales en el corazón de una política pública que busque devolver la confianza a los ciudadanos en su sistema económico.
La socialdemocracia europea ha desperdiciado varios momentos para refundar su mensaje frente a un neoconservadurismo en declive.La nueva socialdemocracia que viene de Estados Unidos recupera lo mejor de la tradición europea de los 60, habiendo aprendido de sus defectos más evidentes.
Para maximizar esa ola progresista que viene de América hace falta, en primer lugar, impulsar el análisis de la eficacia en las medidas de política económica, sobre todo, en lo referente al uso de gasto público. Ante el fracaso de muchas iniciativas privadas, no podemos refugiarnos en otras públicas sin demostrar su superioridad en términos de resultados. Por ejemplo, abaratar el despido, o apoyar el copago público de una hipoteca privada, o avalar una emisión de deuda bancaria, o aprobar un programa de inversión local, no debería ser una cuestión ideológica. Lo importante es evaluar si funciona o no, si sirve de verdad para conseguir los objetivos propuestos. Y ese análisis de lo que sirve y no sirve debe tomarse en serio para que el debate sobre el gasto público no sea si es mucho o poco, sino si es útil o no.
Incorporar la evaluación de las políticas públicas como vector obligatorio ante tanto gasto millonario, como se está aprobando, debería ser una bandera de la socialdemocracia refundada. Tanto gasto público como se pruebe necesario, pero ninguno que se muestre ineficaz.
Una regulación más completa de las transacciones financieras internacionales, un mayor control de la actividad de las entidades financieras con límites legales y cuantitativos a la creatividad crediticia y contable así como una supresión de los paraísos fiscales debería formar parte también de la propuesta de una socialdemocracia moderna.
Pero igualmente hay que revisar la manera en que se regula y cómo se ejerce el control de la supervisión. En las últimas décadas ha estado de moda, sin fundamento suficiente, situar la responsabilidad en manos de organismos y entidades independientes, sea lo que sea lo que signifique esto en una sociedad democrática. La experiencia reciente tanto del caso Madoff, como de las auditoras con Enron, o las tasadoras con la burbuja inmobiliaria o de las sociedades de rating y otras, muestra una preocupante tendencia de los reguladores independientes a ser capturados por los regulados. Si la necesidad de más regulación es una de las conclusiones de esta crisis financiera, mejor regulación y mejores reguladores y supervisores debería ser otras de las conclusiones que ya no puede analizarse desde el mito intocable de la superioridad de lo supuestamente independiente.
Una nueva socialdemocracia debería recuperar en su programa de Nuevo Orden Económico Internacional los valores del trabajo y del esfuerzo personal como prioritarios en la sociedad. Esto se aplica a la hora de remover los obstáculos que limitan las posibilidades sociales de los individuos en función de su posición social de nacimiento, como en un sistema tributario y de recompensas que prima los rendimientos del trabajo frente a los ingresos no ganados con el esfuerzo sino con la especulación.
Para las empresas, recuperar al cliente como eje de la actividad en sustitución del accionista y extender los compromisos de la responsabilidad social significará toda una revolución organizativa interna que redundará en mejoras para casi todos. Para la sociedad en su conjunto, incentivar desde los mercados de crédito, capitales y sector público, al emprendedor, a la iniciativa nueva, frente al ya acomodado y a los sectores que incorporan conocimiento, frente a los que basan su competitividad en costes baratos.
Refundar un amplio consenso en torno a una nueva sociedad del bienestar es un paradigma más prometedor que quitar, otra vez, las arrugas al viejo capitalismo.

Por una socialdemocracia combatiente - Jacques Julliard - 2009

LE NOUVEL OBSERVATEUR
"Sin embargo, es una paradoja formidable. Mientras que los socialistas retroceden más o menos en toda Europa y alrededor del mundo, la idea socialdemócrata no deja de progresar y de provocar conversiones. Entre las últimas, perdonen los pocos ejemplos: ¡Sarkozy, Obama y Benedicto XVI! Aquí hablo de sus discursos, ya que los actos son, a menudo, un asunto aparte.
Sarkozy ha tenido bastante cara: cuando la crisis llegó, se guardó en el bolsillo todos los temas gracias a los que fue elegido, liberalismo, desregulación, modelo americano... En el bolsillo, con el pañuelo por encima. En su lugar aceptó todo lo que hasta entonces provocaba en él ironía o ira: la denuncia de la profunda inmoralidad de un capitalismo financiero predador, el papel regulador del Estado, el excelente modelo francés... Como para quedarse atónito frente a esta colosal caradura. Y decir que todos sus admiradores no han dejado de alabar al mismo tiempo su coherencia, su «preparación» y sus planes, opuestos a la permanente improvisación de Ségolène Royal... Con esto, se ganan las europeas, incluso si el futuro (las regionales) se presenta en un día menos rosa. Con internet, que le sirve de instrumento político, podemos decir de todo, con la condición de decirlo en el momento adecuado y con el tono adecuado. Como diría Panurge, amigo del gigante Pantagruel: «Paciencia».
Con Obama es otra historia. Él defiende en casi todos los ámbitos lo contrario a George Bush: el nuevo presidente ya tenía terreno ganado. Ya sea en política extranjera, economía, ecología o en prevención social, se instalaba ya no en el terreno socialdemócrata -eso no existe allí- sino en tierras del New Deal de Roosevelt, aunque tuviera que adaptarlo a los nuevos tiempos. Lo que cuenta es el retorno del Estado. La filosofía social de Bush era el laissez-faire y la acentuación de las desigualdades, mientras que la de Barack Obama es el intervencionismo y la regulación. Esto es lo cambia todo, empezando por la imagen de los Estados Unidos en el mundo. Con la condición de conseguir resultados...
¿Y el Papa? Bien, ¡también Benedicto XVI! Si exceptuamos las cuestiones de sexualidad -espina de la Iglesia Católica-, aunque a veces también, en materia de bioética, un humanismo lúcido, el pontífice romano acaba de publicar, más de cuarenta años después de «Populorum progressio» de Pablo VI, una encíclica de tono absolutamente socialdemócrata, «Caritas in veritate», donde critica las aberraciones del beneficio, las flagrantes disparidades entre ricos y pobres, la tiranía del mercado, el despotismo de la técnica, y donde preconiza el desarme integral gracias a la creación de una autoridad política mundial. ¡Nada menos! A decir verdad, para llegar ahí, Benedicto XVI tenía menos camino que recorrer que Nicolas Sarkozy; solo necesitaba seguir los pasos de León XIII y de su encíclica «Rerum novarum» (1891), quien ya criticaba los excesos del beneficio y preconizaba la primacía de lo social sobre la lógica económica propiamente dicha.
Así que, amigos socialdemócratas, no pongáis esa cara de entierro: ¡habéis ganado! ¡No es verdad que la economía de mercado se autorregule, como nos lo han machacado durante años! No es verdad que pueda prevenir las crisis -incluso si, con ayuda de la experiencia, los gobiernos han solucionado lo más urgente haciendo pagar al contribuyente los errores de los banqueros, y su monstruosa glotonería. No es verdad que la codicia sea el motor del crecimiento («greed is good», rezaba el axioma de los jefes de Wall Street): por el contrario, se ha convertido en un verdadero factor de improducción; uno de los dato estructurales de la crisis.
Frente a la carrera vertiginosa hacia una crisis de una amplitud aún mayor que la actual, los socialistas deben volver a sus fuentes. Deben mostrar a las masas embrutecidas por décadas de propaganda liberal hacia lo que nos arrastran. ¡Paja de los discursos socialdemócratas comodín! El objetivo de una política socialdemócrata verdadera, es ahora dejar fuera de combate a una clase económica y financiera que ha fracasado, pero que aún pide. No podríamos convertir solo a Daniel Bouton, antiguo presidente del banco Société Générale, en nuestro chivo expiatorio, para saldar cualquier cuenta, de una clase dirigente corrupta e incompetente. Sería escandaloso y aberrante que esta saliese indemne de la crisis que ella ha provocado. Para devolver empuje y veracidad a las idea socialdemócratas, los socialistas necesitan hombres nuevos, libres de cualquier compromiso con la banca y el mercantilismo. Lo repito: no son las ideas socialdemócratas las que se han vuelto obsoletas, son los hombres que las enarbolaban los que se han aburguesado. Sí a la socialdemocracia en la encrucijada del mundo del trabajo y de la inteligencia. No a la socialdemocracia como línea de repliegue de la burguesía de negocios.
Cuando los políticos que pertenecen a clases sociales diferentes profesan ideas políticas diferentes vemos toda la grandeza de la política. Pero cuando los políticos que pertenecen a la misma clase, que frecuentan los mismos ámbitos, que llevan la misma vida, que comparten las mismas vacaciones, las mismas mujeres, las mismas inversiones bancarias fingen, en contra de toda evidencia y sin convicción, profesar ideas políticas diferentes percibimos toda la miseria de la política, toda su mentira.
La socialdemocracia está desapareciendo a causa de esta consanguinidad, al menos, a causa del coqueteo de muchos de sus jefes con los ámbitos de negocios, y “la apertura” de Sarkozy, que muestra de manera evidente esta relación, no hace más que realzar la incapacidad para personificar una solución creíble. Si la socialdemocracia no es más que una sub-marca de coloración «social» de un sistema financiero fundado en la fechoría, no nos sorprendamos de ver a las masas darle la espalda. Necesitamos una socialdemocracia combatiente, no connivente y comprometida con el adversario".

Venezuela: la dictadura del subproletariado - Manuel Castells - 2007

Venezuela, la dictadura del subproletariadopor Manuel Castells, sociólogoLA VANGUARDIA, 25.08.07La reciente propuesta de reforma constitucional de Hugo Chávez para aumentar el tiempo del mandato presidencial y hacer posible la reelección de forma indefinida no supone, en sí misma, un acto antidemocrático. De hecho, en las democracias parlamentarias europeas donde el primer ministro es el detentor del poder no existen límites al tiempo que una misma persona puede continuar ocupando dicho cargo, como bien saben Margaret Thatcher, Tony Blair o Felipe González.Mientras la decisión corresponda a los electores y la elección sea libre y limpia, no hay razón para que la temporalidad del ejercicio del poder no pueda variar según las necesidades de cada país. Otra cosa es que muchos opinemos que es sano que haya una renovación prudente del personal político, tanto en el ejecutivo como en el legislativo. Pero el principio en sí no es objetable. Lo que ocurre es que esa decisión se sitúa en un contexto en el que el presidente Chávez no oculta su deseo de asegurarse el poder en Venezuela durante el tiempo que él considere necesario para profundizar la transformación revolucionaria del país. Por eso en el paquete de reformas se incluye la centralización de las instituciones autonómicas, agrupando los actuales estados en distritos federales bajo su control, y la drástica reducción de la autonomía municipal en favor de la creación de 25.000 consejos comunales que, junto con las cooperativas de trabajadores, constituyen los órganos del nuevo poder popular en gestación.De esta forma, los últimos vestigios de poder de la oposición quedarían eliminados, puesto que ni siquiera está presente en el Parlamento por su boicot a las últimas elecciones ante la previsión de la abrumadora victoria de los chavistas en las urnas. Pero la concentración de poder en manos del presidente va aún más lejos. Chávez, según me dicen quienes le conocen personalmente, tiene una gran inteligencia política y sabe lo que quiere. Y lo dice y lo hace. Por tanto, entendió que la política, en último término, se decide en las mentes de la gente y que en esto son claves los medios de comunicación, que en su inmensa mayoría le eran hostiles. Por eso retiró la licencia de Radio Caracas Televisión, la más popular cadena venezolana, suscitando fuertes protestas populares incluso en sectores afines, porque tocar a la principal emisora de telenovelas es afectar el imaginario cotidiano de la gente. De ahí la virulencia de las críticas a este acto autoritario, tanto en Venezuela como en el mundo, y los intentos de resistencia mediática que se han ido produciendo: emisión de informativos de RCTV por YouTube, boicot masivo a la cadena gubernamental que ocupó la frecuencia, emisión de programas de RCTV por satélite y una oleada de artículos y reportajes negativos en los medios de todo el mundo.Sin embargo, la flexibilidad táctica de Chávez le condujo también hace tiempo a un pacto de no agresión con Gabriel Cisneros, el principal hombre de negocios de los medios venezolanos y una de las personalidades decisivas en el mundo de la comunicación en América Latina, por lo que la situación de los medios en Venezuela incluye amplias zonas grises en donde se atenúa la crítica al régimen sin caer en la propaganda servil. Es decir que conforme avanza la revolución bolivariana se transforman las instituciones políticas alejándose de lo que normalmente llamamos democracia. Como me decía hace poco un preclaro dirigente socialista latinoamericano, "Chávez tal vez sea socialista, pero lo que es seguro es que no es un demócrata".No creo que el propio Chávez se sintiera ofendido por dicha apreciación, en la que coinciden muchos intelectuales que le apoyaron en un principio, como su ex ministro y viejo militante comunista Teodoro Petkoff. Porque la respuesta es tan obvia como clásica en la historia revolucionaria: la democracia formal no es la verdadera democracia, es una farsa de los políticos corruptos y de los medios de comunicación capitalistas puesta en solfa por imperialismos de diversos orígenes. ¿Y saben qué? Hoy por hoy la mayoría de venezolanos, en torno a un 60%, parecen coincidir en el diagnóstico. Y también sabemos que en el conjunto de América Latina los datos del Latinobarómetro muestran que aunque la gran mayoría de ciudadanos rechaza las dictaduras, más de la mitad anteponen la mejora de sus condiciones de vida al mantenimiento de la democracia tal como ellos la perciben.Venezuela es un caso especial en ese sentido porque su clase política, tanto los socialdemócratas como los socialcristianos, se distinguía por ser una de las más corruptas y falta de principios de América Latina, con el socialista Carlos Andrés Pérez como ejemplo paradigmático. Así se explica como un país tan rico como Venezuela llegara a tener un 70% de la población en la pobreza. Y también se explica por qué Chávez ha ganado cinco elecciones y dos referendos por mayoría absoluta. Por escribir esta obviedad desde hace tiempo he ido perdiendo a mis amigos intelectuales de izquierda en Venezuela. Entiendo su enfado, porque una cosa es el análisis y otra es vivir en condiciones de protodictadura que va poco a poco ahogando el ejercicio real de las libertades.Pero cualquiera que sea la posición de cada uno, es necesario tener claro que no se trata de la dictadura de Chávez, sino de la dictadura del subproletariado venezolano, de los millones y millones de pobres y marginados, que encontraron un salvador que les proporciona educación (aun con adoctrinamiento), salud gratuita, trabajo aún poco productivo, subsidios para sus necesidades básicas y una legitimación, aunque sea paternalista, de sus reivindicaciones. Y quienes denuncian el papel de los maestros y médicos cubanos en las mejoras de los servicios venezolanos, olvidan que la educación y la salud cubanas son consideradas por investigadores imparciales entre las mejores de América Latina.Es cierto que Chávez ha tenido la suerte de contar con el inestimable apoyo de la política belicista de Bush que ha conllevado la subida de los precios del petróleo, por lo que Venezuela ha crecido en estos años por encima del 10% anual y se ha encontrado con el maná de rentas petroleras. También es cierto que el fracaso del intento de golpe del 2002 (cuya inepcia hace verosímil la hipótesis de que fuese planeado por Bush y Aznar) le permitió movilizar el nacionalismo de las fuerzas armadas contra la intervención extranjera. Es más, su apoyo a los movimientos políticos que han liquidado el neoliberalismo en toda América del Sur (con excepción de Colombia) le ha granjeado amplias simpatías entre los sectores populares y le han permitido alianzas estratégicas con Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, en menor medida, con Uruguay, además del sonado hermanamiento con Cuba. Su inteligente utilización del petróleo como instrumento político ha reforzado su influencia en países que lo reciben a precios subsidiados.Pero también le ha permitido limitar los intentos desestabilizadores de Estados Unidos porque Venezuela sigue siendo el quinto suministrador de petróleo para dicho país y Estados Unidos no puede arriesgarse a una crisis de suministro en la situación actual en Oriente Medio. Y ha asegurado una alianza táctica con Argentina, Uruguay y Brasil que podría llevar a un relanzamiento de Mercosur ampliado a Venezuela. Incluso México, tras el violento enfrentamiento diplomático del pasado año, está intentando llegar a una entente con Chávez tanto para mantener un acuerdo en política petrolera como para evitar que el contagio bolivariano llegue a México. Chávez se ha convertido en un personaje central en la política latinoamericana, con una influencia creciente en el ámbito mundial, véase Irán. Por eso se atreve ahora a abordar directamente la construcción del socialismo en Venezuela.La historia enseña, en Cuba por ejemplo, que es contradictorio con la democracia. Y que los órganos de poder popular, como ya le dijo Rosa Luxemburgo a Lenin en su momento, no son sino formas de legitimación de la dictadura del partido en nombre del proletariado, ahora convertido en sub por las políticas neoliberales de las dos últimas décadas. Pero quienes quieran superar el populismo de Chávez tendrán que buscar a sus enemigos no en los despachos de Washington o en las salas de prensa, sino en aquellas elites políticas latinoamericanas que han venido medrando con la pobreza de sus pueblos. Porque sólo cuando los pobres, mayoría en Venezuela y en América Latina, sientan que puede haber otra democracia distinta de la que conocen estarán dispuestos a defenderla.

La izquierda se extiende en Suramérica - 2008

EL PAÍS
La izquierda se extiende en Suramérica
La región, excepto Colombia, queda en manos de reformistas y radicales
JORGE MARIRRODRIGA - Asunción - 23/04/2008
Con la victoria de Fernando Lugo en las presidenciales paraguayas del pasado domingo, el mapa político suramericano ha quedado, a excepción de Colombia, en manos de la izquierda. Pero las profundas diferencias que hay entre los dos modelos existentes -uno de corte socialdemócrata y otro populista revolucionario-, hacen necesario esperar a las primeras medidas que adoptará a partir del 15 de agosto el nuevo presidente paraguayo para determinar en cuál de los dos modelos de izquierda se encuadra su país.

Las diferencias entre socialdemócratas y populistas son profundas
Brasil, Chile, Perú y Uruguay son los referentes de la izquierda moderada
En Argentina se aprecia una deriva hacia los métodos autoritarios
En cualquier caso, la histórica derrota del Partido Colorado supone el hundimiento de un partido tradicional y su sustitución, con un amplio respaldo en las urnas, por una nueva fuerza surgida desde la izquierda. Igual que en los casos de Venezuela, Ecuador o Bolivia. El venezolano Hugo Chávez fue de los primeros en felicitar a Lugo nada más conocerse los primeros resultados, aunque el presidente electo paraguayo asegura que no sigue la línea del venezolano. "Soy una línea intermedia entre Chávez y Lula", declaró a este diario la semana pasada. Y hoy en la prensa brasileña asegura que se siente más identificado con el uruguayo Tabaré Vázquez.
A la espera de ver qué rumbo adopta el nuevo Gobierno paraguayo, el brasileño Lula da Silva ya ha movido sus piezas, dando una de cal y otra de arena. Ha recibido a Lugo como candidato y ha sido de los primeros en felicitarle como presidente, pero al mismo tiempo ha subrayado que Brasil no renegociará el tratado que regula la distribución de la electricidad que genera la estratégica presa de Itaipú, fronteriza entre ambos países.
En lo que a Brasil se refiere, la victoria de Lugo tiene el efecto de colocar definitivamente a Lula como el referente moderado de la región. Son las cosas de la política. Habría que recordar que el ex sindicalista empleó las dos semanas anteriores a su primera victoria electoral, en octubre de 2002, en tranquilizar a los mercados, empresarios e inversores preocupados por la inminente llegada del Partido de los Trabajadores al poder.
También queda como referente moderado de la izquierda el Chile de la socialista Michelle Bachelet, quien gobierna con la Concertación, donde está presente la Democracia Cristiana. En este sentido, la presencia fundamental del Partido Liberal paraguayo en la coalición que lidera Lugo puede desempeñar un papel similar de freno en las políticas de izquierda. De hecho, el vicepresidente electo, Federico Franco, no oculta sus simpatías por José María Aznar.
A estos dos países se unen Uruguay, con Tabaré Vázquez, y sobre todo Perú, con el socialista Alan García al frente. Entre los países de izquierda moderada, Perú es el único cuyo Gobierno ha protagonizado un violento choque dialéctico con el populismo revolucionario liderado por Chávez. Además de los insultos personales cruzados entre ambos mandatarios, las relaciones diplomáticas están rotas. Perú es una de las piezas clave del rompecabezas político latinoamericano, tanto que Washington ha ratificado rápidamente un Tratado de Libre Comercio con Lima, incluso antes del que tiene con su teóricamente mejor aliado en la región, Colombia, que todavía está pendiente de la ratificación estadounidense.
Frente a ese modelo se sitúan Venezuela, Bolivia y Ecuador, con un patrón similar de llegada al poder, hundimiento de los partidos tradicionales, replanteamiento del orden constitucional, control estatal de los recursos energéticos y una política internacional que no elude el conflicto diplomático. En este aspecto, Lugo ha anunciado que en 2009 modificará la Constitución paraguaya y que se van a expropiar tierras y revisar el precio de la electricidad que el país exporta. Chávez y Evo Morales reivindican el marxismo y la revolución como forma de gobierno y de "liberación" de Latinoamérica. Correa es más moderado en las formas, pero sigue un guión similar.
Con un pie en cada orilla de la izquierda está Argentina, donde el partido tradicional y hegemónico que es el peronismo se proclama de centro-izquierda y mantiene buenas relaciones prácticamente con todos los Gobiernos de la región. Sin embargo, se aprecia una deriva constante y mantenida hacia el populismo y los métodos autoritarios. Un hecho que se refleja en el empleo de la violencia política oficialista contra manifestantes opositores o las amenazas a la libertad de prensa apoyadas en informes académicos. La propia presidenta Cristina Fernández ha comenzado a definir a su Gabinete como "gobierno popular".

Indalecio Prieto, socialista y español - Octavio Cabezas - 2005

EL CULTURAL
Indalecio Prieto, socialista y español
Octavio Cabezas
Algaba. Madrid, 2005. 765 páginas, 27 euros
Lytton Strachey dijo que escribir una biografía sobresaliente era, probablemente, tan difícil como vivirla. Toda biografía tiene un componente de ficción que se resiste a la afición de los historiadores por ofrecer modelos explicativos de la realidad social y, mientras la historia vivió empeñada en presentarse como una ciencia, a la biografía no le cupo otra posibilidad que la de escaparse por la puerta falsa. Quizá por eso, el género aparece, en algunas sociedades, en un terreno de nadie que tiene límites imprecisos con la historia, con la literatura, o con la simple crónica. Y como suele ocurrir tantas veces, estos “géneros de frontera” suelen tener un atractivo irresistible para los lectores.También es verdad que no todas las biografías tienen el mismo grado de dificultad y, al margen del número y accesibilidad de los documentos que existan para realizarla, hay vidas que exigen un esfuerzo devastador de quienes intentan abordarlas con la idea de atender a todas las facetas que a veces concurren en una experiencia humana y, a veces, obligan a truncar el relato. Es lo que le pasó a Isabel Burdiel, en su excelente aproximación a Isabel II, o el caso de José álvarez Junco, en su excelente biografía de Lerroux, ejemplar por tantos motivos. También Santos Juliá tuvo que acotar su biografía sobre Manuel Azaña.Un personaje que no cede en complejidad ante cualquiera de los antes citados es Indalecio Prieto que, en sus casi ochenta años de vida, fue lo que ahora se denomina -siempre con admiración- un verdadero “animal político”, de extraordinaria magnitud y complejidad. Incorporado a la vida política en 1899, con dieciséis años, como militante del PSOE, inició inmediatamente su participación en la prensa, para terminar siendo el propietario de “El Liberal” de Bilbao. Fue representante político en Vizcaya desde el año 1911 y obtuvo su primer puesto de diputado a Cortes en 1918. Desde entonces fue una figura clave de su partido en el que se consideraba “socialista a fuer de liberal”. Sus batallas fueron contra el régimen monárquico de la Restauración, pero también contra los nacionalismos, especialmente el vasco, que pretendían minar la solidaridad de las clases trabajadoras. Su apuesta por la vía parlamentaria y por el entendimiento con los partidos republicanos le convirtieron en una opción muy definida dentro del socialismo español, a distancia de la rigidez doctrinal marxista de Julián Besteiro o del tacticismo obrerista de Francisco Largo Caballero. Durante la segunda República desempeñó varias carteras ministeriales y, durante la guerra, fue un personaje clave por su actuación como ministro de Defensa Nacional.Indalecio Prieto fue un político y un periodista de raza que ha dejado tras de sí una enorme obra escrita, aunque muy dispersa, y ha atraído la atención de algunos historiadores (Sáez, Gibaja) con resultados estimables pero que han quedado siempre algo por debajo de la talla del personaje. Es el desafío que ha abordado ahora con éxito Octavio Cabezas, apoyándose en la literatura histórica ya existente y con un apoyo documental muy limitado y sin grandes novedades. El resultado es una obra muy estimable, algo desequilibrada a favor del Prieto del exilio, al que se dedica casi la mitad de la extensión total del libro. Es posible que no estemos aún ante un Prieto definitivo, especialmente en lo que se refiere a los treinta años iniciales de la vida política del personaje, que permitirían un tratamiento más pormenorizado, pero no hay duda de que estamos en el buen camino.

La izquierda en America Latina - Ignacio Sotelo - 2006

EL PAÍS
TRIBUNA: IGNACIO SOTELO
La izquierda en América Latina
IGNACIO SOTELO 06/01/2006

Que se ha consolidado la democracia en Latinoamérica queda bien patente en el hecho, que hace 10 años hubiera parecido inverosímil, de que la izquierda vaya ganando elecciones una tras otra. Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inácio Lula en Brasil, Tabaré Vázquez en Uruguay, a los que cabría añadir Ricardo Lagos en Chile y Néstor Kirchner en Argentina, cerrando por ahora la lista Evo Morales en Bolivia, aunque en el horizonte se prolongue con Michelle Bachelet en Chile y López Obrador en México. Una buena parte de los que en nombre de la democracia se habían opuesto a los movimientos revolucionarios armados no esperaba que esto ocurriera, pero tampoco a la izquierda le cabía en la cabeza que podría llegar al poder en elecciones libres.

En realidad, no hay motivo para sorprenderse si, además de la ineficacia y corrupción de los partidos tradicionales, tomamos en cuenta la enorme desigualdad social de estos países. A nadie ha de extrañar que en libertad la inmensa mayoría de los desposeídos se incline por las opciones más subversivas, populares o populistas. Hace mucho tiempo que habríamos llegado a esta situación si, ante la mera posibilidad de un triunfo de la izquierda, la derecha no hubiera reaccionado siempre con un golpe militar. Si la democracia no sirve para reforzar el orden socioeconómico vigente, se derroca y en paz. Empero, mantenerse sobre las bayonetas termina trayendo un sinnúmero de problemas que obliga a abrir un nuevo periodo de democracia controlada en la esperanza de que el pueblo hubiera aprendido a respetar los límites del sistema, algo, claro está, que tampoco funciona. En el último siglo, Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, Uruguay agotaron hasta la saciedad este círculo vicioso, del que ni siquiera se libró Chile, el país en el que parecía que la democracia estaba mejor asentada.
Nada sorprende que los pueblos voten a la izquierda; el acontecimiento que es menester recalcar es que las derechas no puedan ya acudir al golpe militar; la última vez lo intentaron en Venezuela con el desenlace conocido. Convencida la sociedad latinoamericana de que la democracia es el mejor sistema para negociar soluciones moderadas, pocos están dispuestos ya a oponerse de frente a las reformas necesarias. Pero también la izquierda ha aprendido que no hay atajos que permitan llevar a cabo una política social que no se base en los rendimientos económicos. No será tarea fácil aumentar la producción con los mercados exteriores cerrados, ni mejorar la productividad con más de la mitad de la población sin trabajo. El factor más esperanzador, sin embargo, es que la izquierda latinoamericana no cree ya en la colectivización como el paso indispensable para construir una sociedad igualitaria en libertad. Los gobiernos de izquierda son conscientes de sus límites, no obstante estar convencidos de que cabe hacer mucho en las políticas educativas y sanitarias, pero únicamente si se acompaña con un crecimiento sustantivo de la economía.
Con todo, nada se entiende de lo que está ocurriendo en América Latina si no se subrayan las enormes diferencias de cada una de las izquierdas en el poder. Lo único que las une, con la sola excepción de Chile, es la oposición visceral a la hegemonía de Estados Unidos en la región, siempre latente en los pueblos, pero que ahora la democracia ha hecho llegar a los gobiernos. El hecho decisivo es que a este afán latinoamericano de configurar una región más integrada e independiente corresponde un mayor distanciamiento de la gran potencia respecto a Latinoamérica. Una vez acabada la guerra fría, sin la amenaza de que una potencia enemiga tome posiciones en "el patio trasero", cuyo control tanto y más que un provecho económico tenía un valor estratégico, Estados Unidos ha desplazado su interés principal a Asia, donde se juega la supremacía mundial. Latinoamérica sigue muy lejos de Dios, pero ahora está mucho más apartada de Estados Unidos.

America latina: nueva izquierda y viejas diferencias - Fabián Bosoer - 2006

CLARÍN
NUEVO ESCENARIO: EL RECHAZO A LA DECADA DEL NOVENTA ES EL MOTOR DEL CAMBIO
América Latina: nueva izquierda y viejas diferencias
Chile y Bolivia inauguran una etapa de renovación. Se suman a Argentina, Brasil, Venezuela y Uruguay. Hay coincidencias ideológicas y recelo hacia las fórmulas liberales. ¿Es un giro hacia una nueva izquierda? Los nacionalismos y los intereses cruzados. Informe de enviados y corresponsales.
Michelle Bachelet, la médica pediatra de 54 años primera mujer presidente en la historia de Chile, y Evo Morales, el dirigente cocalero de 46, primer líder aymara en llegar a la presidencia en Bolivia, son dos expresiones nítidas de lo que hay de nuevo en las democracias sudamericanas. También son dos emblemas, del contraste entre un país, Chile, que llega bien plantado y orgulloso, y otro, Bolivia, que viene de sufrir gruesas convulsiones en ese tránsito, con un incierto destino por delante. Siendo, los dos, dirigentes de izquierda que no reniegan de la palabra "socialismo", aun cuando le den diferentes significados, el ascenso de Bachelet es la consecuencia de un éxito, mientras que Morales llega como reacción al fracaso de sucesivos gobiernos en su país. Chile y Bolivia, parecidos y diferentes, nos ilustran sobre las confluencias y divergencias regionales. Durante este año, por otra parte, otros ocho países del continente renuevan en las urnas sus gobiernos. En Brasil, Venezuela y Uruguay, además de la Argentina, hay ya cabalgando gobiernos definidos o autodenominados "de centroizquierda". Y a juzgar por los datos macroeconómicos y electorales, no les está yendo tan mal. ¿Es posible hablar de un cambio de rumbo común, de un giro a la izquierda en la región?Hay un factor biográfico insoslayable: la historia personal de sus líderes y camadas de hombres y mujeres provenientes de las militancias de los años 60 y 70, víctimas y sobrevivientes —muchos de ellos y sus hijos— de represiones y dictaduras, resistencias y exilios. Y otro rasgo interesante: llega a la política mayor la primera generación que no conoció de adulta ni las dictaduras ni la Guerra Fría.Hay un factor temporal, y es la época que les ha tocado, la situación social en la que emergieron y las condiciones en las que deben gobernar: los unifica más "el espanto" del pasado reciente —la década del 90 y su secuela de pobreza, desempleo, endeudamiento y enajenación de riquezas— que "el encanto" del presente. Son, con excepciones y matices (Chile es el más notable), más una consecuencia del vacío que dejaron los derrumbes o frustraciones precedentes que el resultado de una construcción de poder alternativa o programática. Hay, en tercer lugar, un factor geopolítico: es la mirada de los EE.UU. —y frente a los EE.UU— lo que permite agrupar este heterogéneo y variopinto panorama de experiencias nacionales. Gobiernos con más recursos, beneficiados por un favorable contexto económico internacional, sociedades extremadamente desiguales con demandas postergadas y cautivas de políticas asistenciales, llevan a análisis como el de Michael Reid, del semanario inglés The Economist, que observa una nueva batalla entre democracia liberal y populismo. Chile encarnaría el primer modelo, seguido por Uruguay; Venezuela pilotearía el segundo grupo acompañado por Bolivia; y Brasil y Argentina se estarían moviendo entre ambos andariveles.Desde Estados Unidos, el subsecretario para Asuntos Hemisférico, Thomas Shannon acaba de acomodar la óptica de Washington al aceptar que el populismo "no es necesariamente malo" y puede verse como producto de "una democratización exitosa en América latina". El chileno Heraldo Muñoz, ex embajador en la ONU, precisa en la edición española de Foreign Affairs que "más allá de compartir una misma historia y cultura, los países de la región exhiben esencialmente los mismos problemas: calidad de la democracia, la desigualdad social y el escaso poder de negociación frente al resto del mundo. La diferencia estriba en la diversidad de políticas implementadas para alcanzar los intereses y resolver los problemas". Similar estimación hace desde Buenos Aires la socióloga Graciela Romer: "No hay un paradigma común; hay una gran crisis ideológica y política". Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios para la Nueva Mayoría, apunta que "hay un giro hacia la izquierda, el centroizquierda o el populismo en la región, pero nada indica que estas afinidades vayan a prevalecer por sobre las diferencias entre las naciones". Hay un último ingrediente: el factor nacionalista. La preocupación territorial, asociada al acceso y la disponibilidad de recursos naturales (petróleo, gas, agua), es un dato que unifica para dividir. Permite cohesionar a sociedades sometidas a fuertes tensiones localistas e incluso secesionistas, y separarse del descrédito de la política tradicional. Pero proyecta al vecindario retóricas altisonantes, comportamientos inamistosos, molestas escaladas de beligerancia y las típicas competencias y recelos personales por protagonismo, otro rasgo del presidencialismo latinoamericano. Las notas que se presentan en este informe dan cuenta de estos parecidos y diferencias. Evidencian también que, contrariamente a lo que sucedía en la década pasada, existe ahora un mayor margen para la política; las decisiones y orientaciones de los gobiernos no son unívocas y no se observa un recetario único que pueda imponerse desde las usinas de Washington, el FMI o el Banco Mundial. Tampoco hay un camino garantizado de crecimiento sustentable.El libreto se está escribiendo, y será bueno no perder de vista que cada país, con sus ventajas y desventajas comparativas, representa poco o nada de novedoso y atractivo en el mundo si no es logrando un concierto regional amigable y confraternizado, sabiendo articular el interés nacional con los intereses y propósitos compartidos. Esta será, tal vez, la vara que permitirá medir el éxito o el fracaso de los gobiernos más o menos "progresistas" de esta primera década del siglo XXI.