domingo, 12 de abril de 2009

El destino del reformismo, de Jose Vidal-Beneyto

EL PAÍS
TRIBUNA: JOSÉ VIDAL-BENEYTO
El destino del reformismo
JOSÉ VIDAL-BENEYTO 14/01/2006

A la inevitable anfibología de los lenguajes naturales, la dominación mediática ha agregado la confusión, involuntaria o programada, según los casos, en el uso y circulación de la mayoría de los términos y categorías políticas. Reforma y revolución no han escapado a tan perversa suerte. Centrándome en la primera, la opción reformista es aquella en la que los objetivos que se pretende conseguir se logran mediante un conjunto de acciones de condición sectorial y de alcance limitado, pero cuya vocación acumulativa acaba operando una transformación progresiva de la realidad en la que intervienen. Frente a ella, lo revolucionario postula la ruptura plena y busca la transformación total e inmediata del contexto en el que surge. Esta consideración modal de reforma/revolución viene siempre acompañada por un determinado signo ideológico de las acciones que se proyectan -progresista o reaccionario-, por su ubicación en el damero político -derecha, centro, izquierda- y por el comportamiento táctico a que se las destina, sobre todo en el ejercicio de las actividades de gobierno. Las interpenetraciones que se producen entre estas diversas acepciones son responsables de las tergiversaciones con que nos encontramos en su manejo y de los frecuentes oxímoros a que da lugar, de los que el más penoso es el de la revolución conservadora que con frecuencia acaba en las revoluciones nacionales de los regímenes autocráticos y fascistas.
Históricamente, el reformismo se identifica con moderación y posiciones centristas. Jacques Julliard, en el libro La República del Centro (Calmann-Levy, 1988), que publica conjuntamente con François Furet y Pierre Rosanvallon, describe con pertinencia el rol fundamental que desempeñó el reformismo en la IV República francesa, protagonizado, como en otros países europeos -Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica-, por la Democracia Cristiana, que en esa fase en Francia estuvo representada por el Movimiento Republicano Popular (MRP). Su preocupación permanente fue mantener el equilibrio entre las aspiraciones sociales de una gran parte de su electorado, que lo empujaban hacia la izquierda, y sus preferencias políticas, que lo llevaban a la derecha. Esta búsqueda de la equidistancia entre derecha e izquierda en el ejercicio del poder tenía sentido gracias a la eliminación en el juego político de los grandes partidos de los extremos -comunistas y gaullistas-, que dejaba reducido el número de diputados movilizables a apenas 400 -la Asamblea útil, como se la llamó entonces- y permitía gobernar al MRP con el conjunto de votos y diputados de los pequeños partidos. La existencia de esta tercera fuerza así constituida es lo que explica que una modestísima formación, la Unión Democrática y Socialista de la Resistencia (UDSR), de tendencia centro-izquierdista, tuviese un papel tan relevante durante todo el periodo y que su principal líder, François Mitterrand, fuese ocho veces ministro.
La V República Francesa y la polarización de las fuerzas políticas que conlleva acaban con el centrismo y sus tendencias reformistas y lo sustituyen por la polarización antagonista de dos bloques entre los que no cabe colaboración alguna de gobierno, sino sólo la sustitución de uno por otro, restableciendo con ello una lucha y una alternancia a las que la IV República había pretendido vaciar de sentido. Claro está que el paso de la IV a la V República no liquida la multiplicidad de partidos y de opciones políticas que existían en la vida pública francesa y que para que el nuevo sistema funcione es necesario integrarlos en los nuevos dos grandes núcleos. La personalidad carismática de De Gaulle consigue aglutinar a la derecha y la extraordinaria habilidad táctica de Mitterrand hace lo mismo con la izquierda, con la ayuda decisiva en ambos casos de la nueva estructura institucional, que no les deja otra alternativa: o transformarse o desaparecer.
Ahora bien, esta interiorización de la diversidad política e ideológica en los dos polos instala la confrontación en su interior, que sólo cabe resolverse o mediante la exclusión de uno de los sectores enfrentados, lo que conlleva un debilitamiento importante de la formación política a la que afecta, o a través de una gestión inevitablemente reformista de la misma, si se quieren preservar su integridad y la eficacia de su funcionamiento. La gran dificultad de la operación consiste en evitar que la persistencia de las diversas tendencias ideológicas se encarnen en corrientes diferenciadas, que aspiren y se conviertan en pugnas por el poder con el riesgo que supone para la existencia colectiva. Frente a ello, lo más eficaz es echar mano del tratamiento consensual único capaz de restablecer la convivencia sin mayores daños. De aquí la importancia del reformismo intrapartido.
En el último tercio del siglo XX, el reformismo político tiene su gran momento de gloria en la transición de los regímenes autocráticos a la democracia. De hecho, tanto en la Europa del Sur y en la del Este como en América Latina, el acceso de los totalitarismos fascistas y/o militares a la democracia se hace recurriendo al instrumento reformista por excelencia, la negociación. El dilema reforma/revolución que preside todas las transiciones democráticas de esa época se escora sin excepción alguna en favor del primer término, dando lugar a una serie de democracias verdaderas en su conclusión, pero negociadas en su origen. Los cuatro volúmenes del análisis pionero dirigido por Juan José Linz y Alfred Stepan, The Breakdown of Democratic Regimes, muestran por qué, lejos de las glorias de la Marcha sobre Roma y de los horrores de la Guerra Civil española, no podía ser de otra manera. Por su parte, las numerosas monografías de que disponemos sobre el desmoronamiento de los regímenes comunistas de la Europa central y oriental han confirmado la primacía reformista de todos estos procesos y lo acertado de las hipótesis analíticas de Linz.
La última aparición del reformismo en la vida política europea la debemos a Anthony Giddens en el ámbito teórico, y al laborismo con Tony Blair a su cabeza en el político. El viejo término Tercera Vía -Third Way-, que ha servido en tantas ocasiones, reaparece con la ambición de devolver a la socialdemocracia una vigencia que ha perdido casi por completo, actualizando sus núcleos programáticos y modernizando sus prácticas de gobierno. Este nuevo laborismo dice situarse en el centro-izquierda, pero en realidad, y tal como expone Giddens en su libro Mas allá de la izquierda y de la derecha, a lo que aspira es a consensuar ambas opciones, atenuando al máximo sus perfiles diferenciales para poder hacer, como ya recomendabanGuy Mollet y la vieja SFIO francesa, una política de derechas con referentes de izquierda. Una crítica certera, aunque en parte connivente al nuevo laborismo y a sus aspiraciones reformistas, es la autocrítica que se contiene en la primera parte del último libro -The Third Way and its Critics, Polity Press, 2000- que Giddens ha dedicado a este tema.
Una consideración más frontalmente descalificatoria ha sido la formulada por autores como Stuart Hall, Chantal Mouffe, Steven Lukes, Alan Ryan, etcétera, para quienes se trata de una operación cosmética que, con el pretexto de modernizar el programa para adaptarlo a una situación nueva y distinta, lo que hace en realidad es confortar el statu quo renunciando a acometer los grandes problemas. Y así, la globalización a la que considera consecuencia inevitable del desarrollo tecnológico y de los procesos económicos actuales, casi un hecho natural; la creciente desigualdad que afirma inseparable de la creación de riqueza, lo que impide el lanzamiento de cualquier política de redistribución; la inutilidad de establecer cualquier tipo de regulación del mercado por la capacidad autorreguladora del mismo, que no conviene perturbar con apósitos institucionales; la receta de la criminalización de la sociedad como sólo recurso contra la inseguridad social y el terrorismo político, etcétera; la reivindicación de la familia tradicional y de los valores religiosos frente a la aceleración del cambio y a la potencia disruptiva de los nuevos usos sociales, etcétera. Si la principal consecuencia hasta ahora del reformismo de Blair ha sido la de confortar el capitalismo y sus posiciones de poder en el Reino Unido, esto se debe, en gran medida, a la inexistencia de un modelo alternativo al que acercarse mediante una serie de reformas sucesivas.
La ausencia de esa alternativa es la que hace hoy imposible el reformismo político y condena a la inexistencia todos los intentos en ese sentido. El fracaso de persona tan valiosa como Miguel Roca en su tentativa de lanzar un partido reformista en España encuentra su explicación en esa falta de horizonte para una acción pública anclada en la reforma. La doctrina del primado del accionista y de la gestión empresarial basada exclusivamente en sus intereses, la sumisión de los mercados al diktat del oligopolio de las grandes empresas -compañías petrolíferas, operadores telefónicos, la gran distribución, los imperios mediáticos, etcétera-, el totalitarismo financiero de los bancos y la financiarización de la vida económica, la fragilidad de la democracia postotalitaria, la mundialización del capital frente a la persistencia de la dimensión territorial y nacional de la democracia y de la política, la drástica reducción de la capacidad negociadora del mundo del trabajo en función del paro endémico y de la precariedad laboral.
Sobre todo, la colonización del Estado por los poderes económicos hace hoy impracticable un reformismo político que apunte al cogollo mismo de la vida de los Estados, a una refundación neokeynesiana de la organización económico-política de la comunidad. Hoy sólo cabe un reformismo en sus márgenes, o, más precisamente, un reformismo societal. El desarrollo de la vida asociativa, la conquista ciudadana del tiempo libre, la autogestión individual/comunitaria de la vida cotidiana. El conjunto de reformas que representan la ley de dependencia, las condiciones para fumar en lugares públicos, la modificación de los horarios profesionales y públicos, el esfuerzo de adecuación institucional de la vida en pareja a su nueva realidad social, etcétera. Son auténtico reformismo societal. Que es el único que cabe. Por el que hay que felicitar a José Luis Rodríguez Zapatero.
José Vidal-Beneyto es catedrático de la Universidad Complutense y editor de Hacia una sociedad civil global.

La socialdemocracia criolla, de Jorge Lanzaro

NUEVA SOCIEDAD
207 - 2008
El actual giro a la izquierda en América Latina trae una novedad absoluta: el estreno de gobiernos de tipo socialdemocrático en Brasil, Uruguayy Chile, que aunque asumen rasgospropios guardan semejanzas con suscongéneres europeos. En estos países gobierna una izquierda institucional, que opera en sistemas de partidos relativamente institucionalizados, plurales y competitivos, asumiendo las reglas de la democracia representativa y las restricciones de la economía capitalista en mercados abiertos, pero impulsando un reformismo moderado.Los tres gobiernos tienen un potencial socialdemocrático diverso, en funciónde sus recursos políticos, cultivandoel compromiso entre capitalismo y democracia, en busca de nuevasf ormas de desarrollo que compaginenprogreso económico y cohesión social.En América Latina se registra un acontecimiento histórico. Agrupamientos políticos de izquierda o centroizquierda –progresistas, en un sentidomás amplio– acceden al gobierno en un amplio arco de países que incluye aalgunos de los más importantes de la región.
El giro a la izquierda tiene el carácter de una «ola». No obstante, estos gobiernos muestran una marcada diversidad. Entre ellos hay nuevas composicionespopulistas (Venezuela, Bolivia, Ecuador) y también gobiernos que recrean lasmanifestaciones precedentes del nacionalismo popular (Argentina y, eventualmente,Panamá). Ambas figuras presentan singularidades relevantes, perose inscriben en el viejo tronco del populismo, un fenómeno recurrente enAmérica Latina en distintas fases históricas y que ha asumido distintos signospolíticos1.Al mismo tiempo, esta temporada registra una gran novedad: el estreno degobiernos de tipo socialdemocrático2 en Brasil, con Luiz Inácio Lula da Silva;en Chile, con Ricardo Lagos y Michelle Bachelet; y en Uruguay, con TabaréVázquez3. Se trata de fórmulas inéditas en nuestra región, que presentan rasgospropios de su condición periférica, específicamente latinoamericana, peroque pueden compararse con los referentes europeos clásicos. En particular,encuentran similitudes con las experiencias socialdemocráticas tardías quesurgieron a partir de los 70 en España, Portugal y Grecia, las cuales sobrevinieron–como las nuestras– al paso de una doble transición: luego de las respectivastransiciones democráticas y en el surco de la transición liberal, fuerade los círculos virtuosos de la era keynesiana y a la hora de un nuevo empujede la globalización.Las experiencias de esta socialdemocracia criolla, que trata de encontrar su caminoen Brasil, Chile y Uruguay, tienen diferencias palpables. Las tres son resultadode rutas políticas diferentes y muestran configuraciones gubernamentales1. La senda que va del populismo clásico al populismo moderno despunta con las manifestacionesdesarrollistas que dejaron rastros duraderos (México, Brasil, Argentina), pasa por varias experienciasabortadas (Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú, etc.), para llegar luego a un populismode «afinidades inesperadas», que se anota en la fajina neoliberal (Alberto Fujimori en Perú).Actualmente, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa han puesto en marcha un populismo de izquierda, que se inscribe en esa tradición latinoamericana, aunque cada uno muestra sin dudasrasgos diferentes, entre sí y con respecto a sus ancestros.2. Se utiliza en este texto el adjetivo «socialdemocrático» o «socialdemocrática» (en lugar de «socialdem») en tanto alude a una forma política, mientras que «socialdemócrata» se refiere auna corriente política. Las experiencias aquí analizadas son socialdemocráticas, aunque los partidosno necesariamente lo sean, se llamen o se reconozcan como tales.3. En América Latina ha habido otras experiencias de apelación socialdemocrática (por ejemplo,los gobiernos del Partido de Liberación Nacional en Costa Rica, de Acción Democrática en Venezuelay del Partido de la Socialdemocracia Brasileña de Fernando Henrique Cardoso). A su vez, laposibilidad de una alternativa socialdemocrática o de «tercera vía» en nuestra región ha sido planteadapor algunos intelectuales (como Helio Jaguaribe; Maravall, Bresser-Pereira y Przeworski, oCastañeda y Mangabeira) y también por actores políticos (en particular, fue desarrollada en el«Consenso de Buenos Aires», labrado por líderes de izquierda del continente, incluidos Lula yRicardo Lagos). No obstante, es la primera vez que se concretan efectivamente gobiernos de este género con las características que definimos.42muy diversas, con posibilidades variadas de continuidad e innovación:transitan una senda posneoliberal y enfrentan el desafío de labrar un nuevoparadigma, que no viene diseñado de antemano sino que –como es usualen los recodos de la historia– se forja sobre la marcha, sin que medie un libretoacabado.■
La izquierda institucional Para clasificar a los gobiernos de izquierda atendemos a su naturaleza política:fundamentalmente, el tipo de partido o movimiento en el poder y, comovariable basal, la fisonomía de cada sistema de partidos, su nivel de competitividady su grado de institucionalización, lo cual remite a su vez a rasgosdiferenciales en el gobierno presidencial, los estilos de liderazgo y la calidadde la democracia4. En el arco que va de los populismos a las figuras socialdemocráticas,observamos las estructuras políticas, el balance de poderes partidariosy la efectividad de la competencia como condicionantes principales dela forma de llegar al gobierno y de la forma de gobernar.De manera muy esquemática, cabe decir que en América Latina encontramosizquierdas sin partidos o con partidos, que actúan en sistemas de partidos relativamentefuertes o en sistemas débiles o en colapso, y en el marco de democraciasque exhiben distintos grados de competencia efectiva. Todo estogenera consecuencias importantes en los procesos electorales, las prácticas degobierno y la consistencia de la oposición.Por definición, los gobiernos socialdemocráticos están protagonizados poruna izquierda que cabe considerar institucional en dos sentidos.El primeroes el grado de institucionalización que presentan los partidos de izquierdaque forman el gobierno: el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el PartidoSocialista (PS) en Chile y el Frente Amplio (FA) en Uruguay.El segundo esque tales partidos están integrados a la competencia electoral y al régimendemocrático republicano, en el seno de sistemas de partidos plurales y competitivos,más o menos institucionalizados.El primer punto –la institucionalización de cada partido– responde desdeluego a los trazos generales del sistema de partidos, pero tiene una dinámica4. Jorge Lanzaro: «La ‘tercera ola’ de las izquierdas latinoamericanas: entre el populismo y la socialdemocracia» en Las izquierdas latinoamericanas y el gobierno, Pablo Iglesias, Madrid, 2006. 435. El PS chileno es el mayor. Creado en 1933, tenía 73 años cuando Bachelet llegó a la Presidencia ycuatro menos al asumir Lagos, que antes de la formación del Partido por la Democracia (PPD) tambiénpertenecía al PS. El FA llegó a la Presidencia con 33 años, dos décadas después del fin de ladictadura: aunque nació en 1971, en su fundación participaron grupos con trayectoria anterior,incluidos dos veteranos de la izquierda uruguaya: el Partido Socialista (inaugurado en 1910) yel Partido Comunista (en 1921). El PT brasileño fue creado en 1980 y tenía 22 años cuando Lula llegóa la Presidencia.propia y características específicas. A su vez, los tres partidos mencionadostienen formatos políticos distintos, que llevan la marca de su modelo genéticoy que reflejan los cambios suscitados ulteriormente por la competenciainter- e intrapartidaria.Se trata, en los tres casos, de partidos bien establecidos, que llegaron al gobiernocon más de 20 años de antigüedad y tras sobrevivir a las vedas autoritarias5.Son partidos muy estructurados, que se foguearon en la oposición y en laconducción sindical, que han mantenido su representación parlamentariapor periodos relativamente prolongados y que compitieron en varias eleccionespresidenciales. Todo esto posibilitó acumulación de experiencia y responsabilidaden base a un aprendizaje democrático. Este aprendizaje, que viene de lahistoria, se desplegó en las fases de transición y está marcado por las leccionesque dejaron las dictaduras y los sucesos críticos que condujeron a ellas. Enla fase siguiente, ya en democracia, se fueron desarrollando las elites partidariasy construyendo liderazgos que se afirmaron primero en las filas del partidopara adquirir luego reconocimiento nacional.La longevidad, asociada a la continuidad y la aptitud de adaptación frente alos cambios, es un indicador del grado de institucionalización partidaria. Setrata de un factor que contribuye a delinear distinciones entre las actuales izquierdasgobernantes, como se sintetiza en el cuadro 1, donde se aprecia quelos partidos de izquierda de Chile, Uruguay y Brasil se encuentran entre losmás longevos y los que enfrentaron un mayor número de elecciones antes deacceder al poder. Los tres partidos viven en sistemas de partidos plurales y competitivos, relativamenteinstitucionalizados. Esto constituye otro factor definitorio, que delineauna pauta de evolución política que resulta positiva para el conjunto delsistema y para el propio partido de izquierda en carrera. La institucionalización significa que los sistemas adquieren estabilidad y son valorados como tales,por sus propios integrantes y la ciudadanía, de modo que los partidos ylas contiendas electorales gozan de reconocimiento y legitimidad, como resortesde representación política y arbitraje democrático. Ello implica tambiéncierta continuidad en los patrones de competencia y los alineamientos políticos,con volatilidad electoral moderada.Los estudios en la materia muestran que la institucionalización es alta en Chiley Uruguay.En Brasil ha sido comparativamente más baja, pero en la última décadaha mejorado de manera sostenida. La izquierda institucional ha contribuidoa cultivar estos logros debido a su participación activa en las transiciones democráticasy sus desempeños posteriores, integrando la coalición de gobiernoen el caso de Chile o como fuerza de oposición en Brasil y Uruguay6.6. En Europa occidental, los partidos de izquierda han actuado como pace setters de la institucionalización,con repercusiones importantes para el sistema y efectos de emulación en los demás partidos,que ante la emergencia de esos actores debieron reorganizarse para competir. Algo similarocurre con el PT en Brasil, cuyo desempeño contribuyó a dotar de cierta estabilidad a los patronesde competencia partidaria y a los alineamientos políticos, lo que redujo la volatilidad electoral. Por su parte, el FA uruguayo creció como partido desafiante en el seno de un sistema ya institucionalizado,pero atravesó una coyuntura crítica y cambió fuertemente, manteniendo sin embargo suconsistencia.

Razones para el socialismo, de Felix Ovejero y Roberto Gargarella


RESEÑA EDITORIAL

No han sido pocos los intentos de dar un contenido de práctica política a los objetivos emancipadores de la tradición socialista. Las propuestas han sido muy diferentes, pero, por debajo de las diferencias parecían persistir dos retos, dos problemas fundamentales a los que había que dar respuesta: precisar qué sociedad es la buena sociedad desde una perspectiva socialista y encarar cómo modificar la presente sociedad en su dirección. Esos eran los problemas, incluso si se reconocía que las circunstancias impedían cambiar las cosas en la buena dirección. La situación ha cambiado y hoy parece que la tradición socialista ha ido quedando subsumida en una especie de liberalismo progresista que reconoce la importancia de ciertas medidas igualitarias pero que no asume una radical discontinuidad con la sociedad capitalista. Desde esa perspectiva, la crítica tradicional de los socialistas a las instituciones (políticas y económicas) que han acompañado al capitalismo, que acaso pudo estar justificada en otro momento, hoy carecería de todo sentido: no existe incompatibilidad alguna entre tales instituciones y el proyecto socialista. Sin embargo, un repaso medianamente atento a lo que ha sido el socialismo moderno muestra que hay diferencias importantes que impiden disolver al socialismo en la tradición liberal. Los trabajos incorporados en el presente volumen intentan identificar las razones que hacen del socialismo una concepción atractiva en sí misma, a la vez que distinta del liberalismo más igualitario; analizan críticamente esas razones; y examinan la viabilidad práctica de las principales propuestas socialistas

COMENTARIO DE MARTIN SOTO

He vuelto al texto que comente estaba dando lectura hasta que llego el funesto lunes con su carga regular. Razones para el socialismo es el título que los compiladores, los profesores Roberto Gargarella y Félix Ovejero, escogieron para dar vida a una sabrosa y edificante selección de textos.

Apertura “Razones para el socialismo” el prefacio que se le encargo al profesor G. A. Cohen, el cual me tomo la libertad de replicar, en algunas de sus partes. Le sigue un ensayo a cuatro manos nominado: “El socialismo, todavía”, a cargo de los compiladores. Participan de la compilación bajo comentario: David Schwickart ("¿Son compatibles la libertad, la igualdad y la democracia? Sí, pero no bajo el capitalismo"), Samuel Bowles y Herbert Gintis ("¿Ha pasado de moda la igualdad? El Homo reciprocans y el futuro de las políticas igualitaristas"), John Roemer ("Estrategias igualitarias"), Anne Phillips ("¿Qué tiene que ver el socialismo con la igualdad sexual?"), Erik Olin Wright ("Propuestas utópicas reales para reducir la desigualdad de ingresos y riqueza") y el profesor G.A. Cohen ("¿Por qué no el socialismo?" y "Vuelta a los principios socialistas").

La selección es impecable y la calidad de los textos es superior a lo que no veremos en buen tiempo por estas latitudes, que duda cabe. El texto se puede encontrar en la Universidad en la Biblioteca de Ciencias Sociales, se tiene sólo un ejemplar (también se puede encontrar en la casa de la editorial Planeta, en la misma distribuidora, por un precio bastante menor al precio de venta en librerías).
En el prefacio que paso a reproducir, G.A. Cohen comenta como hace unos veinte años Alistair Cooke (veterano comentarista de la BBC para asuntos americanos) expresaba ciertos pareceres suyos planteando la siguiente pregunta: "¿Revivirá alguna vez el proyecto socialista?", Cooke se responde a sí mismo: "Sí". El profesor Cohen nos cuenta que Cooke sostenía que:
"era imposible que el ideal del socialismo no volviese a visitar la historia humana, porque el atractivo que ejercen la cooperación y la igualdad es demasiado obvio como para ser negado: la atracción de tales valores es tan fuerte que uno puede estar seguro de que existirán renovados intentos de realizarlos"
Continúa Cohen:
"Nosotros los socialistas, nos diferenciamos de Alistair Cooke no tanto por el reconocimiento del valor de la cooperación y la igualdad (él sabía de esto) como por nuestra confianza acerca de que algún día podremos hacer efectivos tales valores"
"Creíamos que algo era bueno, tratamos de lograrlo y produjimos un desastre. ¿Deberíamos concluir, por ello, que lo que creíamos que era bueno, la igualdad y la comunidad, en realidad, no era bueno? Tal conclusión, aunque es una a la cual se llega frecuentemente, es una locura. (...) ¿Deberíamos concluir, en cambio, que cualquier intento de producir este bien particular debe fracasar? Sólo si pensamos sabemos que ésta era la única forma de hacerlo posible, o que lo que hizo fracasar este intento hará fracasar cualquier otro, o que, por alguna(s) otra(s) razón(es), cualquier intento fracasará. Creo, en cambio, que no sabemos ninguna de estas cosas."

Acto seguido, nos dice el profesor Cohen que considera que la solución correcta es que "lo hagamos de un modo diferente y mucho más cauteloso", o como nos dijera Gianni Vattimo en una conversación a propósito de su última visita a Lima:
"La izquierda es el espacio desde el cual se puede y se debe crear un mundo mejor.
Aquí yo quiero pedir a los jóvenes que, por favor, lo que pasa cada día no lo consideren como normal; no pierdan la capacidad de indignarse con las cosas que están mal. Ustedes, los jóvenes vanguardistas están llamados a inventar, les pido que inventen una normalidad más compartida… más solidaria, más amistosa, más tierna… con mucho cariño…"
Termina Cohen, recordando como Albert Einstein decía que el socialismo es el intento humano de “superar y avanzar sobre la etapa depredadora del desarrollo humano”. Nos dice, entonces Cohen, para finalizar que "Nuestro intento de ir más allá del carácter depredador de las sociedades de mercado ha fracasado... hasta ahora. Pero ésta no es una buena razón para dejar de intentarlo"
Considero ocioso pretender esbozar algún comentario que termine por parecer ilusamente pretencioso de cara a la fuerza argumentativa esbozada en las breves líneas del prefacio del profesor Cohen a "Razones para el socialismo".
Considero además que la mejor invitación a su lectura ya está hecha.
Sólo puedo decir que, personalmente, considero necesario replantear los espacios de cultura y construir un nuevo orden de libertad; en este sentido, creo que, pensando filosóficamente con Heidegger, lo que tenemos que hacer es hacer proyectos. Proyectos que den cuenta de una lectura que busque afirmar espacios y derechos, antes que sólo fomentar estructuras económicas, de competencia, inversión y mercado.
Quizá las razones para el socialismo sólo aguardan personas con lucidez y entrega que se animen a la construcción de una perspectiva crítica de la sociedad y sus interrelaciones..., personas capaces de soñar y demostrar en la acción que lo posible ya se hizo... y que lo imposible está en nuestras manos.

Izquierda punto cero, de Giancarlo Bosetti

RESEÑA DE ARIEL RUIZ - LA INSIGNIA
La caída del socialismo real ha sido un trauma para la izquierda a nivel mundial, ya que originó una situación de confusión, desconcierto y desazón de la que todavía no acaba de salir ni en el plano político, social, ni intelectual. Como no hay mal que por bien no venga, pese a todo, ese desastre también tuvo algunos aspectos benéficos. Entre estos, sin duda, debemos contar con la profunda necesidad de repensar la izquierda, para lograr superar sus problemas, abandonar viejos dogmas, reivindicar elementos importantes de su tradición, actualizar sus ideas, propuestas y estrategias. En esta compilación de importantes ensayos de pensadores muy destacados se pretende dar respuesta a ese menester, y así "afrontar el déficit de motivaciones para la acción pública, resultado del eclipse del viejo orden, y por medir la capacidad de dotar de una nueva organización a la idea de la izquierda y de una nueva formulación de su política de poner en movimiento energías humanas, consensos y capacidades de dirección."
Contenido:
Introducción. La crisis en el cielo y en la tierra, Giancarlo Bosetti
Primera Parte.
Las preguntas.
1. ¿Qué queda de la izquierda?, Steven Lukes
2. ¿Cantaremos nuevas canciones?, Richard Rorty
3. La izquierda y sus dudas, Norberto BobbioSegunda Parte. Las tentativas
4. Si se imponen los particularismos, Ralph Dahrendorf
5. ¿La izquierda? Es la ética, Giovanni Sartori
6. Más allá del 89, Peter Glotz7. Adiós, conflicto central, André Gorz
8. El motor de los derechos, Giovanna Zincone
9. La izquierda que existe, Michael Walzer
10. La igual dignidad, Salvatore Veca

Pluralismo y Socialdemocracia, de Michael Walzer

Debats 77 Verano 2002 - QUADERN
Pluralismo y Social Democracia
Hoy quiero hablar como filósofo, pero como un filósofo práctico y comprometido. No quiero abogar por ninguna política en particular, pero tampoco quiero continuar en el nivel de los principios abstractos. Si la filosofía está comprometida con la política, es mejor que sea filosofía política y no metapolítica. ¿Qué deben hacer los filósofos políticos prácticos? Han de analizar, criticar, matizar y revisar los valores y compromisos de sus compañeros y, tras esto, deben describir honestamente las dificultades que aquellos valores y compromisos encuentran en el mundo contemporáneo: la naturaleza de la oposición, los escenarios de disputas políticas, los obstáculos institucionales y la tendencia general que rige el curso de las necesarias reformas.
Los compromisos de la izquierda son hoy lo que siempre han sido. No los pensamos de manera superficial; la seriedad ha sido una de nuestras señas históricas, a veces incluso se ha convertido en uno de nuestros defectos. Sin duda, reconocerán inmediatamente la siguiente estructura tripartita en la que pueden verse de forma clara tres de los principales ideales con los que la izquierda está comprometida. Estos ideales son: primero, libertad de hombres y mujeres; segundo, desarticular los viejos patrones de superioridad y subordinación; y, tercero, crear una esfera de cooperación común.
Nuestra comprensión de estos tres ideales: libertad, igualdad y solidaridad ha ido cambiando a través de los años; sin embargo, estos profundos compromisos perduran. Permítanme examinar cada uno de ellos por separado.
1º Libertad de hombres y mujeres
Lo que cualifica a hombres y mujeres como libres es la capacidad de elegir por sí mismos sus proyectos, sus asociaciones, su trabajo en el mundo, sus amigos, sus amantes, sus compañeros. Esto significa que el mundo debe estar abierto a sus elecciones (lo cual no quiere decir que siempre consigan lo que quieren) y también que deben tener recursos para sostener su elección de vida, de modo que sean y continúen siendo hombres y mujeres autónomos. Ya no admiramos a quienes se convierten a sí mismos en agentes de una necesidad histórica, instrumentos de un todopoderoso partido, discípulos de un líder sectario o fanáticos de una causa ideológica o religiosa. Sin embargo, tampoco aceptamos la ilusión postmodernista de la pura autocreación, que es la forma contemporánea del egotismo intelectual. Los seres humanos son criaturas sociales, los cuales son capaces de ser libres precisamente porque son personas singulares, con familias e historias, con lenguaje y cultura. Son ciudadanos de países, miembros de grupos; están educados, formados y socializados por otras personas, en un tiempo y lugar específico. Carácter e identidad, distinción e individualidad son lentamente adquiridas con la ayuda de otros y, también, a menudo, en rebelión y oposición a otros.
Los proyectos de hombres y mujeres libres son igualmente heredados que inventados. “Vosotros no estáis obligados a finalizar el trabajo”, dice un viejo proverbio judío, “pero tampoco sois libres de abandonarlo”. Por supuesto, es obvio que somos libres de abandonar, y esto es una parte importante de lo que la libertad significa. Sin embargo, éste no es todo el significado de libertad: de hecho, si no hubiera proyectos tan valiosos, tan centrales en nuestras vidas, como para estar dispuestos a imponerlos a nuestros hijos, la libertad de elegir (o rechazar) carecería prácticamente de sentido. No somos simpatizantes de un individualismo radical porque podemos imaginar proyectos de valor trazados a lo largo de generaciones: por ejemplo, la creación de una sociedad justa o, por lo menos, el argumento de a lo que una sociedad justa debiera parecerse. La libertad de hacer lo que uno quiera con su vida, con su cuerpo, con su tiempo y energía o con su dinero nunca ha sido obvia para la gente de izquierdas. Contrariamente a la ortodoxia religiosa y a la conformidad social, la exigencia de una elección libre, la defensa de la experimentación e innovación, son legítimas, importantes e inspiradoras. Sin embargo, incluso los hombres y mujeres más libres, a la hora de experimentar e innovar, están bajo constricciones morales, las cuales provienen de un mundo político y social que es su propia herencia y que, algunas veces, se convierte en una carga.
Heredan proyectos y argumentos, a los cuales se adhieren, elaboran, revisan o rechazan. Hay muchos proyectos y argumentos, y es este pluralismo el que posibilita la elección individual. Pero el pluralismo no es el producto de la elección individual, excepto en un sentido muy especial: el que lo define como el producto de diversas culturas, grupos, tradiciones, partidos y movimientos sostenidos a través de generaciones por hombres y mujeres, quienes, de buena gana, aceptaban la “tarea” –de continuar y mantener esas tradiciones y grupos– apremiados por sus predecesores o parientes. Supongo que deberíamos valorar la valentía y la libre andadura de los individuos que rechazan esa tarea, los cuales se distancian de todos los grupos y eligen entre ellos o entre sus “fragmentos”, creando así su propia identidad: éstos son los héroes del postmodernismo. Pero, también, debemos reconocer que esas figuras heroicas son radicalmente dependientes de la gente que está detrás, quienes habitan esos grupos y los mantienen con vida.
La mayoría de nuestros grupos más importantes son, en un sentido sociológico, asociaciones involuntarias: familias, naciones, clases, religiones e, incluso, a menudo, los partidos políticos. No decidimos unirnos a ellas, estamos ya enrolados por nuestros parientes (he aquí uno de los pocos descubrimientos fiables de la ciencia política: el mejor indicador de predicción de afinidad a un partido es la afinidad al partido por parentesco). Únicamente decidimos permanecer... o no. La solidaridad es una experiencia antes de ser una elección. Lo que es crucial para la libertad no es que la elección sea lo primero, lo cual requeriría que todos los grupos sociales fueran disueltos y formados nuevamente en cada generación, sino que, habiendo nacido en este o aquel grupo, sea posible salir y, habiendo salido, que sea posible encontrar asociaciones alternativas. Pero esta libertad de ir y venir requiere que haya algún lugar desde el cual venir o al cual ir: requiere un genuino pluralismo, una diversidad de grupos con miembros conectados, enredados, implicados y comprometidos con los mismos. En último término, lo que hace posible para mí elegir es el hecho de que otra gente haya elegido (o simplemente se hayan instalado donde sus parientes les dejaron) y mantengan viva una forma de vida, una comunidad, en la que yo pueda entrar y salir. No puedo ser un aventurero político o un vagabundo cultural a menos que otros sean sedentarios. El compromiso con la libertad exige entonces el soporte del sedentarismo o, mejor, de una variedad de formas sedentarias. Este planteamiento exige, a su vez, cierta resistencia, lo que en algún lugar he llamado los cuatro tipos de movilidad –social, geográfica, familiar y política– y que cortan de raíz las lealtades de clase, deshacen los vecindarios, desarticulan familias y debilitan profundamente los compromisos de partido y membresía.
La movilidad es el signo de una sociedad libre, cuyos miembros, hombres y mujeres, se determinan a sí mismos. Se mueven entre grupos y asociaciones varias, a través de fronteras étnicas, religiosas e ideológicas y, algunas veces, también políticas. Experimentan con el compromiso. Pero si se mueven demasiado rápido, y en tal número que los grupos y asociaciones no puedan sostener su propia forma de vida, si se comprometen tan puntualmente que no son marcados por la experiencia, entonces la libertad de movimiento y de experimentación llegará a ser cada vez menos significativa. La libertad se autodestruirá a menos que haya un esfuerzo colectivo para superar esos efectos: crear y recrear escenarios sociales estables –familias y comunidades– que produzcan individuos fuertes y les provean de diferentes posibilidades serias e interesantes.
De todo esto se siguen los compromisos continuos de la izquierda con la educación como un proyecto público (así como una serie de proyectos privados y comunes) de cierta clase: democrático, descentralizado y experimental. Las escuelas públicas siempre tienen una doble tarea. En primer lugar, deben producir estudiantes con una clara y firme comprensión de los valores sustantivos –también de los desacuerdos y cargas– que contribuyen a su común ciudadanía y a sus otras afiliaciones y fidelidades (religiosas, étnicas, raciales). Las escuelas promueven una clase de pertenencia y acomodo a otros. Sin embargo, también son agentes en pro de la individualización y, por tanto, en segundo lugar, deben ayudar a los estudiantes a adquirir un sentido de sus propias capacidades críticas. Aunque los estudiantes hereden la “tarea” de generaciones previas, deben elegir por ellos mismos qué hacer con ella y cómo llevarla (o no) adelante.
2º Desarticular los viejos patrones de superioridad y subordinación
Queremos crear una sociedad en la cual hombres y mujeres sean libres de la dominación del buen nacimiento, de la riqueza, del poder. Esto no significa que debamos ser todos absolutamente iguales en estatus, riqueza y poder. Una igualdad simple de esta suerte es una errada utopía de la vieja izquierda. Cualquiera que haya vivido el siglo XX o haya estudiado su historia sabe que el conflicto político y la competición por el liderazgo siempre contribuye a crear desigualdades de poder, que la actividad empresarial siempre contribuye a crear desigualdades económicas y que la comunicación social cotidiana (cotilleos, fanfarronadas, admiraciones y juicios) siempre tiende a crear desigualdades de estatus o reputación. Nada de esto se puede evitar sin continuas intervenciones tiránicas en la vida ordinaria. Permitir que el socialismo fuera identificado con una tiranía de esta clase fue un error histórico de grandes proporciones, por el que hemos pagado muy caro.
Demasiados izquierdistas de antaño hicieron de la igualdad un enemigo de la libertad y esta relación hostil ha llegado a ser una máxima fundamental de la filosofía política liberal. La máxima es particularmente verdadera, pero sólo en parte: hay una tendencia natural hacia la desigualdad en todas las esferas de producción y distribución, y esta tendencia es incluso más peligrosa, incita a los individuos que han adquirido superioridad en una esfera a usarla para medrar en el resto. Por ejemplo, usan su riqueza para comprar influencias o cargos políticos, un lugar para sus hijos en las universidades de elite o mejores formas y medios sanitarios que los accesibles para cualquiera. O bien usan sus cargos políticos para sacar dinero a los ciudadanos que buscan su ayuda, organizan servicios especiales para ellos mismos o, de nuevo, para favorecer las carreras de sus hijos. Estas tendencias deberían ser combatidas: el tipo de libertad que manifiestan debería ser constreñida. Pero este constreñimiento no sirve sólo a la igualdad. La conversión de unos bienes sociales en otros bienes, con los cuales éstos no tienen conexión intrínseca, es en sí misma un acto tiránico. Y, por tanto, las intervenciones políticas para prevenir o sancionar tales actos, así como para mantener la autonomía de las diferentes distribuciones, también representan una defensa de la libertad. El constreñimiento de algunos es necesario en pro de la libertad de la mayoría.
Intervenciones de esta clase, que limitan el alcance del poder político o que restringen el poder del dinero (de tal forma que todos los bienes sociales no estén a la venta), hacen posible a los diferentes individuos, diferentemente capacitados y dotados con intereses y ambiciones distintas, perseguir diversos bienes, confiados en que los bienes están disponibles realmente para perseguirlos y que pueden obtenerse por “razones correctas”: necesidad, talento, interés o mérito. Mientras los bienes estén disponibles en forma diversa, las distribuciones resultantes no estarán determinadas por formas estándares de dominación y usurpación. Las distribuciones serán hechas atendiendo a “la igualdad compleja”, lo que quiere decir atender de forma radical a desigualdades dispersas y disgregadas. Gente diferente será desigual en diversas formas, pero estas desigualdades no serán generalizadas a través de todas las esferas: no todos los bienes sociales terminarán en las manos de las mismas personas. Idealmente, esto debería hacer posible una sociedad libre de tiranía, donde los individuos están arriba o abajo con referencia a este o aquel bien, pero en la que nadie está arriba o abajo en todas las esferas. Nadie es degradado. Nadie es exaltado. La arrogancia por un lado y el miedo y la deferencia por otro dejan de ser las emociones normales de la interacción social.
Éste es un duro objetivo y ninguna sociedad así existe todavía. Incluso hay algunas señales que indican que después de un período de movimiento hacia la igualdad compleja, ahora nos estamos alejando de ella. O, mejor dicho, las sociedades democráticas liberales y las sociedades socialdemócratas occidentales han logrado realmente algo parecido a la igualdad compleja (en una versión más modesta) para un sector de la población, los dos tercios más favorecidos, si bien la posición de mucha de esa gente es precaria. Pero, por otra parte, el tercio más desfavorecido está experimentando, cada vez más, una radical exclusión de todas las esferas de producción y distribución: en forma de desempleo (en Europa), subempleo o solamente en los empleos del “segundo sector” de la economía, donde las regulaciones gubernamentales son raramente impuestas, los seguros médicos y las pensiones no están disponibles y la autodefensa colectiva es virtualmente imposible (modelo americano). Entre los dos tercios más favorecidos de la población, las desigualdades de poder institucional, riqueza, atención educativa, prestigio y ocio están relativamente dispersas, en comparación con formaciones sociales anteriores. Aquí, la gente consigue algo cercano a la sanidad que ellos necesitan, a los trabajos para los que están cualificados, a la escolaridad que ellos quieren o que pueden granjearse y que sus abuelos o bisabuelos no pudieron tener: éste es el (limitado) éxito histórico de la izquierda política. Sin embargo, en el tercio más desfavorecido de la población, la exclusión de todos estos bienes, o su mínima realización, produce e intensifica la desigualdad, de la cual parece no haber escape.
Hoy, la izquierda política engloba a mucha gente del primer sector de la población, los cuales viven en situaciones más o menos justas y se agrupan en asociaciones que defienden estas situaciones (defensa que encuentran cada vez más difícil). Al mismo tiempo, la izquierda está, o debería estar, comprometida con los hombres y mujeres excluidos del segundo sector de la población. Lo que esto significa en la práctica es que todos los partidos y movimientos de izquierdas están internamente divididos entre aquellos que ya se han beneficiado de políticas igualitarias y aquellos que sólo se han beneficiado mínimamente o nada en absoluto. El miedo a caerse del primer sector de la población, el resentimiento y odio a estar cayendo o a haber caído en el segundo sector, hace a muchos de sus miembros susceptibles de caer en una forma familiar de populismo que prontamente adopta formas derechistas, patrioteras o fundamentalistas. Como acostumbramos a decir, aquella gente está “objetivamente” en la izquierda, donde sus intereses presumiblemente yacen, pero a menudo son movilizados hacia cualquier otro lugar.
A causa de las transformaciones tecnológicas, de la globalización económica y, también, a causa de una agresiva campaña en nombre de la ideología del laissez faire y el poder del mercado, cada vez más gente en los países “avanzados” de Occidente está en peligro de deslizarse del primer sector de la población al segundo. Y, por esas mismas razones, la integración social y económica del segundo sector de población es cada vez más problemática. No voy a intentar entresacar las causas de estos problemas y peligros (fuertemente debatidas por gente que se autodenomina “expertos”). Pero sí quiero remarcar que esas causas no son impersonales o históricamente determinadas; algunas de ellas, al menos, son de naturaleza local, intencionada y política. Éstas tienen que ver con el propio engrandecimiento de unos pocos y con la debilidad de muchos, con el declive de los partidos y movimientos de izquierdas, con el imperialismo del mercado y con el fracaso de la defensa de las distribuciones autónomas en política, educación, bienestar, sanidad, etc.
A pesar de que estos últimos puntos son ciertos, hay remedios locales posibles, incluso si no son enteramente suficientes: por ejemplo, el trabajo de los partidos y movimientos de izquierdas de resistencia al poder del dinero en política; el de los sindicatos defendiendo los intereses materiales de sus miembros en el mercado laboral; el de los profesores insistiendo sobre la independencia de sus escuelas y rechazando servir a propósitos políticos, tendiendo la mano a los niños en problemas; el de los profesionales de la sanidad buscando vías para ayudar a sus pacientes más vulnerables; el de los trabajadores sociales, quienes no quieren vivir en primera línea de batalla y condenar a las personas que asisten a la disciplina del mercado necesariamente.
Pero todo esto no será suficiente para rescatar al creciente número de hombres y mujeres excluidos. En última instancia, ellos han de contribuir a integrarse, pues de esta capacidad de integración y del soporte de la larga comunidad política depende su inclusión en la ciudadanía.
3º Crear una esfera de cooperación común
La solidaridad entre los ciudadanos (la fraternidad de la revolución francesa, extendida ahora por igual a hombres y mujeres) es una complicada tarea. La solidaridad puede ser más que peligrosa cuando es solamente un sentimiento, un sustituto emocional, en vez de un reflejo real de la cooperación desarrollada día tras día y sobre el terreno. El sentido de proximidad respecto de otras personas ha de ser ganado luchando juntos, trabajando codo con codo por una causa; respondiendo juntos a las dificultades, crisis y desastres naturales; estudiando una historia y literatura común; celebrando fiestas y representando rituales de la vida común. Sin embargo, en el mundo moderno, todo esto no puede ser una experiencia colectiva uniforme y cualquier esfuerzo para lograrlo no puede ser auténtico. La mezcla de grupos, culturas e historias es un ineludible rasgo distintivo de todas las sociedades “avanzadas” (y más lo será cuanto más “avancen”). La proximidad, hoy día, sólo puede provenir de una serie de experiencias reiteradas, diferentes para gente diversa y para diferentes grupos de gente, pero afines y solapadas –de tal forma que lucho, trabajo, estudio, celebro... en una variedad de situaciones sociales y con una diversidad cambiante de hombres y mujeres–. Una reacción predecible ante estos compromisos que nos diferencian de terceros es el patriotismo étnico y nacional. Éste representa una demanda radical en pro de la simplificación y la homogeneización en un mundo que nunca será simple y homogéneo de nuevo. Sin embargo, la ciudadanía, propiamente entendida, puede incorporar diferencias; de hecho, la justicia social solamente se respetará si se hace esto.
Las personas experimentan la solidaridad de forma diferente y separadamente. Esto no es una paradoja, sino un simple hecho de la vida moderna. Sospecho que lo es de la vida social en general, en todos los tiempos y lugares, pero que ahora ha sido puesto en liza por múltiples procesos de diferenciación, rasgos distintivos de nuestro propio tiempo. Aprendemos a ser ciudadanos en muchas asociaciones diferentes: vecindarios, iglesias, sindicatos, grupos de profesionales, partidos y movimientos, asociaciones para una asistencia mutua, etc. Cuanto más intensa sea nuestra participación a este nivel, en estas situaciones, más comprometidos estaremos para ser ciudadanos de una extensa comunidad. La solidaridad debiera estar presente en estos espacios locales y particulares. La solidaridad se construye desde las bases hacia arriba. Los esfuerzos para comenzar por lo alto, las campañas dirigidas por el gobierno para la americanización o rusificación, o las campañas populistas contra los inmigrantes y extranjeros y las “influencias extrañas” reflejan una pérdida de fe en la construcción democrática de la vida común. Estos hechos favorecen una falsa solidaridad, la cual no será capaz de encontrar tests morales o políticos.
El test de la solidaridad, lo que marca una comunidad de cooperación común, es la asistencia mutua –el reconocimiento de nuestros conciudadanos, todos ellos, como hombres y mujeres hacia los cuales tenemos obligaciones en virtud del compañerismo. Ésta es la razón por la cual es tan importante que el compañerismo sea desempeñado concretamente, de forma que estemos realmente comprometidos unos con otros, no todos con todos (ya que no podría ser un compromiso real), pero sí unos con otros, en una gran pluralidad de asociaciones y actividades. La asistencia mutua será una de esas actividades, coexistiendo con otras y derivando de ellas este carácter obligatorio. El Estado solidario nunca funcionará bien y nunca será sostenido en esos momentos difíciles de restricciones presupuestarias, a menos que descanse sobre una sociedad solidaria y que el trabajo de los funcionarios y asistentes sociales esté secundado por el trabajo de principiantes, vecinos, voluntarios..., los cuales son simples ciudadanos. Los hombres y mujeres excluidos deberían formar parte de esta sociedad solidaria, recibiendo apoyo para ayudarse a sí mismos en todos los escenarios locales y de todas las formas concretas posibles, antes de que puedan desenvolverse eficientemente en el más amplio conjunto de la sociedad y en las diferentes esferas de producción y distribución.
Acabo de esbozar un argumento sobre la necesidad del pluralismo como soporte de la libertad, la igualdad y la solidaridad. El pluralismo que sostiene a la libertad está constituido por tradiciones políticas, étnicas, culturales, religiosas... y por los grupos de hombres y mujeres que las sustentan. Sin estas tradiciones y grupos, nunca podríamos adquirir esos mínimos fundamentales (de identidad, carácter y visión del mundo) que hacen coherente la posible elección.
El pluralismo que sostiene la igualdad está constituido, en primer lugar, por diferentes bienes sociales y por las esferas autónomas dentro de las cuales estos bienes son producidos y distribuidos y, en segundo lugar, por hombres y mujeres asociados –trabajadores, profesores, doctores, clérigos, periodistas, funcionarios, etc.– que trabajan dentro de esas esferas y defienden su autonomía. Sin esta defensa, los bienes más importantes serían acaparados por un solo grupo de gente: los más afortunados, los más poderosos, los más favorecidos por cuestión de su nacimiento (o, como, cada vez más probable en estos días, los mejor y más altamente educados); un grupo diferente en diferentes tiempos y lugares, pero con el mismo carácter singular y la misma ansiedad por la dominación.
El pluralismo que sostiene la solidaridad está constituido por todos los grupos y asociaciones cuyos miembros están unidos para sostener una forma de vida, mantener una concepción de justicia o defender un conjunto de intereses. Si por cada individuo hubiera una y sólo una asociación, la solidaridad sería una solidaridad parroquial y limitada, y los conflictos grupales serían intensos, e incluso mortales. Un gran error de los protagonistas de las “políticas identitarias” es ir hacia esta clase de singularidad. De hecho, etnicidad, religión, profesión, trabajo y residencia proporcionan una multiplicidad de identidades, algunas de las cuales están divididas y son ambiguas como resultado de la inmigración, los matrimonios mixtos, la movilidad social, etc. Pero todas estas identidades, múltiples y divididas, están incluidas dentro de los límites de la ciudadanía. Si la singularidad es imposible, no lo son las relaciones mutuas. Los activistas de los diferentes grupos deben tratar unos con otros no como extraños, sino como conciudadanos con similares o, al menos, afines y solapados intereses o preocupaciones.
La política es el arte de convertir ese entramado de acuerdos en un diseño coherente. Sin duda, esto es más difícil cuanto más diferenciadas son las sociedades; el argumento sobre el multiculturalismo en las escuelas refleja estas nuevas dificultades. Al mismo tiempo, la multiplicación de las diferencias trae a más y más gente a participar en la vida política, multiplicando también los lugares y los escenarios tanto para la actividad cooperativa como competitiva. Cuantos más escenarios y lugares, más puertas de acceso, cuantas más asociaciones en las que las culturas sean representadas y los valores sostenidos, más oportunidades para la defensa colectiva de los intereses, cuanto mayor sea el número de hombres y mujeres comprometidos, más libre e igualitaria será la sociedad. Pero no hablo de la libertad autocreada por los individuos para hacer lo que a ellos les plazca; tampoco hablo de la igual posesión de todos los bienes sociales por todos los hombres y mujeres. Éstas no son posibilidades reales y menos aún utopías atractivas. Estoy describiendo libertad e igualdad en formas complejas y socializadas, y mi reivindicación es que realmente pueden emerger coherentemente desde una completa escala de pluralismo.
Para ello es necesaria una pequeña ayuda del Estado. La social democracia fue identificada por mucho tiempo solamente con el Estado y con el proyecto de apoderarse de su poder. Pero, como práctica política, la social democracia debe comenzar, como yo he comenzado, por las múltiples asociaciones de la sociedad civil –entre las que se incluyen, por supuesto, los sindicatos, los partidos, las facciones, los equipos editoriales y los grupos de jóvenes de la social democracia misma. Desde que Robert Michaels escribió su ataque contra “La ley de hierro de la oligarquía”, estas estructuras raramente han sido objeto de reflexión teórica. Sin embargo, la social democracia implica una democratización de la sociedad. Las tendencias oligárquicas presentes en toda organización aumentan las dificultades de este proyecto, pero no necesariamente lo bloquean. La pluralidad de asociaciones (hay alrededor de doscientas mil asociaciones de voluntariado en los Estados Unidos), la posibilidad para la gente de “votar con los pies”1, las rebeliones intermitentes y las reformas institucionales hacen que la oligarquía sea siempre una situación inestable –todo esto sugiere que la democracia en el seno de una sociedad no requiere elecciones libres en cada grupo. De hecho, a veces, estamos satisfechos de ver que hay un cuerpo más o menos permanente de apoderados: ya que no tenemos tiempo para todas las reuniones que un mayor grado de democracia requeriría. Sin embargo, necesitamos algún último recurso contra la tiranía social. Y ese recurso debería proveerlo el Estado democrático.
Puede encontrarse ejemplos de tiranía social en casi todos los grupos que constituyen la sociedad civil. Una de las principales tareas de la crítica social es llamar a cada cosa por su propio nombre y decir: esto es tiranía. Por ejemplo, siempre que algunas asociaciones religiosas o culturales perpetúen a lo largo del tiempo prácticas opresivas (como la negación de educación a sus propias mujeres); o siempre que un conjunto de hombres y mujeres que controlan el mercado o el Estado dominen todo el resto de esferas distributivas; o siempre que todos los grupos, o los más fuertes entre ellos, adopten políticas exclusivistas, negando cada día oportunidades de hacer vida social a los inmigrantes, negros, judíos o cualquier otro grupo estereotipado y degradado con el rótulo “otros”.
En todos estos casos, el poder del Estado es el instrumento necesario para la justicia. Éste tiene que ser introducido en juego con sumo cuidado, ya que es un poder radicalmente desproporcionado, incluso peligroso, en comparación con el de los diferentes grupos que coexisten en la sociedad civil. Por lo tanto, debería ser usado solamente en respuesta al llanto de la opresión y a las demandas de justicia que provienen de la sociedad misma, y solamente en asociación y como soporte a los esfuerzos autodefensivos de los oprimidos. Pero debería ser usado; ya que es la razón de ser del Estado. Y si el Estado está para servir a este propósito, el Estado debería ser más plenamente inclusivo y democrático que ningún otro grupo cuya actividad regule. Sus ciudadanos deberán ser ciudadanos en el pleno sentido de la palabra: educados políticamente, competentes e informados; poseedores de todos los derechos civiles y libertades; y, lo más importante de todo, organizados en la mayor y más amplia gama de partidos, uniones, sindicatos, movimientos, círculos, escuelas, agrupaciones, etc.
El Estado regula la sociedad civil, pero éste se constituye a sí mismo como un Estado democrático por medio de la sociedad civil que regula. La singularidad de la comunidad política universal requiere el particularismo de la vida asociativa y las asociaciones requieren el armazón político del poder del Estado. El Estado depende de las asociaciones y las asociaciones del Estado. Esto no es un círculo vicioso, sino la profunda estructura de la democracia política en sí misma.
No es fácil decir lo que el Estado debería estar haciendo para sostener esta estructura ahora mismo, en un contexto de rápida globalización económica cuyos protagonistas reclaman que el poder del Estado es un anacronismo. Sólo quiero detenerme en un punto que es crucial para cualquier defensa desde la izquierda del pluralismo. Todos los grupos que he descrito, de los cuales dependemos para nuestra libertad individual, igualdad compleja y cooperación social, están amenazados hoy por la hegemonía del mercado:
(1) Las comunidades culturales, históricas, de fe y los compromisos políticos que proporcionan a los individuos el contenido de sus caracteres y que les da la primera experiencia de solidaridad son institucionalmente más débiles que nunca. Las carreras que estas comunidades ofrecen, por ejemplo, a los predicadores, a los líderes sindicales o a los editores de revistas, encuentran sus demandas en el idealismo moral, pero no en la ambición económica. La fidelidad que requieren estas comunidades es incompatible con las formas contemporáneas de movilidad social. Las historias que cuentan son inmediatamente menos excitantes que las de una cultura de masas cada vez más mercantilizada. Y en una sociedad radicalmente individualista y gobernada por las fuerzas del mercado, la ambición económica, la movilidad social y la cultura de masas son cada vez más dominantes.
(2) En todas las esferas de distribución, los grupos que defienden criterios internos –cuidados sanitarios para los enfermos, alojamiento para los sin techo, educación para todos los niños que sean capaces de aprender– están siendo desafiados de forma creciente por la teoría y la práctica (las dos crecieron juntas de un modo que la izquierda debería envidiar) del precio de mercado y del margen de beneficio. Pero el mercado es incapaz de ayudar al creciente número de hombres y mujeres excluidos y no les proporcionará puestos de trabajo ni suscribirá la autonomía de esferas cuya actividad sea ajena al propio mercado.
(3) Los servicios solidarios que se originan dentro de la sociedad civil, las diferentes clases de asistencia mutua esponsorizadas por iglesias, sindicatos y organizaciones fraternas también se encuentran en problemas: durante mucho tiempo, han dependido del subsidio estatal, así como de las contribuciones voluntarias de tiempo y dinero (en Estados Unidos, más del cincuenta por ciento del dinero gastado por organizaciones religiosas en servicios solidarios proviene de fondos públicos); además, los funcionarios están bajo una presión creciente para privatizar y buscar fórmulas de provisión social que sean capaces de generar beneficios. Pero estas fórmulas sólo funcionan correctamente para aquellos a quienes ya les va más o menos bien, dejando atrás un creciente número de hombres y mujeres, los cuales están efectivamente privados de todo, excepto de los más mínimos servicios, que son suministrados por funcionarios mal pagados o por voluntarios exhaustos que sólo disponen de recursos inadecuados.
Todo esto, quizás, es más visible en Estados Unidos que en Europa, pero es la tendencia general en todos los lugares. Y no hay otra forma de resistir esta tendencia excepto invocando a la solidaridad de los ciudadanos y usando el poder del Estado para recaudar y redistribuir el dinero.
La social democracia depende de la vitalidad de la vida asociativa. Pero las asociaciones que más altamente valoramos raramente son rentables económicamente. Las dotaciones culturales que ofrecen son costosas, las formas de autonomía que defienden están en el camino de la mercantilización y los servicios solidarios que organizan generan un beneficio no mesurable. Estos grupos sobrevivirán en cualquier caso, ya que responden a profundas necesidades humanas. Sin embargo, no prosperarán, ni se expandirán o arrastrarán a más gente hacia la participación diaria, a la ayuda a los excluidos a ayudarse a sí mismos, a menos que haya una decisión política a su favor y que el Estado universal selle una alianza social con la particularidad y la diferencia. La sociedad civil –como ha sido tomada desde Hegel– es el reino de la fragmentación. Sin embargo, también proporciona, o puede proporcionar con asistencia política, las condiciones necesarias para la libertad, la igualdad y la solidaridad.
© Dissent y Michael Walzer
Este artículo fue publicado en la revista Dissent (invierno, 1998) bajo el epígrafe “Pluralism and Social Democracy” y constituye una versión revisada de la conferencia pronunciada en el SPD en Octubre de 1996 bajo el título “ La filosofía al encuentro de la política”.

sábado, 11 de abril de 2009

Economia Verde

EL PAÍS
ANÁLISIS
Hace falta una economía verde
JOAQUÍN NIETO 01/03/2009

La reducción de emisiones españolas de gases de efecto invernadero en 2008 ha sido el resultado de varios factores. ¿Ha influido la crisis? Por supuesto, pero sería simplista concluir que tan importante reducción ha sido una consecuencia automática de ésta. El PIB creció un punto en 2008, mientras que las emisiones cayeron varios. El sector donde más han caído ha sido el eléctrico, pero esto no habría sido posible si el sistema español no contara con renovables para sustituir el carbón. Tampoco si el consumo energético no hubiera sido más eficiente por cuarto año consecutivo, corrigiendo el insostenible crecimiento de la intensidad energética de la economía entre 1990 y 2004. Es de esperar que la eficiencia continúe mejorando, pues algunos de los sectores que han entrado en crisis, como la construcción o el transporte, son los más ineficientes.
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La crisis que padecemos no es sólo financiera, sino que sus raíces están en un modelo productivo triplemente insostenible: en lo económico porque no hay nada más insostenible -en España o en EE UU- que una economía sostenida por la especulación inmobiliaria cuya crisis ha arrastrado la de un sistema financiero demasiado desregulado y especulativo; en lo social, porque genera empleos descualificados y muy vulnerables a los cambios de ciclo, y en lo ambiental, porque la presión sobre el territorio ha sido tremenda con las emisiones de CO2 en continuo crecimiento.
La crisis es también una oportunidad para rectificar. Nicholas Stern, en su informe sobre la economía del cambio climático, lo definió como el mayor fracaso del mercado jamás visto. Será necesaria una importante acción pública, como la propuesta de Green New Deal para afrontar la crisis ha inspirado el programa económico de Obama, orientado a las energías renovables, la salud y la educación como ejes del nuevo modelo. De eso se trata.
También España, si el Gobierno fuera capaz de emprender una acción más decidida, tendría una oportunidad extraordinaria. Desplegando masivamente las energías renovables, rehabilitando edificios para hacerlos más eficientes, electrificando el transporte para hacerlo más sostenible, apostando por la investigación en la nueva economía verde... no sólo adoptaría un comportamiento climáticamente responsable, cumpliendo con Kioto, sino que generaría millones de empleos y, sobre todo, podría reubicarse en el nuevo panorama internacional, con una economía más sostenible. Ésa es ahora la cita de la historia.
Joaquín Nieto es presidente de honor de la Fundación Sustainlabour.
PÚBLICO
La hora del "New Deal" verdeJOAQUíN NIETO
La conferencia del clima de Poznan estaba llamada a ser una cumbre de trámite hacia Copenhague 2009. En esta cita se deberán acordar nuevos compromisos que den continuidad al Protocolo de Kioto y consigan reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de forma que su concentración en la atmósfera no supere las 450 partes por millón, evitando así que el calentamiento global del planeta supere los 2º C y, como consecuencia, los efectos catastróficos del cambio climático. Por tanto, aunque Poznan ha sido un trámite, los acontecimientos derivados de la crisis económica y financiera le han dado un significado especial.Las referencias a la crisis han sido continuas, pero no precisamente para frenar la agenda climática, sino más bien al contrario: la gran mayoría de las referencias a la crisis han ido asociadas al Global Green New Deal propuesto por Ban Ki-Moon, quien volvió a reiterar en Poznan su propuesta. Se trata de recuperar la idea de un New Deal como el que puso en marcha Roosvelt en los años 30 para hacer frente a la crisis del 29, pero esta vez el nuevo contrato social tendría un carácter verde, es decir, orientado a la sostenibilidad ambiental. Esa propuesta, bautizada como Green Economy o economía verde –que está basada en el desarrollo de las energías renovables y otras iniciativas para el cuidado del medioambiente–, contempla un relanzamiento diferente de la economía, válido tanto para los países industrializados como para los menos desarrollados, que impulse la creación de millones de empleos ambientalmente sostenibles y socialmente decentes. Otro objetivo es que facilite el acceso a la energía eléctrica a los millones de ciudadanos que hoy no lo tienen, mientras que mitiga los efectos del cambio climático gracias a sus políticas de ahorro energético.La propuesta de Ban Ki-Moon ofrece una nueva perspectiva al abordar la lucha contra el calentamiento global como una oportunidad que dé salida a la profunda crisis financiera y de modelo económico que hoy sacude a nuestra civilización. Esto consiste en reorientar la actividad económica hacia la economía real para que responda a las necesidades de forma eficiente, suministrando los servicios y productos que la sociedad requiere pero sin el derroche de recursos naturales y energéticos que caracteriza al actual modelo. Algunos de estos cambios han sido percibidos por los propios sectores financieros, que se preparan para los nuevos escenarios: un reciente informe para inversores del Deutsche Bank ha suscitado titulares como: “La economía verde puede salvar la crisis económica” o “La inversión verde puede prevenir una recesión severa”…En la dirección opuesta, los Gobiernos más derechistas de la UE, como el italiano o el polaco, han pretendido rebajar sus compromisos con la excusa de la crisis, pero no lo han conseguido. La UE ha mantenido lo esencial de sus objetivos para 2020 en materia de medioambiente: un 20% de reducción de emisiones en relación a 1990, alcanzar el 20% de energías renovables desde el 8,5% actual y lograr un 20% de ahorro energético. El aspecto más criticable del paquete climático europeo –las exageradas concesiones hechas a algunos sectores industriales, a los que se les asignarán gratuitamente el 100% de los derechos de emisión de CO2, lo que contradice el principio de “el que contamina paga”– podría y debería ser corregido por el Parlamento en el proceso de codecisión y, en todo caso, no rebajar el compromiso que mantiene su propuesta de llegar al 30% de reducción de emisiones si en Copenhague se alcanza un acuerdo multilateral.Ahora es el turno de EEUU que, sumido en el proceso de transición presidencial, ha sido el gran ausente de Poznan. De hecho, uno de los principales obstáculos para la agenda climática durante estos años ha sido la Administración Bush. No logró impedir la ratificación del Protocolo de Kioto, pero su rechazo al acuerdo y su negativa a alcanzar nuevos compromisos impidieron cualquier avance significativo. Con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, quien ha afirmado insistentemente la importancia de hacer frente al cambio climático, su apoyo a las energías renovables y el compromiso de reducir las emisiones norteamericanas en un 80% para 2050, llega un nuevo enfoque más esperanzador.Pero el anuncio de Obama de que su objetivo de emisiones para 2020 se limite a dejarlas como en 1990 está muy alejado de las recomendaciones del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU (IPCC) –que aconseja una reducción de entre el 25 y el 40% para los países industrializados– y es demasiado distante del compromiso de la UE de reducir un 30% si hay un nuevo acuerdo. Es verdad que, como EEUU ha aumentado ya un 16,7% sus emisiones en relación a 1990 –mientras que las emisiones europeas han disminuido el 4%–, esmuy difícil que pueda aceptar una reducción de la magnitud de la europea para 2020, dado que situaría sus compromisos de reducción en cerca del 50%. Pero su propuesta actual es inaceptable, pues la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera ha alcanzado las 386 partes por millón, muy cerca de lo estipulado para que se produzca un cambio climático catastrófico. Evitarlo requiere importantes reducciones ya. Tampoco se corresponde con la responsabilidad que EEUU debería asumir teniendo en cuenta que es el principal emisor histórico y, junto a China, el mayor emisor actual, con unas emisiones per cápita de 20 toneladas al año que doblan la media europea, cuadriplican la china y quintuplican la media mundial.Si Obama no modifica sus planteamientos será muy difícil el acuerdo en Cophenague, pues ni la UE estará dispuesta a un reparto de esfuerzos tan desigual, ni los países emergentes aceptarían contribuir al compromiso si el principal emisor no asume el suyo. El nuevo New Deal no sólo tendrá que ser verde, sino también global.
Joaquín Nieto es Presidente de honor de Sustainlabour, fundación para el desarrollo sostenible

La economía del hidrógeno de Jeremy Rifkin


EL PAÍS

Los albores de la economía del hidrógeno

JEREMY RIFKIN
EL PAIS semanal, 27 de Septiembre de 2002.
Jeremy Rifkin es autor de La economía del hidrógeno: la creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra, Paidós, 2002, y presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas de Washington DC
Más de un año después de los atentados terroristas contra las Torres del World Trade Center y el Pentágono, el mundo es un lugar más peligroso que nunca. Y en el corazón del temor colectivo que sigue atenazando a la especie humana se encuentra la lucha por controlar el petróleo, el recurso vital sin el cual nuestra economía global y nuestra sociedad moderna dejarían de existir. Los expertos señalaban que nos quedaba petróleo barato y disponible para unos cuarenta años aproximadamente. Ahora, sin embargo, algunos de los geólogos petrolíferos más importantes del mundo insinúan que la producción mundial de petróleo podría alcanzar su techo y comenzar un drástico descenso mucho antes, ya a finales de esta década, poniendo por las nubes el precio del crudo. El combustible eterno.
Mientras que la era de los combustibles fósiles está entrando en sus últimos años, está naciendo un nuevo sistema energético que tiene el potencial de remodelar radicalmente la civilización. El hidrógeno es el elemento más básico y ubicuo del universo. Es el material de las estrellas y de nuestro Sol y, cuando se aproveche adecuadamente, será el 'combustible eterno'. Nunca se acaba y no produce emisiones nocivas de CO2 al quemarse; sus únicos subproductos son el calor y el agua pura. Estamos en los albores de una nueva economía, movida mediante hidrógeno, que cambiará básicamente la naturaleza de nuestros mercados e instituciones sociales y políticas, de la misma forma que lo hicieron el carbón y la energía de vapor al comienzo de la Era Industrial.
El hidrógeno se encuentra en todos los lugares del planeta, en el agua, en los combustibles fósiles y en todo lo que vive. Pero raras veces existe flotando libremente en la naturaleza; hay que extraerlo de fuentes naturales. En la actualidad, casi la mitad del hidrógeno que se produce en el mundo se obtiene del gas natural a través de un proceso de conversión con vapor. Aunque la utilización del vapor para convertir el gas natural ha demostrado ser la forma más barata de producir hidrógeno comercial, el gas natural es un hidrocarburo y emite CO2 en el proceso de conversión. Además, es probable que la producción mundial de gas natural alcance su techo en algún momento entre 2020 y 2030, y creará una segunda crisis de energía que le pisará los talones a la crisis del petróleo.
Sin embargo, hay otra forma de producir hidrógeno sin utilizar combustibles fósiles en el proceso. Se podrían aprovechar fuentes renovables de energía -eólicas, fotovoltaicas, hídricas, geotérmicas, de biomasa- para producir electricidad. La electricidad, a su vez, se puede utilizar, mediante un proceso llamado electrólisis, para separar el hidrógeno y el oxígeno del agua. El hidrógeno puede ser luego almacenado en una célula energética, una pila electroquímica para generar electricidad que produzca energía, luz y calor, y ser utilizado cuando se necesite. La gente pregunta a menudo para qué producir electricidad dos veces, primero para conseguir electricidad para el proceso de electrólisis y luego otra vez para generar energía, calor y luz mediante una célula de combustible. La razón es que la electricidad no se almacena. De modo que si el Sol no brilla, o el viento no sopla, o el agua no fluye, no se puede generar electricidad y la actividad económica se detendría en seco.
El hidrógeno es una forma de almacenar fuentes renovables de energía para garantizar un abastecimiento permanente y continuo de energía para la sociedad. Por consiguiente, es realmente una cuestión de costes. La energía eólica, hídrica y de biomasa ya tienen un coste competitivo en muchas partes del mundo y pueden emplearse para generar electricidad para el proceso de electrólisis. Sin embargo, los costes de la energía fotovoltaica y geotérmica siguen siendo altos y tendrán que bajar considerablemente para hacer que sea competitivo el proceso de conversión del gas natural mediante vapor en la producción de hidrógeno. Compartir la energía entre iguales. Ahora mismo se están introduciendo pilas comerciales que utilizan el hidrógeno como combustible para uso doméstico, comercial e industrial. Los principales fabricantes de automóviles han gastado más de 2.000 millones de dólares en el desarrollo de coches, autobuses y camiones de hidrógeno, y se espera que los primeros vehículos producidos en serie estén en la carretera dentro de sólo unos años.
La economía del hidrógeno posibilita una enorme redistribución del poder, con consecuencias trascendentales para la sociedad. El actual flujo de energía centralizado desde arriba, controlado por las empresas petrolíferas y las empresas de servicios, quedará obsoleto. En la nueva era, todo ser humano podrá convertirse en productor además de consumidor de su propia energía, la denominada 'generación distribuida'. Cuando millones de usuarios finales conecten sus pilas de combustible a Redes de Energía de Hidrógeno [HEW, siglas en inglés] locales, regionales y nacionales, utilizando los mismos principios de diseño y tecnologías inteligentes que han hecho posible la Red Mundial [World Wide Web], podrán comenzar a compartir energía -entre iguales-, creando una nueva forma descentralizada de su uso. En la economía del hidrógeno, hasta el automóvil será una 'central eléctrica con ruedas', con una capacidad generadora de 20 kilovatios. Dado que el coche medio está aparcado la mayor parte del tiempo, se podrá enchufar, durante el tiempo que no se utilice, a la casa, a la oficina o a la principal red interactiva de electricidad, y proporcionar electricidad extra a la red. Con que sólo el 25% de los conductores utilizasen sus coches como centrales eléctricas para devolver energía a la red, se podrían eliminar todas las centrales eléctricas del país.
Las empresas eléctricas tendrán que aceptar la realidad de que millones de operadores locales, que generen electricidad sobre el terreno a partir de pilas de combustible, pueden producir más energía y más barata que las actuales centrales eléctricas gigantescas. Cuando los usuarios finales se conviertan también en productores de su energía, las actuales centrales eléctricas podrán cambiar de papel y convertirse en 'centrales eléctricas virtuales', que fabriquen y comercialicen pilas de combustible, agrupen servicios energéticos y coordinen el flujo de energía por las actuales redes eléctricas.
El hidrógeno tiene el potencial de poner fin a la dependencia que el mundo tiene del petróleo importado y de ayudar a difuminar el peligroso juego geopolítico que se está dando entre los militantes musulmanes y los países occidentales. Reducirá drásticamente las emisiones de dióxido de carbono y mitigará los efectos del calentamiento global. Y dado que es tan abundante y existe en todas las partes del mundo, todos los seres humanos dispondrán de energía, convirtiéndose en el primer sistema energético verdaderamente democrático de la historia. Energía para los pobres.
Increíblemente, el 65% de la población del mundo no ha hecho una sola llamada de teléfono, y un tercio de la especie humana no tiene acceso a la electricidad ni a ninguna otra forma de energía comercial. La disparidad entre los conectados y los no conectados es profunda y amenaza con volverse todavía más pronunciada a lo largo de los próximos cincuenta años, teniendo en cuenta que está previsto que la población aumente de los actuales 6,2 mil millones a 9 mil millones. La mayor parte del aumento de población tendrá lugar en el mundo en vías de desarrollo, donde se concentra la pobreza. La falta de acceso a la energía, y especialmente a la electricidad, es un factor clave en la perpetuación de la pobreza en el mundo. Por el contrario, el acceso a la energía significa más oportunidades económicas. En Suráfrica, por ejemplo, por cada 100 hogares dotados de electricidad se crean entre 10 y 20 empresas nuevas.
La electricidad libera a la mano de obra humana de las tareas de supervivencia diarias. En los países pobres en recursos, el solo hecho de encontrar suficiente leña o estiércol para calentar una casa o cocinar los alimentos puede suponer varias horas al día. La electricidad proporciona energía para manejar el equipo agrícola, poner en funcionamiento pequeñas fábricas y talleres de artesanía e iluminar hogares, escuelas y empresas. Hoy en día, el uso per cápita de energía en todo el mundo en vías de desarrollo es sólo una quinceava parte del consumo en EE UU. La media global per cápita para todos los países es sólo una quinta parte del nivel en Estados Unidos. La única forma de sacar a millones de personas de la pobreza es realizar el cambio a un sistema energético basado en el hidrógeno -utilizando fuentes renovables y tecnologías para producir hidrógeno- y crear redes energéticas de generación distribuida que puedan conectar a las comunidades de todo el mundo.
Para acortar las diferencias entre los ricos y los pobres en primer lugar es necesario estrechar las diferencias entre los conectados y los desconectados. Según vaya disminuyendo el precio de las pilas de combustible y de los aparatos eléctricos que las acompañan gracias a las innovaciones y a la economía de escala, resultarán cada vez más asequibles, al igual que ha sucedido con los transistores, los ordenadores y los teléfonos móviles. Es necesario presionar a los gobiernos nacionales y las instituciones de préstamos mundiales para que ayuden a proporcionar apoyo financiero y logístico para la creación de una infraestructura energética del hidrógeno. El objetivo debería ser proporcionar pilas de combustible fijas para cada barrio y aldea del mundo en vías de desarrollo.
La era de los combustibles fósiles trajo consigo una infraestructura energética fuertemente centralizada, y con ella, una infraestructura económica que favorecía a unos pocos frente a la mayoría. Ahora, en la cúspide de la Era del Hidrógeno, es posible imaginar una infraestructura energética descentralizada, el tipo de infraestructura que podría respaldar la democratización de la energía y permitir a los individuos, a las comunidades y a los países reivindicar su independencia. Al redistribuir la energía a todos en general, será posible establecer las condiciones para un reparto verdaderamente equitativo de las riquezas de la Tierra. Ésta es la esencia de la política de la reglobalización de abajo arriba. La economía del hidrógeno está a la vista. La rapidez con que lleguemos a ella dependerá de lo decididos que estemos a abandonar el petróleo y los otros combustibles fósiles. ¿A qué estamos esperando?

EL PAÍS

CRÍTICA: LIBROS
La democratización de la energía

La economía del hidrógeno
N. M. 12/08/2007

El hidrógeno es el elemento más básico y ubicuo del univers, la materia de la que están hechos el sol y las estrellas. En este inicio del siglo XXI, el hidrógeno puede paliar la dependencia del mundo respecto a las importaciones de petróleo y contribuir a enfriar el peligroso juego geopolítico que se genera entre algunos países productores y el mundo occidental. Además, el uso del hidrógeno como nueva fuente de energía supondría un recorte espectacular de las emisiones de dióxido de carbono y mitigaría los efectos del calentamiento global. Esta es la tesis de Jeremy Rifkin, profesor del Executive Education Program de la Wharton School, presidente de la Foundation on Economics Trens de Washington DC y autor de bestsellers como El fin del trabajo, La era del acceso y El sueño Europeo.
La economía del hidrógeno
Jeremy Rifkin
Ediciones Paidós Ibérica
ISBN 978-84-493-1960-0
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Pero, subraya Rifkin, ello no garantiza que el hidrógeno vaya a ser compartido de forma justa y equitativa entre todos los pueblos. La cuestión, afirma, depende en buena medida de cómo valoremos el hidrógeno: ¿será visto como un recurso compartido, igual que los rayos del sol o el aire que respiramos?, ¿como una mercancía que se compra y se vende en el mercado?, ¿o tal vez como algo intermedio?
Pero, si bien es cierto que el hidrógeno está en todas partes y que, por lo tanto, no es un recurso escaso, el ingenio humano debe arrancarlo de su entorno y explotarlo para generar electricidad. El proceso de extracción requiere cierta inversión de tiempo, trabajo y capital, al igual que su almacenamiento y utilización. Sin embargo, prosigue razonando el autor, a medida que baje el coste de producir energía a partir del hidrógeno su estatus como patrimonio común seguirá ganando terreno, porque está distribuido de forma homogénea por todo el mundo y porque, a diferencia de lo que ocurre con los combustibles fósiles, los recursos de hidrógeno son ilimitados. Así que es posible imaginar un futuro -"tal vez sólo de un centenar de años"- en el que producir cantidades ilimitadas de hidrógeno tenga un coste cercano a cero. Este esquema, por otra parte, requerirá un diseño radicalmente nuevo que ponga las actividades públicas y privadas, lucrativas y no lucrativas, en una relación simbiótica que refleje tanto el aspecto privado como el aspecto comunitario del nuevo régimen energético.
Y aquí Rifkin se lanza a la utopía. Parte de la base de que la generación distribuida propiciará que todas las familias, las empresas, los barrios y las comunidades del mundo se convertirán potencialmente en productores, consumidores y vendedores de su propio hidrógeno y electricidad. Las pilas de combustible estarán ubicadas geográficamente en los mismos lugares donde el hidrógeno y la electricidad serán producidos y en parte consumidos, razón por la que la capacidad de integrar grandes cantidades de productores-usuarios en asociaciones será fundamental para descentralizar el poder energético y para promocionar la concepción democrática de la energía...
Así que, insiste Rifkin, la economía del hidrógeno va a traer consigo una nueva forma de entender la sociología de nuestra existencia, igual que sucedió con la era de los combustibles fósiles. Y es que esa "democratización de la energía" planteará inevitablemente la cuestión de si deberíamos reorganizar las instituciones políticas y las fronteras existentes, ya que en la economía del hidrógeno, con su red energética descentralizada y democratizada, se pueden establecer asentamientos humanos adaptados a las bio-regiones, eco-regiones y geo-regiones que reflejan los patrones de asentamiento de las comunidades bioquímicas del planeta. Rifkin concluye, pues, que la creación de una arquitectura económica y social que constituya un microcosmos de la propia fisiología de la Tierra abre un nuevo mundo de posibilidades de naturaleza afirmativa y regeneradora de nuestra especie. Una posibilidad cuyo fracaso no descarta el propio Rifkin si nos desviamos hacia un escenario de "proyectos frustrados y oportunidades perdidas".

RESEÑA EDITORIAL


La economía del hidrógeno

La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra
"Se acaba el petróleo" afirman los científicos. Sin embargo, a juzgar por nuestra vida diaria, nadie diría que esto sea verídico. En nuestras casas, la luz no se apaga si nosotros no queremos, las calles permanecen toda la noche iluminadas, aviones y barcos hacen miles de trayectos atravesando el mundo. Muchos de los materiales plásticos de nuestros hogares sólo pueden fabricarse a partir de petróleo, incluso nuestros alimentos son cultivados con ayuda de combustibles fósiles. Esta vida cómoda y despilfarradora de los habitantes de los países ricos es posible gracias al petróleo. ?Hay alguien que pueda imaginar la vida sin el oro negro?Los geólogos no se ponen de acuerdo sobre cuándo se llegará a lo que llaman el punto de no retorno, es decir, cuando las reservas mundiales de petróleo se habrán consumido hasta la mitad. Los más optimistas hablan de cuarenta años, otros afirman que a finales del 2010 el petróleo se pondrá por las nubes. En cualquier caso, que no se pongan de acuerdo en las fechas no invalida que realmente la era del petróleo está llegando a su fin.
Jeremy Rifkin, autor ya conocido por sus vaticinios en estos temas, apunta de forma implacable que podemos vencer en el final de la era del petróleo. La economía del hidrógeno presenta a este elemento como la fuente energética revolucionaria de nuestro futuro inmediato. Las principales ventajas que posee el hidrógeno justifican esta creencia: es un elemento que se puede generar en cualquier lugar; está presente en todo el universo, tanto en el agua como en los combustibles fósiles y en todos los seres vivos; nunca se acaba y su combustión no produce emisiones nocivas de dióxido de carbono como el petróleo. Lo que sucede es que muy raras veces se encuentra en estado libre, con lo cual resulta clave encontrar la manera de explotarlo efectivamente.Esta tecnología que hará posible su uso ya está al alcance de todos y, lo que es más importante, permite que el propio usuario se convierta en productor de energía. La producción de hidrógeno a través de las denominadas pilas de combustible permitirá que los automóviles generen electricidad con hidrógeno, y que también la generemos desde nuestras casas. Con unas placas solares en nuestro tejado, podremos fabricar electricidad durante el día que se almacenará en forma de hidrógeno que podremos usar por la noche.
Ésta es la gran revolución que representa el hidrógeno. Ahora bien, no debemos olvidar que este elemento se puede generar con energías renovables o a partir de combustibles fósiles. El reto está en conseguir que éste no se obtenga con ayuda del petróleo.Acabar con el petróleo supone poner fin a la contaminación y frenar el cambio climático. Pero Rifkin ya nos advierte de la importancia de garantizar la esencia democratizadora del hidrógeno; garantizar la autonomía de pueblos y personas que posibilita este elemento al ubicarse en cualquier parte, para evitar que de nuevo sean unos pocos los que dominen su explotación.