domingo, 30 de enero de 2011

Willy Brandt se convierte en un héroe de ópera a los cinco años de su muerte - El País - 1997

Willy Brandt se convierte en un héroe de ópera a los cinco años de su muerte
Frialdad de la crítica y emoción del público en el estreno de la obra en Dortmund
PILAR BONET - Dortmund - 29/11/1997
El líder socialista alemán Willy Brandt no es el Sigfrido de El anillo de los nibelungos ni Evita Perón, pero sí una figura histórica con fuerza suficiente para convertirse en el héroe de una ópera. Así opina el director de teatro John Dew, que ha intentado convertir esta idea en realidad y acaba de estrenar en Dortmund La genuflexión de Varsovia, dedicada al ex canciller federal y artífice de la ostpolitik, fallecido hace cinco años. La obra es una ópera política. Las características del género, que impregnan sobre todo los diálogos, son tan obvias que a veces uno cree estar ante un noticiario documental de la vida de Willy Brandt, e incluso ante una ópera del realismo socialista.
En La genuflexión de Varsovia las instantáneas de la biografía del político se suceden aceleradamente al ritmo de la música de Gerhard Rosenfeld, un compositor procedente de la ex República Democrática Alemana. Durante dos horas, por escena pasan vertiginosamente los años veinte en Alemania, el inicio (a ritmo de un tango bastante frío) de la relación entre Willy y Ruth, su futura esposa. Por el escenario pasa el exilio en Suecia, la vuelta a Alemania, la construcción del muro de Berlín (con alambre de espino incluido), la carrera política a la jefatura de la cancillería, la ostpolitik, el encuentro con Erich Honecker y los viajes de Egon Bahr, el hombre de confianza de Brandt, a Moscú; y, finalmente, el asunto del espía Günter Guilleaume y el ocaso de Brandt. Todos los personajes están representados de manera que se parezcan lo más posible a sus modelos históricos.El escenario, de corte expresionista, se mantiene a lo largo de toda la obra, aunque cambia de color: se trata de una cuadrícula de trazos negros, dividida en tres partes, con las dos laterales inclinadas, como si fueran edificios a punto de derrumbarse.
"Willy, Willy, Willy"
El libreto, que ha sido escrito por Philipp Kochheim, ha puesto en boca de Brandt frases como éstas: "Kennedy duerme mal y teme la guerra atómica", "¡Política europea! ¡Interés común! ¡Colaboración positiva! ¡Neutralizar la desconfianza! ¡Asegurar la paz activamente! ¡Que el SPD muestre lo que puede (hacer)! ¡Atrevámonos a tener más democracia!". A esta última parrafada, los ayudantes de Brandt responden: "Willy, Willy, Willy".Las críticas a La genuflexión de Varsovia han sido, en buena parte, frías o negativas, pero a John Dew no parece importarle demasiado. Asegura que una cosa son los especialistas, incapaces de dejarse llevar y de sentir emociones, y otra el público. Dew repite a menudo la palabra "emociones". "Los alemanes han tenido una historia tan brutal que el resultado es su falta de sentido del humor y su intento de evitar las emociones. Son muy analíticos. El gran problema de los críticos es que no se dejan ir, que no se liberan", señala. "Cuando Brandt era canciller, las emociones eran parte de la política", afirma Dew.
En la representación de la ópera del pasado jueves por la noche se pudo comprobar inesperadamente que los espectadores pueden tener una sensibilidad distinta de los críticos. "He, llorado. He llorado de verdad", exclamó, sin ser preguntado, un vecino de Colonia que dijo llamarse Müller y haber viajado a Dortmund para ver la obra. "Algunas de las escenas son muy conmovedoras para mi generación", señaló el espectador, que dijo haberse emocionado cuando apareció en escena un grupo de judíos con la estrella amarilla cosida sobre la ropa. Este cuadro precede al momento culminante de la ópera: Willy Brandt cae de rodillas durante su visita al gueto de Varsovia en 1970. Dew respeta la solemnidad del momento, y la música se interrumpe mientras uno de los tres actores que representan a Brandt cae de rodillas y escenifica aquel momento famoso en total silencio. Los críticos coinciden en afirmar que ése es el mejor momento de la obra.
Dew ha desdoblado la figura de Brandt en tres personajes: el Brandt joven, el Brandt adulto y el Brandt anciano. Los tres permanecen en el escenario a lo largo de toda la obra y dialogan sobre la biografía común, abordándola desde sus diferentes perspectivas. En opinión de Dew, "aún hay mucha gente que odia a Willy Brandt", y "eso se vio en el estreno". "Ese día", continúa, "había butacas vacías, que eran las de la gente que tiene abonos". Del estreno estuvieron ausentes la ex esposa de Brandt, Ruth; el ex ministro de Exteriores Walter Schell; el ex candidato a canciller Rainer Barzel, y el espía Günter Guillame. El que sí estuvo fue el fiel Egon Bahr, que podía contemplarse en el escenario como uno de los personajes de la obra.
Dew, un británico de 53 años nacido en Cuba y con antepasados españoles, dirigió la ópera de Bielefeld entre 1982 y 1995, y allí -con el título de La ópera degenerada- puso en escena una serie de 45 obras de los años veinte que habían sido prohibidas en la época nazi. Entre sus proyectos de futuro está poner en escena una ópera dedicada a Fidel Castro para la que ya tiene el título: Cuba libre. No ha decidido todavía si Castro deberá cantar o no, porque un aria de Fidel "tiene que durar por lo menos cinco horas".

sábado, 29 de enero de 2011

Hans Matthofer, un socialdemocrata ejemplar - El País - 2009

OBITUARIO: 'IN MEMÓRIAM'
Hans Matthöfer, un socialdemócrata ejemplar
IGNACIO SOTELO 17/11/2009
El 15 domingo de noviembre falleció, a los 84 años, Hans Matthöfer. Lo comunicaba el recién elegido presidente del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), Sigmar Gabriel, justo al finalizar un congreso que ha intentado recuperar la socialdemocracia que él encarnó de manera ejemplar.
Nacido en Bochum, hijo de un obrero que trabajaba en una acerería, aunque en la gran crisis de los años treinta con largos periodos de desempleo que marcaron su niñez, así nos lo cuenta en los recuerdos de los años juveniles que publicó en 2006. Estudió Económicas, superando las pruebas de acceso a la Universidad para mayores de 25 años. Siguiendo los pasos del padre, desde muy joven se afilia al SPD y al sindicato del metal, donde empieza a trabajar al terminar la carrera, llegando a secretario de educación de IG Metall. En 1961 es elegido diputado, escaño que conserva hasta 1987. Willy Brandt lo hace secretario de Estado y Helmut Schmidt en 1974 ministro de Investigación y Tecnología. Al año, la oposición conservadora pide su dimisión por haber llamado al Gobierno de Pinochet una "banda de criminales". En 1978 es nombrado ministro de Hacienda, cargo que ocupa hasta 1982. En estos años de rápido aumento del desempleo, convencido de que el crecimiento a largo plazo exige unas finanzas equilibradas, en la línea del canciller Schmidt, se niega a apuntalar el Estado de bienestar incrementando la deuda pública. Esto produjo una ruptura con los sindicatos que ha tenido consecuencias funestas para el movimiento obrero.
Dos políticas esenciales
Matthöfer pensaba que la política socialdemócrata no debe oponerse a la razón económica, sino centrarse en dos puntos en los que ha insistido a lo largo de su vida: humanización del trabajo y consolidación, en la medida de lo posible incluso ampliación de la cogestión. Una política de empleo necesita de la presencia obrera en los consejos de administración que canalicen las inversiones hacia el empleo, pero también de una política razonable de equilibrio presupuestario.
Los españoles tenemos que estarle especialmente agradecidos. Su labor en el sindicato y sus primeros años de diputado coincidieron con la llegada masiva de inmigrantes españoles. Destacó por su afán de organizar a los españoles con el fin de educarlos a participar en sindicatos libres y en partidos democráticos de clase, a la vez que ayudó cuanto pudo a la oposición democrática que empezaba a emerger en el interior, hasta el punto de que en su grupo parlamentario se le conocía como "el diputado por Barcelona".
Hoy me domina un recuerdo. El del ministro de Hacienda esperando en el andén de la estación de Francfort. Ante mi extrañeza de encontrarlo entre la gente, me aclara que para llegar a Bonn el tren era mucho más práctico que el coche oficial. Desde entonces no he podido fiarme del político que cambia de vida cuando llega a ministro. Y una sensación de culpa. Solía mandarme sus libros; hace unos meses recibí una biografía suya que coloqué en el montón de los que esperan lectura. Hoy al abrirlo descubro que estaba dedicado por él, y se ha muerto sin que yo diera señales de vida. Me duele en especial porque en estos últimos 20 años ya había sufrido lo olvidadizos y hasta desagradecidos que podemos ser los españoles.
Sotelo es catedrático de Sociología en excedencia.

Olof Palme espera ganar las elecciones - El País - 1978

Olof Palme espera ganar en las elecciones
Los socialdemócratas insistirán en favor de la energía nuclear, tema que les hizo perder en 1976
20/01/1978
Las últimas encuestas de opinión suecas dan un triunfo socialdemócrata superior al 51% de los votos, si las elecciones suecas se celebraran ahora. Olof Palme, el líder socialdemócrata derrotado en 1976 por la coalición burguesa (centristas, liberales y moderados), inicia ya su estrategia para las que se celebrarán en 1979. La socialdemocracia sueca insistirá en su política favorable a la energía nuclear, a pesar de que éste fue uno de los motivos decisivos para perder las anteriores. Olof Palme criticó la actual política económica del Gobierno sueco, consistente en «socializar las pérdidas».La entrevista con Olof Palme se celebró en una sala del moderno y funcional edificio donde se alberga en la actualidad el Sveriges Riksdag (Parlamento sueco). El señor Palme nos mostró unos cuadros alusivos a la lucha de los socialistas suecos, durante el siglo pasado, por una democracia desde hace muchos lustros estable.
Cuando nos referimos a sus posibilidades de ocupar de nuevo el cargo, de primer ministro, sonrió complacido y aceptó las grandes probabilidades de que en septiembre del próximo año haya un jefe de Gobierno socialdemócrata, aunque pueda no ser él... En cambio, aunque no descartó la posibilidad, no confía en que una moción de censura contra el Gobierno en el poder anticipe el regreso de los socialdemócratas.
Según Olof Palme, su partido se encuentra cohesionado -«a diferencia de la coalición burguesa»-, y no es cierto que haya sido traicionado por la juventud, a pesar de los diferentes puntos de vista durante la campaña electoral sobre la energía nuclear. «Oponerse a la energía nuclear y pretender que la economía se desarrolle como sea no tiene sentido. El partido mantendrá la misma política sobre energía nuclear para las próximas elecciones. Sabemos que no hemos perdido dinamicidad dentro del partido, al que se han incorporado de cincuenta a 60.000 nuevos afiliados.»
En opinión de Olof Palme, el problema principal del actual Gobierno es «que no gobierna y que se encuentra muy dividido». Le recordamos que, en cambio, el ministro de Industria, Nils G. Asling, nos había dicho que el Gobierno socialdemócrata había descuidado el norte del país (la zona menos rica de Suecia), y ahora, a través de créditos y de la creación de fondos de ayuda, se está promocionando la economía regional y fomentando el cooperativismo y la pequeña y mediana empresa.
Olof Palme rechazó tales afirmaciones y aseguró que los socialdemócratas siempre ayudaron a la industria privada, mientras que el Gobierno burgués se ha dedicado a socializar industrias de astilleros, aceros, computadoras y textiles. «Con ello el Gobierno se ha limitado a socializar las pérdidas, y las pequeñas y medianas empresas se encuentran decepcionadas por la escasa ayuda recibida. Yo creo que el Gobierno lo hace lo mejor que puede. No tiene otra alternativa. »
El líder socialdemócrata se refirió a las excelencias de su partido, que una vez cubiertas las dos primeras etapas de la democracia política y social, aplicará, si obtiene el Gobierno en 1979, la democracia económica, «que no se logra -puntualizó Palme- aumentando el poder del Estado, que sólo conduciría a un capitalismo de Estado, sino a través de un planeamiento económico en ternas como energía, política regional y empleo».
Olof Palme, en respuesta a otras preguntas, declaró que los socialdemócratas tratan de ayudar a la minoría lapona y que durante su permanencia en el poder se inició una auténtica política de inmigración, en un país, como Suecia, poco acostumbrado a gentes de otras latitudes, reconociendo a los 500.000 inmigrantes los mismos derechos que a los suecos, incluido el derecho de voto en las elecciones municipales.
La vinculación de la socialdemocracia sueca con el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) no se va a materializar en un próximo encuentro entre Felipe González y Olof Palme. Este último aludió a los contactos a nivel de base, que en estos momentos se desarrollan, y se refirió concretamente a la delegación de cuadros del PSOE, que durante los días 9 al 15 de enero visitó Estocolmo para estudiar algunas de las experiencias aplicadas por la socialdemocracia sueca, especialmente en el campo del cooperativismo.
Hablamos con Olof Palme de la posición solidaria de su partido con el PSOE, pero se niega a enjuiciar actitudes concretas de los socialistas españoles. Le recordamos que su imagen, con una hucha en la mano, recorrió España en septiembre de 1975, poco después de la ejecución de cinco militantes de FRAP y ETA. Olof Palme nos señala hacia la ventana, desde donde se ve la plaza en la que se tomó aquella foto. «Detuvimos el congreso que celebrábamos para iniciar una cuestación en apoyo a la democracia en España y en solidaridad con el PSOE. La prensa franquista dijo que reunía dinero para los terroristas. Pero a mí no me preocupó esta versión.» Olof Palme nos reveló un dato no conocido: en menos de una hora obtuvo con su famosa hucha unas mil coronas (18.000 pesetas).

Johanna Dohnal, luchadora por la igualdad en Austria - El País - 2010

Johanna Dohnal, luchadora por la igualdad en Austria
En los años noventa, fue la primera ministra para Asuntos de la Mujer
GLORIA TORRIJOS 16/03/2010

Johanna Dohnal, la primera ministra austriaca para Asuntos de la Mujer en los años noventa y luchadora por los derechos de sus compatriotas en el país alpino, falleció el pasado 20 de febrero a causa de un problema cardiaco, a los 71 años, en Baja Austria, donde vivía con su pareja femenina.
Johanna Dohnal, la primera ministra austriaca para Asuntos de la Mujer en los años noventa y luchadora por los derechos de sus compatriotas en el país alpino, falleció el pasado 20 de febrero a causa de un problema cardiaco, a los 71 años, en Baja Austria, donde vivía con su pareja femenina.
Esta socialdemócrata consiguió que se adoptara el derecho de las mujeres a recibir el mismo sueldo que sus colegas masculinos, que se fijara la misma edad de jubilación para ambos sexos, que se fomentara el ingreso de mujeres en empleos ejecutados hasta entonces sólo por varones, que fuera delito el acoso sexual en el trabajo y que se abrieran más jardines de infancia. Todo, para facilitar la plena integración femenina en el mundo laboral. "La visión del feminismo no es un futuro femenino, es un futuro humano. Sin asociacionismos de machos ni de hembras", aseguró el 8 de marzo de 2007 con ocasión del Día Internacional de la Mujer.
Madres solteras
Johanna Díez, que adoptó su apellido Dohnal de su esposo, nació el 14 de febrero en 1939 en "una dinastía de hijas ilegítimas y madres solteras", como le gustaba recordar, y se crió en la pobreza en Viena con su madre, una obrera tuberculosa, y su abuela, que se ocupaba de ambas. Tras estudiar, trabajó como contable. A los 17 años entró en el entonces Partido Socialista Austriaco (SPÖ), que luego se llamaría socialdemócrata, y con 18 se casó con Franz Dohnal, del que se separó en 1976. Tuvieron un hijo, tras cuyo parto se reintegró al trabajo a las seis semanas, y una hija. Para ocuparse de ellos y seguir ganando dinero para la familia, comenzó a trabajar desde su vivienda hasta que encontró un empleo de media jornada.
Además, en 1973 entró en política como concejal de un distrito de Viena y el canciller federal Bruno Kreisky la nombró secretaria de Estado para Asuntos de la Mujer en 1979, desde donde luchó por la división igualitaria del trabajo doméstico, porque fuese un delito penal la violación dentro del matrimonio y cualquier otra agresión, y porque se introdujera una cuota de mujeres en los puestos políticos.
En 1999, se enfrentó al entonces canciller federal, Franz Vranitzky, diciéndole: "Ya llevo 11 años de secretaria de Estado". Vranitzky la nombró poco después ministra de esa cartera, que ella inauguró y de la que fue relevada en 1995 por Helga Konrad, tras lo cual abandonó la actividad política. En el SPÖ, llegó a ser presidenta federal de las mujeres de esta facción política y, posteriormente, presidenta del partido. Dohnal fue una visionaria, una activista adelantada en 20 o 30 años a su época, coinciden en señalar los analistas.

Fritz Muliar, actor imprescindible en Austria - El País - 2009

OBITUARIO
Fritz Muliar, actor imprescindible en Austria
Actuó en teatro, películas y series durante 72 años
LILA PÉREZ GIL 11/05/2009
Aunque Fritz Muliar es un nombre que tal vez a pocos les suene en España, seguramente su memoria se refresque al saber que actuó en la popular serie austriaca Rex, un policía diferente, emitida en varias cadenas españolas. Muliar falleció el 3 de mayo en Viena, de una manera casi envidiable para muchos actores, profesionales a los que les cuesta mucho abandonar una ocupación que exige una vocación casi inquebrantable. Con 89 años, sufrió un ataque al corazón poco después de bajar del escenario del Teatro in der Josefstadt, donde representaba la obra Die Wirtin (La Tabernera), de Carlo Goldoni. No se recuperó.

Además de ser uno de los actores más famosos y queridos de Austria, por sus películas, sus series de televisión y, sobre todo, por sus actuaciones teatrales, había publicado numerosos libros. "Estoy desolado", dijo Herbert Föttinger, el director del teatro, al diario Wiener Zeitung, "se había convertido en mi amigo y me apreciaba mucho". Föttinger añadió que todavía trabajaban juntos en varios proyectos para el futuro del teatro.
Friedrich Ludwig Stand nació en Viena en 1919, hijo de Leopoldine Stand, secretaria de un banco, y de Maximiliam Weschelbaum, un oficial tirolés afín a las ideas nazis. La pareja, que no se había casado, se separó -la mujer era socialdemócrata convencida- y su madre se casó con un joyero vienés, Mischa Muliar, que adoptó a Fritz.
Empezó sus estudios de actor a los 16 años en el Conservatorio de Viena, y ya trabajaba en cabarés en los años treinta. Su primer papel en el teatro lo obtuvo en 1937, en Lieben August (El querido Augusto). Pero las cosas empezaban a pintar mal para los judíos, y su padre adoptivo tuvo que huir a América en 1939, escapando de los nazis.
El joven actor, se dedicó a trabajar entonces como representante de una firma de productos para bebés para sacar la familia adelante, hasta que fue llamado a filas, después de la Anschluss (la invasión y anexión de Austria por la Alemania de Hitler en 1938). Se negó, le capturaron, y evitó la pena de muerte y la posterior condena a cinco años de cárcel enrolándose para el frente alemán en Rusia. Allí le capturaron los soldados del Ejército británico, que lo mantuvieron prisionero hasta que terminó la II Guerra Mundial.
Regreso a las tablas
Después de la contienda, recuperó su profesión, sobre todo en el teatro. Actuó numerosas veces en el Volkstheater vienés de 1951 a 1963, y después pasó a formar parte de la compañía estable del Burghtheater, el más prestigioso escenario de lengua alemana en Europa, donde interpretó, entre otras obras, La ópera de los tres peniques de Bertold Brecht y Medida por medida, de William Shakespeare.
El gran público ya conocía a Mulier, de pequeña estatura, por sus imitaciones de acentos y personajes, pero se hizo más famoso cuando dio el salto a la televisión con una serie que conquistó al país: Las aventuras del buen soldado Svejk, el libro del checo Jaroslav Hasek adaptado para la televisión en 1972.
Pero Muliar tenía también una faceta política a la que nunca renunció. Se consideraba un socialdemócrata -por innegable influencia materna- y lo declaraba en cualquier ocasión. "Lo más importante y lo más bello de esta Europa libre es que podemos expresar nuestra opinión", dijo una vez. Y en otra ocasión, le preguntaron cuál era su sueño, y él contestó que ya lo había visto realizado: "Una Austria libre".
La socialdemócrata ministra de Cultura austriaca, Claudia Schmied, comentó tras conocer su muerte: "Los logros obtenidos por Mulier en favor de este país son indudables. Su muerte es una dolorosa pérdida para la vida cultural de Austria". Y hasta en el otro extremo del espectro político, el ultraderechista Stefan Petzner, de la Alianza por el Futuro de Austria, dijo: "Su muerte deja un gran hueco en el panorama teatral austriaco".

Austria: continuidad socialdemocrata - El País - 1979

EDITORIAL
Austria: continuidad socialdemócrata
08/05/1979
AL DAR el triunfo electoral al socialdemócrata Bruno Kreisky, los austríacos apostaron el pasado domingo por lo conocido, que en este caso parece ser lo bueno. Austria está entre los países más saludables de Europa, no sólo desde el punto de vista económico, sino en lo que concierne a la convivencia social que se mantiene en su territorio. Sufre un índice de inflación que apenas supera el 3% y un nivel de desempleo que afecta tan solo al 2,2% de la población. Ante este panorama, de poco sirvió la propaganda conservadora, que proponía una serie de reformas económicas, incluida una disminución de las tasas impositivas.Según el propio Kreisky -diez años en el poder, con la seguridad de seguir cuatro años más al frente del Gobierno austríaco- fueron los 500.000 jóvenes recién salidos de la escuela los que le dieron el triunfo. El popular canciller de 68 años, al que la vista física le falla, pero al que la vista política acompaña de modo infalible, dio a ese medio millón de nuevos votantes una esperanza audaz: si hace falta endeudar al país para continuar creando puestos de trabajo, nos seguiremos endeudando. La respuesta juvenil no pudo ser más positiva. Y más realista. Frente a la posición conservadora, que prometía acabar con el modesto déficit presupuestario que padece Austria, el viejo canciller socialista prefirió el riesgo. La situación no tiene paralelo con la británica, donde ha sido precisamente un electorado joven y desencantado, desempleado, el que ha dado la espalda a los laboristas de James Callaghan para probar con los conservadores, que, aún sin concretar cómo, anuncian que podrán dar trabajo a una población que ya perdió esa esperanza.
La de Bruno Kreisky ha sido una lección de honestidad política y de voluntad democrática. En noviembre del pasado año sufrió el mayor revés de su vida de primer ministro, al convocar y perder un referéndum en el que él sugería una solución nuclear a los problemas energéticos de su país. El canciller Kreisky planteó el referéndum como una cuestión personal y lo asumió como un fracaso. Los austríacos le han convencido ahora, sin embargo, que aquella era una batalla, pero no la guerra. La guerra electoral la ha ganado holgadamente, sin que en tal triunfo haya jugado papel alguno el debate nuclear, cuya clausura por la vía del plebiscito ha eliminado de la vida austríaca un grave riesgo de inquietud social.
Otra lección de los comicios austríacos se obtiene de los porcentajes de participación de los votantes. El 90% de un electorado compuesto por algo más de cinco millones de personas acudió a las urnas. En una Europa que se define a sí misma como cansada del debate electoral, el entusiasmo con el que los habitantes de este país eminentemente tranquilo y conservador del viejo continente cumplieron con su deber cívico no deja de ser estimulante, sobre todo si se tiene en cuenta que en las elecciones del pasado domingo no se discutía ningún hecho de capital importancia para el porvenir de la tierra del Danubio.

Tony Judt - Revolucionarios - El País - 2010

FRAGMENTO LITERARIO: LECTURA
Revolucionarios
TONY JUDT 24/01/2010
Activo, pese a la tetraplejia que él mismo describía en su texto 'Noche' del pasado domingo, Tony Judt hace un alarde de brillantez y humor en este relato, a modo de memorias, en el que da un repaso a los años sesenta, su época juvenil, marcada por los Beatles, la minifalda, la guerra de Vietnam o la primavera de Praga
Yo nací en Inglaterra en 1948, suficientemente tarde, por unos años, para no tener que hacer el servicio militar obligatorio, pero a tiempo para los Beatles: tenía 14 años cuando sacaron Love me do. Tres años después aparecieron las primeras minifaldas, y yo era lo bastante mayor como para valorar sus virtudes y lo bastante joven como para aprovecharlas. Crecí en una época de prosperidad, seguridad y confort y, por tanto, al cumplir 20 años, en 1968, me rebelé. Como tantos jóvenes pertenecientes al baby boom, fui conformista en mi inconformismo.
"Crecí en una época de prosperidad, seguridad y confort y, por tanto, al cumplir 20 años, en 1968 me rebelé"
"Qué suerte que el antinazismo exigiera -hasta el punto de definirse en función de ellos- orgasmos en serie"
"Para vivir una revolución de verdad, uno iba a París. Fui allí en la primavera del 68 para respirar la historia"
"Desde nuestro punto de vista, fuimos una generación revolucionaria. Qué lástima que nos perdimos la revolución"
No cabe duda de que los sesenta fueron una buena época para ser joven. Todo parecía estar cambiando a una velocidad sin precedentes, y el mundo parecía dominado por la juventud (una observación verificable si se ven las estadísticas). Por otro lado, al menos en Inglaterra, el cambio podía ser engañoso. Los estudiantes nos oponíamos ruidosamente al apoyo que el Gobierno laborista daba a la guerra de Vietnam de Lyndon Johnson. Recuerdo al menos una de aquellas manifestaciones en Cambridge, después de una conferencia de Denis Healey, entonces ministro de Defensa. Perseguimos su coche hasta las afueras de la ciudad, y un amigo mío, hoy casado con la Alta Representante de Asuntos Exteriores de la UE, saltó al capó y golpeó con furia las ventanillas.
Sólo que, cuando Healey se alejaba, nos dimos cuenta de lo tarde que era; la cena en el comedor de la universidad empezaba en cuestión de minutos y no queríamos perdérnosla. Mientras volvíamos al centro, me tocó trotar al lado de un policía de uniforme que había estado vigilando la multitud. Nos miramos: "¿Cómo le parece que ha estado la manifestación?", le pregunté. Como si fuera una pregunta de lo más corriente -sin ver en ella nada extraordinario-, me contestó: "Oh, creo que ha estado bastante bien, señor".
Es evidente que Cambridge no estaba maduro para la revolución. Tampoco lo estaba Londres: en la famosa manifestación de Grosvenor Square, ante la embajada estadounidense (de nuevo a propósito de Vietnam; como tantos de mis contemporáneos, me movilizaba sobre todo contra las injusticias cometidas a miles de kilómetros de distancia), apretado entre un aburrido caballo de la policía y unas vallas, sentí algo húmedo y caliente que me corría por la pierna. ¿Incontinencia? ¿Una herida que sangraba? No fui tan afortunado. Me había estallado en el bolsillo una bomba de pintura roja que pretendía arrojar contra la embajada.
Esa misma tarde, yo tenía que cenar con mi futura suegra, una señora alemana de instinto impecablemente conservador. No creo que su opinión de mí, ya bastante escéptica, mejorara cuando llegué cubierto desde la cintura hasta el tobillo por una sustancia roja y pegajosa; ya se había alarmado al saber que su hija salía con uno de esos izquierdistas desaliñados que gritaban "Ho, Ho, Ho Chi Minh" y a los que había visto con cierta repugnancia por televisión esa tarde. Lo único que sentí yo, por supuesto, fue que se tratara de pintura y no de sangre. Oh, épater la bourgeoise.
Para vivir una revolución de verdad, desde luego, uno iba a París. Como muchos de mis amigos y contemporáneos, fui allí en la primavera del 68 para observar -para respirar- la auténtica historia. O, al menos, una representación increíblemente fiel de la auténtica historia. O, tal vez, en las escépticas palabras de Raymond Aron, un psicodrama representado en el mismo lugar en el que, en otro tiempo, la auténtica historia había formado parte del repertorio. Dado que París había sido verdaderamente un escenario de revolución -gran parte de nuestra interpretación visual del término deriva de lo que sabemos sobre los sucesos que allí ocurrieron en los años 1798-1794-, a veces era difícil distinguir entre la política, la parodia, el pastiche... y la representación.
En cierto sentido, todo era tal como debía ser: verdaderos adoquines, problemas reales (o suficientemente reales para los participantes), violencia real y, de vez en cuando, víctimas reales. Sin embargo, desde otro punto de vista, a todo aquello parecía faltarle algo de seriedad: incluso en aquellos momentos me costaba mucho creer que bajo los adoquines estaba la playa (sous le pavés la plage), y todavía más que una comunidad de estudiantes descaradamente obsesionados con sus planes de verano -recuerdo lo mucho que se hablaba, en medio de intensos debates y manifestaciones, de ir a pasar las vacaciones a Cuba- pretendiera seriamente derrocar al presidente Charles de Gaulle y su Quinta República. De todas formas, con sus propios hijos en las calles, muchos comentaristas franceses aparentaban creer que podía suceder y estaban, por consiguiente, nerviosos.
Al final, no ocurrió nada serio y todos volvimos a casa. En su momento, me pareció que Aron había sido innecesariamente despectivo; era su dispepsia, provocada por el entusiasmo adulador de algunos de sus colegas, que se sentían arrebatados por los sosos clichés utópicos de sus atractivos pupilos y estaban deseando unirse a ellos. Hoy tendería a compartir su desprecio, pero entonces me pareció excesivo. Lo que más parecía molestar a Aron era que todo el mundo estaba divirtiéndose y, a pesar de su inteligencia, no era capaz de ver que, aunque divertirse no es lo mismo que hacer la revolución, muchas revoluciones han comenzado entre juegos y risas.
Uno o dos años después visité a un amigo que estudiaba en una universidad alemana; Gottinga, creo recordar. Resultó que, en Alemania, "revolución" significaba algo muy distinto. Nadie se divertía. A ojos de un inglés, todos parecían indescriptiblemente serios y alarmantemente preocupados por el sexo. Eso era una cosa nueva: los estudiantes ingleses pensaban mucho en el sexo, pero lo practicaban muy poco, mientras que los estudiantes franceses eran mucho más activos (o al menos me lo había parecido), pero mantenían el sexo y la política separados. Salvo por el llamamiento ocasional de "haz el amor y no la guerra", su actividad política era intensamente -absurdamente- teórica y seca. La participación de las mujeres -si es que la había- se limitaba a hacer café y compartir la cama (y aparecer como accesorios visuales a hombros de los varones para posar ante los fotógrafos de prensa). No es de extrañar que poco después apareciera el feminismo radical.
En Alemania, por el contrario, la política tenía que ver con el sexo, y el sexo, en gran medida, con la política. Me sorprendió descubrir, mientras visitaba a un colectivo de estudiantes alemanes (todos los estudiantes alemanes que conocí parecían vivir en comunas, compartiendo grandes pisos y las parejas respectivas), que mis contemporáneos de la Bundesrepublik se creían verdaderamente su propia retórica. Me explicaban que abordar las relaciones sexuales de manera despreocupada y sin ningún tipo de complejo era la mejor forma de liberarse de cualquier ilusión sobre el imperialismo americano y representaba una limpieza terapéutica del legado nazi de sus padres, que caracterizaban de sexualidad reprimida disfrazada de arrogancia nacionalista.
La idea de que una persona de 20 años en Europa Occidental podía exorcizar la culpa de sus padres despojándose (y despojando a su pareja) de ropas e inhibiciones -deshaciéndose metafóricamente de los símbolos de la tolerancia represiva- me pareció, desde mi perspectiva de izquierdista empírico inglés, algo sospechosa. Qué suerte que el antinazismo exigiera -hasta el punto de definirse en función de ellos- orgasmos en serie. Claro que, pensándolo bien, ¿quién era yo para quejarme? Un estudiante de Cambridge cuyo universo político estaba limitado por policías respetuosos y la limpia conciencia de un país victorioso que no había sido ocupado no era quizá el más apropiado para juzgar las estrategias purgativas de otros.
Tal vez no me habría sentido tan superior si hubiera estado más al tanto de lo que estaba sucediendo a unos cuantos kilómetros al este. ¿Cómo de hermético debía de ser el mundo de la guerra fría en Europa Occidental para que yo -estudiante aventajado de historia (!), judío originario de Europa del Este, que hablaba varios idiomas y había viajado mucho por mi mitad del continente- ignorase por completo los cataclísmicos acontecimientos que estaban produciéndose en Polonia y Checoslovaquia en esa misma época? ¿Me atraía la revolución? Entonces, ¿por qué no fui a Praga, sin la menor duda el lugar más apasionante de Europa en aquel momento? ¿O a Varsovia, donde mis coetáneos corrían peligro de expulsión, exilio y cárcel por sus ideas y sus ideales?
¿Qué dice de las falsas ilusiones del Mayo del 68 el hecho de que no pueda recordar ni una sola alusión a la Primavera de Praga, ni mucho menos al levantamiento estudiantil de Polonia, en nuestros serios debates radicales? Si hubiéramos sido menos provincianos (cuarenta años después, resulta difícil transmitir el grado de intensidad con el que podíamos llegar a discutir la injusticia de los horarios de cierre de la universidad), habríamos podido dejar una huella más duradera. En cambio, sólo sabíamos hablar hasta altas horas de la noche de la Revolución Cultural china, las revueltas en México e incluso las sentadas en la Universidad de Columbia. Salvo por algún que otro alemán despreciativo, satisfecho de considerar al checo Dubcek como otro renegado reformista, nadie hablaba de Europa del Este.
En retrospectiva, no puedo evitar pensar que perdimos una oportunidad. ¿Marxistas? Entonces, ¿por qué no estábamos en Varsovia debatiendo los últimos fragmentos del revisionismo comunista con el gran Leszek Kolakowski y sus alumnos? ¿Rebeldes? ¿Por qué causa? ¿A qué precio? Incluso los escasos conocidos míos que tenían la mala suerte de pasar una noche en la comisaría solían estar de vuelta en casa para la hora de la comida. ¿Qué sabíamos nosotros sobre el valor que hacía falta para soportar semanas de interrogatorios en las prisiones de Varsovia, seguidas de condenas de cárcel de uno, dos o tres años para estudiantes que se habían atrevido a pedir las cosas que nosotros dábamos por descontadas?
A pesar de nuestras ostentosas teorías sobre la historia, no fuimos capaces de reconocer uno de sus hitos fundamentales. Fue en Praga y Varsovia, en aquellos meses de verano de 1968, donde el marxismo acabó consigo mismo. Fueron los rebeldes estudiantiles de Europa Central quienes después debilitaron, desacreditaron y derrocaron no sólo un par de regímenes comunistas ruinosos, sino la propia idea del comunismo. Si nos hubiera preocupado un poco más el destino de las ideas que manejábamos con tan poca sinceridad, tal vez habríamos prestado más atención a las acciones y las opiniones de quienes se habían educado bajo su sombra.
Nadie debe sentirse culpable por haber nacido en el lugar apropiado y el momento oportuno. En Occidente fuimos una generación afortunada. No cambiamos el mundo; más bien, el mundo se avino a cambiar para nosotros. Todo parecía posible: a diferencia de los jóvenes de hoy, nunca tuvimos la menor duda de que íbamos a tener un trabajo interesante y, por tanto, no sentíamos la necesidad de desperdiciar nuestro tiempo en nada tan degradante como la "escuela de negocios". Casi todos acabamos trabajando en la educación o en la administración pública. Dedicamos nuestras energías a hablar de lo que no funcionaba en el mundo y cómo cambiarlo. Protestamos contra las cosas que no nos gustaban, e hicimos bien. Desde nuestro punto de vista, al menos, fuimos una generación revolucionaria... Qué lástima que nos perdimos la revolución.
© Tony Judt, 2010. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. La semana próxima, un nuevo artículo de Tony Judt.