miércoles, 2 de febrero de 2011

Reivindicación de Solana - La Vanguardia - 2010

Reivindicación de Solana
Esta tarde en la Biblioteca Nacional se presenta el libro 'Reivindicación de la política'
Política 28/09/2010 - 12:47h Actualizado el 04/10/10 - 11:19h
MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Esta tarde en la Biblioteca Nacional se presenta el libro Reivindicación de la política. Veinte años de relaciones internacionales, de Javier Solana en conversación con Lluís Bassets. La invitación señala que además de ellos intervendrán Felipe González y Jorge Semprún. Como suele pasar en estas ocasiones, la presencia de grandes personalidades tiende a favorecer el vértigo de la prensa, así que el libro tiene muchas probabilidades de evaporarse en ese previsible tumulto, que se polariza en torno a los campos magnéticos de de la actualidad, tantas veces enmascaradora de la realidad. Javier Solana (Madrid, 1942), a partir de la victoria socialista en 1982, fue ministro en todos los gobiernos de Felipe González. De modo sucesivo ocupó las carteras de Cultura, Educación y Ciencia y Exteriores, además de ejercer como portavoz. Entró en el sanctasanctórum de las instituciones anglosajonas al ser elegido secretario general de la OTAN e instalarse en Bruselas el 18 de diciembre de 1995. En 1999 hizo la mudanza sin cambiar de ciudad y pasó a ser Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) hasta diciembre del 2009. Reivindicación de la política es una primera salida al ruedo para dar cuenta de veinte años en la órbita internacional. Sostiene Heisenberg que "no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla". En este caso, los modos son los del periodista Lluís Bassets, a partir de una hoja de ruta acertada y rigurosa. Solana empieza por llevarnos a la Polonia de Jaruzelski, uno de esos "héroes de la retirada". Después le acompañamos a encuentros con los primeros espadas americanos, rusos, chinos, ucranianos, georgianos, iraníes, franceses, británicos, alemanes, israelíes, palestinos; a las negociaciones para la paz y para la guerra; a la ampliación de la Alianza, o su nuevo concepto estratégico en la OTAN. Le vemos inventarse la Iniciativa de Defensa Europea, la Política Europea de Seguridad y Defensa (PESD) o la formación de los grupos de combate tácticos. Pero lo más interesante, Solana revela su concepción de la política y su modus operandi, además de fijar criterios muy determinados sobre problemas clave.

El ultimo soñador de la izquerda - El País - 2010

Congreso de los laboristas británicos
El último soñador de la izquierda
Ed Miliband se ha forjado a la sombra del ex primer ministro Gordon Brown
W. O. - Manchester - 26/09/2010
El pequeño de los hermanos Miliband, Ed, ha pasado la mayor parte de su vida a la sombra de su hermano mayor, David: nació cuatro años después que él, fue a la misma escuela en el norte de Londres, siguió sus pasos en el mismo college en Oxford, entró en el Parlamento también cuatro años después y en el Gobierno prácticamente cuando tenían la misma edad. Siempre lo mismo, pero cuatro años después.
El vencedor es un 'viejo laborista' aceptado por los leales a Blair
¿Siempre lo mismo? No exactamente. Mientras David forjó su carrera política a la sombra de Tony Blair, Ed lo hizo a la de Gordon Brown. Mientras David fue siempre visto como un académico y un intelectual -aunque de los dos hermanos fue el que peores notas sacaba de niño-, y de carácter frío y con más apoyos entre la inteligentsia del laborismo, Ed destacaba por su carácter cálido, su capacidad para intermediar entre amigos que discutían y su facilidad para conseguir apoyos en el seno de los sindicatos.
Edgard Samuel Miliband nació en la Nochebuena de 1969 en Londres, en el seno de una familia judía de origen polaco. Su padre era el ya fallecido teórico marxista Ralph Miliband, que nació en Bruselas y huyó de Bélgica con destino a Inglaterra tras la invasión nazi. Su madre, Marion Kozak, era alumna de Ralph en la London School of Economics cuando se conocieron. Se casaron en 1961.
El joven Ed estudió en una escuela del norte de Londres en la que la variedad étnica de los alumnos hacía que se hablaran 64 lenguas distintas. Ese primer contacto con la realidad le inculcó, como a su hermano, el virus del igualitarismo, al ver que compañeros con mejor intelecto que él fracasaban en los estudios porque su entorno personal les impedía aprovechar mejor las oportunidades. Se graduó luego en el Corpus Christi College de Oxford y completó sus estudios en la London School of Economics. Tras una efímera etapa como periodista de televisión, en 1993 empezó a trabajar como investigador político para la diputada laborista Harriet Harman, y al año siguiente se incorporó al equipo del entonces canciller del Exchequer en la sombra, Gordon Brown, junto al que forjaría su carrera política. En 1997, al llegar los laboristas al Gobierno, Ed fue nombrado asesor especial de Brown con la responsabilidad específica de escribir sus discursos.
Su lealtad a Brown nunca estuvo en cuestión pero jamás llegó a impregnarse del sectarismo tribal del entorno del ambicioso ministro del Tesoro, lo que le convirtió en uno de los pocos brownitas capaces de relacionarse con los enemigos blairistas y de ser un interlocutor bien recibido en Downing Street.
Tras pasar un año sabático en Harvard en 2003-04, Ed Miliband consiguió entrar en los Comunes al ganar el escaño de Doncaster North (South Yorkshire) en las elecciones de 2005. En mayo de 2006 empezó su carrera en el Gobierno como secretario parlamentario del Cabinet Office, una especie de Ministerio de la Presidencia, y en junio de 2007, con el acceso de Gordon Brown a Downing Street, entró en el Gabinete como secretario de Estado (ministro, en la jerga política británica) del Cabinet Office y canciller del Ducado de Lancaster. En ese momento los Miliband se convirtieron en los primeros hermanos que coincidían en el Gabinete desde los tiempos de Edgard y Oliver Stanley en 1938. En junio de 2008, Brown ascendió al joven Ed al rango de ministro de Energía y Cambio Climático.
Al igual que David, Ed Miliband bebió debate intelectual desde niño a la sombra de su padre y su madre y al calor de tertulias caseras con personajes míticos de la izquierda británica como Tony Benn o Ken Livingstone, habituales en las tertulias de sobremesa de los Miliband en la casa familiar de Primrose Hill.
Pero mientras David se vio atraído por el pragmatismo reformista del Nuevo Laborismo, en Ed acabaron pesando más las influencias estatalistas de su padre, Ralph. Su victoria de ayer y su proclamación como nuevo líder del Partido Laborista significa que el partido en su conjunto cree que es hora de volver a esos orígenes. A pesar de la opinión de influyentes personajes del entorno laborista como el economista Hill Hutton, que la semana pasada advertía desde las páginas de The Observer: "Ralph y Ed Miliband eran y son buena gente. Pero es David, a pesar de sus lemas a veces opacos, quien ofrece al centro-izquierda británico su mejor oportunidad para poner en práctica sus valores". Entre el pragmatismo de David y el romanticismo de Ed, los laboristas han elegido soñar.

Tres izquierdas compiten en las urnas en Venezuela - Público - 2010

Tres izquierdas compiten en las urnas en Venezuela
Un mosaico político lleno de matices se muestra en las elecciones legislativas de hoy
DANIEL LOZANO 26/09/2010 00:10

El entierro de Maja Poljak reunió a enemigos que parecían irreconciliables en la Venezuela polarizada, donde todo se reduce en estar a favor o en contra de Chávez. La viuda del luchador izquierdista Cruz Villegas, fallecida el pasado agosto, consiguió así en muerte que el vicepresidente Elías Jaua y otras figuras del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) alternaran con líderes de la oposición. En los corrillos que se formaron, un comentario se elevaba sobre el silencio respetuoso: "Los Villegas han logrado reunir a tirios y troyanos".
Por supuesto tampoco faltaron los hijos de tan combativa familia. Tres de ellos, periodistas como sus padres, son paradigma perfecto de lo que es hoy la izquierda en Venezuela. Ernesto Villegas es fiel seguidor del presidente Chávez y dirige el periódico gratuito Ciudad Caracas, con el que pretende dar voz a los avances sociales del Gobierno. Su hermano Vladimir milita en Patria Para Todos (PPT) y se juega su futuro político hoy como candidato a diputado por el estado de Lara. Y Mario, tercero en discordia y que se siente tan de izquierdas como sus hermanos, está alineado con la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y sueña con la derrota de Chávez en las trascendentales elecciones parlamentarias. Los tres hermanos, hijos del luchador comunista Villegas, son las tres izquierdas que pelean en la Venezuela revolucionaria. Las tres izquierdas que hoy también se enfrentan en las urnas.
"Ni toda la derecha está en la oposición ni toda la izquierda con el Gobierno", dice Vladimir
Asustados por la revolución
"Ni toda la derecha está en la oposición, ni toda la izquierda con el Gobierno. Es más, en el Gobierno también convive la derecha y en la oposición, la izquierda. Hay sectores de izquierda, más o menos radicales, en ambos bandos. Incluso en Venezuela existe una izquierda militar, más militar que de izquierdas", explica Vladimir Villegas, fiel reflejo del desencanto de un progresismo alineado con Chávez durante muchos años.
Su hermano Ernesto lo ve a su manera: "Hay muchos que se definen de izquierda y que protagonizaron luchas populares desde la oposición al sistema, pero que se asustan cuando por fin ven posibilidades de materializar una revolución".
Asustado o decepcionado, el romance de Vladimir con Chávez empezó a quebrarse con el intento de reforma constitucional de 2007, derrotada inicialmente en un plebiscito, pero impuesta finalmente por el rodillo parlamentario del bloque gubernamental y tras la repetición del referéndum en 2009. "Ahí se inició mi proceso de deslinde. Esa reforma introducía elementos contrarios a nuestra Constitución de 1999, en la que yo participé. Pretendían dar forma a un sistema de gobierno personalista y de pensamiento único, además de querer acabar con la diversidad", enfatiza Vladimir.
La actual campaña electoral también ha debatido la "profundización radical" que pretende Miraflores y sus vinculaciones con Cuba. La oposición ha echado en caraal Gobierno que mantenga su "agenda marxista", cuando incluso los cubanos han iniciado un viaje hacia una especie de socialismo de mercado a la caribeña. Chávez felicitó el viernes a Raúl y a Fidel por actualizar el socialismo: "Me parece un gesto muy valiente, porque allá no existe comunismo, sino socialismo cubano".
El líder bolivariano, campeón electoral de América Latina (ha vencido en 11 elecciones o referendos, con una sola derrota en 2007), ironizó sobre la oposición: "Los escuálidos nos acusan de que estamos copiando el modelo comunista de Cuba. Nuestro modelo es otro, tiene otras variantes y otra dinámica".
"Nuestra izquierda siempre estuvo marcada por la división", afirma el historiador García Ponce
Vladimir explica su alejamiento del poder por la "distorsión del pensamiento socialista, el dogmatismo y la deriva hacia el pensamiento único". Y es exactamente en estas aguas en las que quiere pescar el PPT, un partido conocido por poseer cuadros dirigentes preparados y una base electoral pequeña. A ellos se ha unido Henry Falcón, el gobernador más popular del país y hoy "traidor y defensor del imperio y de la burguesía" por abandonar la nave presidencial. "Somos una esperanza posible en un país de extremismos políticos", clama Falcón.
"La izquierda venezolana siempre estuvo marcada por la división", rememora Antonio García Ponce, respetado historiador y politólogo autor de Adiós a las izquierdas. "Ocurrió durante la dictadura de Gómez que se fundaron el Partido Comunista y el grupo de Rómulo Betancourt. Todos los intentos de unidad fracasaron y así nació Acción Democrática (AD). Incluso con el tiempo los comunistas se lanzaron a la lucha armada divididos en tres grupos".
Forzada convivencia
Uno de esos guerrilleros fue Teodoro Petkoff, director del periódico Tal Cual y líder intelectual de la oposición antichavista, unificada en la Mesa de la Unidad Democrática. Petkoff es otro de los ejemplos de que la izquierda no se alinea exclusivamente con Chávez. Pero no es el único. También están el Movimiento al Socialismo, Podemos (dirigido por Ismael García, que lideró la toma popular de Miraflores tras el golpe del 2002) e, incluso, Bandera Roja, que se proclama marxista leninista. Más de un sapo se tragarán a diario en esta forzada convivencia con partidos situados en las antípodas de sus idearios, como Primero Justicia, muy cercana a Aznar, o a la propia AD, un conglomerado descafeinado que sobrevive como puede a la nueva era política. En palabras del sorprendente Jorge Vestrynge, antigua mano derecha de Fraga travestido durante años en oráculo de Chávez, la derecha venezolana parece marxista-leninista en comparación con la española.
El gobernador más popular del país dejó la nave presidencial por otro partido
Sentimiento contrario al que el líder bolivariano mantiene con el Partido Comunista de Venezuela y con la radical UPV, los dos únicos aliados que le quedan tras la unificación de pequeñas fuerzas en el PSUV y el abandono de los disidentes. "Con todos los defectos que pueda tener, la Revolución bolivariana es la única alternativa que confronta con posibilidades de éxito al capitalismo", apuesta Ernesto Villegas.
El matrimonio Villegas-Poljak combatió codo con codo contra la injusticia y por un mundo mejor. Los tres hermanos continúan hoy la herencia de sus padres. Cada uno en su trinchera.

¿Como construir una economia verde? - Paul Krugman - E País - 2010

REPORTAJE: Primer plano
Cómo construir una economía 'verde'
Sabemos cómo frenar el calentamiento de la Tierra, y los costes son asumibles. Hace falta voluntad política, según expone el premio Nobel de Economía de 2008
Si escuchan a los climatólogos -y a pesar de la implacable campaña para desacreditar su trabajo, deberían escucharlos-, hace ya mucho que habría que haber hecho algo respecto a las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Aseguran que, si seguimos como hasta ahora, nos enfrentamos a una subida de las temperaturas mundiales que será poco menos que apocalíptica. Y para evitar ese Apocalipsis tenemos que acostumbrar a la economía a dejar de usar combustibles fósiles, sobre todo carbón.
Hace mucho que habría que haber hecho algo sobre las emisiones de CO2
La incertidumbre es un argumento a favor de medidas más fuertes
Se precisan incentivos de mercado y controles del uso de carbón
No habrá solución sin la participación de las economías emergentes
Evitar la catástrofe es más importante que mantener los mercados abiertos
La probabilidad de un desastre absoluto debe dominar el análisis
La política debe tener mucha más perspectiva que los mercados
La economía debe acostumbrarse a no usar combustibles fósiles
Los cálculos sobre el calentamiento han subido radicalmente
Si los chinos no quieren participar, harán falta el palo y la zanahoria
Un clima más cálido haría que el mundo fuese más pobre
Tiene que renacer el apoyo político a la actuación contra el cambio climático
El panorama inmediato no parece prometedor
Poniendo precio a las emisiones se pueden obtener grandes resultados
Reducir el CO2 ralentizará la economía, pero no demasiado
EE UU y la UE podrían plantearse imponer aranceles al carbono
Las pérdidas podrían llegar al 5% del PIB mundial, o incluso más
Las emisiones de hoy influirán sobre la atmósfera durante décadas
El cambio de actitud más soprendente es el de John McCain
¿Pero es posible realizar recortes drásticos en las emisiones de gases de efecto invernadero sin destruir la economía? Al igual que el debate sobre el cambio climático, el debate sobre la economía climática tiene un aspecto muy distinto visto desde dentro, en comparación con el aspecto que suele tener en los medios de comunicación populares. El lector ocasional podría tener la impresión de que hay dudas reales sobre si las emisiones pueden reducirse sin infligir un daño grave a la economía. De hecho, una vez que uno filtra las interferencias generadas por los grupos de presión, descubre que los economistas medioambientales en general coinciden en que con un programa basado en el mercado para hacer frente a la amenaza del cambio climático -uno que limite las emisiones poniéndoles un precio- se pueden obtener grandes resultados con un coste módico, aunque no despreciable. Sin embargo, hay mucho menos consenso en cuanto a la rapidez con la que deberíamos actuar, si los esfuerzos de conservación importantes deben ponerse en marcha casi de inmediato o intensificarse gradualmente a lo largo de muchas décadas.
En los párrafos siguientes presentaré un breve informe sobre la economía del cambio climático, o más exactamente, la economía de la reducción del cambio climático. Trataré de exponer los asuntos sobre los que hay un acuerdo amplio, así como aquellos que siguen siendo objeto de importantes disputas. Pero primero, una introducción a la economía básica de la protección medioambiental.
ECONOMÍA MEDIOAMBIENTAL 101
Si hay una única verdad fundamental en la economía, es esta: las transacciones entre personas mayores de edad generan beneficios mutuos. Si el precio consensuado de un artilugio es de 10 dólares y compro uno, debe de ser porque ese artilugio vale más de 10 dólares para mí. Si uno vende un artilugio a ese precio, debe de ser porque fabricarlo le cuesta menos de 10 dólares. Por tanto, comprar y vender en el mercado de los artilugios redunda en beneficio tanto de los compradores como de los vendedores. Es más, un análisis pormenorizado demuestra que si hay una competencia real en el mercado de los artilugios, de tal modo que el precio termine por hacer coincidir el número de artilugios que la gente quiere comprar con el de artilugios que otra gente quiere vender, la consecuencia es que los beneficios de productores y consumidores se maximizan. Los mercados libres son eficientes (lo que en jerga económica, al contrario que en el lenguaje coloquial, significa que nadie puede mejorar su situación sin empeorar la situación de otro).
Pero la eficiencia no lo es todo. En concreto, no hay razón para suponer que los mercados libres generarán un resultado que consideraremos justo o equitativo. De modo que el argumento de la eficiencia del mercado no dice nada sobre si deberíamos tener, por ejemplo, alguna forma de seguro sanitario garantizado, ayuda a los pobres y demás. Pero la lógica de la economía básica dice que deberíamos tratar de alcanzar objetivos sociales mediante intervenciones posmercado. Es decir, deberíamos dejar que los mercados cumplan su función, haciendo un uso eficiente de los recursos del país, y luego emplear los impuestos y las transferencias para ayudar a aquellos a quienes el mercado pasa por alto.
Pero, ¿y si un acuerdo entre personas mayores de edad supone un coste para personas que no forman parte del intercambio? ¿Qué pasa si alguien fabrica un artilugio y yo lo compro, con beneficios para ambos, pero el proceso de producir ese artilugio conlleva verter residuos tóxicos en el agua potable de otras personas? Cuando hay "efectos externos negativos" -costes que los agentes económicos imponen a otros sin pagar un precio por sus acciones- se esfuma cualquier suposición de que la economía de mercado, si se la deja a su aire, hará lo que debe. Entonces, ¿qué hacemos? La economía medioambiental trata de dar respuesta a esa pregunta.
Un modo de hacer frente a los efectos externos negativos es dictar normas que prohíban o al menos limiten los comportamientos que impongan costes especialmente altos a otros. Eso es lo que hicimos durante la primera gran oleada de legislación medioambiental a principios de los años setenta: se exigió que los coches cumpliesen unas normas sobre las emisiones de los compuestos que provocan la niebla tóxica, se exigió a las fábricas que limitasen el volumen de residuos que vertían a los ríos, y así sucesivamente. Y ese método dio sus frutos; el aire y el agua de Estados Unidos se volvieron mucho más limpios durante las décadas siguientes.
Pero aunque la regulación directa de las actividades contaminantes tiene sentido en algunos casos, es enormemente defectuosa en otros, porque no deja ningún margen para la flexibilidad o la creatividad. Pensemos en el mayor problema medioambiental de los años ochenta: la lluvia ácida. Resultó que las emisiones de dióxido de azufre de las centrales eléctricas tendían a combinarse con el agua siguiendo la dirección del viento y a generar ácido sulfúrico, que destruía la flora (y la fauna). En 1977, el Gobierno hizo su primer intento de abordar el problema y recomendó que todas las centrales nuevas alimentadas con carbón tuviesen depuradoras que eliminasen el dióxido de azufre de sus emisiones. Imponer una norma estricta a todas las centrales era problemático, porque modernizar algunas centrales más antiguas habría resultado extremadamente caro. Sin embargo, al regular únicamente las centrales nuevas, el Gobierno desaprovechó la oportunidad de lograr un control de la contaminación bastante barato en centrales que eran, de hecho, fáciles de modernizar. Salvo mediante una adquisición federal de facto del sector eléctrico, con funcionarios federales dictando instrucciones específicas para cada central, ¿cómo podía resolverse este dilema?
Entra en escena Arthur Cecil Pigou, un catedrático británico de principios del siglo XX cuyo libro de 1920, The economics of welfare (La economía del bienestar), suele considerarse la base de la economía medioambiental.
Aunque en cierto modo resulte sorprendente, teniendo en cuenta su actual condición de padrino de la ciencia medioambiental altamente desarrollada desde un punto de vista económico, Pigou no hizo verdaderamente hincapié en el problema de la contaminación. Más que centrarse en, por ejemplo, la famosa niebla de Londres (en realidad, niebla tóxica acre, provocada por millones de fuegos de carbón), abría su disertación con un ejemplo que debió de parecer cursi incluso en 1920, un caso hipotético en el que "las actividades de conservación de la caza menor de un ocupante conllevan la invasión de las tierras de un ocupante vecino por los conejos". Pero da igual. Lo que Pigou enunciaba era un principio: las actividades económicas que imponen costes no recíprocos a otras personas no siempre deben prohibirse, pero deben desaconsejarse. Y la forma correcta de frenar una actividad, en la mayoría de los casos, es ponerle un precio. Por eso, Pigou proponía que las personas que generan efectos externos negativos pagasen una cuota que reflejara los costes que imponen a otros (lo que ha llegado a conocerse como impuesto pigouviano). La versión más simple del impuesto pigouviano es una cuota sobre las aguas residuales: cualquiera que vierta contaminantes en un río, o los libere en el aire, debe pagar una suma proporcional a la cantidad vertida.
El análisis de Pigou quedó en gran parte olvidado durante casi un siglo, mientras los economistas dedicaban su tiempo a luchar contra problemas que parecían más acuciantes, como la Gran Depresión. Pero con el auge de la normativa medioambiental, los economistas desempolvaron a Pigou y empezaron a defender un planteamiento "basado en el mercado" que ofreciese al sector privado incentivos, por medio de los precios, para limitar la contaminación, en lugar de un remedio a base de "órdenes y control" que dictase instrucciones específicas en forma de normas.
La reacción inicial de muchos activistas medioambientales ante esta idea fue hostil, en gran parte por razones morales. Les parecía que la contaminación debía tratarse como un crimen, más que como algo que uno tiene derecho a hacer siempre que pague el dinero suficiente. Conflictos morales aparte, también había un escepticismo considerable en cuanto a si los incentivos mercantiles serían realmente eficaces para reducir la contaminación. Incluso, hoy, los impuestos pigouvianos tal como se idearon originalmente son relativamente raros. El ejemplo más provechoso que he podido encontrar es un impuesto holandés sobre los vertidos de agua que contienen materia orgánica.
La idea que sí ha cuajado, en cambio, es una variante que la mayoría de los economistas consideran más o menos equivalente: un sistema de permisos de emisiones comercializables, también conocido como tope y trueque. Según este modelo, se concede un número limitado de permisos para emitir un contaminante específico como el dióxido de azufre. Una empresa que quiera generar más contaminación de la que se le permite puede ir y comprar permisos adicionales de otras partes; una compañía que tenga más permisos de los que tiene intención de usar puede vender los que le sobran. Esto proporciona a todo el mundo un incentivo para reducir la contaminación, porque los compradores no tienen que adquirir tantos permisos si pueden recortar sus emisiones, y los vendedores pueden deshacerse de más permisos si hacen lo mismo. De hecho, desde un punto de vista económico, un sistema de tope y trueque produce los mismos incentivos para reducir la contaminación que un impuesto pigouviano, ya que, efectivamente, el precio de los permisos hace las veces de un impuesto sobre la contaminación.
En la práctica hay un par de diferencias importantes entre el tope y trueque y un impuesto sobre la contaminación. Una es que los dos sistemas generan tipos distintos de incertidumbre. Si el Gobierno establece un impuesto sobre la contaminación, los contaminadores saben qué precio tendrán que pagar, pero el Gobierno no sabe cuánta contaminación generarán. Si el Gobierno impone un tope, conoce la cantidad de contaminación, pero los contaminadores no saben cuál será el precio de las emisiones. Otra diferencia importante tiene que ver con los ingresos del Gobierno. Un impuesto sobre la contaminación es, bueno, un impuesto, el cual supone un coste para el sector privado mientras que genera ingresos para el Gobierno. El sistema de tope y trueque es un poco más complicado. Si el Gobierno se limita a emitir los permisos y recaudar los ingresos, entonces es exactamente igual que un impuesto. Sin embargo, el tope y trueque suele conllevar un intercambio de permisos entre los agentes existentes, por lo que los posibles ingresos van a parar a la industria en lugar de al Gobierno.
Desde el punto de vista político, repartir permisos entre la industria no es del todo malo, porque brinda un modo de compensar parcialmente a algunos de los grupos cuyos intereses sufrirían si se adoptase una política dura contra el cambio climático. Esto puede servir para que aprobar las leyes sea más factible.
Estas reflexiones políticas probablemente expliquen por qué la solución al dilema de la lluvia ácida adoptó la forma del tope y trueque y por qué los permisos para contaminar se distribuyeron gratuitamente entre las empresas eléctricas. También merece la pena señalar que el proyecto de ley Waxman-Markey, un sistema de tope y trueque para los gases de efecto invernadero que empieza concediendo muchos permisos al sector, pero saca a subasta un número creciente durante los años siguientes, fue de hecho aprobado por la Cámara de Representantes el año pasado; es difícil imaginar un impuesto generalizado sobre las emisiones que haga lo mismo durante muchos años.
Eso no significa que los impuestos sobre las emisiones no tengan ninguna posibilidad de éxito. Hace poco, algunos senadores han presentado una propuesta con una especie de solución híbrida, con tope y trueque para algunos sectores de la economía e impuestos sobre el carbono para otros (principalmente, el petróleo y el gas). La lógica política parece ser la de que el sector del petróleo piensa que los consumidores no le culparán por la subida de los precios si dichos precios reflejan un impuesto concreto.
En cualquier caso, la experiencia indica que el control de las emisiones basado en el mercado funciona. Nuestra historia reciente en relación con la lluvia ácida demuestra lo mismo. La Ley del Aire Limpio de 1990 introdujo un sistema de tope y trueque por el que las centrales eléctricas podían comprar y vender el derecho a emitir dióxido de azufre, y dejaba en manos de las empresas individuales la gestión de su actividad dentro de los nuevos límites. Como cabía esperar, con el paso del tiempo, las emisiones de dióxido de azufre de las centrales eléctricas se redujeron a casi la mitad, a un coste mucho más bajo de lo que incluso los optimistas esperaban; los precios de la electricidad bajaron en vez de subir. El problema de la lluvia ácida no desapareció, pero se redujo considerablemente. Se podría pensar que los resultados demostraban que podemos hacer frente a los problemas medioambientales cuando nos vemos obligados a hacerlo.
De modo que ahí lo tenemos, ¿no? La emisión de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero es un efecto externo negativo típico (el "mayor fallo del mercado que el mundo ha conocido jamás", en palabras de Nicholas Stern, autor de un informe sobre el tema para el Gobierno británico). La economía de los libros de texto y la experiencia del mundo real nos dicen que deberíamos tener políticas que desincentiven las actividades que generan efectos externos negativos y que, por lo general, es mejor depender de un enfoque basado en el mercado.
¿CLIMA DE DUDA?
Éste es un artículo sobre la economía del clima, no sobre la climatología. Pero antes de abordar la economía merece la pena aclarar tres cosas en relación con la situación del debate científico.
La primera es que, sin duda, el planeta se está calentando. La temperatura fluctúa y, en consecuencia, es bastante fácil encontrar un año inusualmente cálido en el pasado reciente, notar que ahora hace más frío y afirmar: "¡Ven, el planeta se está enfriando, no calentando!". Pero si se observan las pruebas como es debido -teniendo en cuenta las medias a lo largo de periodos lo bastante prolongados como para anular las fluctuaciones-, la tendencia ascendente es inequívoca: cada década sucesiva desde la de los setenta ha sido más cálida que la anterior.
En segundo lugar, los modelos climáticos predijeron esto con mucha antelación, e incluso adivinaron la magnitud del aumento de las temperaturas con bastante aproximación. Mientras que es relativamente fácil idear un análisis que haga coincidir datos conocidos, es mucho más complicado crear un modelo que prediga el futuro con exactitud. Así que el hecho de que los creadores de los modelos predijesen correctamente hace más de 20 años el calentamiento mundial futuro les da una enorme credibilidad.
Pero esa no es la conclusión que se podría extraer de los muchos informes de los medios de comunicación que se han centrado en asuntos como los mensajes de correo electrónico pirateados y los científicos que hablan de "hacer trampa" para "ocultar" una caída anómala en una serie de datos o expresan el deseo de que los artículos de los escépticos del cambio climático queden excluidos de las revisiones de investigación. La verdad, sin embargo, es que los supuestos escándalos se esfuman al analizarlos más de cerca, y solamente revelan que quienes investigan el clima también son seres humanos. Sí, los científicos procuran que sus resultados destaquen, pero no se ha suprimido ningún dato. Sí, a los científicos no les gusta que se publiquen trabajos que, en su opinión, crean deliberadamente confusión respecto a los problemas. ¿Qué tiene de extraño? No hay nada que dé a entender que no se deba seguir apoyando firmemente la investigación sobre el clima.
Y esto me lleva al tercer punto: los modelos basados en esta investigación indican que si seguimos añadiendo gases de efecto invernadero a la atmósfera como hasta ahora, terminaremos enfrentándonos a cambios drásticos en el clima. Seamos claros. No estamos hablando de unos cuantos días más de calor en verano y de un poco menos de nieve en invierno; estamos hablando de acontecimientos enormemente perjudiciales, como la transformación del suroeste de Estados Unidos en una zona de gran sequía permanente durante las próximas décadas.
Sin embargo, a pesar de la alta credibilidad de los creadores de los modelos climáticos, sigue existiendo una tremenda incertidumbre en sus previsiones a largo plazo. Pero, como veremos en breve, la incertidumbre es un argumento a favor de medidas más fuertes, no más débiles. De modo que el cambio climático exige pasar a la acción. ¿Es un programa de tope y trueque similar al modelo utilizado para reducir el dióxido de azufre el sistema adecuado?
La oposición seria al tope y trueque suele presentarse bajo dos formas: el argumento de que una acción más directa -en concreto, una prohibición de las centrales eléctricas alimentadas con carbón- sería más efectiva, y el de que un impuesto sobre las emisiones sería mejor que la comercialización de las emisiones. (Dejemos a un lado a quienes rechazan la ciencia del clima en su totalidad y se oponen a cualquier limitación de las emisiones de gases de efecto invernadero, así como a quienes se oponen al uso de cualquier clase de solución basada en el mercado). Hay argumentos a favor de cada una de esas propuestas, aunque no tantos como sus defensores creen.
En lo que respecta a la acción directa, uno puede argumentar que los economistas aman los mercados de manera insensata y excesiva, que están demasiado dispuestos a suponer que cambiar los incentivos económicos de la gente resuelve todos los problemas. En concreto, no es posible ponerle precio a algo a menos que se pueda medir con precisión, y eso puede ser complicado a la par que caro. Por eso, a veces, es mejor limitarse a establecer algunas normas básicas sobre lo que la gente puede y no puede hacer.
Fíjense en las emisiones de los coches, por ejemplo. ¿Podríamos o deberíamos cobrar a cada propietario de un coche una cuota proporcional a las emisiones de su tubo de escape? Desde luego que no. Habría que instalar caros equipos de control en cada coche y también habría que preocuparse por el fraude. Casi con certeza, es mejor hacer lo que de hecho hacemos, que es imponer normas sobre las emisiones a todos los coches.
¿Se puede exponer un razonamiento similar respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero? Mi reacción inicial, que sospecho que compartirían la mayoría de los economistas, es que la propia escala y complejidad de la situación requiere una solución basada en el mercado, ya sea el tope y trueque o un impuesto sobre las emisiones. Después de todo, los gases de efecto invernadero son un subproducto directo o indirecto de casi todo lo producido en una economía moderna, desde las casas en las que vivimos hasta los coches que conducimos. Para reducir las emisiones de esos gases será necesario lograr que la gente modificase su comportamiento de muchas maneras diferentes, algunas de ellas imposibles de identificar hasta que tengamos un dominio mucho mayor de la tecnología ecológica. Por tanto, ¿podemos realmente conseguir avances significativos diciéndole a la gente lo que está o no está concretamente permitido? Economía 101 nos dice -probablemente con acierto- que el único modo de conseguir que la gente cambie de comportamiento adecuadamente es ponerles un precio a las emisiones, de tal manera que este coste quede a su vez incorporado en todo lo demás de una forma que refleje los impactos medioambientales finales.
Cuando los compradores vayan a la frutería, por ejemplo, se encontrarán con que las frutas y las verduras que vienen de lejos tienen precios más altos que las locales, lo que será en parte un reflejo del coste de los permisos de emisión o impuestos pagados para enviar esos productos. Cuando las empresas decidan cuánto gastarse en aislamiento, tendrán en cuenta los costes de la calefacción y el aire acondicionado, que incluyen el precio de los permisos de emisión o los impuestos pagados por la generación de electricidad. Cuando las instalaciones eléctricas tengan que elegir entre distintas fuentes de energía, tendrán que tener en cuenta que el consumo de combustibles fósiles irá asociado a unos impuestos más altos o unos permisos más caros. Y así sucesivamente. Un sistema basado en el mercado crearía incentivos descentralizados para hacer lo correcto, y ésa es la única forma de hacerlo.
Dicho eso, podrían ser necesarias algunas normas específicas. James Hansen, el destacado climatólogo a quien se le debe atribuir gran parte del mérito de haber convertido el cambio climático en un problema prioritario, ha defendido enérgicamente que la mayor parte del problema del cambio climático se debe a una sola cosa, la combustión del carbón, y que hagamos lo que hagamos tenemos que dejar de quemar carbón de aquí a 20 años. Mi reacción como economista es que un canon caro disuadiría de usar carbón en cualquier caso. Pero es posible que un sistema basado en el mercado acabe teniendo lagunas, y las consecuencias serían terribles. Así que yo defendería que se complementasen las medidas disuasorias basadas en el mercado con controles directos del uso del carbón como combustible.
¿Y qué hay de la defensa de un impuesto sobre las emisiones en lugar de un sistema de tope y trueque? No cabe duda de que un impuesto directo tendría muchas ventajas frente a leyes como la de Waxman-Markey, que está llena de excepciones y situaciones especiales. Pero esa no es en realidad una comparación útil: por supuesto que un impuesto ideal sobre las emisiones tiene mejor aspecto que un sistema de tope y trueque que la Cámara ya ha aprobado con todas sus condiciones adicionales. La pregunta es si el impuesto sobre las emisiones que realmente podría aplicarse es mejor que el tope y trueque. No hay motivos para creer que lo sería; de hecho, no hay motivos para creer que un impuesto sobre las emisiones generalizado conseguiría la aprobación del Congreso.
Para ser justos, Hansen ha expuesto un interesante argumento moral contra el sistema de tope y trueque, uno mucho más elaborado que la vieja idea de que está mal permitir que quienes contaminan compren el derecho a contaminar. Hansen llama la atención sobre el hecho de que en un mundo de tope y trueque, las buenas acciones individuales no contribuyen a los objetivos sociales. Si uno opta por conducir un coche híbrido o comprar una casa con una huella de carbono pequeña, todo lo que está haciendo es liberar permisos de emisiones para otra persona, lo que significa que uno no ha hecho nada para reducir la amenaza del cambio climático. Tiene parte de razón. Pero el altruismo no puede resolver de forma efectiva el problema del cambio climático. Cualquier solución seria debe depender principalmente de la creación de un sistema que le dé a todo el mundo un motivo egoísta para generar menos emisiones. Es una lástima, pero el altruismo climático debe ponerse por detrás de la tarea de lograr que dicho sistema funcione.
La conclusión, por tanto, es que, aunque el cambio climático puede ser un problema muchísimo más grave que el de la lluvia ácida, la lógica de cómo responder ante él es en gran medida la misma. Lo que necesitamos son incentivos de mercado para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero -junto con algunos controles directos del uso del carbón-, y el sistema de tope y trueque es una forma razonable de crear esos incentivos.
¿Pero podemos permitirnos hacer eso? Y lo que es igual de importante, ¿podemos permitirnos no hacerlo?
EL PRECIO DE LA ACTUACIÓN
Del mismo modo que existe un consenso aproximado entre los creadores de los modelos climáticos en cuanto a la trayectoria probable de las temperaturas si no actuamos para recortar las emisiones de gases de efecto invernadero, hay un consenso aproximado entre los creadores de los modelos económicos en cuanto al precio de la actuación. Esa opinión general puede resumirse de la manera siguiente: limitar las emisiones frenará el crecimiento económico, pero no demasiado. La Oficina Presupuestaria del Congreso, basándose en un estudio de modelos, ha llegado a la conclusión de que la ley Waxman-Markey "reduciría la tasa media anual de crecimiento prevista del producto interior bruto entre 2010 y 2050 entre 0,03 y 0,09 puntos porcentuales". Es decir, en el peor de los casos, reduciría el crecimiento anual medio del 2,4% al 2,31%. Básicamente, la Oficina Presupuestaria llega a la conclusión de que unas medidas fuertes para abordar el cambio climático harían que la economía estadounidense fuese entre un 1,1% y un 3,4% más pequeña en 2050 de lo que lo sería sin ellas.
¿Y qué hay de la economía mundial? En general, los creadores de los modelos tienden a calcular que las políticas sobre cambio climático reducirían la producción mundial en un porcentaje algo menor que el correspondiente a Estados Unidos. El principal motivo es que las economías incipientes como China usan actualmente la energía de un modo bastante ineficiente, en parte como consecuencia de unas políticas nacionales que han mantenido los precios de los combustibles fósiles muy bajos, y por tanto podrían conseguir un gran ahorro energético a un precio módico. Una revisión reciente de los cálculos disponibles establece el coste de una política climática muy estricta -considerablemente más agresiva que la contemplada en las propuestas legislativas actuales- en un valor situado entre el 1% y el 3% del PIB.
Esas cifras suelen provenir de un modelo que combina todo tipo de cálculos procedentes de la ingeniería y del mercado. Entre ellos están, por ejemplo, los cálculos óptimos de los ingenieros sobre cuánto cuesta generar electricidad de distintas formas, a partir del carbón, el gas, la energía nuclear y la solar, con unos precios determinados de los recursos. A continuación se hacen cálculos, basados en la experiencia histórica, sobre cuánto recortarían los consumidores su consumo de electricidad si su precio subiese. El mismo proceso se sigue con otras fuentes de energía, como el carburante. Y el modelo supone que todo el mundo opta por la mejor alternativa en función del contexto económico; que los generadores de energía eligen las formas menos caras de producir electricidad, mientras que los consumidores conservan la energía siempre que el dinero que ahorren al comprar menos electricidad supere el coste de usar menos electricidad en forma de otro gasto o de pérdida de comodidad. Después de todos estos análisis, resulta posible predecir cómo los productores y los consumidores de energía reaccionarán ante políticas que les pongan un precio a las emisiones, y qué coste final tendrán esas reacciones para la economía en su conjunto.
Naturalmente, hay casos en los que esta clase de modelo podría equivocarse. Muchos de los cálculos subyacentes son necesariamente especulativos hasta cierto punto; por ejemplo, nadie sabe realmente lo que costará la energía solar una vez que finalmente se convierta en una opción a gran escala. También hay motivos para dudar de la suposición de que la gente realmente toma las decisiones correctas: muchos estudios han descubierto que los consumidores no eran capaces de tomar medidas para ahorrar energía, como mejorar el aislamiento, aun cuando podrían ahorrar dinero si lo hicieran.
Pero, aunque sea improbable que estos modelos acierten en todo, está bien que, en vez de infravalorarlos, exageren los costes económicos de las medidas para abordar el cambio climático. Eso es lo que la experiencia del programa de tope y trueque para la lluvia ácida indica: los costes resultaron estar bastante por debajo de las predicciones iniciales. Y en general, lo que los modelos no tienen ni pueden tener en cuenta es la creatividad; sin duda, frente a una economía en la que hay grandes recompensas monetarias por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el sector privado encontrará formas de limitar las emisiones que todavía no están en ningún modelo.

Mitterrand, modelo para socialistas franceses 15 años despues de su muerte -AFP - 2011

Mitterrand, modelo para socialistas franceses 15 años después de su muerte
Por Julie Ducourau (AFP) – 07/01/2011
PARÍS — Quince años después de su muerte, y cerca de treinta después de su llegada al Elíseo como presidente de Francia, François Mitterrand representa más que nunca el triunfo para los socialistas, que le rendirán un homenaje el sábado en Jarnac (oeste), su ciudad natal.
En este homenaje al ex presidente francés, fallecido el 8 de enero de 1996, estarán presentes, al lado de la familia Mitterrand, en especial su hija Mazarine, los ex ministros franceses Jack Lang, Michel Charasse, Roland Dumas, el alcalde de París, Bertrand Delanoe, o incluso el hombre de negocios, Pierre Bergé.
La primera secretaria del Partido Socialista (PS), Martine Aubry, y la presidenta de la región Poitou-Charentes, Ségolène Royal, se sumarán a la celebración.
No estarán sin embargo otros pesos pesados del PS francés como el ex primer ministro Lionel Jospin o Dominique Strauss-Kahn, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Para el politólogo Gérard Grunberg, el balance de Mitterrand, que ocupó la presidencia francesa durante dos mandatos, en 1981 y en 1988, es "sobre todo un balance político", más allá de la controversia sobre el periodo de Vichy. Es "la gran figura para los socialistas franceses, el que realzó el PS (...) en 1969-70, y liquidó el Partido Comunista", agrega.
En 1981, "Mitterrand rompió con la 'creencia' de la derecha instalada eternamente" en Francia, destaca el ex ministro Jack Lang.
"Es el hombre de la conquista, el único socialista, hasta ahora, que fue presidente de la República bajo la Vº República", recalca François Hollande, ex primer secretario del PS.
Para Hollande, se tiene que recordar "la tenacidad, las ganas y el amor a Francia que tenía Mitterrand, su capacidad para hacer una síntesis del pensamiento socialista", además de su "pragmatismo" y su "sentido de Estado".
"Ser fiel a Mitterrand no quiere decir petrificarlo, embalsamarlo, sino inspirarse en su fuerte voluntad de transformación de la sociedad", juzga Jack Lang, a quien le gustaría que "la izquierda encontrara el sentido de las utopías concretas" para "una nueva revolución ampliando lo que ya fue iniciado hace 30 años".
Mitterrand es "como una caja de herramientas", cada uno puede encontrar "lecciones, ideas" pero de forma global "no es transportable a hoy en día", explica Hubert Védrine, presidente del Instituto François Mitterrand. Los franceses "conocieron la alternancia", por lo tanto "ya no se puede decir más 'cambiar la vida'", en referencia a uno de los eslóganes de campaña de Mitterrand.
Para Grunberg, a finales de los años 70, "podíamos pensar en cambiar fundamentalmente el sistema". "Hoy, incluso cuando los socialistas lo dicen, ¿lo creen?", se pregunta, más bien escéptico respecto a la presencia de "otro socialista" en el Elíseo, tras las elecciones presidenciales de mayo 2012.

¿El futuro presidente de Francia? - El País - 2011

REPORTAJE: CANDIDATO SOCIALISTA
¿El futuro presidente de Francia?
El director del FMI, Dominique Strauss-Kahn , favorito en los sondeos, se perfila como el gran rival de Sarkozy en las elecciones
ANTONIO JIMÉNEZ BARCA 16/01/2011
Hace unos años, un diplomático estadounidense que lo conocía bien lo describió así: "Probablemente es el más capacitado de los dirigentes socialistas franceses, pero carece del fuego sagrado para ganar". Por entonces corría mayo de 2006 y Dominique Strauss-Kahn se aprestaba a acudir a las elecciones primarias a fin de convertirse en el candidato del Partido Socialista francés (PS) para competir con Nicolas Sarkozy por la presidencia de la República. Perdió. Es más, fue vapuleado por una candidata sorpresa, Ségolène Royal, que acaparó el 60% de los votos en esas primarias (Strauss-Kahn obtuvo el 20%, y Laurent Fabius, el 18%).
¿Dejará DSK un puesto influyente y bien remunerado para someterse a dos campañas durísimas? Le apasiona el ajedrez. Juega muchas noches varias horas, casi siempre con oponentes encontrados en Internet
Con la crisis financiera, Strauss-Khan, al frente del FMI, se ha convertido en una especie de bombero mundial
Su popularidad en los sondeos franceses comienza a remontar en 2009. Se transforma en una especie de mesías
Le apasiona el ajedrez. Juega muchas noches varias horas, casi siempre con oponentes encontrados en Internet
Efectivamente, DSK, como se le conoce en Francia a Dominique Strauss-Kahn, carecía entonces del dichoso fuego. Pero muchos aseguran que el actual director del Fondo Monetario Internacional (FMI) lo ha encontrado ya y que se perfila como el oponente más seguro, firme y ventajoso para enfrentarse a Nicolas Sarkozy en las próximas elecciones de 2012.
Los sondeos, desde hace muchos meses, lo confirman. Es el personaje político preferido por los franceses, en todo tipo de encuestas y consultas. Primer ejemplo: en la entrega de diciembre de un sondeo regular llevado a cabo por el semanario Le Nouvel Observateur, Strauss-Kahn barría a Sarkozy en una hipotética elección presidencial por un 63% contra un 38%. Más que cualquier líder de la izquierda; más que cualquier otro político. Segundo: en una encuesta publicada el domingo pasado por Le Journal du Dimanche a raíz de la conmemoración del aniversario de la muerte de François Mitterrand, DSK es el político socialista que mejor representa la herencia del viejo presidente.
Strauss-Khan no asistió al acto de homenaje que el socialismo francés rindió a Mitterrand en la localidad donde nació y donde fue enterrado, Jarnac, pero eso da igual. Da la impresión de que, se pregunte lo que se pregunte, Strauss-Kahn, que vive en Washington, que no pisa casi Francia y que por razones de su cargo tiene prohibido comentar la política nacional, sale vencedor siempre desde la lejanía. Como le denominó hace meses un periodista, es una suerte de "omnipresente ausente", dueño de un vacío que sabe amortizar.
De ahí que algunos pronostiquen que DSK se convertirá en el líder del socialismo francés que volverá a instalar a la izquierda en el Elíseo, algo que no ocurre, precisamente, desde que Mitterrand abandonara ese palacio en 1995, después de haberlo ocupado 14 años.
Para eso, primero, deberá imponerse en las primarias socialistas, las elecciones que perdió frente a Royal en 2006. La dirección del PS, en una reunión celebrada el pasado martes, a la que acudió la plana mayor del partido -a excepción, claro, de Strauss-Kahn-, decidió el calendario: todo el que quiera ser candidato deberá presentarse entre el 28 de junio y el 13 de julio. Y el 9 de octubre, los simpatizantes socialistas franceses, tras pagar un euro y firmar una declaración en la que afirman ser de izquierdas, podrán elegir al candidato que se enfrentará a Nicolas Sarkozy. En teoría, Strauss-Kahn contará con tres oponentes con posibilidades: la ex primera secretaria del PS, Martine Aubry; el ex primer secretario, François Hollande, y la ex candidata presidencial Ségolène Royal, ex mujer de Hollande y vencedora de las anteriores primarias.
Hasta ahora, solo Royal ha dado el paso y ha asegurado que se presentará. Los otros tres, como tres tahúres viejos en una larga partida de póquer, juegan, amagan, tantean y se esconden. Cuestión de táctica política y de elegir el momento adecuado para lanzar la apuesta o de retirarse. Sobre todo en el caso de Strauss-Kahn. Hasta el punto de que la pregunta del millón de la política francesa desde hace un año es precisamente esa: ¿dejará en verdad DSK un cargo bien remunerado, influyente, con prestigio internacional, encaramado en la cima del mundo, para presentarse a dos elecciones, unas primarias y unas presidenciales, y a dos campañas durísimas e impredecibles solo con el viento a favor de los sondeos?
Dominique Strauss-Kahn nació en abril de 1949 en la adinerada localidad de Neuilly-sur-Seine, en las afueras de París, en el seno de una familia de origen judío. Su currículum académico: diplomado de la escuela de Altos Estudios de Comercio, de la de Ciencias Políticas, licenciado en Derecho público y profesor de Economía. Se confiesa socialdemócrata, seguidor a cierta distancia del intervencionismo económico de Keynes, fue diputado con 37 años y ministro de Industria y Comercio con 42, en 1991, con Pierre Beregovoy. En 1997, tras la inesperada victoria de la izquierda en las elecciones legislativas, Lionel Jospin, su mentor en el PS, llamado a formar Gobierno, le confió el puesto clave de ministro de Economía y Finanzas, desde donde peleó contra el déficit público -un problema endémico en Francia-, privatizó varias empresas claves, como Air France y France Télécom, batalló por la entrada de Francia en el euro y se opuso -sin éxito- a la semana laboral de las 35 horas, impulsada por la entonces ministra de Trabajo y actualmente su hipotética rival en las primarias, Martine Aubry.
Es elegante, de espaldas anchas, de porte cuadrado. Le apasiona la tecnología y el ajedrez: juega muchas noches varias horas, casi siempre con oponentes anónimos encontrados en Internet. Diletante, seductor y mujeriego, lo que le ha costado algún disgusto serio y, según el libro DSK .Les secrets d?un préssidentiable, escrito por una ex colaboradora que firma con el pseudónimo de Cassandra, una advertencia del mismísimo Sarkozy, antes de convertirse en el presidente del Fondo Monetario Internacional: "Ten cuidado: ahí no se bromea. Evita coger el ascensor tú solo con una becaria, ya sabes. Francia no puede permitirse un escándalo".
Está casado por tercera vez: su actual esposa Anne Sinclair es una famosa periodista de televisión, antigua estrella de TF1, y nieta heredera de la inmensa fortuna del conocido marchante de arte neoyorquino Paul Rosenberg. Ella le apoyó -con dinero sacado de la venta de algún cuadro- cuando se embarcó en la aventura de las primarias de 2006. Tiene capacidad de discusión, es persuasivo y temible en los debates. Habla perfectamente inglés y alemán, se defiende en italiano, español y árabe.
Cassandra, en el libro citado, le califica también de "ambicioso, manipulador, mentiroso patológico, perseguidor de faldas y extremadamente inteligente".
Sin embargo, en 2007, después de que Sarkozy ganara El Elíseo, con el Partido Socialista francés desguazado, nadie daba ni un duro por él. Fue entonces cuando, paradójicamente, se le apareció la oportunidad de su vida: Rodrigo Rato renunció a los años que le quedaban de mandato al frente del Fondo Monetario Internacional y DSK encontró en el extranjero el destino ideal en el que refugiarse mientras el vendaval de la derecha francesa acababa de desmantelar las posiciones socialistas. Para su nombramiento contó con el aval inicial del por entonces primer ministro luxemburgués (y actual presidente del Eurogrupo) Jean-Claude Juncker. Y con el apoyo expreso de Sarkozy, que veía cómo uno de sus potenciales enemigos para 2012 quedaba neutralizado en una jaula dorada en Washington. El 28 de septiembre de 2007, Strauss-Kahn se convertía en director gerente del FMI, una institución ciertamente prestigiosa pero entonces más devaluada que ahora.
Los principios no fueron fáciles. El consejo que le dio Sarkozy relativo a su vida privada fue premonitorio: en octubre de 2008 su puesto se tambaleó tras descubrirse una relación con una empleada de la institución que le acusó de haber abusado de su cargo para aprovecharse de ella. "Es un tipo de hombre que no puede trabajar con mujeres a sus órdenes", aseguraba en una carta la mujer. DSK se disculpó, sufrió una investigación interna que indagó sobre su vida y de la que salió exonerado pero noqueado. Su mujer le perdonó en las páginas de su blog a fin de que la redención pública de Strauss-Kahn surtiera efecto. Otra vez, nadie daba un duro por él.
Paralelamente, se desató una crisis financiera planetaria que arrastró todos los parámetros y desplomó todos los indicadores económicos. Aprovechando su oportunidad, Strauss-Kahn maniobró hábilmente para que el Fondo Monetario Internacional se convirtiera en la institución de referencia del G-20, el grupo de países más influyentes del mundo, incluidos los estados emergentes.
Los escándalos de faldas se olvidan, y DSK sabe insuflar cierta tendencia keynesiana a la institución, que en el principio de la crisis aboga por la intervención estatal para frenar la devastación de la tormenta. Sea como fuere, la institución gana prestigio, poder y presencia. Y él se labra una sólida reputación al saltar de crisis en crisis con determinación y acierto. Adquiere categoría de dirigente mundial, tal vez ese fuego sagrado del que hablaba el diplomático estadounidense y del que carecía en 2006. Se convierte en una suerte de bombero mundial, que un mes acude a una Grecia herida de muerte, al siguiente a Irlanda y que se coloca con la manguera preparada apuntando a Portugal o España.
La revista Time lo coloca en 2010 entre las diez personas más influyentes del mundo. Al mismo tiempo, discute con Angela Merkel y Nicolas Sarkozy de tú a tú la profundidad ideal del fondo de rescate europeo para prevenir nuevas hecatombes.
A partir de 2009, es decir, en lo más duro de la crisis, su popularidad en los sondeos franceses comienza a remontar. Su equipo de colaboradores se ve obligado a llevar a cabo una labor de equilibrista político: transformarlo en una suerte de mesías, conseguir que no decaiga el interés sobre él en Francia sin que él aparezca por el país o hable de cuestiones de política francesa. Cuentan con una ventaja: cierta distancia beneficia. François Hollande, ex primer secretario socialista, uno de sus posibles rivales en las primarias y un político extremadamente inteligente y agudo lo resumía así hacía unas semanas: "Siempre es popular el que está lejos". Pero demasiada lejanía perjudica, difumina, hace que los electores se olviden de él. Mientras el huracán de la crisis siga soplando su presencia en el meollo internacional está asegurada pero... ¿Y si amaina? "Hay que aguantar las brasas hasta otoño", aseguraba hace unos días un colaborador suyo en el semanario Le Point.
Arrastra dos defectos electorales: el primero es que su presencia al frente del FMI le aparta del ala más a la izquierda del partido, que no deja de verle como un representante más del poder financiero mundial. En mayo, en una entrevista en France 2, aseguró que los 60 años a los que se jubilaban entonces los franceses no debían resultar "ningún dogma". "El mundo cambia muy rápido", añadió. Sus palabras parecían concordar más con las de Nicolás Sarkozy (que impuso de hecho en otoño la jubilación a los 62 años) que las de sus correligionarios. Esa fue de las pocas veces que se refirió a un tema francés (aunque desde el punto de vista económico) y el lío en el que el director del FMI metió a su propio partido fue tal que se vio obligado a llamar a Martine Aubry para asegurarle que su comentario no iba contra ella.
La segunda de esas taras electorales es su riqueza personal y su afición a mostrarla: gana 350.000 euros al año, su esposa es millonaria, posee un apartamento de lujo en la Place des Vosges, uno de los lugares más hermosos de París, y una residencia de lujo en Marrakech. El mismo Sarkozy, acusado en una época de adoptar maneras de nuevo rico, aseguró, en una de esas comidas con diputados de su grupo en las que suelta la lengua: "Al lado de DSK, yo soy un monje trapense. Mi reloj al lado del suyo es una birria". Muchos apuntan a que en una campaña electoral despiada, este elemento saldrá a relucir. "Nicolas Sarkozy tuvo que buscar hasta las facturas de una escalera de madera cuando se presentó. Una campaña es un momento muy particular", aseguraba en Le Express el ministro de Interior y amigo personal del presidente de la República, Brice Hortefeux, al comentar las posibilidades de DSK, al que calificó, no sin cierto misterio y cierta mala leche, como de "hombre importante con errores personales".
Jean-Pierre Raffarin, ex primer ministro bajo la presidencia de Jacques Chirac, por el contrario, alerta de su gran potencial: "Tiene una fuerza extraordinaria, ya que está a la vez en la oposición y en puesto de responsabilidad".
Su mandato al frente del FMI concluye en 2012. Su misterio (¿se presentará? ¿no se presentará?) se resolverá antes. Él pretendía retardar el calendario y así ganar tiempo, pero el resto de los dirigentes socialistas, reunidos el martes con su patente ausencia, no transigieron. Martine Aubry, cuya relación ha atravesado periodos de odio y de estima reconocida, a la que le une un pacto no escrito de no agresión, fue clara a la salida de esa reunión clave y dio las fechas límite: el 13 de julio es el último día para presentar la candidatura a las primarias. Y añadió: "Dominique debe bajar ya de la estratosfera".
Así, antes de ese día se aclarará el misterio y se sabrá si el personaje perdedor que Sarkozy facturó hacia Washington con una sonrisa y la intención cierta de de neutralizarle para siempre vuelve a Francia convertido en su adversario más temible.

El discolo catalán que sueña con el Eliseo - La Vanguardia - 2011

Francia
El díscolo catalán que sueña con el Elíseo
El socialista Valls reabre el debate sobre las jornadas semanales de 35 horas en su carrera hacia las elecciones presidenciales de 2012
Su apellido no es una casualidad. Nacido en Barcelona a comienzos de los 60, de familia humanista y burguesa, Manuel Valls se nacionalizó francés en los 80 y reivindica con frecuencia sus orígenes catalanes y su pasión por el Barça. Valls fue seguidor del socialista Michel Rocard, primer ministro francés durante los 80 y feroz crítico de las políticas de nacionalización de su compañero Mitterrand. Más tarde fue consejero del también socialista Lionel Jospin en su travesía como jefe de Gobierno durante la cohabitación con el conservador Chirac en la presidencia de la República, periodo en el que aprendió los engranajes de una política en la que hoy quiere liderar un proyecto propio.De este modo, Valls ha prometido presentarse a las anheladas primarias de su partido de cara a las elecciones presidenciales de 2012, en las que, si resultara elegido por los militantes de su formación, concurriría en una virtual segunda vuelta contra el actual presidente de la República, Nicolas Sarkozy. Varios analistas políticos franceses ponen en entredicho que existan grandes diferencias ideológicas entre ambos. E incluso el propio Sarkozy se dejó seducir por el barcelonés y quiso atraer en 2007 a Valls cuando llegó al Elíseo en su idea de "poner todo el talento dentro de su Gobierno".
Ésta, sin embargo, ha sido en Francia la gran semana de Manuel Valls. Resulta imposible desde el pasado fin de semana abstraerse mediáticamente y no escuchar el nombre de este diputado socialista que ha puesto en entredicho la pertinencia en el contexto actual de las semanas de trabajo de 35 horas que implantó allá por 1998 la actual secretaria general del Partido Socialista (PS), Martine Aubry, y que, según un sondeo de L'Humanité, más de la mitad de los franceses consideran un gran logro social en el que no cabe dar marcha atrás.El pasado fin de semana, sin embargo, subrayó en un célebre magacín radiofónico la necesidad de aligerar el coste de contratación para las empresas y de liberalizar el mercado de trabajo, de forma que se relance la creación de empleo. Pero la convulsión en todos los estratos de la política francesa se desencadenó cuando aludió a la pertinencia de "deverrouiller" (tradúzcase como desbloquear) las 35 horas que, según Valls, provocan un estancamiento en los salarios y conllevan la sobreabundancia de horas extras, exentas de impuestos y que, por lo tanto, suponen un alto coste para el presupuesto del Estado. Transformadas todas estas ideas en eslogan político, acoge la tantas veces repetida fórmula de Sarkozy de "trabajar más para ganar más".La exposición mediática de Manuel Valls perturba especialmente la estabilidad del Partido Socialista, responsable de esta medida a finales de los años 90, y lanza un dardo hacia Martine Aubry, la gran forjadora de esta reforma, secretaria general de la formación y quizá una de sus rivales en las primarias de los socialistas para las elecciones de 2012. Desde ese momento, las reacciones han sido variadas: el comunista Melanchon no tardó en hablar de "la ignorancia de un reaccionario"; su compañero y portavoz del PS, Benoît Hamon, lo invitó (o quizá lo amenazó) con "volver al camino recto" y el ministro del Presupuesto, François Baroin, fue más lírico y apuntó que la reflexión de Valls era "poner una rosa en la tumba de las 35 horas".Valls no oculta su ambición personal "como todas las personas que entran en política" y se define como "blairista" y admirador de Bill Clinton. se refiere con frecuencia a la necesidad de ofrecer responsabilidad, verdad y credibilidad a los ciudadanos y despliega un discurso casi siempre firme y bien articulado, que habla de la necesidad de renovación en su partido; critica el relativismo cultural hacia el mundo árabe de muchos progresistas europeos y no oculta su preocupación por la seguridad mientras defiende que en el mundo se necesitan "más explicaciones desde la izquierda".El candidato a las primarias socialistas es una figura omnipresente en tertulias, debates y programas de variedades, es protagonista de reportajes y demuestra sus habilidades comunicativas y su buena imagen mientras desliza propuestas, ideas y un programa en el que pretende "representar a las bases" y establecer una "identificación generacional" con otro tipo de electores más jóvenes. Sus detractores le acusan de abusar de la demagogia y de representar la figura de un díscolo dentro de su partido que no aporta grandes ideas y que es la encarnación perfecta del individualismo aplicado a la política. Así, ya defendió el no a la Constitución Europea antes del referéndum de 2005 -aunque más tarde se plegó a la disciplina del partido que abogaba por el sí-; defendió la necesidad de una reforma en el sistema de pensiones durante el pasado otoño frente al uniforme rechazo de los socialistas y fue uno de los pocos miembros de su partido que amparó la prohibición del burka en Francia con el objetivo de "hacer retroceder el fundamentalismo".Todas las múltiples intervenciones públicas en los medios las compagina con su escaño como diputado en la Asamblea Nacional y con la alcaldía de la comuna de 50.000 habitantes de Evry, en la banlieue sur de París, escenario en el que ha instaurado una suerte de laboratorio de la integración y donde en las pasadas elecciones obtuvo el 70% de los votos.Esta semana, la portada del semanario 'Courrier International' se ilustra con la caricatura de varios líderes progresistas franceses en disputa por quién será la cabeza de todo la corriente socialista en las elecciones de 2012 y se define a la izquierda francesa como "la mas idiota del mundo". Valls contribuye quizá a fomentar esa “insurrección militante” que mencionó Martine Aubry en una carta de 2009 en la que lo invitaba a abandonar el partido si no se sentía cómodo en un proyecto con valores comunes. Pero también es posible que su ideario reformista, con ideas a veces demasiado liberales para su partido, le puedan llevar a responsabilidades de las que ni siquiera él se atreve a hablar. La reapertura del debate sobre las 35 horas es un claro ejemplo. Valls no quiere ser el simple animador de las primarias socialistas ni un outsider sin opciones. El gran obstáculo será superar unas primarias dentro de un partido en el que no es apreciado; no obstante, si supera ese trámite y cuenta con un fuerte aparato de partido tras de sí, las opciones de este “Sarkozy de izquierdas”, como muchos no dudan en tildarlo, son plausibles. Quizá 2012 es algo pronto y las presidenciales de 2017 son un objetivo más realista con un Manuel Valls que tendría 55 años, sería más maduro y gozaría de un mayor bagaje. En cualquier caso, pocos apuestan a que el apellido Valls jamás cruzará la puerta del Elíseo.