sábado, 28 de marzo de 2009

Fernando de los Rios y la Universidad Internacional Menendez Pelayo

EL DIARIO MONTAÑES

TRIBUNA LIBRE
El legado de Fernando de los Ríos
12.01.08 -
ALEJANDRO SÁNCHEZ CALVO
El próximo mes de Julio se cumplen 75 años del inicio de las actividades de la UIMP en el Palacio de la Magdalena. Con esta institución académica, creada el año anterior por el ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos, se cerraba aquel proyecto educativo que había ideado su tío Francisco Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza con vistas a impulsar, junto con otros programas, la creación de una España nueva, europeizada. En este empeño por modernizar el país, participarían personalidades que vale la pena recordar. Desde Ortega y Gasset, Marañón o Gurmensindo de Azcárate, hasta Manuel Bartolomé Cossío, Federico de Onís, Luis de Zulueta y Américo Castro, entre otros muchos. Es lo que tienen las sociedades viejas: que al final acaban encontrando soluciones a sus problemas, y no tanto porque cuenten con experiencias que les faciliten las respuestas a las nuevas situaciones, sino porque siempre hay en ellas personajes capaces de señalar el camino a los demás. En este caso, intelectuales que se sentían herederos de aquella tradición liberal y progresista que entendía que el futuro del país pasaba por el aprecio al saber y el establecimiento de nuevas formas de organización social. Creían que era posible una España mejor al margen de la ortodoxia. Pues bien; entre estos personajes modélicos figura Fernando de los Ríos (Ronda, 1879 -Nueva York, 1949), intelectual comprometido con la transformación del país a partir de una acción política capaz de solucionar los problemas que impedían su progreso: tanto el agrario o el religioso, como el territorial o el de las desigualdades, por no hablar del desastroso estado en que se encontraba la educación. Basta con leer el libro de Octavio Ruiz-Manjón ('Fernando de los Ríos. Un intelectual en el PSOE', recientemente publicado), o el ya clásico de Virgilio Zapatero ('Fernando de los Ríos. Biografía intelectual', 1974, reeditado en 1999) para darse cuenta de su participación activa en todo ello: de su compromiso con la reforma de la sociedad española y con su incorporación a las formas políticas y culturales existentes en Europa. Libros que, por lo demás, nos ofrecen la oportunidad de recuperar la figura de un profesor y político que tanto ha ennoblecido ambas ocupaciones en una encrucijada histórica como es la del primer tercio del siglo XX. «Entre las primeras luces de la vida moderna y el tajo sanguinario de la Guerra Civil», que dice Muñoz Molina. Una época enormemente convulsa en la que se suceden episodios de tanto significado como la crisis de la Monarquía, la Dictadura de Primo de Rivera, que puso fin al sistema político de la Restauración, la República o la Guerra. Pero también un tiempo en que se confió en normalizar el país y en sacarle del atraso en que estaba.Catedrático de Derecho y educado en los principios de la Institución Libre de Enseñanza, partidaria de una organización de la sociedad española basada en la moral, Fernando de los Ríos se lanza a la política activa desde la militancia en el PSOE, pero sobre todo desde una ética y unas ideas que en muchas ocasiones le harían personaje incómodo a la propia organización. Próximo a Indalecio Prieto y al institucionista Julián Besteiro, de actitudes más flexibles, trata de aportar al partido el sentido humanista y liberal que se anticipa al movimiento socialdemócrata europeo surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Un socialismo basado en los principios éticos, que poco tenía que ver con aquel que observó en la Rusia despreciadora de la libertad, y que le llevaría a escribir el libro 'Mi viaje a la Rusia socialista'. Personaje, en fin, que con otros muchos se implica en la mejora de la vida española. Y, en éstas, el advenimiento de la República vendría a alimentar la esperanza de lograrla. Se creía que con ella sería más fácil. Y a ello se puso el nuevo régimen, no sin algunos períodos de inestabilidad. Se volcó en poner en marcha un programa de reformas sociales, de entre las que destaca aquella en que tanto protagonismo tuvo Fernando de los Ríos: la reforma educativa.Porque así fue. Nombrado Ministro de Instrucción Pública en 1931, aborda el desarrollo de un proyecto educativo que hundía sus raíces en la ILE -especialmente en aquella idea de Giner de los Ríos de que la regeneración del país pasaba por la formación del pueblo-, y que ya había materializado iniciativas de tanto calado como la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas que, creada en 1907, favorecería el «chapuzón europeo» para muchos jóvenes, favoreciendo con ello nuestro crecimiento científico y cultural; el Instituto-Escuela, fundado en 1918 y que tanto haría por la renovación de la enseñanza; o el Centro de Estudios Históricos, tan necesario para la iniciación en métodos de investigación, por mencionar tan sólo las más significativas. Lo que se hace ahora es intensificar este proyecto con un ambicioso programa de construcción de escuelas e institutos que acerque la educación a todos; pero también con actividades de formación del profesorado, o con la creación de las Misiones Pedagógicas, una especie de escuelas ambulantes que llevaría la cultura y el arte a los pueblos más remotos. En fin, que, pese a las restricciones presupuestarias por las que en ciertos momentos tuvo que pasar la República, se pretende superar aquellas carencias que habían convertido la educación en uno de nuestros grandes males.Y será precisamente la Universidad Internacional de Verano el colofón a este proyecto modernizador de la educación, pues permitiría a nuestros profesores y estudiantes entrar en contacto con los de otras universidades extranjeras. Precisamente el programa de Julio de 1933 preparado por Pedro Salinas, el Secretario, era buena demostración de ello. Un espléndido programa en el que intervendrían intelectuales de la talla de Zubiri, Menéndez Pidal, Karl Vossler o el premio Nobel Dr. F. Haber. O Marcel Bataillon, para quien aquella Universidad era «una de las más grandes instituciones culturales de Europa». Brillante cierre, sin duda, a un proyecto educativo que Fernando de los Ríos consideraba prioritario para transformar el país. Algo que trataría de lograr asimismo desde otras dedicaciones: desde la docencia o desde otras responsabilidades públicas. Eso sin negar el valor de sus viajes a muchos países europeos y americanos, donde mostraba lo español al tiempo que se empapaba de las nuevas formas de vida. Pero al final fue imposible. La sublevación militar y la posterior Guerra Civil se encargarían de impedirlo. Les faltó tiempo, como el propio Fernando de los Ríos diría en aquella conferencia pronunciada en México el año 1945: «¿Si nos hubieran dejado diez años más!».Y en esta exclamación uno cree oír la queja de muchos otros; se queda con la impresión de que su trayectoria personal simboliza bien la de toda una generación, la de todo un país, que vio cómo su enorme esfuerzo por cambiar las cosas se había frustrado. Enorme fracaso como es toda guerra fraticida: con su espantoso reguero de muertos y un inmenso exilio de ciudadanos desperdigados. Deshechos. Su triste y sórdido funeral en Nueva York, lejos del país por el que tanto había hecho, representa el final de una gran esperanza: la de aquellos que habían seguido la estela de Francisco Giner de los Ríos, el maestro al que con tanta admiración se refiriera A. Machado, que trató de articular un clima moral en la sociedad española y de abrirla a Europa. Pero no pudo ser. Lo que no quiere decir que no resulte imprescindible en todas las circunstancias el esfuerzo y el compromiso de los mejores: de aquellos que, como Fernando de los Ríos, creen en su país y viven por mejorarlo y por hacerlo más justo. Suficientes motivos para tenerlos en cuenta. La Universidad Internacional fue el colofón del proyecto modernizador de la educación emprendido por el ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos

Fernando de los Rios, de Octavio Ruiz Manjón

EL PAÍS
REPORTAJE: Signos
Por un socialismo humanista
Una biografía describe el trabajo político e intelectual de Fernando de los Ríos
FERNANDO VALVERDE - Granada - 01/02/2008
Una nueva biografía sobre Fernando de los Ríos, político e intelectual de la II República, ha sido publicada por la editorial Síntesis. Fernando de los Ríos. Un intelectual en el PSOE ha sido escrita por Octavio Ruiz Manjón, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid. "La decisión de realizar una biografía de Fernando de los Ríos se produce en primer lugar por un factor de afinidad geográfica, ya que fui durante ocho años catedrático en Granada y allí tuve un contacto muy vivo con su recuerdo, que se hizo mucho mayor con la recuperación de la democracia", comenta el autor.

De los Ríos defendió una propuesta de socialismo humanista desde una perspectiva no revolucionaria, llegando a situarse al frente de tres ministerios durante la II República (Justicia, Instrucción Pública y Estado). El primer ministerio del que fue responsable fue el de Justicia, desde el que tuvo un papel protagonista en la redacción de la nueva Constitución republicana del 9 de diciembre de 1931. Además, su ministerio restableció la Ley del Jurado y puso en marcha la del Divorcio.
Tras su labor al frente de Justicia, fue nombrado ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, realizando una labor admirada todavía hoy por su enorme contribución pedagógica. "La pedagogía era el centro de atención de los institucionalistas, hacer una política reformista al frente de un ministerio fue para Fernando de los Ríos un festín desde el punto de vista político en intelectual", explicó Ruiz-Manjón. De ese festín progresista realizado por el intelectual nacido en Ronda en 1879 destacan las pinacotecas ambulantes; el proyecto de La Barraca, dirigida por Federico García Lorca, que llevó el teatro a los más diversos pueblos de la geografía española; la introducción del bilingüismo en las escuelas, la fundación de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander y la creación de más de 14.000 nuevas escuelas, con todo lo que ello conllevó en una España que sufría un importante retraso en comparación con la mayor parte de Europa.
Antes de formar parte del gobierno de la II República, De los Ríos vivió en Granada, donde mantuvo una entrañable relación con Federico García Lorca y con Manuel de Falla. Pero no fue unánime el recibimiento del catedrático en la ciudad, donde la burguesía le rechazó.
Tras el levantamiento militar, que coincidió con una estancia en el extranjero de De los Ríos, el político se convirtió en embajador de la República, hasta terminar en Washington con este mismo papel. Fue allí, en EE UU, en su propia casa, donde Isabel García Lorca recibió una llamada telefónica que le anunciaba el fusilamiento de su hermano Federico. "Aquella trágica noticia se descubrió ante aquel hombre inquebrantable como un abismo de maldad, algo que no pudo entender nunca", concluye.
EL CULTURAL
13-9-2007
Fernando de los Ríos. Un intelectual en el PSOE
Octavio Ruiz-Manjón
Síntesis. Madrid, 2007 511 páginas. 25’50 euros
El partido de Pablo Iglesias, de orientación marcadamente obrerista, no mostró especial interés en que se incorporaran a sus filas intelectuales procedentes de la clase media, pero algunos de ellos se sintieron atraídos por su imagen de partido serio y honesto, en contraste con la corrupción política dominante en la España de Alfonso XIII. Dos de ellos llegaron a jugar un papel relevante en el Partido Socialista Obrero Español: el catedrático de Filosofía Julián Besteiro (1870-1940), que se afilió en 1912, y el catedrático de Derecho, Fernando de los Ríos (Ronda, Málaga, 1879-Nueva York, 1949), que lo hizo en 1919.Fernando de los Ríos se formó en el ambiente de la Institución Libre de Enseñanza, a la que le vinculaban lazos familiares. Su mentor fue Francisco Giner de los Ríos, tío lejano suyo, y su esposa Gloria era hija de Hermenegildo, hermano del anterior y diputado republicano. Ingresó en el PSOE a los cuarenta años, cuando era catedrático de la Universidad de Granada, distrito por el que ese mismo año ganó un acta de diputado, en disputa con el caciquismo local. Fue miembro del gobierno provisional de la República, ministro con Manuel Azaña y embajador en Washington durante la Guerra Civil. En 1974 Virgilio Zapatero publicó un primer libro sobre él, Fernando de los Ríos: una biografía política, que ha sido reeditado hace pocos años, y ahora Octavio Ruiz-Manjón ofrece una nueva biografía, Fernando de los Ríos: un intelectual en el PSOE, basada en una amplísima documentación. En realidad no se trata de una biografía política ni de un estudio de su pensamiento sino de un acercamiento a la personalidad y a la trayectoria vital del biografiado, apoyado en su correspondencia privada, sobre todo la dirigida a su mujer, a la que estuvo siempre muy unido. A pesar de la advertencia de Unamuno sobre la dificultad del empeño, “el hombre que llegase a comprender a otro sabría toda la historia que hay que saber”, al concluir el libro de Ruiz-Manjón el lector tiene la impresión de haber entendido a un hombre muy representativo de lo que fue la historia de España en el primer tercio del siglo XX.Octavio Ruiz-Manjón no hace apenas juicios de valor, pero en su libro se traslucen las contradicciones de su personaje. Representaba un estilo nuevo en el socialismo español, más culto, más liberal, como lo reflejaron unos versos atribuidos a Federico García Lorca: “Viva don Fernando, barbas de santo, padre del socialismo de guante blanco”. Tras un viaje a la Rusia soviética, realizado en el año 1920, jugó un papel decisivo para evitar que su partido se incorporara a la Internacional Comunista. Luego, frente a las tendencias acomodaticias de otros socialistas, se opuso a la pérdida de libertad que implicaba la dictadura de Primo de Rivera y, en el año 1926, publicó un libro en que defendía un sentido humanista del socialismo. La crispación de los años treinta le llevó, sin embargo, a dudar del valor de la libertad y en 1933 le comentó en privado a Manuel Azaña que la República tendría que pasar por una etapa de dictadura. Pero cuando su partido adoptó la línea insurreccional que condujo a la revolución de octubre del 34, sufrió una crisis de conciencia, que Azaña también percibió y anotó en su diario. Más tarde, en el exilio, parece haber vuelto a la concepción humanista del socialismo, lo que le llevó a lamentar la trayectoria de su partido en los últimos años. En los amargos días de 1942 escribió a un amigo que aquel PSOE al que la España liberal y socialista debería recordar siempre con orgullo había dejado de existir, como resultado de “la inundación de sus cuadros y la rebeldía de sus Juventudes”.Como embajador en Washington en los años de la guerra civil, sirvió a la República con una propaganda que, en aquellas circunstancias, sólo podía ser engañosa. él era un hombre de gran sensibilidad espiritual, tan ajeno a la ortodoxia católica como respetuoso hacia todas las formas de religiosidad, como se refleja en una magnífica carta de su esposa Gloria que reproduce Ruiz-Manjón, pero se sintió obligado a negar la evidencia de la persecución religiosa que durante la guerra se produjo en el territorio republicano, provocando una dura réplica del arzobispo de Baltimore. En tiempos de guerra creía necesario sacrificar la verdad, aunque se consolara con la reflexión de que el silencio ante las equivocaciones, los excesos y las injusticias, aun sin aprobarlas, constituía una manera de servir a “la necesidad histórica de la transformación española”. Las revoluciones tenían siempre su lado negativo, pero ello no debía llevar a condenarlas.
Juan AVILÉS

El socialismo de William Morris


¿Por qué me hice socialista?
Me ha pedido el editor que le escriba algun relato de la conversion anteriormente citada, y creo que el hacerlo tal vez sea de utilidad, si mis lectores me consideran como arquetipo de ciertos grupos; a pesar de todo, no resulta facil hacerlo con claridad, brevedad y certeza. Lo intentare, sin embargo. Pero antes quiero aclarar lo que entiendo por socialista, pues me han dicho que esa palabra ya no expresa de forma cierta y definida lo que expresaba hace diez años. Bien; lo que entiendo por socialismo es un estado de la sociedad en que no haya ni ricos ni pobres, ni dueños ni esclavos, ni ociosos ni oprimidos, ni intelectuales de mente enferma ni trabajadores de espiritu decaido; en una palabra, en la que todos los hombres vivan en igualdad de condiciones, se ocupen de sus asuntos sin desperdiciar nada, y con la conviccion plena de que dañar a uno significa dañar a todos...., la realizacion de la palabra COMUNIDAD (Commonwealth)
Ahora bien, esta vision del socialismo que ahora mantengo y que espero morir manteniendo, es la misma con la que empece; no he pasado por ningun otro periodo, a no ser que asi denomineis un breve periodo de radicalismo politico, durante el cual veia mi ideal con bastante claridad, pero no tenia ninguna esperanza de llevarlo a cabo. Aquello termino algunos meses antes de entrar en la que entonces era Federacion Democratica, en ingrese en ese grupo porque alli vi una posibilidad de realizar mi ideal. Si me preguntais si tenia mucha o poca esperanza, si pensaba que nosotros, los socialistas, durante nuestra vida y con nuestro trabajo lo llevariamos a cabo, o cuando se efectuaria algun cambio en la sociedad, debo contestar que no lo se.
Tan solo puedo decir que no media mi esperanza, ni la alegria que entonces me proporcionaba. Por otra parte, cuando tome aquella decision no tenia ni idea de las cuestiones economicas; ni siquiera habia abierto los libros de Adam Smith, oido hablar de Ricardo ni de Karl Marx. Aunque parezca raro, habia leido algo de Mill, a saber, las paginas postumas en que ataca el socialismo de estilo fourierista. Sus argumentos estan planteados en esas paginas de forma clara y honrada, hasta donde puede, y el resultado, por lo que a mi se refiere, fue que me convencio de que el socialismo era un cambio necesario y que era posible efectuarlo en nuestros propios dias. Aquellas paginas dieron el toque final a mi conversion al socialismo. Bien, habiendome inscrito en una asociacion socialista (porque la Federacion pronto se hizo decididamente socialista) puse cierto empeño en tratar de aprender el aspecto economico del socialismo, e incluso arremeti con Marx, aunque deba confesar que, si bien disfrute completamente de la parte historica de El Capital, sufri autenticas agonias de confusion mental al leer la parte puramente economica de ese gran libro. De todas formas, lei lo que pude y espero que alguna informacion me haya quedado de esa lectura; me ha quedado mas, creo, de las frecuentes conversaciones con amigos, como Bax, Hyndman y Scheu, y de la animacion de las asambleas que realizabamos en aquellos tiempos, en las cuales tambien participe yo. El ultimo toque a toda la educacion socialista que he podido absorber, me lo proporcionaron con posterioridad algunos amigos anarquistas; de ellos aprendi, muy a pesar de sus intenciones, que el anarquismo era imposible, del mismo modo como habia aprendido de Mill, pese a su intencion, que el socialismo era necesario.
Pero al narrar como me hice socialista en la practica, ahora me doy cuenta de que he empezado por la mitad, ya que desde mi posicion de hombre acomodado que no sufre las desgracias que a cada paso oprimen al trabajador, me parece que nunca me habria dejado arrastrar hacia el aspecto practico del asunto, si un ideal no me hubiera obligado a buscarlo. Puesto que la politica por amor a la politica -es decir, considerandola como el medio necesario, aunque engorroso y desagradable, de lograr un fin- nunca me hubiera atraido. Ni aun cuando hubiese sido constante de las injusticias de la sociedad establecida y de la opresion de los pobres, podria haber creido nunca en la posibilidad de una solucion parcial de esas injusticias. En otras palabras, nunca podria haber sido tan tonto como para creer en los pobres felices y respetables.
Si, segun he dicho, un ideal me obligo a buscar un socialismo en la practica, ¿que fue lo que me impulso a concebir tal ideal? Aqui puedo repetir lo que dije lineas atras de que yo era un arquetipo de cierta forma de pensar.
Antes de la aparicion del socialismo moderno, casi todas las personas inteligentes estaban satisfechas con la civilizacion de este siglo, o declaraban estarlo. Repito: casi todos estaban realmente satisfechos y no veian ninguna otra labor sino la de perfeccionar esa civilizacion eliminando cuantos vestigios ridiculos de los tiempos barbaros. En breve, este era la estructura mental whig (liberal), propia de los hombres de la prospera clase media moderna, quienes, de hecho, en cuanto al progreso mecanico se refiere, no tenian nada que pedir, a poco que el socialismo les hubiera dejado tranquilos para disfrutar de su esplendida forma de vida.
Pero, junto a los satisfechos, habia otros que no lo estaban y que sentian una vaga repulsa contra el triunfo de la civilizacion, pero que estaban reducidos al silencio por el poder ilimitado de la sociedad "whig". Por ultimo, habia unos pocos en abierta rebeldia contra los susodichos "whigs": unos pocos, digamos dos, Carlyle y Ruskin. El ultimo, antes de mi etapa de socialismo militante, fue el maestro que me llevo al ideal antes citado, y mirando hacia atras, no puedo dejar de pensar que hace veinte años, sin Ruskin, el mundo hubiera sido terriblemente aburrido. Por medio de el aprendi a dar forma a mi descontento, que debo decir no era de ningun modo incorrecto. Aparte del deseo de producir cosas bellas, la mayor pasion de mi vida ha sido y es el odio a la civilizacion moderna. ¿Que dire sobre ello ahora, que las palabras me vienen a la boca, sobre mi esperanza de destruccion? ¿Que dire sobre su sustitucion por el socialismo?
¿Que dire sobre su dominio y su desperdicio de la fuerza mecanica, su bienestar social tan pobre, los enemigos de la comunidad tan ricos, su extraordinaria organizacion.... de una vida miserable? ¿Y de su desprecio hacia los placeres sencillos, de que todos podrian disfrutar si no estuvieran locos? ¿Y su vulgaridad ciega que ha destruido el arte, unico solaz autentico para el trabajo? Todo esto lo siento ahora igual que lo sentia entonces, pero entonces no sabia por que. La esperanza de las epocas pasadas habia desaparecido; las luchas de la humanidad durante tantos siglos no habian producido nada, excepto esta confusion sordida, sin sentido, fea; me parecia que el futuro inmediato iba a intensificar todos los males actuales barriendo las ultimas reminiscencias de los dias en que la sordidez sombria de la civilizacion aun no se habia cernido sobre el mundo.
Era, ciertamente, un panorama triste, y si puedo hablar de mi como individuo y no como prototipo, lo era mucho mas para un hombre de mi posicion, al que tenian tan sin cuidado la metafisica y la religion, como el analisis cientifico, pero con un amor profundo hacia la tierra y hacia la vida sobre ella, y apasionado tambien por la historia del pasado de la humanidad. ¡Pensad en ello! ¿Iba todo a acabar en una oficina sobre un monton de rescoldos, con el despacho estilo Podsnap a lo lejos, y un comite "whig" festejando con champan a los ricos y con margarina a los pobres en las proporciones justas para contentar a todos, aunque el placer de la vista hubiera desaparecido del mundo y el lugar de Homero lo ocupara Huxley? Si, creedme, cuando en lo mas intimo me propuse adivinar el futuro, eso es lo que vi, y, en mi opinion, casi nadie pareceria creer que valiera la pena luchar contra la destruccion de la civilizacion. De modo que asi estaba yo, predispuesto a concluir mi vida con bastante pesimismo, si no hubiera vislumbrado la idea de que, entre toda esta civilizacion inmunda, la semilla de un gran cambio, lo que otros llaman Revolucion Social, empezaba a germinar. El aspecto global de las cosas cambio para mi con ese descubrimiento y todo lo que entonces debi hacer para hacerme socialista fue amarrarme a un movimiento militante, lo cual, como dije antes, he intentado hacer tan bien como he podido.
En resumen, el estudio de la historia y el amor al arte me llevaron al odio hacia la civilizacion que, si las cosas se detuvieran en este momento, convertiria la historia en un absurdo inconsecuente y haria del arte una coleccion de curiosidades del pasado sin ninguna relacion con la vida actual.
Pero la conciencia de la revolucion que palpita en el interior de nuestra odiosa sociedad moderna impido que yo, mas afortunado que muchos en percepcion artistica, me convirtiera en un gruñon contra el progreso, de una parte, y de otra, que perdiera tiempo y energias en cualquiera de los numerosos esquemas por medio de los cuales los cuasi-artistas de la clase media esperaban que el arte se desarrollaran, cuando a este ya no le queda ninguna raiz. De este modo me hice un socialista militante.
Una o dos palabras para terminar. Tal vez digan algunos de nuestros amigos: ¿Que tenemos que ver con esos asuntos historicos y artisticos? Por medio de la Social Democracia queremos ganar una forma de vida decente, de algun modo de vivir, y lo queremos enseguida. En realidad, todos aquellos que suelen pensar que el tema del arte y de su cultivo deben ir por delante del tenedor y del cuchillo (y hay algunos que lo proponen), no entienden lo que el arte significa ni que sus raices necesitan de un terreno de vida prospera y tranquila. Sin embargo, se debe recordar que la civilizacion ha reducido al obrero a una existencia desnuda y desgraciada que apenas si sabe expresar el deseo de una vida mucho mejor que la que ahora, a la fuerza, soporta. Es mision del arte presentarle el autentico ideal de una vida plena y razonable, una vida en la que la percepcion y la creacion de la belleza, el disfrute del placer autentico existente, sea tan necesario al hombre como el pan de cada dia, y en la que ningun hombre ni ningun grupo de hombres sean privados de ello, salvo por su propia oposicion, que debera ser resistida al maximo.

El Sueño de John Ball, de William Morris

EL PAÍS - BABELIA
CRÍTICA
Socialismo en la Edad Media
LUIS ANTONIO DE VILLENA 21/07/2007

Con la cuidada prosa de un esteta, William Morris construyó en 1888 la pesimista El sueño de John Ball. Novela ambientada en el siglo XIV en la que el narrador y su protagonista disertan sobre la libertad humana, la igualdad de los trabajadores o la justicia social.
Pintor prerrafaelista, diseñador (telas, papel pintado), magnífico tipógrafo (su edición de Los cuentos de Canterbury ilustrada por Burne-Jones es una joya mundial del ramo), el polifacético británico William Morris (Walthamstow, 1834-Kelmscott House 1896) fue también uno de los teóricos de lo que hoy se conoce como "socialismo utópico" y un nada desdeñable escritor al servicio de ese ideal, tarea en que le acompañaron, cada cual a su modo, John Ruskin y hasta Oscar Wilde. Algunos lectores conocerán ya su más conocida novela de tesis, la utopía Noticias de ninguna parte, de 1891, que se tradujo ya al español en 1903 en traducción que, por cierto, se ha reeditado idéntica más de una vez. Algo anterior -de 1888- es la novela El sueño de John Ball donde mezcla la utopía, el sueño real, y un viaje en la historia...
EL SUEÑO DE JOHN BALL
William Morris
Traducción de Juan Castilla Plaza
Barataria. Barcelona, 2007
141 páginas. 15 euros
El narrador (contemporáneo de Morris, acaso él mismo) se siente transportado a la Inglaterra medieval, y allí, en tierras de Kent, a un pequeño y hermoso pueblo en guerra con sus señores para defender sus derechos y su libertad. Quien encabeza la revuelta es un clérigo arisco y sabio, llamado John Ball, que terminará -pero esto queda fuera del relato- en la Torre de Londres y en la horca, por desobediencia al rey. Estamos en el siglo XIV, y lo que Morris quiere contarnos (además de la belleza artesanal de la Edad Media y de una batalla con arqueros y ballesteros) es la conversación nocturna, en una iglesia recién hecha, entre el narrador, intuido como visitante del futuro, y el propio John Ball acerca del destino de la libertad humana, de la igualdad de los trabajadores, de la justicia social. No faltan toques esteticistas porque estamos ante la cuidada prosa de un esteta, pero el discurso (que no siempre comprende el sagaz Ball) es más bien pesimista. La revuelta fracasará y otras lo harán más tarde, los trabajadores vivirán mejor pero el capitalismo -no se dice la palabra, se explica el concepto- perpetuará la explotación del hombre por el hombre, del humilde por el poderoso, del que tiene por el que nada posee. Una leyenda del rey húngaro Matthias Corvinas (sic) cierra el libro, con un dejo de desesperanza. La meta está muy lejos, pero ¿qué remedio le queda al hombre sino luchar para ir a mejor, aunque sea a través del montuoso andar de los siglos? John Ball fracasará, pero debe hacer lo que va a hacer -marchar sobre Londres- porque si no todo sería peor aún. Un bello cuento para ilustrar una compleja teoría. Socialismo utópico en estado puro. Y un encanto, un pertinaz encanto: Morris no sabe ni quiere olvidar la artesanía y las manufacturas. En la injusta Edad Media había más gente feliz que en el siglo XIX y las cosas estaban muy bien hechas. Desde los rústicos platos de madera hasta las flechas y las ballestas. "Ahora y en los tiempos venideros el hombre debe buscar una solución".

viernes, 27 de marzo de 2009

Segundo Foro de la Alianza de Civilizaciones, en Estambul

EL PAÍS
TRIBUNA: SANTIAGO PETSCHEN
La Alianza de Civilizaciones mira al futuro
SANTIAGO PETSCHEN 23/03/2009
La Alianza de Civilizaciones cobra una perspectiva más importante de la tenida hasta ahora con motivo de su II Foro, que se celebrará en Estambul los próximos días 6 y 7 de abril.
Buen consejo y concreción son condiciones necesarias para que el proyecto fructifique
Cuestiones de alcance semejante ha habido muchas en la historia humana, como la gesta sionista que llevó a la creación del Estado de Israel y la realización de la Unión Europea. La concreción de la primera la llevó a cabo Theodor Herzl. La de la segunda, Jean Monnet.
Ambas personalidades se caracterizaron por tener, acerca de la posible aplicación de su ideal, un firmísimo convencimiento. Los dos grandes hombres estuvieron muy dotados con el carisma del consejo como capacidad de pasar de los principios generales a las situaciones particulares. Sabían -utilizando la descripción que hace Robert Stenberg- "qué decir a quién, cuándo decirlo y cómo decirlo para lograr el máximo efecto". Una inteligencia muy distinta a la capacidad especulativa. El sentido común social que, en el campo de la política, desgraciadamente, muchos dirigentes no tienen.
"Somos y seguimos siendo, querámoslo o no -decía Herzl hablando de los judíos-, un grupo histórico de admirable coherencia". La posibilidad de aterrizaje de dicho principio lo montó Herzl con dos alas que actuaban a la par: un ala formada por una persona moral (el nuevo Moisés de los judíos), de fines científicos y políticos (Society of Jews). Otra ala detalladamente empírica dedicada a los inmuebles, al dinero, a los impuestos, a la posibilidad organizadora del rabinato (Jewish Company). Es ésta la misma capacidad que hizo surgir el método de "las solidaridades de hecho", la gran palanca de lanzamiento de la Unión Europea.
Para que la Alianza de las Civilizaciones fructifique ha de ser llevada a la práctica por un gran don de consejo hasta el dominio radical de la concreción. Concreción fue la forma de crear una autoridad común para el carbón y para el acero; de organizar paulatinamente la cooperación política primero y la PESC después; de fijar la moneda única.
En tiempos de Herzl, siglos de historia marcaban todavía la enemistad más atroz que imaginarse pueda entre cristianos y judíos. A pesar de ello, Herzl hizo el esfuerzo por ofrecer a los cristianos una relación de acercamiento y de simpatía. Llegó incluso hasta proyectar indemnizarles por las pérdidas que la marcha de los judíos a otra tierra les podría ocasionar. Es lo que Israel debería buscar ahora para con los musulmanes, con los que la historia judía estuvo, hasta el siglo XX, libre de problemas graves. Y no es que Herzl fuera un ciego con respecto al antisemitismo. Todo lo contrario. Como ahora no debemos estar ciegos frente a la barbarie del terrorismo.
Pero ello no debe ser obstáculo para fijar un modelo de relación limpio. Por medio de unos pasos así y con el espíritu de las solidaridades de hecho habrá que llegar al problema de las fronteras entre Israel y Palestina, el punto de manifestación más hostil que pueda existir hoy entre la civilización occidental y la civilización islámica. Si no se va llevando a la práctica una correcta solución fronteriza, la réplica contra Israel seguirá siendo alimentada en la imaginación de millones de musulmanes.
Alguien puede pensar que la solución al problema está en la fuerza. Esta solución, además de ser injusta, no podrá ser para todo tiempo sino sólo para un espacio temporal limitado. Y con unos resultados que tal vez puedan conducir, algún día, desde el odio, a una hecatombe de mayúsculas proporciones.
La terrible hostilidad entre Alemania y Francia tan cruentamente manifestada durante la Segunda Guerra Mundial se puso a prueba para convertirse en alianza con la organización de una amplia serie de reuniones como las montadas por Franz Buchman después de la Guerra Mundial en Caux (Suiza).
Bajo el nombre de Rearme Moral, Buchman fue convocando, en los años posteriores a la guerra, en un hotel desde cuya altura se divisa ampliamente el lago Leman y la extensa cadena de los Alpes suizos, a diplomáticos, políticos, militares, sindicalistas, hombres de letras, especialistas en solución de conflictos... etcétera, en sesiones de tres, cinco, diez o quince días, hasta un número de personas que se acercó a los 5.000.
Cuando en alguna ocasión he pasado por aquel ya viejo edificio, no he podido dejar de sentir una considerable emoción por las aspiraciones de alianza que allí dentro se fomentaron. Parece que fue en Caux donde se pergeñó el primer atisbo de lo que luego fue la Comunidad del Carbón y del Acero.
Algo muy distinto a lo que se palpó en el ambiente de utopismo de Denis de Rougemont, que supo decir cosas extraordinariamente maravillosas sobre el ser humano, sobre los pueblos, sobre la interculturalidad, pero que careció de capacidad para que las instituciones que él creó, el Centro Europeo de la Cultura y el Instituto de Estudios Europeos, tuvieran continuidad después de su muerte.
La repetición de una experiencia como la de Buchman en Caux, aplicada a la Alianza de Civilizaciones, podría ser de una enorme utilidad.
Santiago Petschen es catedrático emérito de Relaciones Internacionales de la UCM.
EL PAÍS
Obama avala con su presencia la Alianza de Civilizaciones de Zapatero
MIGUEL GONZÁLEZ - Madrid - 10/03/2009
La Alianza de Civilizaciones, la iniciativa lanzada en noviembre de 2004 por el jefe del Ejecutivo español, José Luis Rodríguez Zapatero, para intentar estrechar el foso abierto entre Occidente y el islam a raíz del 11-S, recibirá el mes próximo en Turquía, en su segunda reunión anual, un espaldarazo definitivo: la presencia del presidente de Estados Unidos, Barack Obama.
El presidente de Estados Unidos participará en el foro de Estambul
La secretaria de Estado, Hillary Clinton, anunció el pasado sábado que el nuevo inquilino de la Casa Blanca visitará Turquía al término de su primera gira europea, que le llevará a Londres (donde se reunirá con el G-20 el 2 de abril) Estrasburgo y Khel (donde asistirá el 3 y 4 a la cumbre conmemorativa del 60º aniversario de la OTAN) y Praga (donde le recibirán el día 5 los líderes de la Unión Europea).
Fuentes diplomáticas confirmaron ayer que Obama ha aceptado la invitación realizada por el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, para participar en la segunda reunión del Foro de la Alianza de Civilizaciones, que se celebrará en Estambul el 6 y 7 de abril y a la que acudirá Zapatero.
Esta decisión supone un giro radical respecto a la línea mantenida por la Administración de Bush, que siempre ninguneó, cuando no menospreció, la Alianza de Civilizaciones. La actitud de Obama es coherente, en todo caso, con su declarado propósito de tender puentes de diálogo hacia el mundo musulmán, expresada ya en su discurso de toma de posesión, el pasado 20 de enero.
La duda que queda por despejar es si Obama aprovechará el foro de Estambul para pronunciar un discurso en el que fije las bases de la nueva política de EE UU hacia los países árabes e islámicos. La elección de Turquía como destino de su primer viaje bilateral (tras el que hizo a Canadá) muestra la importancia que da Obama a este eje de su política exterior.
Fuentes gubernamentales españolas no ocultaban ayer su satisfacción, no sólo porque reivindica la iniciativa diplomática más personal de Zapatero, sino porque confirma el acierto de la apuesta española por Turquía, a la que España ha apoyado en su propósito de ingresar en la UE y con la que ha tejido relaciones privilegiadas de confianza.
La primera reunión del Foro de la Alianza de Civilizaciones se celebró en enero del año pasado en Madrid, con asistencia de 350 invitados de 63 países; entre ellos, el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon. No obstante, el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, se burló entonces del escaso peso político de los mandatarios asistentes a la reunión.
Ayer, antes de que se confirmase la asistencia de Obama a la cita de Estambul, Zapatero se limitó a señalar crípticamente que el segundo foro de la Alianza de Civilizaciones "va a tener una gran relevancia".

El Debate de la Laicidad

EL PAÍS
TRIBUNA: JOSÉ M. MARTÍN PATINO
¿Laicidad contra laicismo?
La declaración colectiva del episcopado francés de 1996 puede ser considerada como la carta magna de la laicidad en el seno de la Iglesia católica. Allí se renuncia a la imposición y se adopta la proposición
JOSÉ M. MARTÍN PATINO 20/02/2009
Me figuro que los inventores del sufijo ismo no pensaron en la descalificación, sino en las actitudes o movimientos innovadores: "puritanismo", "modernismo", "nacionalismo", "socialismo"... Y ya sabemos que los innovadores corren el riesgo de equivocarse. No me parece justo empobrecer la carga semántica del fonema "laicismo".

¿Serán cosas del énfasis o del tono amenazante de nuestra jerarquía española?
¿Será verdad que nuestro 'laicismo' ha caído en el 'trou noir' del dogmatismo progresista?
Del laicismo, el diccionario de la RAE se limita a decir: "doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa". Los que arrasaban conventos y asesinaban a curas y monjas estaban ebrios de venganza, pero no pueden presentarse como prototipos de laicismo. Los presidentes de las tres iglesias cristianas de Francia se referían, no hace mucho, al laicismo de la primera mitad del siglo pasado con la expresión más exacta de laïcité de combat. Algún prelado español debe estar más informado y se refiere al laicismo como "la laicidad a la francesa". Por este camino se va en busca de las diferencias y se termina inevitablemente en la confrontación.
Creo que es imposible llegar a la solución de los problemas si nos dedicamos a abultar de manera habitual sus relieves más conflictivos. No es éste el procedimiento de solucionar y menos arrancar de raíz los conflictos sociales. Contribuimos a convertirlos en insolubles y, lo que es peor, en males nacionales.
Dentro de la Iglesia católica, Pío XII, dirigiéndose a un grupo de italianos de la región de las Marcas el 23 de marzo de 1958, se refirió a lo que él llamaba "legítima y sana laicidad del Estado". En Francia, a pesar del Concordato de 1801 no aparece el término laïcité, ni figura ni forma parte de los ideales republicanos hasta después de la guerra de 1870. La Tercera República aprobó entre 1880 y 1905 un verdadero arsenal de leyes laicas sin emplear una sola vez el término laicidad. Todavía en las vísperas de la guerra de 1914, figuraba como neologismo y hasta final de siglo no fue admitido en la Enciclopedia Universalis (vol. 9, Paris, 1980, col. 743-747). Las autoridades lingüísticas son más severas que el pueblo en la aceptación de neologismos. Tampoco el abstracto "laicidad" figura en la última edición de nuestro diccionario de la RAE.
La jerarquía católica, en general, no puede negar la fuerte evolución semántica del término laicidad. Basta comparar el juicio que hacía San Pío X en la encíclica Vehementer nos (6, febrero 1906), dos meses y medio más tarde de la Ley de Separación votada en el Parlamento francés por la izquierda republicana. El Pontífice decía textualmente: "Es una tesis absolutamente falsa y un error pernicioso afirmar que sea necesario separar al Estado de la Iglesia". Porque, en opinión de San Pío X, injuria a Dios, fundador de la sociedad humana, el que niega el orden sobrenatural, limitando el horizonte del Estado al fin de la prosperidad pública. Pervierte el orden establecido por Dios que exige la concordia armoniosa entre la sociedad religiosa y la civil.
La historia de dos siglos, a la vez tempestuosa y apasionada, demostró que la laicidad puede convivir con las religiones en un régimen pacífico y abierto. El ralliement (acercamiento) de León XIII culminó en la carta colectiva de la Conferencia Episcopal Francesa en diciembre de 1996: Proposer la foi dans la société actuelle (Proponer la fe en la sociedad actual). La insistencia del verbo "proponer" en vez del antiguo "imponer" fue típica de Juan Pablo II. Los medios, y aun el mismo estilo verbal, le hacen malas pasadas a la predicación de los católicos. No todos los medios de exponer sintonizan con el Evangelio.
Los franceses, en todo el documento al que estamos aludiendo, se tomaron muy en serio el verbo "proponer". De ahí la importancia trascendental y la eficacia social que consiguió esta Declaración Colectiva de la Conferencia Episcopal francesa a partir de 1996. Hay que leerla toda, pero aquí nos tenemos que conformar con dos cortos párrafos:
"La separación de la Iglesia y del Estado, después de un siglo de experiencia, puede verse como una solución institucional que, permitiendo de manera efectiva distinguir lo que concierne a Dios y lo que concierne al César, ofrece a los católicos de Francia la posibilidad de ser actores leales a la sociedad".
"Afirmar esto," prosigue el documento, "equivale a reconocer el carácter positivo de la laicidad, no tal como ella fue en sus orígenes, cuando se presentaba como una ideología conquistadora y anticatólica, sino tal como ella ha llegado a ser después de un siglo de evoluciones culturales y políticas: un marco institucional, y, al mismo tiempo, una actitud del espíritu que ayuda a reconocer la realidad del hecho religioso, especialmente del hecho religioso cristiano, en la historia de la sociedad francesa".
Importa decir que este comportamiento del episcopado francés fue propuesto como ejemplar por el papa Juan Pablo II, el 11 de febrero de 2005, cuando la Iglesia de Francia se disponía a celebrar el primer centenario de la Ley de Separación. En mi opinión, estamos ante la Carta Magna de la Laicidad en la Iglesia Católica y es lástima que no podamos recorrer y analizar detalladamente todas sus líneas. El Papa había recibido a todos y cada uno de los obispos franceses en la visita ad limina de 2004, víspera del primer centenario de la Ley de Separación.
"A través de vuestras informaciones personales", dijo Juan Pablo II, "he participado de vuestras preocupaciones y alegrías de pastores y en ellas habéis manifestado las relaciones positivas que mantenéis con los responsables de la sociedad civil. Aquella Ley fue un acontecimiento doloroso y traumático para la Iglesia de Francia. Regulaba la manera de vivir en Francia el principio de laicidad, y, en este marco, no mantenía más que la libertad de culto, relegando al mismo tiempo el hecho religioso a la esfera de lo privado... Sin embargo, desde 1920 el Gobierno francés ha reconocido, en cierto modo, el lugar del hecho religioso en la vida social".
"Deben considerarse", prosiguió el pontífice, "los esfuerzos realizados por las dos partes para mantener el diálogo. Entre otros nuevos avances en las relaciones de la Iglesia con el Estado francés se ha llegado en estos últimos años a la creación de un diálogo al más alto nivel, abriendo el camino, por una parte, a la reglamentación de las cuestiones pendientes o de dificultades que puedan presentarse en distintos dominios y, por otra, a la realización de algunas colaboraciones en la vida social enfocadas al bien común".
Entre los rasgos más sobresalientes de la aplicación del principio de laicidad, el Papa señaló el siguiente: "Debido a vuestra misión, estáis llamados a intervenir regularmente en el debate público sobre los grandes temas de la sociedad".
La laicidad del Estado que ahora se invoca en todo momento, que ocupa muchas páginas de la prensa y que divide a la opinión pública, es, según Emile Poulat, "una idea sencilla, una historia larga y una realidad muy complicada". Aun el mismo Immanuel Kant renunciaría a escribir la "crítica de la laicidad pura". Es fruto de un proceso histórico, de una aventura intelectual y política, una manera de concebir el papel y el sitio de la religión en el espacio público de una sociedad moderna.
En las democracias europeas se dictan leyes como las nuestras sobre la enseñanza, sobre la vida prenatal y sobre la unión conyugal. Y los episcopados de esas naciones proponen públicamente la misma doctrina de la Iglesia. Si exceptuamos la pintoresca intervención de Berlusconi a propósito de la joven Englaro, cuesta encontrar protestas de políticos cuando las Conferencias Episcopales se pronuncian sobre alguna ley. ¿Será cosa del énfasis o del tono amenazante de nuestra jerarquía española? La verdad más evangélica puede degradarse con la utilización de medios menos evangélicos. ¿O será verdad, como sospecha Edgar Morin, que nuestro "laicismo" ha caído en el trou noir del dogmatismo progresista?
José María Martín Patino es presidente de la Fundación Encuentro.
PÚBLICO

Los 10 mandamientos del laicismo
La vicepresidenta De la Vega ha insistido en la voluntad del Gobierno de "avanzar en la laicidad del Estado" y de "proteger las creencias de quienes no creen". En 'Público'hemos elaborado un guía con 10 propuestas para convertir España en un Estado laico.
PÚBLICO.ES - 09/05/2008 21:49
La vicepresidenta De la Vega ha insistido en la voluntad firme del Gobierno de "avanzar en la laicidad del Estado" y de "proteger las creencias de quienes no creen". Público ha elaborado un decálogo para convertir España en un Estado laico.
I. Educarás en igualdad
En España hay 17.000 colegios de titularidad pública y 7.000 concertados o privados. Casi 2.500.000 alumnos de enseñanza no universitaria —uno de cada tres— estudian en centros concertados de ideario religioso. El Estado los financia con fondos públicos, pero deja su gestión en manos de instituciones religiosas. Este modelo es el pilar en el que se sustenta la influencia católica en la sociedad. Históricamente, la Iglesia ocupó así una responsabilidad desatendida por el Estado. La recuperación de la democracia no reformó este modelo, consagrado en el Concordato de 1979.
II. No sermonearás fuera del púlpito
La asignatura de Religión "interrumpe el funcionamiento común del horario lectivo e impide que ese tiempo se dedique a otro tipo de aprendizajes", según denuncia la plataforma Por una Escuela Laica. Los acuerdos con la Santa SEde y la LOE convierten la doctrina católica en una asignatura de oferta obligatoria para los centros y de carácter voluntario para el alumnado. El Estado paga a los profesores de Religión, aunque los seleccionan los obispos. La Religión ocupa casi 1.000 horas lectivas en las etapas de Infantail y Primaria y 450 horas en la ESO, tanto como la educación física o artística.
III. No impondrás tus símbolos al Estado
El pasado jueves, los máximos representantes de los tres poderes del Estado acudieron al funeral de Estado celebrado en la catedral de La Almudena, en Madrid, por Leopoldo Calvo Sotelo. Ni el Jefe del Estado ni el del Ejecutivo presiden esa ceremonia religiosa, quien lo hace es el Arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela. Es el último ejemplo del sometimiento ocasional del Estado a la máxima expresión del poder católico en España. La jerarquía católica bendice cada momento clave de la vida institucional, casa al heredero de la Corona, bautiza a sus hijos y preside los funerales de Estado.
IV. No mezclarás la gloria terrenal y celestial
El arraigo de la Iglesia católica en España hace que se confundan en no pocas ocasiones las celebraciones de carácter festivo o histórico con las religiosas. El himno nacional saluda en Semana Santa la salida de cada procesión y el viernes santo las banderas de los cuarteles ondean a media asta en señal de duelo. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado escoltan iconos religiosos en celebraciones públicas, y las autoridades civiles acompañan a los representantes católicos en manifestaciones puramente religiosas. Los colectivos laicistas exigen que se evite esta mezcla de representaciones.
V. No acapararás las fiestas del calendario
El calendario laboral para 2008 recoge un total de doce fiestas nacionales para todas las comunidades autónomas. La mayoría tienen su origen en celebraciones religiosas que, a su vez, nacen de ritos paganos y tradiciones anteriores al calendario cristiano. Sólo cuatro celebraciones conmemoran eventos no religiosos: el día de la Constitución, el 1 de mayo, el 12 de octubre, Fiesta Nacional, y la festividad de cada comunidad autónoma. Los homenajes civiles están casi excluidos del calendario; el día internacional de la mujer no se celebra, pero sí el de la Inmaculada.
VI. No invadirás instituciones públicas
La presencia de representantes católicos en instituciones ajenas a la Iglesia es notable. Hay capillas, y capellanes, en hospitales, universidades y centros penitenciarios. El Concordato garantiza este privilegio, que alcanza cotas especialmente relevantes en las Fuerzas Armadas. El trato favorable que recibe la Iglesia católica en el ámbito militar se recoge en los acuerdos Iglesia-Estado de 1979. Su manifestación más anacrónica es el denominado ‘derecho de presentación’, aún vigente, por el que el Rey propone al Papa un nombre para el cargo de Vicario General Castrense.
VII. Cuidarás de tu propio patrimonio
A lo largo de los siglos, la Iglesia, privilegiada por su bienes, ha conformado buena parte del patrimonio artístico español. ¿De quién son joyas como las catedrales de Burgos o León? ¿Pertenecen a la Iglesia católica o a la Humanidad? El concordato de 1979 establece que “el patrimonio de la Iglesia sigue siendo parte importantísima del acervo cultural de la nación”. Así justifican la colaboración entre las administraciones y la Iglesia para la conservación y cuidado de una herencia monumental cuya titularidad es privada. Los fondos públicos garantizan la necesaria pervivencia de este patrimonio.
VIII. Acatarás la ley de datos
La apostasía es el procedimiento por el que se abandona la Iglesia católica después de entrar a formar parte de ella mediante el bautismo. No existe un registro oficial de apóstatas. Media docena de iniciativas —de carácter municipal— intentan paliar esta carencia. Apostatar es un derecho, sin embargo, la Iglesia envuelve con trabas las peticiones de apostasía. Algunos obispados piden al solicitante las explicaciones que no reclamaron al bautizarle. Las parroquias no suelen borrar al apóstata de su libro de bautismos, sólo hacen constar, junto a su nombre, su declaración de ser dado de baja.
IX. No utilizarás los medios públicos
La Iglesia católica dispone de espacios públicos, gratuitos y semanales en las televisiones públicas. La Iglesia evangélica ha denunciado que la confesión católica dispone de tres horas y media semanales en RTVE frente a los cinco minutos que concede a las confesiones minoritarias. Los actos litúrgicos de cada domingo son emitidos por el canal público, acomodados entre programación confesional. La 2 de TVE programó durante la pasada Semana Santa una celebración diaria durante cuatro días consecutivos, además de retransmitir procesiones y otros contenidos de carácter puramente religioso.
X. Te autofinanciarás
La actual campaña de la Renta es la primera desde que nació el IRPF en la que la Iglesia no percibirá la cantidad anual que le entregaba el Estado a fondo perdido. La Iglesia se servirá así de una declaración pública de impuestos para percibir el 20% de su presupuesto. Hacienda gestiona y facilita de esta manera la provisión de fondos para sostener a la Iglesia católica, exenta, hasta este año, de pagar tributos como el IVA. La autofinanciación es un objetivo recogido en el Concordato, pero la Iglesia no ha puesto nunca especial empeño en conseguirla.
EL PAÍS
TRIBUNA: FRANCISCO BUSTELO
Laicismo
FRANCISCO BUSTELO 04/10/2007
España es un país sorprendente. Tan contentos como estábamos por haber conseguido, al fin, ser un país avanzado, y ahora resulta que tenemos pendientes problemas ya resueltos en otras partes. Buen ejemplo de ello es la llamada cuestión religiosa. Cuando se reputaba felizmente superada, ha bastado que se establezca una asignatura, Educación para la Ciudadanía, en la enseñanza reglada para que se replanteen con aspereza las relaciones entre Iglesia, sociedad y Estado. No es buena noticia, por tratarse de un asunto que en el pasado causó mucho enfrentamiento.
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Lógicamente, es un tema que preocupa. Lo indica que en estas páginas de opinión se hayan publicado en poco más de quince días hasta cuatro artículos sobre el particular. (Ignacio Sotelo, La cuestión religiosa, 2/9; Bonifacio de la Cuadra, ¿Para cuándo el Estado laico?, 4/9; Suso de Toro, El fracaso del catolicismo español, 14/9, y Gregorio Peces-Barba, Sobre laicidad y laicismo, 19/9). Todos ellos revisten gran interés y merecerían glosarse por separado. Al no ser posible, cabe decir que su lectura muestra la complejidad de lo que se discute, como demuestra el que sus autores se contradigan a veces entre sí. Quizá convenga, por tanto, echar un cuarto más a espadas para intentar esclarecer en lo posible conceptos, datos y conclusiones.
Para empezar, no parece que haya conformidad de opiniones sobre qué es laicismo. Según Peces-Barba, es "una actitud enfrentada y beligerante con la Iglesia", a diferencia de laicidad, que "garantiza la neutralidad en el tema religioso, el pluralismo, los derechos y las libertades". A pesar del ilustre precedente de Bobbio, ese distingo, en mi modesta opinión, hoy únicamente confunde. Lo demuestra el artículo de Bonifacio de la Cuadra sólo dos días después, en el que defiende el laicismo y pide que en el próximo programa electoral socialista se propugne su realización. No habría, sin embargo, que cifrar muchas esperanzas en ello, a juzgar por la afirmación de Sotelo de que es "una pequeñísima minoría, tanto en el PSOE como en la sociedad española" la que quiere avanzar hacia un Estado laico. Por último, Suso de Toro nos recuerda que en España el catolicismo ha gozado de un enorme poder hasta hace poco. No lo quiere perder, pero al ser incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos se hunde en el descrédito, con lo que "la sociedad española es hoy irreligiosa". De ser cierto, mostraría las paradojas de nuestro país, donde a pesar de ser poco religioso la religión pretende marcar pautas al comportamiento general.
A la vista de lo anterior y antes de entrar a discutir si hace falta más o menos en España, convendría aclarar lo que se entiende por laicismo. La Academia lo define como la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa. Convendría añadir que ello entraña como consecuencia de primer orden el que con el laicismo la religión deja de ser un asunto público para circunscribirse a la esfera de lo privado. Pese a lo que digan voces interesadas, no supone atentado alguno a las creencias religiosas, que pueden sustentarse sin cortapisas, con la salvedad de que su práctica ha de limitarse a los templos y a la intimidad familiar. Lo cual, excuso decir, no está reñido con que por su arraigo (y hoy también por razones turísticas menos espirituales) se celebren en determinadas fechas procesiones y otras manifestaciones religiosas populares.
El laicismo así entendido es una pieza angular del progreso y debería considerarse como una auténtica bendición del cielo. Todos salen ganando. Como con él no existen signos externos de lo que profesa cada cual, toda persona puede pensar lo que guste, sin rendir cuentas a nadie. En cuanto a los menores de edad, pueden educarse como quieran sus padres, aunque, como es lógico, si quieren acceder a los diplomas estatales tendrán que cursar las materias establecidas en los programas oficiales, a los que los colegios religiosos pueden añadir como complemento voluntario, pero no en su lugar, toda la doctrina que quieran. Ello hace que la religión, sin menoscabo de sus valores, pierda uno de sus defectos mayores, por no decir el principal, a saber, la intolerancia. Ésta ha sido uno de los grandes males de la historia de la humanidad, y desgraciadamente sigue predominando en bastantes países, donde el laicismo brilla por su ausencia, con la consiguiente rémora para el desarrollo político, social, cultural y hasta económico. Habida cuenta, además, de que casi todas las religiones relegan a las mujeres, no es posible sin laicismo la emancipación femenina, condición indispensable para avanzar.
Como hasta hace poco España estuvo algo retrasada, a pesar de los muchos adelantos de los últimos treinta años todavía hay lagunas en nuestra modernización. Una de ellas es que no pasamos de ser un país semilaico. Aconfesional, dicen algunos, para trazar una distinción, como si aconfesionalidad y laicismo no fueran a la fin y a la postre una sola y misma cosa. El artículo 16 de la Constitución ya obró en detrimento del laicismo al privilegiar a la religión católica, privilegio, por cierto, al que en los debates parlamentarios constituyentes se opuso sin éxito Peces-Barba en nombre del PSOE. La Iglesia ha gozado así en España de un trato de favor, con una financiación pública permanente que incluso el actual Gobierno socialista ha aumentado. Todos los ciudadanos, sean cuales fueren nuestras creencias, aportamos velis nolis a través de los impuestos nuestro óbolo a una determinada religión y sólo a ella, lo que, excuso decir, está reñido con el laicismo. Para justificar ese hecho se dice que los españoles somos mayoritariamente católicos, lo que no es del todo cierto. Al interiorizarse no cabe preguntar en censos y padrones sobre las ideas religiosas y hay que recurrir a encuestas y a estimaciones indirectas como la concurrencia a los lugares de culto, el número de vocaciones sacerdotales y religiosas o la proporción de quienes en la declaración fiscal de la renta manifiestan su deseo de que se den más dineros públicos a la Iglesia. Todo ello indica, no como dice Suso de Toro que ya no somos religiosos, pero sí que los católicos cabales suponen en nuestro país del orden de un tercio o poco más de la población. Son muchos, claro está, pero no los suficientes para que la sociedad tenga que guiarse por sus ideas. El que durante siglos y siglos se hiciera no es razón para seguir haciéndolo.
Y es que el progreso suele estar reñido con la tradición. Muchas mujeres musulmanas justifican llevar el pañuelo en la cabeza, el chador tan discutido en Occidente, porque así lo hicieron sus madres y abuelas, lo que precisamente sería una razón de peso para no hacerlo. Mírese como se mire, no poder contemplar los cabellos de una mujer parece propio de otros tiempos y contrario a cualquier igualdad de género. ¿Cómo va a haber progreso si la mitad de la población tiene que ir de por vida con una suerte de disfraz para cumplir con unas tradiciones que ni siquiera figuran en el Corán? Ocurre, sin embargo, que el laicismo, como todos los avances que en el mundo han sido, encuentra mucha resistencia. Ulemas, judíos ortodoxos y obispos integristas, so pretexto de defender la pureza de sus respectivas religiones, esgrimen argumentos del pasado en un intento de parar el reloj de la historia. Sorprende, sobre todo, por su singularidad respecto de otros países parecidos, que la jerarquía católica española, con contadas excepciones, libre una batalla difícil de entender incluso para muchos fieles. Oponerse a la tolerancia en materia religiosa es tirar piedras contra el propio tejado, ya que difícilmente una religión intolerante prosperará en un país avanzado. Además, se trata de una batalla perdida. Lo mismo que es impensable que en España alguna vez, por muchos gobiernos de derechas que vengan, se prohíban el divorcio, los anticonceptivos, el aborto regulado o las parejas de homosexuales, también es inconcebible que se dispense a los alumnos de familias católicas de cursar determinadas materias, simplemente porque en ellas no se defienda el dogma. Si se permitiera que no fuera obligatoria la asignatura de Educación para la Ciudadanía, habría iguales motivos para que no se estudiara Prehistoria o Biología, cuyos contenidos no se compadecen con el creacionismo del Antiguo Testamento. Dejar que hubiera excepciones en la enseñanza sólo conduciría a un país dividido, con ciudadanos ignorantes y dogmáticos. El progreso mismo se vería cercenado.
Sorprende también que los obispos no se percaten de que el laicismo permite a la religión ser más auténtica. En lugar de intentar volver a los tiempos de antaño, podrían centrarse en contraponer valores religiosos como espiritualidad, sacrificio y solidaridad con el materialismo del mundo de hoy. Tal vez entonces habría más creyentes y los que hubiere serían mejores. Pretender, en cambio, incumplir decisiones de un Parlamento elegido por el pueblo soberano aduciendo una autoproclamada superioridad moral es un ataque a la raíz misma de la democracia y un pernicioso elemento de división de la sociedad. Hasta puede acabar con la paciencia de cualquier Gobierno, incluso del actual que, si ha pecado de algo en la cuestión religiosa, ha sido de timorato.
En suma, el laicismo puede y debe defenderse en bien de todos. Aunque no deja de ser una suposición en abierta contradicción con lo que dice Sotelo, cabe aventurar, basándose en lo que es hoy la sociedad española, que una mayoría estaría a favor de él, siempre que se hiciera sin estridencias ni precipitaciones. Habría que suprimir, todo lo paulatinamente que se quiera, las subvenciones estatales a la Iglesia, dejando, en cambio, que en la declaración fiscal de la renta se pudiese indicar en una casilla, como ya ocurre ahora, el deseo de hacer una aportación. Claro que esto requiere que tarde o temprano haya también casillas para otras religiones, ya que el laicismo exige que todas las que tienen presencia en un país reciban un trato parecido.
Con todo, el problema principal, el que conduce a la existencia de una cuestión religiosa en España, es el integrismo de algunos señores obispos, secundados por seglares tan bien intencionados como equivocados. ¿Por qué voces como las suyas no se oyen en otros países? Algo falla en España. Tal vez sea el semilaicismo en que nos desenvolvemos lo que da alas a quienes quieren un Estado semiconfesional. Habría, pues, que suscribir lo que pide Bonifacio de la Cuadra, esto es, que el PSOE deje claro, con miras a su probable nueva etapa de Gobierno, que el laicismo es uno de sus objetivos, cuyo logro, repitámoslo, redundaría en beneficio de todos. Incluida la Iglesia.
Francisco Bustelo es profesor emérito de Historia Económica de la Universidad Complutense, de la que ha sido rector.
EL PAÍS
TRIBUNA: GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ
Sobre laicidad y laicismo
GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ 19/09/2007
A la ignorancia en muchos casos y a la manipulación, en otros, obedece la confusión sobre la necesaria distinción entre ambos términos que se plantea en uno de los procesos históricos más relevantes que es el de la secularización. La sospecha de que no estamos sólo ante problemas de ignorancia descansa en algún otro caso próximo. En un folleto editado por Profesionales por la Ética sobre "Educación para la Ciudadanía: los padres elegimos", se informa de un posible derecho a la objeción de conciencia frente a la asignatura desde dos presupuestos que resultan inexactos por incompletos. Se recoge en el artículo 27.3 de la Constitución: "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones", pero omiten el 27.2, que es el realmente atinente al caso: "... La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales". Al omitir en el citado folleto este precepto se está manipulando la realidad y limitando la posibilidad de que los destinatarios del folleto, especialmente los padres, tengan un acceso completo a la información.
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Lo mismo ocurre cuando se citan fragmentos de dos sentencias, la 15/82 del 23 de abril y la 53/85 del 11 de abril, con citas incompletas que no reflejan el verdadero sentido de la objeción de conciencia en nuestro ordenamiento. Podemos afirmar tajantemente, frente a lo que sostiene el folleto, que la objeción tiene que ser reconocida en cada caso por la jurisprudencia del Tribunal Constitucional sobre la base de la libertad ideológica y religiosa, si no está recogida en la Constitución o en una ley. No solamente es así en la recta interpretación de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, sino que es de sentido común. ¿Qué ocurriría si, como dice equivocadamente el citado folleto, cada uno pudiera objetar en conciencia sobre cualquier tema "por ser directamente aplicable?". Volveríamos al estado de naturaleza y a una situación de anarquía. La información errónea se completa también con la afirmación, igualmente incierta, de que la desobediencia a cursar la asignatura no va a traer consecuencias a los alumnos afectados.
Sin duda también aquí se produce un engaño objetivo o algo peor, porque ese escenario conduciría a que los estudiantes afectados no se graduaran en los distintos niveles. Parece como si de lo que se tratase es de impulsar una situación generalizada de desobediencia, que no de objeción, sin importar los daños que se producirían a los estudiantes y a sus familias, ni el desorden que se produciría en el sistema escolar.
En todo caso, resulta sorprendente comparar esa actitud con la de las Iglesias protestantes, que han asumido sin reticencias la modernidad y la secularización y que conviven cómodamente en situaciones de laicidad, e incluso de Iglesias católicas nacionales, como la francesa o la alemana, con esta actitud que recuerda a las condenas de los documentos pontificios del siglo XIX, antiliberales y antiilustrados.
Curiosamente, la secularización, que es un rasgo distintivo de la modernidad, tiene su origen eclesiástico, de derecho canónico, y que fue utilizado en Múnich en mayo de 1646 durante los debates sobre la paz de Westfalia por el embajador francés Largueville para señalar el paso de propiedades religiosas a manos seculares. Este mismo sentido se mantiene aún en la voz secularización de la enciclopedia. La extensión semántica del término se produce con un lento proceso de afirmación de una competencia secular-laica y estatal sobre sectores de la realidad, de la cultura, del arte y de la ciencia hasta entonces controlados por la Iglesia a través de la teología, especialmente a partir de la ruptura de la unidad religiosa en el siglo XVI. Los juristas regios franceses, los llamados políticos, lanzaban un eslogan para alejar a los teólogos de los problemas temporales: "Silete, theologi in munere alieno" ("Callad, teólogos en poder ajeno"). La tolerancia como respuesta a las guerras de religión suponía el derecho a adorar a Dios de acuerdo con la conciencia y también el primer origen histórico de los derechos humanos. Fue un impulso grande a la secularización, que no dañaba a las creencias, sino a la presencia excluyente y autoritaria de la Iglesia. Estamos ante una progresiva mundanización de la cultura y de los saberes y de las relaciones sociales que se desarrollarán y culminarán en el Siglo de las Luces, donde la autonomía del hombre supera la necesidad de mediación de la fe.
Este proceso alcanzará al arte, a la pintura, la literatura, la ciencia y la política a partir deMaquiavelo. Esa secularización la representaron Van Eyck o Velázquez en pintura, Boccaccio o La Pléiade o Montaigne en literatura, y rehabilitando la naturaleza. En España, Cervantes o Fray Luis de León tuvieron dificultades con la inquisición por esas desviaciones. En la ciencia, Kepler, Galileo o, más tarde, Newton impulsaron la secularización, con la pérdida de importancia de la teología. Cuando Newton brillaba en sus descubrimientos, el poeta Alexander Pope exclamaba: "Nature and Nature's Law lay hid in night / god said, let Newton an all was light". ("La naturaleza y las leyes permanecen ocultas en la noche / Dios dijo: ven Newton, y todo fue luz".
También la ideología individual, el protagonismo del hombre individual, ayudará a impulsar un orden racional, que como dice Gusdorf es una catolicidad de reemplazo. La secularización alcanzará el orden político y jurídico con el individuo, primero en el Estado absoluto como súbdito y, después, con el Estado liberal como ciudadano. En el siglo XVIII Kant, contestando a la pregunta ¿qué es la ilustración?, expresará la nueva mentalidad: "La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro... "¡Sapere aude!" ("¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!)". He aquí el lema de la ilustración: "La persona recupera el control de las luces, secuestradas por la teología. Este punto de vista potenciará la realización política y jurídica de los siglos XIX y XX, con el constitucionalismo liberal y luego democrático y social, con las sucesivas funciones de los derechos humanos, con el derecho de asociación y con el sufragio universal, con el reconocimiento del pluralismo y con la separación entre la Iglesia y el Estado en Francia a partir de 1905. En España, en la actualidad, en el artículo 16.3 de la Constitución se señala también: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal".
El itinerario de desarrollo de la secularización y su dimensión político-jurídica, la laicidad, deja a la Iglesia al margen del poder. La persona de fe, el creyente, está protegido en las sociedades democráticas modernas por la libertad ideológica o religiosa y por las instituciones y los procedimientos de una democracia laica. La laicidad supone respeto para los que profesan cualquier religión, mientras que personas e instituciones religiosas con visiones integristas o totalizadores, lo que abunda en sectores católicos antimodernos, no respetan al no creyente. Por eso las instituciones laicas son una garantía mayor para todos. La laicidad es una situación, con estatus político y jurídico, que garantiza la neutralidad en el tema religioso, el pluralismo, los derechos y las libertades, y la participación de todos.
A veces, desde posiciones interesadas, se le ha intentado identificar con el laicismo, que es una actitud enfrentada y beligerante con la Iglesia. Es una maniobra más para desacreditar a la laicidad política y jurídica. Bobbio, una vez más, aclara definitivamente el tema: el laicismo es "un comportamiento de los intransigentes defensores de los pretendidos valores laicos contrapuestos a las religiones y de intolerancia hacia las fes y las instituciones religiosas. El laicismo que necesita armarse y organizarse corre el riesgo de convertirse en una Iglesia contrapuesta a otra Iglesia". Y como dirá al final de su texto: "¡Para Iglesia, nos basta con una!". Aunque el creyente está protegido con la laicidad, en sociedades democráticas, con la Constitución o la ley, no es protagonista político. Por eso, a los dirigentes eclesiásticos no les gusta este estatus y confunden laicidad con laicismo. Como casi siempre, pretenden maldecir en vez de colocar una luz en la barricada.
Gregorio Peces-Barba Martínez es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.
EL PAÍS
BONIFACIO DE LA CUADRA
¿Para cuándo el Estado laico?
BONIFACIO DE LA CUADRA 04/09/2007
La configuración de nuestro Estado social y democrático de derecho como plenamente laico es una exigencia del sistema político que nos dimos en 1978 y, desde entonces, una asignatura pendiente, en coherencia con la voluntad de "establecer una sociedad democrática avanzada", proclamada en el Preámbulo de la Constitución. Se trata de una decisión urgente, exigible a un Gobierno socialista, y que no admite aplazamientos a cargo de previsibles votos inmediatos católicos ni claudicaciones ante las presiones intolerables de la jerarquía eclesiástica, que muerde su presa sin soltarla.
El funcionamiento de las estructuras sociales básicas -la escuela, la sanidad, la ciencia, la cultura- y el libre discurrir de las relaciones entre los ciudadanos -familiares, sexuales, sociales- necesita, en una democracia sólida, soltar el lastre de unas servidumbres heredadas del nacionalcatolicismo imperante durante décadas y todavía presentes en los usos y costumbres sociales que la Iglesia pretende mantener contra viento y marea. El laicismo liberará las relaciones cívicas y saneará la vida social, atenazada aún por un modelo de sociedad en el que la religión es un componente esencial, que se resiste a pasar a un segundo plano opcional. Los españoles serán seguramente más felices cuando se les facilite que se liberen de ese horizonte tenebroso de pecado, infierno, cielo, purgatorio, fe, penitencia, milagro, limosna, virginidad, dogma, sacramento, celibato, y de la hiriente subordinación de la mujer -ausente de las estructuras de poder eclesiástico-, que resulta drásticamente incompatible con la democracia igualitaria.
Nada de eso implica perseguir a la Iglesia católica, que deberá tener el espacio que le corresponda en un Estado laico y el que le concedan o propicien sus fieles, pero de ninguna manera una financiación asegurada ni una situación de privilegio en materia educativa o fiscal. En un Estado democrático y, por tanto, laico, la religión católica, como las demás, deberá ser tolerada, pero no mucho más que una sociedad filatélica, un movimiento ecologista o una ONG.
En el camino de la democracia española hacia la práctica del laicismo puede parecer que el texto de la Constitución supone un obstáculo. El artículo 16 dice, entre otras cosas, tras proclamar que "ninguna confesión tendrá carácter estatal": "Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones".
Sin embargo, ese precepto -trabajosamente introducido en el debate constituyente- no obliga a más de lo que dice ni impide que el Estado español denuncie los Acuerdos firmados en 1979 con la Santa Sede, ya que la constitucionalizada "cooperación con la Iglesia católica" no impone sus contenidos, entre ellos la declaración eclesiástica de idoneidad para dar clase de religión a unos profesores pagados por el Estado.
Un documento de la Fundación Alternativas, de 2005, favorable al laicismo y contrario a la financiación estatal de la Iglesia aunque la mayoría de los españoles profesaran la religión católica -hecho probable en 1978, pero muy discutible hoy-, recoge un trabajo de dos expertos, los profesores Óscar Celador y José María Contreras, según los cuales, "la única conformación coherente con la configuración de un Estado democrático y social de derecho es la de un Estado laico que garantiza y respeta el derecho de libertad de conciencia de sus ciudadanos". Los mismos juristas afirman también que el compromiso estatal de financiar a la Iglesia católica "expiró hace muchos años", mientras que el de la Iglesia de "lograr por sí misma los recursos suficientes para la atención de sus necesidades" (artículo 2.5 de los Acuerdos de 1979) está sin cumplir.
¿Para cuándo el Estado laico?
El programa electoral del PSOE para las elecciones de 2004 apenas incluía referencias a este asunto, aparte del objetivo educativo de "potenciar los valores y atender las necesidades de una Escuela pública y laica, en los términos del artículo 27 de la Constitución", y restablecer "el carácter voluntario y no evaluable de la enseñanza de la religión". ¿Es previsible que en el programa electoral para 2008 se avance hacia el Estado laico?
Las noticias no son optimistas. En enero de 2007, el Gobierno socialista y la Conferencia Episcopal, con la conformidad de la Santa Sede, convirtieron en "estable" el procedimiento provisional de financiación de la Iglesia pactado en 1988, incrementado en un 34% sobre 2006, y elevó del 0,52% al 0,70% el coeficiente a recibir del Estado por cada contribuyente que marque con una X la casilla del IRPF a favor de la Iglesia, lo que significa reducir en ese mismo porcentaje su aportación a los gastos del Estado.
El 22 de julio último, en la clausura del XXIII congreso de las Juventudes Socialistas, su nuevo secretario general, Sergio Gutiérrez, a propósito de la oposición episcopal a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, manifestó, en presencia del líder de su partido, José Luis Rodríguez Zapatero: "Una jerarquía eclesiástica que se opone a que se enseñen los valores constitucionales no se merece que la sociedad contribuya a su financiación". Cuando se acallaron los aplausos, Zapatero defendió los "principios laicos" de nuestro Estado aconfesional y aseguró, respecto a la reacción eclesial contra la nueva asignatura, que "se hará cumplir la ley", porque, según explicó, "ninguna fe puede oponerse a la soberanía popular, que reside en el Parlamento, ni a las leyes que de la misma dimanan". Pero afirmó también que "el Gobierno mantiene las señas de identidad de generosidad y sensibilidad hacia las confesiones religiosas, sobre todo la mayoritaria, en cuanto a los recursos económicos".
Unos días después, Gregorio Peces-Barba -el ponente socialista que se opuso sin éxito a la mención privilegiada de la Iglesia en la Constitución- alabó la defensa que Zapatero hizo de la ley, criticó con dureza "la beligerancia de los cardenales y de los obispos (...) contra cualquier progreso", les pidió sosiego y respeto, y concluyó: "Si este nuevo clima no se consigue en la próxima legislatura, habrá que abordar el tema de la acción y de la situación de la Iglesia y establecer un nuevo estatus, que les sitúe en su sitio y que respete la autonomía de la autoridad civil" (En torno a la Educación para la Ciudadanía, EL PAÍS, 7 de agosto de 2007).
A los pocos días, el periodista y escritor Iván Tubau elogió el artículo de Peces-Barba: "Impecable, pero -preguntó- ¿hay que esperar a la próxima legislatura? A veces, lo sensato es decir: 'Ahora o nunca" (Por qué esperar, EL PAÍS, 12 de agosto de 2007). Con Tubau, ¿sería mucho pedir a los responsables de elaborar el programa electoral del PSOE que no dejen de lado esta vez un nuevo avance democrático, la realización del Estado laico? El matrimonio entre personas del mismo sexo parecía más audaz.

El Debate de la Educación para la Ciudadanía

PÚBLICO
El Tribunal Supremo salva Educación para la Ciudadanía
El pleno de la sala de lo contencioso-administrativo del Tribunal Supremo sentenció por amplia mayoría
PÚBLICO.ES / AGENCIAS - Madrid - 28/01/2009 14:31
Se acabaron las polémicas. El Tribunal Supremo (TS) ha rechazado el derecho a ejercer la objeción de conciencia frente a la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos.
La decisión se ha adoptado con 22 votos a favor y siete en contra, lo que representa una mayoría más que holgada. En sus conclusiones, el Tribunal estima que el contenido de la asignatura no lesiona los derechos de los padres. Además, ayer el TSJ del País Vasco resolvió que EpC "no vulnera derechos fundamentales".
En los casos analizados "no existe" el derecho de objeción de conciencia y los dos decretos estudiados, ambos referidos a la Educación Secundaria, "no alcanzan a lesionar el derecho fundamental de los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones", según el fallo.
El Tribunal considera que la asignatura no lesiona los derechos de los padres
El pleno ha examinado cuatro recursos de casación, tres referentes a sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Asturias y una del de Andalucía.
Las tres primeras denegaban el derecho de objeción a otras tantas familias y la cuarta se lo reconocía a unos padres. La sala ha estado deliberando sobre esta cuestión durante unas 20 horas distribuidas en tres jornadas desde el lunes pasado.
Doctrina unificada
La Fiscalía, la Junta de Andalucía y la abogacía del Estado recurrieron una sentencia del TSJ de esa comunidad que reconoció el derecho de objeción de unos padres en marzo de 2008.
Varias familias de Asturias también presentaron recurso en el Supremo contra tres fallos del TSJ de esa autonomía que desestimaron en febrero pasado que exista tal derecho en los casos respectivos.
En términos generales, las familias argumentaban que las enseñanzas de la asignatura violentan los derechos constitucionales a educar a los hijos según las convicciones morales y religiosas propias y a la libertad ideológica.
Las familias argumentaban que las enseñanzas de la asignatura violentan los derechos constitucionales
La decisión del Supremo unifica la doctrina jurídica sobre un asunto que ha generado centenares de recursos de padres que apelan al derecho de objeción frente a una materia educativa obligatoria en algunos cursos de Primaria y Secundaria.
Las resoluciones ya dictadas por los tribunales autonómicos han sido dispares, aunque las organizaciones defensoras de la objeción aseguran que la gran mayoría de ellas les dan la razón a los padres.
Las familias argumentan que han tenido que recurrir a la vía judicial cuando las consejerías no les admiten el derecho de objeción porque las enseñanzas de EpC suponen "adoctrinamiento" ideológico y la "imposición de una moral" por el Estado.
Batalla política
EpC no sólo ha desencadenado una controversia social, sino también política entre el Partido Popular y las CCAA que gobierna, contrarias a esta asignatura, y el Ejecutivo central, que la defiende como formación necesaria en valores democráticos, obligatoria y sin alternativa.
La ministra de Educación, Mercedes Cabrera, ha asegurado que el TS ha puesto fin "a los intentos de hacer de esta asignatura y de los centros educativo un campo de batalla política ".
Por su parte, el Partido Popular, a través del presidente del partido en Álava, ha asegurado que respaldará las iniciativas que quieran adoptar los padres que objetan contra Educación para la Ciudadanía y ha garantizado
que cuando vuelva a gobernar suprimirá esta asignatura, que es un "intento de meter doctrina política y partidista en las aulas".
Además, los objetores no cesarán en su empeño . El presidente de la Confederación Nacional Católica de Padres de Alumnos (Concapa), Luis Carbonell, ha explicado que recurrirá la sentencia del Tribunal Supremo. "La lucha continúa y está en juego un derecho muy importante para las familias", ha señalado el responsable de Concapa, quien ha anunciado que acudirán al Tribunal Constitucional (TC). En caso de obtener otra negativa en la próxima instancia, Carbonell asegura que elevarán su postura ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.
EL PAÍS
2 de Mayo de 2007
TRIBUNA: J. A. GONZÁLEZ CASANOVA
Educación para la Ciudadanía
J. A. GONZÁLEZ CASANOVA 02/05/2007
La asignatura Educación para la Ciudadanía pretende evitar que los actuales efectos negativos de una secular ausencia de cultura democrática en España se sigan perpetuando. La crispación como estrategia en la lucha por el poder es un tipo de violencia heredada de un siglo y medio de guerras civiles y hunde sus raíces en ocho siglos de guerras de religión contra musulmanes y judíos patrios, turcos y protestantes europeos, con todo el fanatismo, intolerancia y afán exterminador que acarrearon y que han marcado el inconsciente colectivo de un gran sector del país. Nuestro régimen anterior fue una larga dictadura represora, nacida de una guerra de exterminio de los demócratas, que educó a dos generaciones en un "espíritu nacional" sectario y dogmático, basado en los más rancios tópicos antiliberales y antidemocráticos y plagado de mentiras históricas. Tan mala educación era, a su vez, fruto de esa vieja mentalidad intolerante y de una supina ignorancia de la verdadera historia española, convertida en una perenne lucha entre el bien (las derechas) y el mal (las izquierdas).
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Con esos antecedentes no extraña el bajísimo nivel de cultura política tras 30 años de democracia formal y el desconocimiento de su origen histórico. Abundan los ejemplos diarios: los índices de participación electoral; los no sabe, no contesta de las encuestas; la inopia de periodistas jóvenes en materias juridicopolíticas; los ni idea ante preguntas de historia en los concursos televisivos; el lenguaje insultante y soez de los blogs de la derecha; los pateos y broncas de ciertos parlamentarios bien conocidos. Los valores constitucionales de respeto a la libertad, al consenso y al pluralismo no son vividos por muchas personas. Según una encuesta oficial, el 40% no cree que la democracia sea el menos malo de los sistemas políticos. Es verdad que estos valores se aprenden mejor si los practican los políticos profesionales y los promueven los medios de comunicación. Pero la conducta de ambos no ha sido nada ejemplar (sobre todo por la derecha eterna) y el periodismo ha fallado por lo general en su misión educadora, movido ante todo por lo conflictivo, morboso y frívolo, que es lo que produce mayor venta entre un público superficial e ignaro.
La nueva asignatura no puede sustituir por ahora esa educación básica cuyos maestros han de ser los políticos y los periodistas, pero pone las bases de un futuro comportamiento cívico, democrático, patriótico de verdad, informado, responsable y participativo. Promueve el respeto y la ampliación de todos los derechos humanos y de toda minoría social; presenta el diálogo como única solución de los conflictos, la igualdad de géneros, la solidaridad sin fronteras, la paz en la justicia; combate la xenofobia y el racismo; describe objetivamente y ensalza la pluralidad política sin autoritarismos, así como la nacional, cultural y lingüística de los españoles; la laicidad del Estado y el valor de la religión, las reglas éticas entre partidos, el análisis científico de las ideologías y los deberes ecológicos; todo ello sin sectarismo ni dogmas doctrinales impuestos a los alumnos. Por eso es pura calumnia interesada alegar, como alega la jerarquía eclesiástica, que se trata de un totalitarismo moral contrario a la fe cristiana, al que incita a rebelarse por objeción de conciencia. Quien no dudó en bendecir el nacionalcatolicismo del catón franquista obligatorio protesta ahora por que se forme a la juventud en la tolerancia respetuosa. Si tal catón volviera, nada objetarían los partidarios de la antigua intolerancia. El propio presidente de la Conferencia Episcopal acaba de reconocer: "toda intervención directa de la Iglesia (en el campo del ordenamiento político y social) constituiría una injerencia indebida". Su ataque a la nueva asignatura es un ejemplo de predicar y no dar trigo, pues se justifica, entre otras sinrazones, por un supuesto atentado a la moral católica en el caso de la homosexualidad. Ahora bien, la condena de la homofobia es puro respeto cívico a la no discriminación. Respetar no es recomendar ni promover. Lo verdaderamente cristiano es esa ética de la pluralidad convivente en la igualdad, no la de condenar inquisitorialmente todo aquello que no coincide con ciertas opiniones, harto discutibles y sin fundamento, sobre la naturaleza humana.
La crispación política promovida por cierto partido cuenta conscientemente con el pobre nivel de cultura democrática y con la ignorancia de muchos ciudadanos. Sin esas carencias ancestrales su estrategia fracasaría, como fracasa en zonas del país (Cataluña entre ellas) con mayor educación cívica. Nuestra democracia peligra y el fantasma del caudillaje mesiánico sobre un pueblo agresivo pero servil, irracional e inculto, vuelve a rondarnos como si volviéramos atrás varios siglos o tan sólo 30 años. Mientras cobra sus frutos futuros la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, al haber formado a los más jóvenes en los ideales por los que siempre lucharon los demócratas de esta desventurada patria, hagamos todos lo posible por educar a nuestros conciudadanos con la palabra y, sobre todo, con el ejemplo.
J. A. González Casanova es catedrático de Derecho Constitucional de la UB.