sábado, 15 de octubre de 2011

Alfredo Palacios ¿una visión cristiana del socialismo? - Revista Criterio - 2004

Nº 2291 » Marzo 2004
Alfredo Palacios, ¿una visión cristiana del socialismo?
por De Vita, Pablo ·
El 13 de marzo se cumplirán 100 años de la incorporación al Congreso de la Nación del primer diputado socialista de toda América latina. Alfredo Palacios será recordado por esta particularidad, una de las tantas del eminente tribuno, que lo distinguiera del conjunto de la clase política de su tiempo y trascendiera así una visión partidaria. Constructor del nuevo derecho de los trabajadores en la Argentina y legítimo autor de muchas iniciativas aplicadas (con suerte e intenciones dispares) después de 1945, orientó su idealismo militante a la conformación de un socialismo distinto, de carácter nacional, que nunca abandonó, al igual que su primera formación cristiana y su decidido interés por el estudio y análisis de las religiones. Resistido en más de una oportunidad por el partido donde desarrolló su carrera política (el socialismo lo expulsó de sus filas en 1915; se reincorporó en el 30), fue el intelectual agudo que supo interpretar la amplitud del tópico “socialista” en un sentido también histórico, no vinculado necesariamente con el marxismo. Ya Hans Müller, en su estudio sobre la palabra socialismo, destaca el año 1753 cuando un fraile benedictino llamado Anselm Desing estableció la diferencia entre las teorías cristianas y aquellas llamadas por él “sociales” o “socialistae”. Quedaba así dividida la escuela “naturalistae”, con Hobbes como ejemplo, y la “socialistae” como las dos de derecho natural dentro del campo de aquellos que no partían de la Revelación cristiana.

Los pequeños artesanos, campesinos y habitantes pobres de Jerusalén fueron los primeros entre los cuales Jesús las palabras de encontraron eco. Se dice de los primeros cristianos que practicaban un sistema comunitario de bienes. La crítica a la riqueza, uno de los pilares del cristianismo primitivo, se evidencia con indudable claridad en el Sermón de la Montaña, en el Evangelio de Lucas, donde dice: “¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! (…) Pero, ¡Ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!” (Lucas 6, 20-25).

La vida de niño de Alfredo Palacios transcurrirá entre las Sagradas Escrituras (“Desde los profetas al socialismo” enuncia uno de sus biógrafos, Víctor García Costa) y la asistencia al Centro Pedro Goyena, vinculado al Círculo de Obreros Católicos (1892) del padre Federico Grote, donde encontrará los primeros canales de expresión en el periódico La Juventud, tabloide del que fue director a los 14 años, y cuya redacción “está en la calle Paraguay 1271, frente a la sede de la Sociedad Damas de Caridad de San Vicente de Paul, fundada en 1866 y cuya presidencia ha sido ejercida en el período 1880-1882 por su tía, Felicia Ramón de Palacios, esposa de Pedro Palacios” 2.

En el prólogo a La Máquina y el Evangelio de Antonio Herrero anota Palacios: “Es indudable que los ideales de justicia y de fraternidad, proceden de Jesús. Él ha sido un revolucionario abnegado y profundo. Y toda secta o doctrina que autorice a esclavizar al hombre, despojándole de su dignidad, de su soberanía, o envenenando su alma con el odio, es una doctrina anticristiana”.

Elementos para una polémica

En 1925, Palacios es invitado por Samuel Guy Inman al Congreso de las Iglesias Cristianas que, con sede en Montevideo, se ocupará del problema educativo en América. Al declinar la invitación señala: “La propaganda y la obra religiosa y moral de las Iglesias neutraliza el mal efecto que produce la acción invasora y absorbente del capitalismo yanqui, que ratifica sus avances y le prepara el terreno a nuevas expansiones. Sabe usted que los conquistadores españoles venían también acompañados de misioneros, quienes lejos de impedir el dominio de aquéllos eran sus mejores auxiliares y consolidaban con la prédica del Evangelio la conquista realizada por la espada. No quiero suponer, naturalmente, que sea el mismo caso, pero tampoco es posible desconocer que existen ciertas analogías”. Si bien señala a Inman como uno de los nombres gratos a la causa de Hispanoamérica, el documento declina con dureza la participación. La carta genera una interesante polémica epistolar que comienza Gabriela Mistral: “Ellos forman la porción más pura de Estados Unidos, la parte verdaderamente viva de su conciencia nacional. Son funcionarios pobres, no pertenecen a la burguesía intelectual de su opulenta patria. Recorren Europa anualmente, recogiendo en todas partes lo mejor que tienen las instituciones de cultura. (…) Uno de estos hombres, don Samuel G. Inman, es el organizador del ‘Congreso Uruguayo’ ”. Y añade: “Usted amigo, concede que la idea religiosa es una fuerza para mudar ‘al hombre interior’; su mente laica engloba a todas las religiones en el juicio. No pretendo, por cierto, traerlo hasta el campo de mi convicción católica; pero llamo su atención hacia este hecho indubitable: el cristianismo es la fe que domina absolutamente en América, y hay que trabajar con este instrumento, los del Norte con la rama protestante, los del Sur con la católica”. Gabriela Mistral, antes de despedirse con profundo afecto de Palacios 3, anota la semilla de un debate que repercutirá de manera decisiva en la Argentina en los años de Perón y de Frondizi: “Hemos formado esa semicultura vanidosa, incapaz de dar aquella formación moral que tuvieron, a pesar de su racionalismo, los ateos ilustres como Reclús y Romain Rolland, y hemos expulsado de la educación la idea religiosa que puede dar al hombre más humilde la perfección interna”. Pocos días más tarde Alfredo Palacios le responde a Gabriela Mistral: “Si admitimos como verdadera la afirmación de Lorenzo de Médicis de que aquellos que no esperan otra vida están ya muertos en ésta, deberemos asimismo reconocer que hay más sentimiento altruista y más vitalidad espiritual en los que se esfuerzan y se sacrifican por alcanzar el mejoramiento de la humanidad futura, a la que ellos no conocerán, que en quienes se abstienen de obrar mal por temor a los castigos de ultratumba, o realizan buenas obras para obtener recompensas personales en un cielo reservado para ellos (…) Hubo un tiempo en que el catolicismo fue un ideal revolucionario, como lo siguen siendo hoy, a pesar de todo, las doctrinas de Jesús, el rebelde más audaz y más universalista que ha existido. El mismo nombre católico significa universal (…) Ahora el catolicismo es parte integrante y principal de esta sociedad sensualizada y comparte el dominio y las riquezas con los señores del oro. Tiene más intereses que conservar que ideales y renovaciones para promover…”. En su carta, el tribuno evoca las figuras de Romain Rolland y de José Vasconcelos, casi invitándolos a la polémica: “Nuestro Dios es el porvenir” señala Rolland, en tanto que Vasconcelos va aún más allá: “Veo en Gabriela y en usted dos grandes cristianos prácticos, cristianos de verdad que por lo mismo no pueden ser católicos. Usted procedió como verdadero cristiano cuando obtuvo del Congreso argentino una ley protectora de los trabajadores explotados por terratenientes que, por lo general, son excelentes, irreprochables católicos, pero viven de violar a diario la ley de Cristo. (…) Los que absuelven a los terratenientes a la hora de la muerte a cambio de una dotación para el culto son católicos, pero no cristianos”.
En el intercambio epistolar también se evidencian claves de la temprana formación cristiana de Palacios, cuando a Gabriela Mistral le responde: “Usted, mi querida amiga, ha recibido seguramente, como casi todo iberoamericano, la fe en el catolicismo como herencia familiar, tradición doméstica, santificada con el fervor de las enseñanzas maternales”. De hecho su madre, Ana Ramón, es quien pone en sus manos el Nuevo Testamento, con el Sermón de la Montaña. Jovencísimo (a los 16), Palacios habla en el sepelio de José Manuel Estrada y su exposición queda reflejada en los diarios La Prensa y La Nación. En 1942, como presidente de la Universidad Nacional de La Plata, dicta la resolución de homenaje al cumplirse el centenario de su nacimiento y en los considerandos anotará: “La vida de Estrada es un ejemplo de inquebrantable idealismo y de noble austeridad, tanto por la limpieza de su conducta, como por la elevación de su criterio, la grandeza de sus convicciones, la intransigente severidad de su civismo y la unidad permanente de su pensamiento y carácter”. Por esa resolución, aquel 13 de julio se dispuso dedicar una lección en todas las cátedras de la Universidad junto a la celebración de un acto público en homenaje, la solicitud de un aula en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales para que lleve su nombre y la edición de una selección de sus obras.
¿Cuándo abandonó Palacios el redil del Nazareno?

¡Ten cuidado, no hay que exagerar!

Mario Salomone en el prólogo de Alfredo Palacios, legislador social e idealista militante escribe: “no es de extrañar que (Palacios), ya adolescente, comenzara a frecuentar centros católicos, entre ellos, el Círculo de Estudiantes fundado por el redentorista Federico Grote, llegado poco antes de Alemania, quien, con la anuencia de la Iglesia, había comenzado a desarrollar una acción de contenido social a través de sus Círculos de Obreros Católicos. El sacerdote no tardaría en reparar en el jovencito”. De la viva impresión que le causó brinda elocuente testimonio la siguiente transcripción, extraída del libro Vida del Padre Grote de Alfredo Sánchez Gamarra 4 en el cual se recogen sus memorias: “En ese Círculo conocí, entre otros muchachos que llegaron a distinguirse más tarde, a Alfredo Palacios. El primer discurso que pronunció en su vida lo consagró, por orden mía, a una reunión de los Círculos de Obreros. Por cierto que adiviné, ya desde entonces, el destino de aquel muchacho fogoso y entusiasta que con voz casi infantil, hizo vibrar de emoción las almas de sus oyentes. Cuando después nos abandonó para convertirse en el líder socialista más popular, lamenté entrañablemente su pérdida; pero siempre he tenido simpatía hacia su persona, y nunca he dejado de pedir a Dios en mis oraciones por su regreso al redil de Aquel cuya figura exaltó tan bella y emocionalmente en el primer discurso de su vida”.

“¡Ten cuidado, no hay que exagerar!” fueron las palabras del padre Grote que precipitaron la desvinculación de Palacios del mundo católico. Luego del discurso en el sepelio de Estrada, expone ante los obreros católicos sobre la justicia social; el Libro de los Jueces, el Libro de Job y el Libro de Isaías bullen en su sangre “criolla y castellana” (como gustaba decir) y la advertencia del reverendo genera tal conmoción en su espíritu que al volver al hogar, en ese mismo instante, señala a su madre que no retornará nunca más al Círculo de Obreros Católicos. Éste, “nacido bajo la inspiración de la encíclica Rerum novarum del papa León XIII (1891), estaba destinado a contrarrestar la influencia de las ideas socialistas y anarquistas entre los trabajadores. Era el primer intento de la Santa Sede para esbozar una doctrina social. En 1912, los círculos ya eran 77. Ese año el padre Grote fue reemplazado por monseñor Miguel De Andrea, entonces secretario del arzobispo de Buenos Aires. Los círculos fueron absorbidos por la Acción Católica Argentina” 5. Imbuido de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, Grote funda la Liga Democrática Cristiana (1902) que luego se transforma en la Unión Democrática Cristiana (1911) que existió hasta fines de esa década. Esos grupos sumados al pensamiento de Jacques Maritain se opondrán al nacionalismo católico de inspiración fascista.. Lucas Ayarragaray, una de las figuras del Partido Demócrata Cristiano, al realizarse la Convención Constituyente de 1957, señaló a Palacios como profundo conocedor de la Biblia. No fue el único elogio que recibiera en tal sentido. Miguel Fernando Punta, amigo dilecto del líder socialista, recordaba: “El padre Franceschi, entonces director de la revista Criterio, publicó un artículo donde decía que mientras los diputados nacionalistas y católicos se han olvidado de las mujeres argentinas, un socialista había presentado una ley que prohibía a las empresas dejar cesantes a las señoritas que contraen matrimonio. Esa es una ley de Palacios, y es Franceschi quien critica a los diputados católicos y conservadores” 6. A ello puede añadirse el juicio de Pedro Larralde en el programa “La Gente” de Canal 7 cuando, el 3 de febrero de 1961, a poco de clausurar la campaña que lo convertiría en senador por la Capital tan sólo 2 días mas tarde. Palacios es entrevistado no sobre política, sino acerca de otros aspectos de su vida. “Todos sabemos que, entre muchas de sus erudiciones, esta su erudición bíblica. Sabemos que es un lector asiduo de la Biblia y uno de los hombres que mejor la conoce”, dirá Larralde. Y Palacios responde: “Sí señor, y uno de mis sueños fue llegar algún día a Jerusalén, siendo niño, y el sueño se realizó porque cuando se instauró el Estado de Israel tuve el honor de que su gobierno me invitara y llegué a Israel eufórico. Después visité, además de seguir el camino de los profetas… que eso me emocionó profundamente porque he sostenido en mi libro La justicia social que los fundadores de la justicia social han sido los profetas de Israel, las tierras del Nuevo Testamento (…) En el Evangelio está vibrando la ética. Jesús siente la moral, pero la moral viva. Esa es la diferencia que hay entre Séneca y Jesús: Séneca fue un magnífico moralista, pero era una moral muerta porque no se adaptaba a lo que él hacía. Siendo un hombre tan maravilloso fue cortesano de Nerón. En cambio, la moral del Evangelio de Jesús es una moral viva, es el ejemplo de él. Yo siento el socialismo ético y me he definido como socialista diciendo que lo soy con un sentido ético, con un sentimiento limpio de nacionalismo y con un idealismo militante”.

Casi 60 años después de la conferencia pronunciada, el Jueves Santo de 1903, en el Salón Unione e Benevolenza encontramos a Alfredo Palacios manteniendo vivo el fuego de aquellas palabras. “Y Jesús fue el precursor de las doctrinas modernas que hoy inundan, con el empuje del torrente, los pueblos civilizados”. No ahorra en sus palabras criticas a la Iglesia: “En nombre de Jesús anatematiza a los hombres nuevos y pretende creer que fraterniza con la democracia”, en rebelión contra la Encíclica y el Syllabus del papa Pío IX: “La Encíclica, obra de los déspotas, condena la civilización moderna y declara que es opinión perniciosa e insana creer que todo hombre tiene derecho a la libertad de conciencia y de culto y que este derecho en un país bien gobernado debe ser proclamado y apoyado por la ley…”. La amistad con eminentes hombres de la Iglesia como monseñor De Andrea, las lecturas subrayadas y comentadas de Jacques Maritain (ilustre filósofo francés que colaboró con Criterio) y el amor por Figuras de la Pasión del Señor de Gabriel Miró (oportunamente prohibido en su lectura para los católicos) no modificaron un ápice la independencia de pensamiento que Palacios manifiesta con hidalguía hasta su muerte. También allí el duro debate estuvo presente, dado que el sacerdote Amancio González Paz aseguró entonces que el político socialista “murió en la fe”, aunque Gregorio Selser (que integró el círculo íntimo en esos momentos) negó rotundamente tal afirmación. Por cierto, la duda quedó instalada para siempre aunque a la hora de velar sus restos, amigos y correligionarios retiraron un crucifijo colocado en la capilla ardiente aludiendo a las convicciones laicas de Palacios. “No podría decir si Palacios practicaba el catolicismo a escondidas de su partido, pero es cierto que en su casa tenía en la biblioteca un cuadro de Cristo. Sin embargo, no era la imagen tradicional de Cristo, sino un Cristo espiritista”, declaró Rodríguez Molas 7. La frase: “Son cosas de Palacios”, trataba de resumir el genio vital, el idealismo militante y el gesto romántico impregnado de sabia independencia de espíritu hacia el más alto ideal de justicia. Por eso, y otras razones, Manuel Gálvez lo incorporó a su Mundo de seres ficticios como “uno de los grandes argentinos de este tiempo”.


Alfredo Lorenzo Palacios (Buenos Aires, 10 de agosto de 1878 - 20 de abril de1965). Estudió Derecho en la Universidad de Buenos Aires donde se recibió de abogado. Diputado (electo en 1904, 1912 y 1963) y senador nacional (electo en 1932, 1935 y 1961) (en total por seis períodos legislativos). Convencional constituyente (1957), embajador en la República Oriental del Uruguay, profesor y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, decano y presidente de la Universidad Nacional de La Plata (y posteriormente profesor emérito de ambas). Creó la cátedra de legislación del trabajo en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires y del Instituto de Orientación Vocacional. Recibió en 1923 el premio nacional a la Producción Científica. Fue uno de los fundadores y primer presidente de la Unión Latinoamericana. Figura relevante de la Reforma Universitaria. Doctor honoris causa de las Universidades de Montevideo, San Marcos de Lima, Asunción, Cuzco, Arequipa, México, Bolivia y Río de Janeiro. Figura eminente del Partido Socialista al que también representó como candidato a la presidencia de la Nación.



1. Palacios, Alfredo: Débora y Golda: madres de Israel, cuadernillo que reproduce el artículo aparecido en la revista Comentario, Nº 24, Buenos Aires.
2. García Costa, Víctor: Alfredo Palacios, entre el clavel y la espada, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1997, segunda edición.
3. “Perdone, mi querido doctor, esta carta extensa, rica de réplica a su juicio, y, sin embargo, llena de mi vieja estimación por usted y mi leal cariño”. Carta de Gabriela Mistral publicada en El País de Montevideo el 1º de abril de 1925.
4. Stvdiuvm de Cultura, Madrid, 1949.
5. Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
6. Entrevista con el autor, grabada el lunes 27 de febrero de 1995.
7. En “El Principio de Identidad” de Viviana Gorbato, publicado en Página/12, domingo 13 de febrero de 1994. Asimismo fueron consultados los sitios web del Círculo de Obreros Católicos, del Partido Demócrata Cristiano. El autor agradece a la Sra. Raquel Iribarne de Traine, de la Fundación Alfredo L. Palacios, por la valiosa colaboración prestada.

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