jueves, 9 de abril de 2009

La Izquierda y sus Dilemas

MAYO DE 2008
La izquierda y sus dilemas
Mesa redonda con Roger Barta, Ugo Pipitone, Jesús Silva-Herzog Márquez y José Woldenberg
por Ricardo Cayuela Gally
El pasado 11 de abril, en la sede de Letras Libres, tuvo lugar una mesa redonda en la que participaron Roger Bartra, Ugo Pipitone, Jesús Silva-Herzog Márquez y José Woldenberg. El motivo: discutir la izquierda mexicana y sus dilemas. Salvo Silva-Herzog Márquez, cuyo perfil es el de un intelectual de carácter liberal, los otros tres analistas han tomado parte activa de las luchas y los partidos de izquierda. Todos contribuyen al debate de las ideas y tienen peso específico en la opinión pública mexicana. Los une, desde un arco ideológico diverso, la defensa de la democracia. Nos honra especialmente que José Woldenberg, cuyo nombre forma parte ya de los anales de la transición democrática mexicana que condujo desde su puesto clave en el IFE, haya aceptado participar en esta discusión.

Creo que sería interesante hacer primero una aproximación autobiográfica, pues en muchos sentidos todos tenemos una educación que pertenece a los paradigmas de la izquierda. ¿Cuál ha sido su proceso de evolución personal en relación con estos valores?
Jesús Silva-Herzog Márquez. Desde mi perspectiva, la idea de que todos hemos sido educados en los “paradigmas de la izquierda” habría que ponerla bajo sospecha. Dejando de lado la parte personal, creo que los paradigmas que han marcado la formación cívica mexicana no son las líneas de la izquierda sino las del “nacionalismo revolucionario”, que puede tener ciertas puntas de conexión con una sensibilidad de izquierda pero que, penetrando un poco más en esas nociones, alimenta incluso una cultura profundamente conservadora, en algún sentido reaccionaria. El discurso nacionalista difícilmente lo podemos nosotros asociar con la tradición de la izquierda, y el discurso revolucionario, que sí tiene una obvia afinidad, está anclado en concepciones que nada tienen que ver con una izquierda moderna.

No sé si tú, Ugo, también estableces este deslinde entre el nacionalismo revolucionario que da origen al México modero y la izquierda, y cuál es tu trayectoria.
Ugo Pipitone. Por lo pronto subrayaría esto: la izquierda son muchas izquierdas. La historia del movimiento obrero, y del socialismo, son muchas historias de familias que van definiendo sus fronteras sobre la marcha. Estas familias a veces tienen serias dificultades para aprender a convivir entre sí y otras son, incluso, fratricidas. La izquierda es un archipiélago de experiencias y de ideas con dos siglos de historia, fracturas y recomposiciones. Uno de esos fragmentos es el nacionalismo revolucionario: una nebulosa con componentes variables de nacionalismo reformador, marxismo, anarcocomunitarismo y socialdemocracia, todo dentro de un discurso patriótico y revolucionario. La dialéctica mexicana da para eso y más.

En esta filiación que haces del nacionalismo revolucionario evades también, como Jesús, la parte autobiográfica.
Pipitone. Yo fui expulsado de la Federación juvenil del Partido Comunista Italiano en 1964, cuando tenía 18 años y era muy leninista. La mía es la marcha de un joven italiano por el mundo y cuyo aprendizaje es, al mismo tiempo, un recorrido dentro de la izquierda y fuera del comunismo. Cuando nos reuníamos, a comienzos de los años sesenta, en la sección juvenil del Partido Comunista en Turín, teníamos dos enemigos: uno era la URSS, y el otro, la vía italiana al socialismo. Si Sartre publicaba un nuevo libro debías leerlo de inmediato para no quedar fuera del círculo de conversaciones y debates. Esa hambre intelectual (que iba de Lenin a Rosa Luxemburgo, de Kautsky a Malcolm X) era incompatible con la imagen tétrica de los jerarcas de la URSS. Claro, nosotros la considerábamos entonces como una patología del comunismo. Gramsci y Luxemburgo ya habían criticado ese intento de construir, como si fuera una misión jesuita en Paraguay, el comunismo en la región más atrasada de Europa. Al otro adversario, la vía italiana al socialismo, lo veíamos como una mezcla de apertura a los adversarios y de cierre interno del debate. Lo terrible fue cuando comprendí que lo que yo creía una patología era el comunismo en sí mismo. Y en algún momento comprendí que el punto ya no era la URSS; el “comunismo” se había vuelto sinónimo de partido único, planificación centralizada y cultura oficial. Si eso me resultaba difícil de digerir de joven, con más de sesenta me resulta ridículo. En algún momento comenzó a resultarme muy claro que seguir siendo comunista y ser de izquierda se había vuelto incompatible.

Y tu educación sentimental, Roger, ¿cuál es?
Roger Bartra. Me reconozco en esa escapatoria del mundo de la cultura comunista a la democracia. Yo nací, por decirlo de alguna manera, en el seno de la cultura política de izquierda. No me gusta el término “paradigmas”; no crecí con paradigmas, crecí en el seno de la cultura política de izquierda por un hecho muy sencillo: soy hijo de refugiados catalanes que huyeron del franquismo y desde que nací he vivido esa condición de exilio, que sigue siendo la mía. En ese sentido, quedé profundamente marcado. Supongo que esto influyó para que a comienzos de los años sesenta me radicalizara, con alguna tentación guerrillera. Al final acabé como militante del Partido Comunista Mexicano por un cuarto de siglo. Esa es mi formación política.
Ahora bien, yo milité en un partido comunista muy extraño, que en algún momento decidimos disolver al darnos cuenta de que ese espacio, pese a ser un comunismo reformado y democrático, no tenía sentido en el mundo moderno. Esto no ocurrió en mi caso debido a influencias europeas, sino que fue un descubrimiento –casi iba a decir una “iluminación”– cuando, escapando del autoritarismo mexicano –pues para un joven intelectual comunista en los años sesenta México era un país inhabitable– me fui a Venezuela. En 1967 descubrí la democracia venezolana. Venezuela era un país profundamente democrático que había pasado por tentaciones guerrilleras muy fuertes y que había logrado derribar la dictadura de Pérez Jiménez. Ahí descubrí algo que tiró los dogmas que me impregnaban todavía: la democracia formal y representativa era importante, fundamental. No era algo que sólo acompañaba al capitalismo desarrollado o tardío, sino que podía existir en condiciones de subdesarrollo, de atraso, de extrema dependencia con respecto al “imperialismo”, como decíamos en aquella época, y de un pasado colonial atroz, como en el caso de Venezuela. Esto para mí fue toda una revelación. En esa época militaba en el Partido Comunista de Venezuela, que enfrentaba una agria lucha con las tesis guevaristas, con los cubanos y con los soviéticos. El partido se dividió y yo seguí la fracción que encabezaban Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, que después fundaron el Movimiento al Socialismo (MAS). Y así, en tanto que militante comunista, acabé descubriendo el extraordinario valor de la democracia. Después de la experiencia del 68, estuve brevemente en México a finales de octubre y noviembre de ese mismo año, y decidí que este no era mi país. Me fui a Inglaterra, después a Francia, y desde luego se apuntaló esta perspectiva democrática que ahora considero tan importante.

¿Y tu itinerario, José?
José Woldenberg. Yo ingreso en la izquierda por la vía del sindicalismo universitario de los años setenta, bajo la idea de que había que construir organizaciones gremiales de profesores que sirvieran, por supuesto, para defender sus intereses laborales pero también para defender la universidad pública en momentos en los que había tensiones muy fuertes entre diversas universidades públicas y gobiernos locales. Y ahí empieza una militancia que luego me lleva, con otros compañeros y amigos, a formar el Movimiento de Acción Popular y, para decirlo rápidamente, a integrarnos al Partido Socialista Unificado de México, el PSUM, y de ahí al PMS y luego al PRD, partido en el que milito los primeros años. Es decir, todo el primer ciclo de unificación de la izquierda. La izquierda es en esos años un acicate del proceso democratizador, al mismo tiempo que empieza a repensar sus relaciones con la democracia. Es probable que sea un ciclo no totalmente concluido. Yo creo que a lo largo de estos años hay dos almas que se conjugan en la izquierda: por un lado, una alma autoritaria, ellos dirían “revolucionaria”, que piensa a la izquierda como poseedora de la verdad y con fuertes pulsiones excluyentes; y por otro, corrientes de izquierda que aprecian y saben que la democracia no solamente es un medio sino un fin en sí mismo.
A lo largo de ese proceso, tuve cuatro momentos de distanciamiento con el cuerpo fundamental de la izquierda. El primero fue el movimiento del CEU en 1986: ante el intento del rector Carpizo de inyectar algunas medidas reformadoras a la universidad de entonces, surge un movimiento estudiantil muy potente que se convierte en un obstáculo para poner al día a la UNAM. Si uno ve el pliego petitorio del CEU, sobre todo a la distancia, comprueba que en lo fundamental no defendía derechos sino privilegios. ¿Cuál es la diferencia? Que el derecho es para todos, los privilegios para unos cuantos, y el pase automático era y es para unos cuantos. En esos días y meses yo estuve bastante distante de ese movimiento y fui crítico. El segundo tiene que ver con la salida de un grupo de compañeros, y yo mismo, del PRD en abril de 1991. Luego de aquellas elecciones tan tensas, tan polarizadas, y en donde sin duda alguna el cómputo de los votos fue maquillado, se generó una situación muy difícil. Creo que algunas corrientes del PRI pensaban que la alta competitividad electoral había sido sólo coyuntural y que eventualmente podría ser revertida, es decir, que había sido un mal momento y punto. Desde la izquierda, el agravio de las elecciones del 88 provocó que cualquier acercamiento con el gobierno fuera visto como una traición y la apuesta fundamental era a una especie de desplome del sistema. Algunos de nosotros dentro del PRD señalábamos que existían condiciones para iniciar un proceso de transición democrática, es decir, que era necesario modificar las normas e instituciones para dar cauce a lo que había aparecido con fuerza en 1988: que México era un país diverso y que no cabía bajo el manto de un solo partido. En ese sentido nos parecíamos mucho a la línea hegemónica del PAN. Y el momento quizá definitivo que nos hizo salir fue cuando el propio ingeniero Cárdenas propuso una Alianza Nacional para la Democracia. Creímos, por un instante, que nuestras tesis encontraban eco. Pero de inmediato se nos aclaró que se trataba de una “Alianza Nacional” pero sin el PRI y sin el gobierno. Lo que más nos preocupaba a nosotros era que la tesis subyacente de las acciones del PRD se podía resumir, quizá de manera caricaturesca y un tanto agresiva de mi parte, como “entre peor, mejor”; es decir, la apuesta era que al país le fuera peor porque en ese momento habría mejores condiciones para el PRD.
El tercer momento es el alzamiento del EZLN en 1994, que genera, para mi sorpresa, una especie de fascinación por la violencia, precisamente en el momento en que México está transitando en un sentido democratizador. Y el último episodio es el del año 2006, cuando tras unas elecciones muy competidas, polarizadas, discutidas, se acuña la idea del fraude electoral. Las dos primeras versiones que se dieron –luego hubo otras–, la del algoritmo inyectado al PREP y los tres millones de votos perdidos, me parecían indignantes por fantasiosas.
Estoy convencido de que la izquierda tiene una enorme pertinencia y sentido, sobre todo por el mundo de desigualdades y pobreza que cruza México. Pero la izquierda no puede defender privilegios (como en 1986), no puede apostar a que las cosas vayan peor para que a ella le vaya mejor (como en 1991), no puede coquetear con la violencia (como en 1994) y no debe mentir (como en 2006).

¿Cómo podría salir la izquierda del laberinto en que se encuentra y, para ello, qué propuestas intelectuales o prácticas debería generar en la actualidad?
Bartra. A mí, como saben, me ha gustado más hablar de “lodazal” que de “laberinto”. La salida de este pantano puede no ser muy buena, y tengo una postura muy pesimista. Creo que desgraciadamente la izquierda se ha hundido en una situación desesperada. Se han abierto las compuertas del agua podrida de la cultura priista, ya en profunda decadencia, y estas aguas han anegado el espacio de la izquierda. Y lo han anegado principalmente provocando el predominio de una cultura populista que está profundamente arraigada en la izquierda, a la que se han aunado tradiciones autoritarias que vienen del marxismo-leninismo. El conjunto ha generado una situación verdaderamente desgraciada. Y temo que si no hay salida a este lodazal, nos acerquemos a una situación similar a la de Argentina, donde se acabó imponiendo la cultura populista del peronismo, y el resto de opciones, liberales o socialistas, casi desaparecieron del escenario. Estamos ante un panorama político gris, atrasado, sin aparentes salidas a corto ni mediano plazo. Habrá que ver si las ideas liberales llegan a prender en los espacios de la derecha, lo cual podría significar una cierta variación al modelo argentino, donde la tradición liberal fracasó. También aquí podría muy bien fracasar; eso me volvería todavía más pesimista.
Por desgracia, la salida que desde hace muchos años he apoyado yo, la vía socialdemócrata, tiene muy poca tradición en México. Además, es en buena medida una tradición frustrada en sus diferentes expresiones, tanto en el movimiento comunista como en muchos sectores intelectuales. Sin embargo, sigo pensando que es una opción posible.

Silva-Herzog Márquez. Coincidiría con ese pesimismo en un sentido: después de un éxito extraordinario, el Partido de la Revolución Democrática fue incapaz de aprovechar ese impulso y concretar el avance definitivo. Ahora se empeña en perder todo lo que había ganado. Pero introduciría también una nota optimista. Más allá de sus delirios recientes, la izquierda ha dejado de ser una opción política marginada, no está en el monte, ni en la universidad solamente: gobierna varios estados, tiene una plaza firme en la ciudad de México y conserva una base electoral sólida. A pesar del ahínco con el que la izquierda se ha lacerado después de la elección, es indudable que tiene un asiento institucional mucho más firme del que sugieren las imágenes de los legisladores perredistas secuestrando las tribunas del Congreso. Quizá esta huida de la izquierda lopezobradorista puede cesar en el momento en que el partido se percate de que sus posibilidades de éxito por la vía democrática son mayores que las que le ofrece el discurso apocalíptico y la esquizofrenia antiinstitucional.
Para escapar del lodazal, la izquierda no tendría más que reivindicar una tradición que nadie mejor que la izquierda puede reclamar como propia: el ejercicio de la razón y de la deliberación. Desde la izquierda es necesario recuperar también el espacio común, esto es, el pavimento de la democracia liberal. Agregaría también un necesario afán de contemporaneidad. Me impacienta la obsesión identitaria de nuestra izquierda. Sus definiciones cruciales parecen atadas a las efigies de nuestra historia y no expresan curiosidad alguna para abrir la ventana al mundo. De ahí que nuestra izquierda resulte hoy una fuerza política que se planta para oponerse al cambio, una izquierda en resistencia que no ofrece alternativas de transformación.

José, ¿cuál sería tu diagnóstico?
Woldenberg. La izquierda mexicana, por decirlo en términos muy generales, está atrapada en una cultura y una ideología que conjuga elementos del autoritarismo pero también de la democracia, y, por desgracia, no acaba de resolverlos. Específicamente en el seno del PRD se viven varias paradojas. Por ejemplo, el PRD ha usufructuado dos liderazgos muy poderosos: el del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y el de Andrés Manuel López Obrador, quienes han logrado poner en contacto a la izquierda con franjas enormes del electorado. Esa es la cara virtuosa de esos líderes. El problema en ambos casos es que también han funcionado como un bloqueo para una vida partidista auténticamente democrática. Una segunda es que el PRD se sigue pensando como un partido de oposición, cuando es, como dice Jesús, un partido también de gobierno. Nunca la izquierda mexicana había tenido una presencia en los poderes de la República como el día de hoy. Tercera paradoja: su enorme vitalidad proviene de las corrientes que desembocaron en el PRD, la mayoría de las fuerzas significativas dentro la izquierda mexicana acabaron en él, lo cual es un capital político más que importante. Pero, al mismo tiempo, en su despliegue acaban siendo paralizantes y obstructoras unas de otras. Cuarta: el PRD está en las instituciones del Estado pero da la impresión que sigue pensando que el Estado es el presidente, y mientras no tenga la presidencia sigue creyendo que no tiene nada. Podría seguir ilustrando algunas otras paradojas. Pero paso a ver la otra cara.
De los elementos optimistas yo subrayaría tres. Primero, el que se refiere a sus éxitos. Es decir, es poco probable que el PRD abandone las instituciones habida cuenta de que gobierna en el Distrito Federal, Zacatecas, Baja California Sur, Michoacán, Guerrero, Chiapas, y un buen número de municipios, y que es la segunda fuerza en la Cámara de Diputados y la tercera fuerza en la Cámara de Senadores.
Segundo, el hecho de que los cambios democratizadores en México son lo suficientemente profundos como para resolver los problemas, las tensiones, los conflictos, sin recurrir a la violencia. Lo que se vivió entre finales de los setenta y finales de los noventa fue un cambio de enormes dimensiones: pasamos de un sistema de partido hegemónico a un sistema de partidos equilibrados, de elecciones sin competencia a elecciones competidas, de la representación política monocolor a una plural, de un sistema en donde el presidente lo era todo y el resto de los poderes eran más bien simbólicos a uno de poderes equilibrados, de un centralismo exacerbado a un federalismo, si se quiere, primitivo, pero federalismo al fin. Todo eso generó un nuevo escenario en el cual actúa la izquierda.
Y en tercer lugar, México sigue siendo un país brutalmente desigual y con unas franjas de pobreza tremendas, y eso hace muy necesaria a la izquierda en nuestro país. Esos, quiero pensar, pueden ser acicates para una reconversión cabal de la izquierda en una izquierda democrática.

Tú, Ugo, ¿compartes este panorama agridulce?
Pipitone. El laberinto no es producto exclusivo del PRD: de la misma manera que el PRI no inventó la corrupción, el PRD no inventó el voluntarismo heroico de bajo contenido propositivo. Pero, más allá de eso, la izquierda en este país tiene una historia larga que algún día habrá que entender en sus éxitos y fracasos en expresar posibilidades de cambio. Es una historia de ideas, pero también de derrotas, cada una de ellas sublimada con una mayor presencia de símbolos. Al final de una historia con muchas derrotas (la última: setenta años de hegemonía revolucionario institucional), estamos rodeados de tal cantidad de símbolos dispares, Marx, Zapata, Marcos, además del cotidiano “cantinflismo revolucionario” que traiciona culturalmente los logros sindicales y de otro tipo que también salpican la historia de la cultura de izquierda en este país.
Yo estoy acostumbrado a pensar en los partidos de izquierda como generadores de ideas, de nuevas propuestas de organización; en la izquierda como aglutinadora de grupos sociales y de nuevas formas de participación política, como universos que chocan y se corrigen a sí mismos, pero que están vivos y marcan el paso de la historia de los países.
El PRD es la cúspide de una historia. Es muy fácil culpar a AMLO de los problemas actuales. En realidad lo que hace es volver explícita la desnudez cultural y la inmadurez civil de su partido y de una cultura que no nació ayer. Bueno sería que AMLO fuera el único problema; el problema es más grave.
El PRD tiene un voto duro. No tiene caso discutir si ese zoclo es de cinco o veinte centímetros. El problema es que el PRD no tiene checks and balances internos. Tenemos un partido sin intelectuales; los pocos que tenía han sido expulsados por un ambiente culturalmente adverso a ideas y debates de ideas. Ha habido una fuga de los intelectuales que convergieron en 1988. En ese momento era un movimiento en el que tenían cabida nacionalistas revolucionarios, socialistas, comunistas, ex guerrilleros, socialdemócratas. Hoy es el único partido importante de izquierda en América Latina sin intelectuales, y eso tiene un costo en términos de ocasiones perdidas y de tiempo perdido para el país, y también en términos de muertos, de jóvenes que desde un universo afín a este partido pueden derivar hacia otras formas de conflictividad, de antagonismo, de razones irreconciliables.
Los intelectuales no son un jarrón chino que cada partido necesita lucir en algún lugar visible. Un partido de izquierda es un partido que debe vivir en el presente y el presente hay que interpretarlo. La realidad nunca es transparente: los intelectuales son esa especie de enzima social que obliga a reconocer las dificultades, a criticar los errores del pasado, a proponer caminos. Sin ellos estamos en un mundo de proclamas. La segunda característica original del PRD es que no tiene periódicos, ni revistas, ni debate cultural a través de ellos. Hasta viene la nostalgia del Partido Comunista Mexicano que hizo posible El Machete de Bartra. Los partidos de izquierda necesitan construir cultura a su alrededor, identidades críticas. México requiere un espacio de izquierda donde se discuta la complejidad del país y sin autarquías virtuosas. En cambio tenemos un partido sin generación de ideas y sin discusión, donde las “tribus”, no lo quiero decir despectivamente, dan la impresión de sólo estar enfrascadas en una interminable lucha de poder. El antiguo cinismo retórico del PRI tiene nuevos herederos.

¿Qué ejemplos podría buscar nuestra izquierda de lo que pasa con otras izquierdas en el mundo?
Bartra. La izquierda, lo mismo que la derecha, tiene que preocuparse por descubrir las fuentes de imaginación e influencia de donde va a extraer ideas. En primer lugar, la izquierda tiene que reconocer en sus adversarios una fuente de ideas interesantes, posiblemente originales. No puede mirar a los adversarios como enemigos y por lo tanto catalogarlos como un espacio estéril; tiene que observarlos como adversarios capaces de producir ideas, y esa influencia tiene que transformarse en algo creativo, cosa que sin duda no está ocurriendo en el PRD. La caída del PRD y su derrota en las elecciones se debe a que no entendió las características del adversario que enfrentaba. En el PRD siguen pensando que la derecha es una entidad del siglo XIX que, no se sabe muy bien cómo, se acabó filtrando al siglo XXI. Es un absurdo: si no se entiende al adversario menos se va a poder extraer de él alguna idea que pueda estimular la creatividad. Tras la caída del muro de Berlín, ante una izquierda que está en una situación realmente desesperada de falta de ideas, es necesario observar a los adversarios. Segundo, existen polos mundiales de los cuales emanan ideas, descubrimientos, hallazgos científicos, escrituras nuevas. La izquierda debe ser capaz de ir a ellos, dejarse influir por ellos. Como bien dice Ugo, la izquierda necesita intelectuales para alimentar su imaginación, su creatividad y sus alternativas. En una cosa, sin embargo, discrepo: me temo que la izquierda mexicana, en todo caso el PRD, desgraciadamente sí tiene intelectuales a su alrededor, que, sin embargo, no han sabido traducir las ideas del adversario y de otros lados del planeta y así alimentar intelectualmente al partido. Ese es uno los problemas que me vuelven pesimista: sí tiene, y muchos, intelectuales, pero como “abajo firmantes” o simples floreros.

Silva-Herzog Márquez. El problema no es la ausencia de personajes sino de aire para el debate.

Bartra. La discusión que existe es de un nivel terriblemente bajo, como para estremecerse. Otra fuente de creatividad es lo que se suele llamar globalización. Ese proceso de transformación, de empuje económico, de nuevas formas de expansión de los mercados capitalistas, de nuevas vías de explotación terribles, hay que convertirlo en fuente de creatividad. Estar en contra de la globalización de manera dogmática, de la misma manera que estar en contra de la derecha porque está decretado que viene del siglo XIX y todo lo que viene del siglo XIX está por definición mal, es una cerrazón terrible.
Mucha gente ha llegado a la conclusión de que lo que pasa es que el PRD ya no es de izquierda. De eso también discrepo: desgraciadamente esa es la izquierda que tenemos. Hay que reconocer que existen –y no es ninguna novedad: ya lo observaba Marx en el siglo XIX– izquierdas conservadoras y reaccionarias que siguen siendo de izquierda y que son, creo, la causa de esta pobreza intelectual que rodea al PRD.
Otra pregunta que quizás esté rondando por aquí: ¿podemos vivir sin la izquierda? Estamos muy acostumbrados a pensar que, si no es desde una perspectiva de izquierda, los problemas de la miseria, del atraso, no se van a solucionar. Desgraciadamente las cosas sí pueden cambiar sin la izquierda. Sería un mundo muy estéril y desagradable, un mundo que a mí como hombre de la izquierda me cuesta imaginar, pero me temo que es posible, ya ha ocurrido en otros países. La izquierda puede extinguirse, y ese es el peligro que enfrentamos en estos momentos, por eso soy tan pesimista. Estamos realmente al borde de una situación catastrófica.

Woldenberg. Si se trata de buscar fuentes de inspiración para la izquierda habría que verlo en varias planos, tal como lo hace Roger. Primero, desde un punto de vista pragmático: la izquierda tiene que voltear sus ojos a Europa occidental, donde se ha producido la experiencia civilizatoria más exitosa en términos de conjugar libertad y equidad. Aunque parezca increíble, durante muchos años la izquierda en México y en América Latina no miró hacia el viejo continente sino hacia la Unión Soviética, China, Vietnam o Cuba. Por otro lado quiero retomar la idea de Roger de que la izquierda no puede ser en términos intelectuales una izquierda endogámica. Por supuesto que la corriente de pensamiento socialista se tiene que recuperar, pero también hay que volver los ojos a las corrientes de pensamiento liberal. Una izquierda que no subraye que las garantías individuales son parte de su ideario, y que va a intentar preservarlas y ampliarlas, no es una izquierda a la altura de los tiempos. También recuperar el pensamiento democrático republicano, pues sus fórmulas de organización estatal no han sido superadas. Recuerdo un artículo de Kolakowski en el que decía, espero no citarlo mal: “Soy socialista para la economía, liberal para la política y conservador en el terreno cultural.” No comparto del todo esto último, pero creo que es muy plástico y elocuente. No puede haber corrientes politicoideológicas autárquicas, todas tienen que tender puentes, porque se trata de corrientes de ideas. Y creo que lo que más conviene a la izquierda es incorporar a su bagaje otras tradiciones; aún más: es a lo que está obligada.
Por último, la izquierda tiene que volver a recuperar el aliento de ser un movimiento politicocultural, no solamente político. Recuerdo mucho aquella propaganda del Partido Socialista Unificado de Cataluña, que proclamaba ser un partido para la política y para la cultura. Un partido necesita cierto aliento pedagógico, en el sentido de inyectar un cuadro de principios, de ideas de futuro, al presente para no reducir la vida de sus militantes y su proyecto al estrechísimo carril de la política. Necesita ser un centro irradiador de adhesiones en vez de un puercoespín generador de rechazos. Ahora bien, sé que esto se dice muy fácil y que es de muy difícil traducción.

Ugo, ¿cuál sería tu idea, de dónde tiene que abrevar la izquierda en el exterior?
Pipitone. El PRD se ha construido una identidad que es una mala máscara de sí mismo, una identidad cerrada al mundo, de ira permanente, de simplificación ideológica de las complejidades mexicanas. Y las simplificaciones son siempre peligrosas y a veces cuestan muertos. Los místicos voluntariosos, con su carga de viejas certezas y su visión del mundo como una inmensa conspiración, son siempre una amenaza. Después de escuchar pacientemente a Bakunin despotricar contra los intelectuales y a favor de la acción revolucionaria, Marx, golpeando la mesa, gritó, “la ignorancia nunca le ha hecho bien a nadie”. La política debería ser una forma de canalizar la ira y dar salidas, caminos que aceleren el desarrollo y la equidad en un país gravemente segmentado, caminos que no pueden dar la espalda al mundo. La brújula debería ser la necesidad de corregir esa promesa incumplida que es México. El PRI heredó un país segmentado y dejó un país cuyo rasgo dominante es la segmentación: aquí algo no funcionó. El nacionalismo revolucionario no funcionó, pero ni asomo de autocrítica. ¿Qué ocurriría si renacieran milagrosamente en este país Rosa Luxemburgo o Mariátegui? La izquierda no sabría qué hacer con ellos, a lo sumo les abriría una fundación cultural para que se entretuvieran. Por desgracia tenemos una izquierda que no respeta las ideas, que vive de renta de verdades envejecidas y que cree que la política es un estricto ejercicio de fuerza. Una izquierda que no cree en la inteligencia me parece de una gravedad inaudita.

Silva-Herzog Márquez. La imaginación puede despertar si se cuestionan las certezas simbólicas, certezas que no provienen de un cuerpo articulado de ideas, sino que integran una galería de orgullos históricos, glorias dudosas que no nos ayudan en lo más mínimo a afrontar los retos de hoy. Seguridades nostálgicas que muestran a un partido que llora por el México que se nos fue, aunque nunca haya existido. Así se ha inventado un pasado preneoliberal que habría que restaurar; un país que se desvió cuando llegaron los bárbaros de la derecha. Las oportunidades del presente son enormes. Hay que aprender del mundo, de lo que funciona. Pero para ello tendría que eliminarse la visión aduanera de la izquierda mexicana, esa perspectiva que sólo acepta lo que está de acuerdo con los certificados de nuestra identidad. Los costos de esa aduana han sido y siguen siendo inmensos. No necesitamos encontrar una cita de Juárez o de Cárdenas para fincar la validez de cada decisión política o económica. No necesita ser nuestro para sernos útil.

Woldenberg. Ese es un resorte que va más allá de la izquierda o la derecha y que traspasa las fronteras de México. Es un “sistema de pensamiento cerrado” que le da certeza y sentido de pertenencia a la gente. El problema es que, si uno se queda en ese código cerrado, es incapaz de ver las novedades que la vida y el mundo van presentando. En el caso de la izquierda, esta debería estar obligada a tener un circuito integrado para la discusión, para el diagnóstico, para el debate. El PRD lo que busca, igual que el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, son adhesiones; no estoy seguro de que en el partido o en el frente se busquen debates. Para no hablar de la Convención Nacional Democrática: ahí es simplemente imposible cualquier debate; un lugar donde se encuentran un líder carismático y cien mil personas es un espacio donde evidentemente no se va a debatir. Se trata de un ritual: el líder reconoce a su masa y esta asume una actitud reverencial.

Para mí se da la paradoja de que la izquierda domina el discurso público; por ejemplo, la palabra privatización está satanizada, y aún así la izquierda no es capaz de apropiarse ese triunfo.
Pipitone. Hace décadas la izquierda domina el escenario cultural pero es igualmente evidente que no domina en el terreno político, donde insiste en un discurso viejo. Evidentemente los mexicanos lo entendieron y la transición se fue por otro lado. Nuestra transición nos ha liberado de la mentira colectiva de una revolución que, en realidad, se limitaba a administrar sus propias corporaciones. Este es un país conservador que se disfrazaba de revolucionario, antes con el PRI y ahora con el PRD.

Bartra. La defensa de la “virginidad” de Pemex es un elemento de ese discurso de izquierda. El presidente Lula se burló de los mexicanos diciendo que pensábamos que Pemex era una diosa. Efectivamente hay un especie de culto en torno a Pemex, con apoyos de la poesía, del cine, del ensayo, de intelectuales que están dispuestos a impedir que “pasen los enemigos a apropiarse de nuestra diosa”. Es un absurdo que señala el profundo atraso de nuestra intelectualidad y nuestros políticos. El petróleo, y el tema de Pemex, se han venido discutiendo durante decenios. Hay mucha información técnica, intelectual; hay debates de toda clase. La izquierda debatió muchísimo este tema. Yo todavía recuerdo un debate bastante fuerte con Heberto Castillo, quien clamaba que ya no usáramos tanto petróleo porque se iba a acabar, y cuando gente de izquierda como Jorge Castañeda y yo lo criticamos nos llamó “marxistas-guadalupanos”, porque creíamos en milagros. Estoy seguro de que esta situación ridícula tiene que terminar y que Pemex debe modernizarse aun a riesgo de perder su virginidad.

Woldenberg. Pemex tiene una centralidad inescapable. De la renta petrolera el país capta cuatro de cada diez pesos que gasta en su presupuesto. Me parece que la discusión sobre Pemex, su destino, su reforma y demás no puede sino ser central y estratégica. El problema es que se obstruya la posibilidad de que el Congreso debata y llegue a una conclusión.
El problema de nuestra izquierda también es la derecha que tiene enfrente, que es muy conservadora. Muchos de los temas de la modernidad han avanzado contra los prejuicios y los obstáculos que en los congresos pone la derecha. Pongo algunos ejemplos: las sociedades de convivencia salieron a pesar de la derecha; la despenalización del aborto durante las primeras doce semanas de la gestación en el Distrito Federal salió contra la derecha, que incluso llevó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación ese tema, pues fue el gobierno federal, a través de la Procuraduría General de la República, el que interpuso el recurso de anticonstitucionalidad. Y tenemos al gobernador de Jalisco destinando recursos públicos sin ningún rubor a la construcción de un mausoleo que no se justifica ni en términos éticos, ni políticos, ni culturales, ni constitucionales, ni de ningún tipo, además de que se erosiona la idea de la separación entre el Estado y la Iglesia. Esta pulsión existe en esa derecha, que, por supuesto, no es toda la derecha; también hay una derecha ilustrada.

Bartra. El principal problema que tiene la derecha mexicana, me refiero al PAN concretamente, es la tentación integrista de buscar una legitimidad metademocrática. La derecha integrista pone en primer plano los temas de la moral católica, en la que ven las fuentes de su acción política. Desconfía de las instituciones y las confronta porque no cree que el sistema democrático por sí mismo sea capaz de legitimarse. Pretende ir más allá, y buscar estos elementos en la religión. De ahí dan el salto entre la religión y la identidad nacional, que para ellos es profundamente católica. Y eso justifica en la derecha todas sus conclusiones antiliberales. Hay otro sector en la derecha acusado por los integristas de caer en el pragmatismo, de estar sumergido en la crisis de la cultura de la Ilustración, en la decadencia del mundo moderno. Esa división, entre pragmáticos e integristas, marca profundamente al PAN y, mientras no salga de ella, estamos en peligro de que la tradición liberal tampoco encarne en la derecha, y entonces sí nos enfrentaremos con el panorama tétrico que pintaba al comienzo.

Quizá valdría hacer una última ronda de conclusiones o al menos una participación final que sirva para redondear un argumento, lanzar una idea final.
Silva-Herzog Márquez. Me parece revelador que esta conversación sobre la izquierda termine como un lamento por la fragilidad del liberalismo en México. Ahí está la gran contrariedad de nuestra democracia. El problema, por supuesto, cubre a todas las fuerzas políticas. El país necesita tanto una derecha liberal como una izquierda liberal.
Agregaría otra cosa: nos hemos concentrado exclusivamente en lo político pero tal vez la crisis de estos años es resultado de una fatiga cultural. El pensamiento crítico decayó. Sin mayor debate, sin mucha reflexión, la izquierda partidista se tragó de pronto las ideas del comunitarismo conservador y las banderas del nacionalismo priista. La casa de la izquierda fue saqueada intelectualmente –y muy pocos hicieron la denuncia. Si hubiéramos hablado de la izquierda hace veinte años habríamos hablado, sobre todo, de centros de cultura y universidades, del mundo sindical y seguramente también de distintas búsquedas artísticas. Es un signo alentador que hoy hablemos de las desventuras y posibilidades de un partido que gobierna. Pero también resulta preocupante que se desvanezcan ciertas expresiones culturales que eran chispa de una alternativa. En algún sentido, el escenario mexicano se ha achatado en los últimos años. Diría con Castoriadis que avivar la izquierda es recuperar el inconformismo.

Pipitone. México es un país profundamente cansado y después de la transición no ha habido un momento de reflexión colectiva sobre el pasado y sus herencias; ningún intento desde la política para repensar el presente, reconfigurar el futuro y liberarnos de viejos fantasmas. Es un país políticamente envejecido, atrapado en reflejos antiguos que ni percibe. El segundo elemento que quiero mencionar telegráficamente es que sin izquierda este país no tiene futuro, a juzgar por la derecha que nos rodea y por la cultura empresarial que se ha desarrollado a lo largo de décadas en contacto estrecho y enfermizo con el Estado. Y tercero, necesitamos una izquierda capaz de construir consensos reformadores en la sociedad. La tarea de la izquierda debería ser construir instituciones responsables, porosas frente a la sociedad, pero al mismo tiempo dignas. Hay un vacío cultural de responsabilidad social. Y lo último, con una disculpa por la metáfora: se me ocurre pensar en la izquierda como una reencarnación del dios hindú Rama con su arco poderosísimo. Un Rama que sólo a veces se despierta en los siglos, tiende su arco, falla y se vuelve a dormir. Una historia desesperante de ocasiones fallidas y, sin embargo, la izquierda no tiene sustitutos como agente de maduración civil y democrática del país.

Bartra. Podemos observar que la izquierda está en ebullición. Algunos lo toman como una señal de que está avanzando; yo me temo que no ven lo más obvio: la ebullición indica un proceso de evaporación. Existe una profunda crisis en la línea política populista del PRD. En las elecciones internas esta corriente populista, encarnada por López Obrador, no ha logrado ganar claramente las elecciones, eso además del lamentable espectáculo que han dado. Una gran parte del PRD quiere cambiar de rumbo, quiere alejarse de esa corriente de resentidos populistas que encabeza López Obrador. Yo creo que un partido de gente dominada por este resentimiento populista no tiene realmente ningún futuro. Da la impresión de que quieren generar, metáfora leninista, la chispa que encienda la seca pradera política. Pero yo tengo la impresión de que estos populistas son capaces solamente de chisporroteos y de berrinches, y el resultado podría acabar siendo un partido fragmentado y débil, acaso cavando su propia fosa. La segunda fuerza política del país está actuando como un grupo minoritario, agresivo, resentido y marginal que, insisto, está cavando su propia tumba.

Woldenberg. El país tiene un grado de modernidad tal que es difícil no cumplir con buena parte del ideario liberal. El campo de las libertades individuales se ha fortalecido en los últimos años y, a pesar de las pulsiones conservadoras en todo el espectro político, no pueden ser echadas para atrás. Estoy pensando en que el ciudadano común ejerce su libertad de organizarse, de votar, de vivir más o menos como quiere, de expresarse, y todo esto está suficientemente aclimatado en el país. Por contraste, el avance en términos de democratización y cultura política, al igual que en otros países de América Latina, sí tiene muchos focos rojos. Y esto ha sido puesto sobre la mesa por organizaciones como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo o la CEPAL. Tenemos problemas serios como la falta de cohesión social, el déficit de ciudadanía, las enormes desigualdades sociales y un rezago terrible en el Estado de derecho. Esa debería ser la agenda de la izquierda. Yo quiero terminar con un toque de optimismo. A pesar de todo, el futuro de la izquierda está en la vía democrática y dado que ese espacio está abierto, y que ellos lo han explotado y son sus usufructuarios, quiero pensar que al final de cuentas no serán suicidas. ~

La Izquierda de Octavio Paz

ABRIL DE 1999
Octavio Paz y la izquierda
por Carlos Monsiváis
Formado en la militancia de los años treinta, Octavio Paz siempre consideró a la izquierda su interlocutora natural. En este ensayo, Monsiváis reconstruye el largo recorrido de una vida de polémicas y debates al servicio, no de una causa o idea, sino de la verdad.
En 1937, Octavio Paz tiene 23 años y es previsiblemente de izquierda. El avance del fascismo y el comunismo preocupan intensamente en América Latina y la Unión Soviética parece el valladar inexpugnable.Paz es profesor en Mérida en el programa de escuelas para los obreros, defiende a la República española y escribe poesía política de cuya calidad recelará, pero en donde ya explora las tensiones entre poesía e historia, una de sus obsesiones recurrentes:"Has muerto, camarada/ en el ardiente amanecer del mundo...". En 1937 Paz asiste en Valencia al Congreso Mundial de Escritores Antifascistas. La resistencia al franquismo es una causa esencial de la izquierda, que también —crímenes son del tiempo y la desinformación voluntaria e involuntaria— cree férreamente en Stalin y los soviéticos, aprende el dogmatismo para asumir el internacionalismo proletario y no concibe la existencia de los Procesos de Moscú o los considera inevitables por las inminencias de la guerra y el acoso imperialista. Paz comparte también la certeza: hay opciones ante el capitalismo ruin y el fascismo homicida. ¿Cómo no actuar así en el periodo de tempestades históricas que a todos afectan? Los treinta son los años de militancia y los escritores de izquierda ven en la poesía y la narrativa armas de combate que, literalmente, alimentan desde la página a la revolución. El atractivo de la Revolución —mayúsculas iluminadas— encandila a varias generaciones. ¿Cómo no soñar con reconstruir el sentido de la historia, y desatar la equidad que distribuya entre todos, además de justicia salarial, estímulos del arte y la cultura? Paz se desprende pronto de la idea mecánica y mesiánica de Revolución, pero jamás renunciará a la visión de comunidades animadas por la obtención de la plena humanidad. Además, por razones de familia, de formación cultural y de simple atmósfera urbana, Paz siempre valúa a la Revolución Mexicana, en especial a Emiliano Zapata. Y junto a la Revolución, como en cadena, otros temas apasionan a Paz: la revelación, la vuelta a los orígenes, la reconciliación y la recuperación del pasado, los trámites de la integración nacional. El nacionalismo, al que cuestiona a fondo, también lo constituye. En España Paz ve instalarse, al lado del heroísmo y la solidaridad, la "inquisición" de corte soviético. Se censura despiadadamente a André Gide por su Retorno de la URSS y, en plena guerra, se persigue a trotskistas y anarquistas y se ejerce la intolerancia a nombre del antifascismo. Paz se va distanciando de la izquierda estalinista (casi la única existente en el momento) y se reorienta a través del examen y el rechazo de los dogmas. A Paz le resulta decisivo el encuentro en Europa con Pablo Neruda. "La influencia de Neruda fue como una inundación que se extiende y cubre millas y millas —aguas confusas, poderosas, sonámbulas, informes". Paz conoce a Neruda en París y lo reencuentra en Valencia, en el Congreso Mundial de Escritores Antifascistas, y luego en México, donde es cónsul de Chile. Pero lo que Neruda aporta de genio poético y solicitud amistosa, lo rebaja con su sectarismo y su exigencia de vasallaje. Paz se pelea con él y se aleja en definitiva de un tipo de poesía y de "compromiso". Neruda detesta a los "artepuristas", a los cultivadores del "arte por el arte". Paz defiende el derecho a la libre expresión. Y se desentiende de una estética y de una ética fundadas en la utilidad política de la poesía, abocándose a la construcción (o mejor: el perfeccionamiento) de su voz original. De la revolución como involuciónEn El ogro filantrópico (1979), Paz escribe: Cuando pienso en Aragón, Eluard, Neruda y otros famosos poetas y escritores estalinistas, siento el calosfrío que me da la lectura de ciertos paisajes del infierno. Empezaron de buena fe, sin duda. ¿Cómo cerrar los ojos ante los horrores del capitalismo y ante los desastres del imperialismo en Asia, y África y nuestra América? Experimentaron un impulso generoso de indignación ante el mal y de solidaridad con las víctimas. Pero insensiblemente, de compromiso en compromiso, se vieron envueltos en una malla de mentiras, falsedades, engaños y perjurios hasta que perdieron el alma. Se volvieron, literalmente, unos desalmados. Puedo parecer exagerado: ¿Dante y sus castigos por unas opiniones políticas equivocadas? ¿Y quién cree hoy en el alma? Agregaré que nuestras opiniones en esta materia no han sido meros errores o fallas en nuestra facultad de juzgar. Han sido un pecado, en el antiguo sentido religioso de la palabra: algo que afecta al ser entero. En 1950 el escritor francés David Roussel publica un informe sobre los campos de concentración en la URSS. Es el tiempo de la Guerra Fría, y la izquierda se abstiene de la mínima crítica "para no darle armas al enemigo". Paz desecha la intimidación y publica en la revista argentina Sur unos documentos sobre el genocidio estalinista. De inmediato se le tacha de "anticomunista", entonces el instrumento de contención moral que se opone a las devastaciones de la Guerra Fría, y que se irá banalizando al emplearse no contra quienes son "instrumentos del Pentágono", sino contra los críticos de un orbe dictatorial. Paz desecha el membrete, y reivindica en El arco y la lira la idea de una comunidad universal en que cese la dominación de los unos sobre los otros, y en donde la libertad y la responsabilidad personal reemplacen a la moral del autoritarismo y el castigo. A esa idea —la sociedad en donde se borra la distinción entre trabajo y arte— se adscribe: "Renunciar a ella sería renunciar a lo que ha querido ser el hombre moderno, renunciar a ser... El marxismo es la última tentativa del pensamiento occidental por reconciliar razón e historia". La izquierda mexicana y latinoamericana de los años cuarenta y cincuenta es un antecedente irreconocible de la izquierda actual. Atenida en sus débiles y lejanas instancias de poder al ejercicio melodramático de la autoridad moral, arrinconada por la represión y la Guerra Fría, generosa y mezquina en su combinación de protesta valerosa y dogma, la izquierda reconocible se divide entre el Partido Comunista Mexicano y los sectores del nacionalismo revolucionario, absortos en negar su fracaso, calificado por José Revueltas de "inexistencia histórica". La izquierda apenas lee, doblegada por el prejuicio o por algo pavoroso: la revisión ocasional de literatura soviética y la entrega a la verbomanía. A los escritores de calidad se les califica de "habitantes de la torre de marfil", y no se conocen las obras de Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, los Contemporáneos, Paz. De hecho, el sector que mantiene el rigor intelectual y de internacionalización cultural en esta etapa es un sector sin ideología aparente, ni nacionalista ni clerical. A Paz lo determina en alto grado su observación de esta izquierda, y mucho tiempo después seguirá reconociendo en los grupos progresistas (para usar una palabra jubilada) los rasgos del letargo estalinista. Pero el panorama varía drásticamente en unos años. Los catecismos y las multitudes en revueltaEn 1956, las revelaciones de Jruschov en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, la invasión de Hungría y la militarización a fondo de las "Democracias Populares", atan en definitiva la doctrina marxista a la suerte del socialismo real (aún no a cargo de tan gentil nombre). El "marxismo" que se divulga se simplifica hasta la caricatura (y poquísimos se dan cuenta), la "religión" del materialismo histórico se muda a la escolaridad elemental, la burocracia desplaza a la militancia heroica, y las posibilidades de éxito de la doctrina ya no se hallan en Europa y Estados Unidos, sino en los países del Tercer Mundo. En México el estalinismo cede, y su lugar lo invade una burocracia rígida y temblorosa (no hay contradicción) y oleadas de militantes que en unos años desertan (para "asimilarse") o petrifican su radicalismo. La generación emergente poco o nada tiene que ver con la tradición presuntamente bolchevique. Lo suyo combina modernidad con preocupación social: se frecuenta la cultura norteamericana y la europea, se adopta una nueva sensibilidad marcada por el cine y la literatura, se vive la pasión por el rock y las "puertas de la percepción" (lo que Paz analiza admirablemente en Corriente alterna). Todos son lectores y en alguna medida deudores de El laberinto de la soledad, un clásico instantáneo; en la educación de todos se han filtrado ecos o residuos del marxismo (transmitido brumosamente por la enseñanza universitaria), a todos les importa distanciarse de la lógica represiva, porque el deseo y el despliegue erótico figuran entre sus reclamaciones esenciales: todos, con o sin este término, se consideran disidentes. Es la generación a la que el movimiento de 1968 le confiere identidad y experiencia límite. Si una parte de los líderes pertenece a la izquierda tradicional, el tono del movimiento es considerablemente más libre.
El 2 de octubre de 1968, el presidente Gustavo Díaz Ordaz ordena al ejército y la policía reprimir un mitin estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas. Hay provocación, se dispara sobre la multitud desarmada, y el resultado es de 300 a 500 muertos, nunca se sabrá la cifra exacta. Paz, embajador de la India, renuncia ese día al cargo y escribe un poema: La vergüenza es ira Vuelta contra uno mismo: si una nación entera se avergüenza es león que se agazapa para saltar. Tarda el salto felino, pero Paz, hasta ese momento un autor respetado a lo lejos, se convierte en figura centralísima al ser el único funcionario que discrepa abiertamente de la impunidad homicida del régimen. Los sectores democráticos localizan en Paz a un líder moral, pero Paz no está dispuesto a un rol estatuario y no se identifica con la imagen romántica y militante que se le propone. Lo suyo no es abanderar a la izquierda, y no combate a las instituciones y al Estado mexicano, sino aboga por la democracia y analiza sus gravísimas imperfecciones. Las variedades de la izquierda¿Cómo explicarse las querellas, los desencuentros, la lectura compulsiva y los reencuentros de la izquierda mexicana con Paz? Un punto de partida: así Paz vea en ella a fin de cuentas un bloque coherente, como cualquier otra tendencia la izquierda dista de ser homogénea, su coherencia no es muy apreciable y consta de grupos y personas muy diversos, unidos en un pacto implícito por anhelos de justicia social, oposición al imperialismo norteamericano y críticas y enfrentamientos con el régimen del PRI, básicamente. La unidad se resquebraja al llegar la discusión de tácticas. El Partido Comunista se adjudica el todo de la izquierda, y así lo percibe vagamente la sociedad dominada por las atmósferas de la Guerra Fría. Pero por más intrepidez y entrega que exhiba, un grupo sectario no es necesariamente el más representativo. En las descripciones de Paz falta por lo común la izquierda social, o ésta consiste en "los intelectuales", especie a la que agranda hasta darle un carácter mayoritario, que nunca tuvo (hasta fechas recientes, la mayoría de los intelectuales era neutral o declarativamente priista). Y lo que no se registra cuenta en demasía: el sector de los lectores, de los partidarios de la democracia representativa, de los que se entusiasman y se decepcionan de la Revolución Cubana y el sandinismo, de los interesados en las libertades personales, de las feministas, de los ecologistas, de las minorías legítimas. Estos también son izquierda y leen provechosamente a Paz. Ante el fracaso del capitalismo y del socialismo real, Paz propone la democracia desde los años setenta. El término, al principio rechazado por los creyentes absolutistas en la revolución, se va imponiendo y se convierte en el leit motiv de nuestros días. Pero es penoso, Paz lo reitera, construir la democracia en países sin tradición de sociedad civil fuerte y con regímenes autoritarios. Y a esto se agrega el ocaso de las utopías, el derrumbe de la ilusión del desarrollo incesante. ¿Qué hacer entonces? Se propone la búsqueda de otro proyecto, más humilde, pero más humano y más justo. Paz combate incongruencias y limitaciones del pensamiento comunista, entre ellas su minimización de las libertades, su eliminación moralista del deseo y su persecución de los "heréticos". Es frontal la batalla contra "la ideocracia", la intelectualidad de izquierda que defiende o se niega a ver la realidad del socialismo del Este, y se adhiere al "estalinismo tropical", el castrismo, el gran espejismo latinoamericano de los años sesenta, que en la década siguiente comienza a exhibir su muestrario de crímenes y errores: represión intelectual, fracaso económico motivado por la prepotencia caudillista, campos de trabajo forzado para disidentes religiosos y sexuales, moralismo medieval. En 1971 se produce el caso Padilla, al obligar el Estado al poeta Heberto Padilla a declararse culpable de "crímenes contrarrevolucionarios" (hablar con periodistas extranjeros, el mayor de ellos). Paz es muy preciso. La autodivinización de los jefes exige como contrapartida, afirma Paz, la autohumillación de los incrédulos. Y recapitula: Todo esto sería únicamente grotesco si no fuese un síntoma más de que en Cuba ya está en marcha el fatal proceso que convierte al partido revolucionario en casta burocrática y al dirigente en César. Un proceso universal y que nos hace ver con otros ojos la historia del siglo XX. Nuestro tiempo es el de la peste autoritaria: si Marx hizo la crítica del capitalismo, a nosotros nos falta hacer la del Estado y las grandes burocracias contemporáneas. Paz no es el único de los mexicanos en protestar por el caso Padilla. También firman documentos de protesta y examinan la "confesión" Carlos Fuentes, José Revueltas y José Emilio Pacheco, entre otros.
Pero Paz es la figura más relevante, entre otras cosas, por la solidez de su examen del socialismo real. Como es costumbre admitir, el desastre de una causa es arduo. En América Latina se defiende a Castro y Julio Cortázar publica su "Policrítica a la hora de los chacales", quizá su texto más débil. A Paz se le responde, pero sin brío. La izquierda política ha perdido por lo común la destreza en la polémica. Y la izquierda social y cultural admira a Paz, al que reconoce desde Posdata, su análisis del 68 cuyas tesis, se compartan o no, se estudian muy seriamente. Y para acudir a la tan incómoda geometría política, usada hasta el final por Paz, la izquierda social y cultural es devota de su poesía y aun cuando regularmente se irrite con alguna de sus actitudes, aprecia vastamente su poderío lírico, la excelencia de su prosa, su don de imágenes. ¿Cómo no agradecer y memorizar "Un sauce de cristal, un chopo de agua, / un alto surtidor que el viento arquea..."? Paz está muy al tanto de la lealtad esencial de la izquierda cultural y social a sus textos. A Braulio Peralta (El poeta en su tierra), le declara a propósito de Tiempo nublado: Siempre creí —y creo— que mi interlocutor natural era el intelectual llamado de izquierda. Vengo del pensamiento llamado de izquierda. Fue algo muy importante en mi formación. No sé ahora [...] lo único que sé es que mi diálogo —a veces mi discusión— es con ellos. No tengo mucho que hablar con los otros. Y en 1994, al cumplir 80 años, le insiste a Peralta: A pesar de que mi diálogo se ha transformado con frecuencia en disputa, nunca se ha interrumpido. Al menos por mi parte. En mi fuero interno converso y discuto silenciosamente. Son mis interlocutores. Se trata de un diálogo en vías de extinción: pronto no habrá derecha ni izquierda. De hecho esa distinción ha desaparecido casi enteramente en Europa. Tal eclipse no se da en América Latina, donde a partir del bien o mal llamado neoliberalismo (así identificado de modo unánime), y de las estrategias de "la nueva evangelización" de América, la derecha se insolenta, exige el control de la educación pública, afirma la naturaleza eterna de la desigualdad, somete a sus contrincantes a campañas de linchamiento moral, identifica muy al estilo de la Guerra Fría como "subversivo" a todo proyecto de justicia social, legitima al saqueo en nombre de la "libertad de empresa" y se esfuerza en levantar la teocracia del mercado libre. Y la existencia de esta derecha garantiza la continuidad de la izquierda. 1989 es un acontecimiento único. Pese a sus tres libros sobre totalitarismo y democracia (El ogro filantrópico, Tiempo nublado y Pequeña crónica de grandes días), Paz admite su sorpresa: "Siempre creí que el sistema totalitario burocrático que llamamos 'socialismo real' estaba condenado a desaparecer, pero en una conflagración, y temí que en su derrumbe arrasase a la civilización entera". La velocidad de los acontecimientos lo asombra: "No preví que un hombre y un grupo, colocados precisamente en lo alto de la pirámide burocrática, ante la descomposición del sistema, se atreverían a emprender una transformación de la magnitud de esta que presenciamos". La caída del Muro de Berlín le da la razón a Paz, y permite reconstruir el proceso de la aspereza, las reconvenciones o los brotes de intolerancia respecto a él. Además del encono que causa el estilo del poeta, muy acre en ocasiones, interviene la tradición dogmática de la izquierda partidista y la sujeción al estalinismo o al pensamiento soviético que se prolonga desmedidamente, por lo menos hasta los años sesenta. El fascismo y el nazismo, más la naturaleza perversa del estalinismo, "militarizan" psicológica y políticamente a la izquierda en su conjunto en ese periodo. A la militancia se le quiere por largo tiempo próxima al ánimo militar, y de allí el encono contra los compañeros que discrepan o contra quienes, pudiendo estar en la misma línea, desvían corruptamente su proceder. Esto deja su huella. En segundo lugar, intervienen las resonancias de la Revolución Cubana. Por unos años, Castro le devuelve a la izquierda latinoamericana su "vocación utópica", esto es, su sensación de triunfo pese a todo. Se apoya el desafío al imperialismo norteamericano, cunde el regocijo porque de nuevo la izquierda propicia la modernidad (así sea a través de la violencia) y desde Casa de las Américas, la institución cubana, se propaga la conciencia de la cultura unificada de América Latina. Y al ser ya inocultable la naturaleza del régimen, a la izquierda de nuevo le cuesta trabajo la autocrítica. Paz ha cuestionado las ganas de creer, fundamentales en cualquier causa, y provoca primero el resentimiento y luego la aprobación (en el nivel político, Paz, previsor siempre, escribe para los lectores de mañana).
En tercer lugar, interviene la mezcla de aciertos y, desde mi perspectiva, equivocaciones de Paz. Su puntual seguimiento de las tribulaciones de la izquierda es, con frecuencia, exacto y devastador (véase El peregrino en su patria, el tomo viii de las Obras completas, donde incluye artículos de Plural y Vuelta). Paz, siempre dado a revisar el canon cultural de México, examina a pensadores y críticos, entroniza la modernidad crítica y la crítica de la modernidad, y dicta sentencias: "Hay un anquilosamiento intelectual de la izquierda mexicana, prisionera de fórmulas simplistas y de una ideología autoritaria no menos sino más nefasta que el burocratismo del PRI y el presidencialismo tradicional de México" (1973). El estalinismo es sin duda más nefasto que el priismo, pero la izquierda mexicana de 1973 no es ni por asomo más nefasta que el PRI y el presidencialismo, para empezar porque su poder es nulo. Paz es exacto en su diagnóstico: "La regeneración intelectual de la izquierda sólo será posible si pone entre paréntesis muchas de sus fórmulas y oye con humildad lo que dice realmente México, lo que dicen nuestra historia y nuestro presente. Entonces recobrará la imaginación política". Sin duda, pero el PRI, el presidencialismo y la derecha eran y son invencibles en materia de sordera institucional y "lo que dice realmente México" noles atañe. Instalado en el rol del gran intelectual público, Paz, al ver que Echeverría, tras la matanza del 10 de julio de 1971, cesa al jefe del Departamento Central y al jefe de policía, considera que la acción presidencial le devuelve la transparencia a las palabras, pero pronto cambia su entusiasmo por una "confianza condicional y crítica", aunque le adjudica al régimen "un proceso de autocrítica y de liberalización" que jamás cristaliza. En cambio, Paz acierta al trazar la resistencia a la verdad en muchos pronunciamientos izquierdistas. Censura a la izquierda por su renuncia a criticara la guerrilla: La izquierda es la heredera natural del movimiento de 1968, pero en los últimos años no se ha dedicado a la organización democrática sino a la representación —drama y sainete de la revolución en los teatros universitarios. Pervertida por muchos años de estalinismo y, después, influida por el caudillismo castrista y el blanquismo guevarista, la izquierda mexicana no ha podido recobrar su vocación democrática original. Además, en los últimos años no se ha distinguido por su imaginación política: ¿cuál es su programa concreto y qué es lo que propone ahora, no para las calendas griegas, a los mexicanos? Incapaz de elaborar un programa de reformas viables, se debate entre el nihilismo y el milenarismo, el activismo y el utopismo. El modo espasmódico y el modo contemplativo: dos maneras de escapar de la realidad. La descripción es casi inmejorable, pero no toma en cuenta factores no de exculpación, sino de matiz: los escollos inmensos para organizar un proyecto distinto en medios absolutamente controlados por el gobierno, los fraudes electorales, las campañas de odio, la persecución en las regiones a los disidentes (que no excluye el asesinato), la compra de líderes, la sordidez que se le ofrece a los heterodoxos políticos como único ámbito permitido. Tampoco en esas fechas el PRI y el PAN se distinguen por su imaginación política, pero se le exige más a la izquierda debido a una insistencia primordial en Paz: la relación entre política y moral. Si la izquierda se olvida de sus planteamientos éticos se olvida de su razón de ser. Cuando la ultraizquierda se precipita en la violencia demencial, tan correspondiente, por otra parte, con la de grupos paragubernamentales, emite Paz su condena: Emplear métodos fascistas y aun de gangsters en nombre del socialismo es una perversión no menos grave que el autoritarismo y el burocratismo estalinianos. Nuestra condenación de la violencia, claro está, no es absoluta. También Paz es irrefutable al criticar a los intelectuales que no alcanzan a creer que el socialismo puede inspirar el terrorismo, y culpan a la cia de secuestros y crímenes. Uno de los personajes de un diálogo de interpretaciones complementarias urdido por Paz (Plural, julio de 1976), delimita el campo: "Ser de izquierda equivale a tener una bula de indulgencias plena. El desprestigio de la derecha y sus ideas es tal que hasta Isabelita Perón y su astrólogo se llaman revolucionarios". El desprestigio de la derecha persiste, pero ya en 1976 el prestigio de la izquierda declina. Al señalamiento de su sectarismo y su ineficiencia se une el cargo de anacronismo. El que pertenece a la izquierda política, en la opinión no verbalizada pero vigente de la sociedad, es premoderno. Y, sin embargo, la izquierda cultural vive en esos años un desarrollo sin precedentes, y anima en buena medida las atmósferas de crítica y tolerancia. Pero una vez más la política se hace cargo del escenario y sólo se advierte a la izquierda partidaria. A cambio de tantos aciertos, Paz tenía el derecho a equivocarse. Lo ejerció (véase Itinerario) en el caso de Carlos Salinas. Allí fue amable y benévolo. Afirma en su diálogo con Julio Scherer (1994): La cuestión de la democracia, antes relegada, se volvió el tema primordial de la discusión política. Han sido decisivas las reformas económicas y políticas realizadas por Carlos Salinas y su equipo. Más jóvenes que los políticos anteriores y con mayor sensibilidad histórica, se dieron cuenta de los cambios de la sociedad mexicana y obraron en consecuencia. Así han logrado sacar al país del pantano en que había caído [...] Hemos salido de la ruina, hemos saneado nuestras finanzas y hoy asistimos a la recuperación de nuestra economía; se han restablecido el crédito internacional y la economía mexicana, gracias a las privatizaciones, se ha puesto en movimiento [...] Y algo más que no se ha dicho: han contribuido indirectamente al proceso de democratización.Previsiblemente, Scherer le pide que se explique y Paz lo hace. Con mucho gusto [...] Uno de los rasgos que ha distinguido al PRI de otros partidos ha sido su inserción en el Estado y, a través del Estado, en la economía: las poderosas empresas estatales. Los miembros del PRI ejercen, sucesiva o simultáneamente, funciones políticas, económicas y administrativas en el gobierno. De paso: esta es una de las razones que explican la lentitud y la dificultad del proceso democrático en México. Algo semejante, aunque en mayor escala, sucede en los antiguos países comunistas. Pues bien, las privatizaciones han desalojado a los políticos y los burócratas de varios centros vitales de la economía mexicana. Así se ha despejado, en parte, el camino a la democracia. No sucedió así, como sabemos, así fuera intolerable el peso de la corrupción y la ineficacia de las empresas del Estado. Pero el método usado para las privatizaciones, como se ve, resultó el peor y el más dañino por carecer de supervisión y controles. Paz no podía estar al tanto de las realidades internas, pero confió en Salinas: "Las reformas que ha llevado a cabo el gobierno de Salinas rompen, definitivamente a mi juicio, con el patrimonialismo tradicional de México". Más bien, trasladó el patrimonialismo, y como nunca en nuestra historia, a manos del selectísimo grupo de empresarios que son hoy los dueños ostensibles del país, sin siquiera la esperanza de la renovación por el voto. Según Paz, los cambios de Salinas "no sólo han sido de orden económico y político, sino psicológico: han devuelto a mucha gente la confianza en su país y en su esfuerzo propio. Eso, en una nación con una historia como la nuestra, siempre frágil y vulnerable,es precioso". No tan curiosamente, y esto lo percibió el poeta, las reacciones más críticas de la izquierda política y aun de la social se desprenden más bien de las críticas de Paz a la URSS, primero, y al castrismo y el sandinismo, después. Allí es precisamente donde la persuasión totalitaria provoca más infelicidad y tragedias (los sandinistas no fueron totalitarios, pero sí ineficaces, y dista de ser excepcional el fenómeno de Tomás Borge, autor de una entrevista pedestal a Carlos Salinas, entre otras hazañas). Pasado un tiempo, se reconoce la validez de las críticas de Paz y de otros escritores y analistas políticos, mientras se aclara cómo al cerco imperialista los gobiernos del socialismo latinoamericano añadieron torpeza y, en el caso de Cuba, la longevidad de la dictadura. Paz critica al Partido de la Revolución Democrática, y al EZLN y el Subcomandante Marcos. Pero así la izquierda discrepe de sus tesis, las comparta a medias o maneje otros elementos de juicio, en los años últimos la confrontación viene muy a menos. Es vastísimo el aprecio a la obra de Paz y sus aportaciones a la democracia, y las discrepancias, por numerosas y significativas que sean, no impiden la continuidad ya sin fracturas del diálogo, abierto entre sus páginas.-
REFORMA
Octavio Paz y la Izquierda
Enrique Krauze
REFORMA 6 de Mayo de 2007Sólo a Roger Bartra, esa ave rara en la izquierda mexicana, podía habérsele ocurrido convocar a un seminario para analizar el futuro de la izquierda y la democracia, visto no como un binomio armónico y natural sino como una relación difícil y, a menudo, contradictoria. El seminario tuvo lugar, a lo largo de varias semanas, en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. No es la primera vez que Bartra -sociólogo, antropólogo y ensayista, antiguo miembro del Partido Comunista y alguna vez director de El Machete- adopta posturas de sana y desconcertante heterodoxia. Un caso memorable en ese sentido fue su invitación a Octavio Paz para debatir sus ideas liberales con Luis Villoro, Carlos Monsiváis y el propio Bartra, en un acto que tuvo lugar en 1980, en el propio instituto (dominado entonces por el dogma marxista). Casi tres décadas después, el pasado 30 de abril, Bartra me invitó a cerrar el ciclo. Mi tema fue el "Desencuentro entre el liberalismo y la izquierda".Para abordarlo, en lugar de un acercamiento teórico preferí un enfoque biográfico e hice referencia al desencuentro entre Octavio Paz y la izquierda. Cuando lo conocí (en 1976) Paz llevaba años de querer entablar un debate respetuoso, serio y profundo con la izquierda, o con las izquierdas, sobre los grandes temas: la URSS, China, Cuba, la herencia del socialismo, el sentido de la libertad, el papel del Estado, la idea de Revolución, etc... La posibilidad de ese diálogo fue, estoy seguro, una de sus obsesiones, de allí que la invitación de Bartra lo entusiasmara tanto. Pero esa golondrina no hizo verano. Tras aquel encuentro volvió el ninguneo, el insulto, la descalificación. No obstante, Paz siguió porfiando. La raíz de su insistencia era clara: como si se hablara a sí mismo -al joven que había sido en los años treinta- quería persuadir a los militantes sobre las equivocaciones conceptuales, las vastas lagunas de información y las graves complicidades morales en que incurrían. Con ese propósito, en 1990 concibió (junto con sus colaboradores) el "Encuentro Vuelta: La experiencia de la libertad". El resultado fue alentador en términos de público y lamentable como puente de comunicación. Un sector importante de la izquierda declaró que los participantes formábamos parte de la "internacional fascista".Recuerdo la indignación de esos autores (Cornelius Castoriadis, Ferenc Fehér, Agnes Heller, Ivan Klíma, Leszek Kolakowski, Norman Manea, Adam Michnik, Czeslaw Milosz, Tatyana Tolstaya, Hugh Trevor-Roper, Daniel Bell e Irving Howe, entre otros) al enterarse de los ataques. Vale la pena transcribir una parte de su respuesta pública:"En la jerga estalinista, heredada por varias sectas de izquierda, todo el que luchó contra la esclavitud, la tortura, la censura y la tiranía, es automáticamente fascista. O sea: un fascista es aquel que luchó contra esos horrores en todas partes, en lugar de distinguir entre tortura de derecha y tortura de izquierda o entre esclavitud progresista o esclavitud reaccionaria. En esta lógica, a personas que fueron víctimas tanto del nazismo como del comunismo -éste es, precisamente, el caso de muchos de los participantes en el Encuentro Vuelta- se les ha llamado una y otra vez fascistas. Para todos esos estalinistas, maoístas, castristas, que lamentan con histeria el derrumbe de las tiranías comunistas, fascistas equivale aproximadamente a liberal. Según ese criterio; Koestler, Silone y muchos otros defensores de las libertades cívicas y de los derechos humanos fueron fascistas. De todo esto se desprende que los participantes en el Encuentro Vuelta no estamos en mala compañía. Denunciamos ante la opinión pública mexicana ese mal disimulado residuo de la mentalidad y de la actitud estalinista, en gente que no ha aprendido nada...".Al final de su vida, a pesar de la caída del Muro de Berlín y la adopción casi universal de los valores democráticos que había predicado, Paz -me consta- se sentía desencantado. La izquierda nunca respondió a su llamado: algunos lo vejaron (recuérdese el episodio de la quema de su retrato frente a la embajada estadounidense, en 1984, cuando se atrevió a pedir elecciones abiertas en Nicaragua), otros lo admiraron de manera vergonzante (en secreto, de lejos), pero muy pocos quisieron en verdad dialogar con él. Lo cierto es que Paz ganó muchas batallas (la del público lector, y la más amplia de la libertad y la democracia), pero la batalla más importante para él en términos biográficos, esa batalla la perdió. Sus sordos y ciegos malquerientes la perdieron también.A casi diez años de la muerte de Paz, el panorama no es halagador. El fugaz acercamiento de la izquierda (partidaria, académica, intelectual y periodística) a las posiciones liberales ocurrió durante la fase final de la lucha contra el autoritarismo del PRI. Después sobrevino el neozapatismo -nuevo despertar del desvarío revolucionario- y, apenas el año pasado, la idolatría del caudillo. Con todo, estoy convencido de que México necesita con urgencia una izquierda moderna y la razón es clara: sólo desde una legitimidad de izquierda el país puede reformar de fondo, y de manera definitiva, su estructura política y económica. Si la izquierda se reforma el país se reforma. Si la izquierda se moderniza el país se moderniza. ¿Es impensable un reencuentro de la izquierda con la tradición liberal?Al abrir su exposición, Bartra mencionó que, semanas atrás, Paco Ignacio Taibo II se había referido a Octavio Paz como "un gángster" a quien "odiaba". Por lo visto, Taibo "no ha aprendido nada". Si ésas son las actitudes que prevalecen en la izquierda frente a los exponentes del pensamiento liberal, no hay esperanza. Pero en los rostros y las preguntas de los jóvenes que participaron en el Seminario entreví una actitud opuesta: atención, seriedad, civilidad, curiosidad, tolerancia, pluralidad, interés genuino por escuchar las opiniones ajenas y por buscar la verdad. Ellos sí han aprendido. En ellos está la esperanza.

La Socialdemocracia de Hector Aguilar

PUNTO FINAL
Pamela Jiles
"Soy un hombre de Izquierda, que no cree en los mitos de la Izquierda revolucionaria, ni en los mitos de la Izquierda revisionista, ni en los mitos de la Izquierda apocalíptica, ni en los mitos de la Izquierda futurista”.¿En qué cree?“Yo creo que hay que mantener pragmáticamente vivo el ideal de contener la desigualdad, de reparar las desigualdades que genera toda actividad económica y social libre. Creo que hay que mantener el ideal pragmático de que la gente tenga igualdad de oportunidades y pueda vivir una vida en condiciones de satisfacción de sus necesidades, de sus emociones fundamentales. Y creo que los gobiernos deben intervenir activamente en la creación de condiciones de igualdad, y reparar permanentemente las desigualdades que genera la vida, porque los seres humanos no son iguales, hay unos más inteligentes que otros, hay unos más poderosos que otros, unos más resistentes, unos más capaces, pero todos deben tener un piso común del cual partir, que sea parejo, que equilibre constantemente las oportunidades, para que la desigualdad vuelva a crecer a partir del desempleo y, al final, que exista otra vez el inicio parejo para todos. En eso resumiría yo mi visión de Izquierda”.¿No cree en el socialismo?“No, yo soy un socialdemócrata de marca libre. No estoy adscrito a ningún partido, no creo en los partidos políticos. Tengo una base anárquica que no ha terminado de desplazarse en mí, aunque entiendo la necesidad del Estado y entiendo la necesidad del poder y de la autoridad, en el fondo vivo en un permanente rechazo de esas cosas. No creo en los partidos políticos, soy incapaz de ceder mi libertad personal porque lo requiere la militancia política o partidaria. Tampoco tengo ambiciones políticas, ni se me ha cruzado por la cabeza, nunca, ocupar un puesto público. Prefiero escribir”
Nexos y el debate de la vida pública mexicana
Entrevista con Héctor Aguilar Camín*
Ariel Ruiz Mondragón
Tras el golpe al Excélsior de Julio Scherer en julio de 1976, quienes formaban parte de las actividades de ese diario fundaron nuevas publicaciones que se constituyeron en expresiones críticas de la realidad del país. Entre ellas se encontrarían no solamente ediciones de carácter periodístico, sino también de talante literario y académico. En ese sentido, indudablemente una de las revistas político-culturales más importantes del país lo es Nexos. Fundada en 1978 por un importante grupo de intelectuales –fundamentalmente identificados con la izquierda-, ha sido un referente esencial del debate nacional durante ya tres décadas, lo que a veces la ha llevado a ser, ella misma, un elemento de discusión.A principios de este año la revista ha registrado su cuarto cambio de dirección: la ha retomado Héctor Aguilar Camín -quien ya antes la había encabezado-, con quien conversamos acerca de la trayectoria de la publicación y de sus planes futuros.
AR: De la historia de Nexos, y en esta nueva etapa, ¿cuál ha sido la definición político-ideológica de la publicación?HAC: Siempre he pensado en la órbita de la socialdemocracia. Si tuviera que definir el tipo de orientación que me gusta para mí y para una revista cono Nexos, es una que dijo Manuel Azaña cuando le dijeron que se definiera, si era socialista o liberal, y dijo: “Yo soy socialista a fuer de liberal”.Creo en las garantías colectivas que otorga el socialismo, porque creo que es la única manera en la que todo mundo puede llegar a disfrutar de las libertades fundamentales que constituyen la esencia de lo que queremos de un ciudadano: que sea libre en todos los ordenes, su libertad física, su libertad mental, su libertad religiosa, así como en su libertad económica y su libertad social, que son las más difíciles porque están llenas de restricciones. El liberalismo puro probablemente no puede garantizar estas dos últimas libertades, la social y la económica; necesita un componente socialista o socializador. Entonces, para que se cumpla el ideal liberal hace falta un piso socialista.
BLOG de JESUS SILVA
La izquierda vista por Aguilar Camín
Héctor Aguilar Camín ha empleado su columna diaria en Milenio para repasar en entregas sucesivas los vicios de la prensa y los rastros del siglo XIX en la vida pública contemporánea. Ahora empieza una serie sobre la izquierda mexicana. Sin asomo socialdemócrata, coexisten otras tradiciones en el partido que la expresa institucionalmente--es un decir. Aquí las entregas de la reflexión.
Linajes y tradiciones
Revolución y violencia
La cofradía comunista
Estatismo y nacionalismo
La izquierda utópica
La izquierda intelectual
Libertad o igualdad
Ideología y realidad

Pensando en la Izquierda, de Hector Aguilar




FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
22 de Mayo de 2008



Libro Pensando en la izquierda
Por Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento (SS): Hay un libro que se presentó ayer, se presentó en la Librería Rosario Castellanos de Fondo de Cultura Económica, es un pequeño libro con una serie de artículos publicados por Héctor Aguilar Camín, usted lo conoce, un intelectual muy reconocido, escritor tanto de novelas como de ensayos, columnista del periódico Milenio.El libro se llama Pensando en la Izquierda, y quiero agradecer a Héctor Aguilar Camín que haya aceptado toma la llamada esta mañana. Héctor, buenos díasHéctor Aguilar Camín (HAC): Buenos días Sergio, al contrario, gracias por la invitaciónSS: Esta es una reflexión sobre la izquierda en nuestro país, compártenos tus reflexiones, ¿por qué es importante tener una izquierda, una izquierda moderna en un país como el nuestro?HAC: Bueno, es importante en todas partes tener una izquierda organizada y moderna porque la verdad es que un ideal histórico, definidor del pensamiento de izquierda es el tema de la desigualdad, el tema de la equidad, el tema de la igualdad de oportunidades y del piso de derechos sociales en que una sociedad debe asentarse.Entonces, como lo normal en una sociedad es lo contrario, es la desigualdad, son los desequilibrios, es importante que haya una tendencia social organizada dedicada no a nivelar las cosas, porque eso es imposible, sino a establecer un piso común de dignidad y de equidad social.Entonces, toda sociedad necesita esto, ¿no?, y toda sociedad tiene su ala izquierda y tiene su organización en búsqueda de una aspiración que es muy genuina, es muy natural en el ser humano, que es la tendencia a ayudar a los que menos pueden o la tendencia a que haya cierto equilibrio, cierta igualdad en las condiciones de vida de los distintos sectores de la sociedad.Guadalupe Juárez (GJ): Héctor, ¿a partir de qué momento se conjunta este libro, del 2006, de lo último que ha ocurrido?HAC: Es interesante, Lupita, mira, en algún momento de agosto de 2007 el PRD iba a hacer su congreso y salió en la prensa que parte de los documentos que iban a discutir ahí incluía uno que decía que el PRD iba a dejar de llamarse un partido de izquierda, y había dos explicaciones para eso:Una, que no es el partido de la izquierda sino el partido de las izquierdas. Y la otra es que querían quitarse un poco el baldón de ser de izquierda y correrse como hacia el centro y ser un partido más incluyente, menos definido.Y a mí me pareció una buena ocasión para pensar en una cosa que está muy desdibujada, y eso es que las corrientes agrupadas en el PRD, que llamamos tribus, que ellos mismos llaman tribus, en realidad representan distintos linajes de la ideología, de las convicciones de izquierda no sólo mexicana sino de la izquierda mundial.Entonces yo traté de hacer como la clasificación de los linajes teóricos, ideológicos, políticos de estas tribus y descubrí y encontré las que están ahí, hay un linaje de la tribu digamos de la izquierda revolucionaria, que es la izquierda que en los 60 y los 70 entró en toda América Latina, quiso hacer la revolución armada.Hay el linaje de la izquierda comunista, que es la que viene propiamente de los partidos comunistas patrocinados, impulsados desde Moscú en la época del socialismo real en la entonces Unión Soviética.Hay la izquierda utópica que es muy pequeñita, pero es muy importante porque es la que reclama efectivamente el ideal clásico, marxista de que el socialismo llegará y el socialismo será la fase superior de la historia.Y finalmente hay la izquierda que es la más potente en México porque se empata con las tradiciones locales y del PRI, que es la izquierda nacionalista, estatista, la revolucionaria, que es lo que conocemos digamos dentro del PRI como la extrema izquierda dentro del PRI.Y esas tribus básicas son las que componen esos linajes básicos son los que están en la base de las tribus perredistas, y de eso se trata el libro, un poco de ir clasificando.Luego añadí otra izquierda nueva que ha venido apareciendo aquí en México, esta izquierda indigenista que es realmente contraria a las tradiciones clásicas de la izquierda, porque es una izquierda particularista, la izquierda e internacionalista y es universalista y el indigenismo es una cosa muy particular.Luego dirigí un artículo a la izquierda intelectual de los pensadores de sus escritores de la izquierda y sus periódicos, sus periodistas.Y luego hice alguna reflexiones sobre temas como la izquierda y la violencia, la izquierda y el progreso, aunque se dice que la izquierda está asociada al progreso y la derecha a la reacción la verdad es que la historia del mundo muestra que cosas que consideramos de derecha han producido progreso y cosas que... si consideramos de izquierda han producido reacción, realmente la conjuntación de los derechos de las gentes.Y después algo sobre la izquierda y el mercado, entonces mi reflexión final en México por desgracia no existe con claridad, la izquierda socialdemócrata.SS: ¿Que sería cuál?HAC: Pues mira, la que ha dado tan buenos rendimientos en la Europa comunitaria, la izquierda que ha podido encontrar una muy buena mezcla, muy creativa, muy bien resuelta institucionalmente entre el mercado y el Estado, un mercado pujante que tiene condiciones efectivas de competencia, de desarrollo, y un Estado muy fuerte que toma un porcentaje muy importante de la riqueza que ese mercado genera y lo vuelve políticas públicas que establecen un piso de derechos sociales muy impresionante y muy sólido.Esa izquierda que ha gobernado exitosamente, que ha tenido los mejores resultados en términos de creación de riqueza, de creación de bienestar y de creación de equidad esa tradición es la que nuestra izquierda no ha recogido ni ha construido en México.SS: Héctor Aguilar Camín, te agradezco que nos hayas permitido pensar un poco a cerca de la izquierdaHAC: Bueno, al contrario, gracias a ustedesGJ: Hasta luego, muy buenos díasSS: Se llama Pensando en la Izquierda, es del Fondo de Cultura Económico, de la Colección Cenzontles, un librito chiquito, pero con muchas ideas con las que vale la pena reflexionar.


LETRAS LIBRES


AGOSTO DE 2008
Pensando en la izquierda, de Héctor Aguilar Camín
por Jesús Silva-Herzog Márquez


Puede decirse que la izquierda nació de uno de los encuentros de la voluntad y la razón. Su impulso inicial parte de la certeza de que la acción puede transformar la historia si hace alianza con la razón. Hija de la modernidad, la izquierda confíó, desde su cuna, en los artificios del ingenio humano, rechazando los alegatos de la costumbre y los cuentos de lo sobrenatural. Lo antiguo dejaba de ser visto como el tesoro a preservar para señalarse como arbitrariedad a demoler. A ojos de la izquierda el futuro no puede ser la eterna repetición de lo que ha sido sino una tierra por conquistar para todos. Ese es el tercer elemento crucial para la formación de la izquierda: la vocación igualitaria. Si algo orienta esa confianza en la razón transformadora es la certeza de que la opresión no es fatalidad, que la desigualdad no es nuestra naturaleza y que hay en el mañana una promesa de fraternidad. La acción política desde la izquierda encuentra sentido en la reducción de las disparidades de poder y de dinero.
Los árboles de la izquierda han crecido de distintas maneras. La razón ha apuntado el dedo a distintas desventuras y ha sugerido igualmente una multitud de recetas. Pero difícilmente llamaríamos de izquierda una persuasión que entiende el sentido de la política como la salvaguarda de un legado, que reza al carisma y que se planta como muro de resistencia frente al futuro amenazante. Y, sin embargo, sucede que la izquierda pueda convertirse en cascarón del conservadurismo. Es el caso de la izquierda mexicana en la que, como ha visto lúcidamente Roger Bartra, “las ideas han ido retrocediendo ante las pasiones”. Es indudable que el artefacto ideológico de la izquierda quedó hecho polvo tras el 89. Era de esperar que esa quiebra provocara una revisión seria del diagnóstico y de los instrumentos. Sin embargo, en muchos sitios, el camino fue el abandono de la razón y el abrazo del sentimentalismo. Ese es, en buena medida, el caso de la izquierda mexicana en los últimos años.
Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) ha escrito un librito sobre las distintas familias de la izquierda mexicana en el que desenreda la espesura de tradiciones, vocabularios, instintos e ideales que se reconocen dentro de la sobrepoblada ala izquierda. Un hecho precede la reflexión de Aguilar Camín: la izquierda en México ha dejado de ser expresión política de los márgenes. Ya no es la exótica filiación de unos cuantos profesores en la universidad y rebeldes en la montaña, sino una organización gobernante. La izquierda es gobierno. Desde hace ya más de una década gobierna la ciudad de México, varios estados de la república y tiene una presencia decisiva en el Congreso mexicano. Sin embargo, la izquierda apenas y se reconoce como columna gobernante de la nueva democracia. La reversión de 2006 relanzó al partido de la izquierda mexicana a su prehistoria y ha regresado a discutir cosas que había ya superado.
El historiador resalta diversos clanes que coexisten y riñen dentro del gran partido de la izquierda mexicana. Son la izquierda revolucionaria, la izquierda comunista, la izquierda estatista, la izquierda utópica, la izquierda intelectual y la izquierda indigenista. Una contradicción sobresale en este álbum de familias: si hay grandes intelectuales en la izquierda, hay pobrísimas ideas en la izquierda. Pobrísimas y, sobre todo, viejas. Persiste el vago elogio de la violencia como fecundador de la historia; el repudio de una ley que se ve como artilugio del enemigo; la esperanza de que el Estado sea el provisor de la justicia y el resguardo frente a las amenazas del exterior; la sensiblería de la hermosa comunidad premoderna que hay que proteger frente a la tiranía del universalismo. Todo ello hace del partido de la izquierda mexicana una organización incapaz de oponer ideas al embrujo de una personalidad. Pasmada en su óxido intelectual, la izquierda queda fácilmente al garete de ese aro clerical del carisma.
El capítulo más filoso de esta aguda miniatura es el fragmento sobre la izquierda intelectual. La intelectualidad de izquierda tiene foro y recursos pero ha perdido libertad. Un invisible látigo disciplinario impide el debate abierto, frontal, rudo de las ideas. La izquierda intelectual ha cedido frente a la izquierda sentimental. El periodismo de izquierda, en ese sentido, se ha vuelto periodismo de capilla: cerrado en sus causas, en sus creencias y en sus afectos.
La severidad de los juicios de Aguilar Camín no es rencillosa. Por el contrario, en el ensayista se encuentra el rigor cordial del conversador. El libro tiene el acierto de incorporar la breve polémica que su publicación periodística suscitó, alojando ahí la semilla de un debate. Aguilar Camín no celebra las fallas de un enemigo, lamenta los traspiés de un personaje necesario. El historiador que piensa en la izquierda que tenemos, también piensa en la que hace falta. La quiere moderna, liberal y eficaz. ~

martes, 7 de abril de 2009

Nuestra asociación celebra los 30 años de Ayuntamientos Democráticos





































Nuestra asociación en Benageber


Despues de Bush, de Paul Krugman


EL PAÍS

CRÍTICA: LOS LIBROS DE LA SEMANA
Duelo a muerte en OK Corral
JOAQUÍN ESTEFANÍA 17/05/2008
Pocas veces se tiene la oportunidad de confrontar tan directamente dos visiones antitéticas de lo que sucede a nuestro alrededor como en esta ocasión, cuando confluyen en el mercado dos novedades como son el último libro del notable economista estadounidense Paul Krugman y las memorias de Alan Greenspan, hasta hace poco y durante muchos años uno de los hombres más poderosos del planeta a través de su cargo como presidente de la Reserva Federal (Fed), esto es, quien dicta el precio del dinero.
Después de Bush. El fin de los "neocons" y la hora de los demócratas
Paul Krugman
Traducción de Francesc Fernández
Crítica. Barcelona, 2008
329 páginas. 29 euros
La era de las turbulencias
Alan Greenspan
Traducción de Gabriel Dols Gallardo
Ediciones B. Barcelona, 2008
626 páginas. 21 euros
Krugman defiende que Estados Unidos ha pasado de ser una sociedad de clases medias a la extrema desigualdad
Krugman dedica su texto a demostrar cómo el movimiento conservador se ha apoderado poco a poco del Partido Republicano, generando posiciones de lo que en Europa se denominaría derecha extrema; y Greenspan reivindica, sin ningún complejo, su pertenencia a ese movimiento conservador por la ideología de la que se reclama, que considera casi "natural". El primero opina que la intensa desigualdad económica y la polarización política que se dan en los Estados Unidos de hoy son dos caras de la misma moneda, que es la acción de los neocons, que llegaron a la Casa Blanca a principios de los ochenta con Reagan y que desde entonces apenas han tenido que replegarse a sus cuarteles de invierno (salvo en los dos mandatos de Bill Clinton; por eso lo odiaron y utilizaron todo tipo de armas para destruirlo). Y el ex presidente de la Fed reivindica para sus políticas y para las de los suyos el protagonismo de la mejora de los niveles materiales de vida de la mayor parte de los ciudadanos estadounidenses durante el último cuarto de siglo. Por último, Krugman hace una apelación militante al voto demócrata como única fórmula de alinear a EE UU con el resto de los países más ricos del planeta en lo que es distintivo de éstos (y por lo que son envidiados): un Estado de bienestar fuerte y protector; mientras que Greenspan piensa que, con todos sus defectos (y el primero ha sido creer que el déficit no importa en la política económica), la Administración de Bush completa lo que antes practicaron los próceres de la revolución conservadora, y la hace más irreversible.
Paul Krugman es uno de los economistas más mediáticos del planeta. Sus artículos son considerados la biblia del pensamiento económico liberal (en sentido norteamericano, esto es, socialdemócrata) de nuestros días. En su libro defiende que EE UU ha pasado de ser una sociedad de clases medias a la extrema desigualdad. A la igualdad en lo económico se correspondía la moderación en lo político. Como nadie considera que la gente del Partido Demócrata se ha ido hacia la izquierda (todo lo contrario), la tensión política se debe a que los republicanos han derivado hacia la derecha extrema. Y ello ha sido consecuencia de la conquista que el movimiento conservador (los neocons) ha hecho del Partido Republicano.
La desigualdad económica se manifiesta en EE UU tanto en el escaso aprovechamiento que las familias de clase media y clase baja han hecho del crecimiento como en el extraordinario alejamiento de los estándares medios, de los ejecutivos de las grandes firmas y de los ultrarricos. El sueldo de los primeros ha pasado de ser "únicamente" 40 veces el sueldo de un trabajador a tiempo completo en los años treinta, a 367 veces de media en 2000. En cuanto a los más ricos de los ricos, Krugman hace suyo el comentario de un analista de The Wall Street Journal: "No es que los ricos se estuvieran haciendo sencillamente más ricos; es que se estaban convirtiendo en extranjeros económicos, creando su propio país dentro del nuestro; su propia sociedad dentro de la nuestra y su propia economía dentro de la nuestra".
Para corregir esos excesos, Krugman hace una profesión de fe militante: en las elecciones presidenciales ha de ganar un demócrata, con un programa liberal muy definido que tenga una idea fuerza: generar un Estado de bienestar homologable con el del resto de los países ricos del planeta, lo que significa sobre todo añadir una sanidad pública universal. Ello conllevará una subida de impuestos de los más pudientes, beneficiados de una permanente subasta fiscal a la baja por los gobiernos republicanos.
A la categoría de conservador pertenece, sin ningún complejo, Alan Greenspan. Sus memorias dan carácter oficial a muchas de las cosas que hace siete años publicó el periodista Bob Woodward en su biografía sobre el personaje, por lo que no es preciso insistir en ellas. El ex presidente de la Fed, con cuatro mandatarios de la Casa Blanca (Reagan, Bush padre, Clinton y George W. Bush), también fue presidente del Consejo de Asesores Económicos de otros dos, Nixon y Ford, por lo que entre pitos y flautas ha ocupado durante casi un cuarto de siglo dos de los tres puestos más importantes que un economista puede tener en Washington (el tercero es el de secretario del Tesoro). Autoclasificado como libertario en materia de política económica, la fuente inicial de su filosofía la encontró en su relación con la novelista Ayn Rand, autora de la novela El manantial, de quien aprendió su contacto con la racionalidad como valor supremo, el individualismo y el egoísmo ilustrado.
Más allá de sus reflexiones sobre cada una de las crisis económicas, el acontecimiento más notable de la biografía de Greenspan es su seguridad en la superioridad del capitalismo de mercado que emerge de la caída del muro de Berlín, que reveló que tras el telón de acero había un Estado de ruina que superaba con creces las expectativas de los economistas occidentales mejor informados, pero que también se llevó por delante las políticas económicas intervencionistas de las democracias occidentales.
El apóstol de Greenspan no podía ser otro que el economista austriaco Joseph Schumpeter y su tesis de la destrucción creadora: una economía de mercado se revitalizará sin cesar desde dentro desarbolando empresas viejas y fallidas para luego redistribuir los recursos hacia otras nuevas y más productivas. El problema es que los ciudadanos entienden que esa destrucción creadora muchas veces se queda sencillamente en destrucción, por lo que sospechan no sólo de la eficacia sino sobre todo de la probidad moral del capitalismo de mercado. Por ello la batalla ideológica a su favor no está ganada, como demuestra el libro de Krugman. -